Lirios, Oro y Depredadores
El cortometraje, «El Jardín Secreto», fue un éxito abrumador en el Festival de Cine Erótico Alternativo de Berlín, donde ganaron el «Lirio de Oro».
La fiesta de celebración era un torbellino de glamour surrealista.
El trofeo, pesado y frío, descansaba sobre la mesa de su reservado.
La gente se acercaba, críticos de arte, directores.
Les hablaban con reverencia. Por primera vez, David y Laura se sintieron artistas.
Silas se acercó a su mesa, su habitual aire de superioridad reemplazado por una nerviosa deferencia.
—Quedaos aquí. Hay alguien importante que quiero que veáis —murmuró, como un guía en un safari advirtiendo sobre la aparición de un león.
Señaló con la barbilla hacia el otro lado del opulento salón.
Allí, rodeado no por una corte, sino por un vacío de respeto y miedo, estaba un hombre de rostro impasible y ojos helados.
No era el centro de la fiesta; era su centro de gravedad.
Cada persona en la sala, de forma inconsciente, orientaba su posición respecto a él.
Laura clavó los ojos en él, sintiendo una punzada de alarma en el estómago: «Lo reconozco por las fotos de la investigación de David.
Dimitri Volkov. El Zar. La sombra detrás de Silas, detrás de todo.
Verlo en persona es... decepcionante y aterrador al mismo tiempo.
Parece un simple burócrata del mal, hasta que te fijas en cómo todos los demás tiburones de esta pecera nadan con cuidado para no entrar en su corriente».
Vieron cómo Silas se acercaba a él, inclinándose para decirle algo al oído.
Volkov no lo miró. Su atención estaba en una conversación con un jeque árabe.
Ignoró a Silas por un largo minuto, una humillación pública calculada.
Finalmente, Volkov giró su cabeza y sus ojos barrieron la habitación sin detenerse en nada, como un haz de radar.
Su mirada pasó sobre David y Laura sin un atisbo de reconocimiento. Para él, eran parte del mobiliario.
Silas regresó a su mesa, sudando ligeramente.
—Quiere felicitaros —dijo Silas, tragando saliva y apartando la mirada con una sonrisa forzada para salvar las apariencias—. Está... muy ocupado. Me ha dicho que vuestra obra, la «entrega», como él la llama, es una cualidad muy rara hoy en día.
La mentira era tan obvia que resultaba insultante. A Volkov no le importaban. Ni lo más mínimo.
David observó a Volkov desde lejos. Lo vio cerrar un trato con el jeque con un simple gesto de la mano, y luego hacer una seña discreta hacia uno de los jóvenes actores de su película, una mirada de tasación.
La misma que habían visto en su investigación, pero en vivo y en directo.
La crueldad era casual, burocrática. El poder absoluto no necesita teatralidad.
—Un personaje... intenso, ese Volkov —comentó Laura de camino al hotel.
—Intenso no. Es el jefe final —respondió David, su voz cargada de una nueva determinación—. Silas es solo un teniente. Si queremos salir de esto, tenemos que pasar por encima de Silas, llegar a la cima. Hemos visto al diablo, Laura. Y ahora sabemos su nombre.