LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) La Jaula Dorada
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La Jaula Dorada

Volvieron a Lisboa esa misma tarde. La conmoción había dado paso a un miedo puro. Esa noche, en su apartamento, empezaron a hacer las maletas en silencio.

—Nos vamos —dijo Laura—. Ahora mismo. Cogemos a Marcos y desaparecemos.

—No nos dejarán marchar, Laura —respondió David—. Sabemos demasiado.

El timbre de la puerta sonó. Era Silas, con Kaito a su lado. Entró, observando las maletas a medio hacer.

—¿Pensabais iros a alguna parte? La función debe continuar.

—Se acabó, Silas —dijo David—. Dejamos la productora.

Silas suspiró con teatral pesadumbre y abrió sobre la mesa una carpeta de piel negra.

Contenía un informe pericial amañado: albaranes de mensajería con entregas de sustancias prohibidas a nombre de David en la villa, extractos bancarios manipulados y declaraciones juradas de miembros del equipo técnico que los señalaban como suministradores directos de los estupefacientes hallados en la suite de Clara.

David y Laura comprendieron al instante la trampa: la policía de la comarca respondía a la nómina de Volkov y cualquier denuncia los convertiría de inmediato en chivos expiatorios de una acusación por homicidio en grado de tentativa.

Si acudían a la justicia, el sumario los devoraría a ellos.

Y luego, asestó el golpe definitivo. Deslizó tres fotografías recientes tomadas con teleobjetivo.

—Vuestro hijo es un joven muy apuesto —dijo Silas, con una voz de veneno suave—.

Sale de la facultad de Arquitectura en Oporto a las 18:15.

A veces cruza el puente Don Luis I a pie para volver a su apartamento.

Es un puente muy alto. Sería una pena que resbalara.

Terminaréis la película. Sois parte de la familia ahora.

Y en esta familia, la única salida es la que yo decido abrir.

El apartamento se había convertido en su prisión. Los barrotes eran de oro, sí, pero forjados en el infierno.