LA CORONA DE CENIZAS (SAGA ZENITH & NADIR nº 2) El Sabor del Poder
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El Sabor del Poder

El primer pago goteó en su cuenta, una cifra obscena que les recordaba la magnitud de su nuevo pacto. Para celebrarlo, decidieron un día de lujo desmedido.

—Hoy, no miramos los precios —declaró Laura—. Hoy, compramos lo que queremos.

La Avenida da Liberdade fue su campo de juego.

En una boutique de lencería tan exclusiva que no tenía precios a la vista, Laura desapareció en la suite privada del probador, tras una puerta de madera lacada.

David esperaba fuera, sintiéndose extrañamente fuera de lugar. De repente, su teléfono vibró.

Era una foto. Laura, frente a un espejo de tres cuerpos, llevando un conjunto de seda negra y encaje que apenas contenía sus curvas.

Su mano descansaba sobre su vientre, sus dedos rozando el borde del encaje de las bragas.

Sus labios estaban entreabiertos, su mirada era una invitación directa y lasciva.

El mensaje: ¿Qué te parece, director? ¿Digno de una escena?

David sintió que la sangre se le acumulaba en la ingle, un golpe de deseo tan súbito y violento que casi lo dejó sin aire. Se acercó al mostrador, luchando por mantener una expresión casual.

—Disculpe —susurró a la vendedora—. Mi esposa necesita mi opinión sobre el ajuste. ¿Podría...?

La vendedora asintió con una sonrisa cómplice y le abrió paso a la suite reservada del fondo.

David entró. El probador era una estancia amplia forrada en terciopelo carmesí, concebida para clientes de discreción absoluta.

El aire estaba cargado con el perfume de Laura y la promesa de lo prohibido.

Ella estaba allí, frente a él, semidesnuda, los ojos encendidos.

—¿Te gusta? —preguntó, su voz un murmullo sensual.

—Me... me fascina —dijo David, su propia voz sonando ronca. Con un movimiento firme, cerró la puerta lacada a sus espaldas e hizo girar el pestillo interior. Un clic metálico resonó en el reservado, sellándolos en su burbuja de pecado.

Laura rió, una risa baja y maliciosa.

—Ah, ¿así que quieres jugar, Nadir?

—Quiero que te quites esto —susurró David.

Sus dedos, temblando ligeramente, desabrocharon el pequeño corsé.

La seda cayó al suelo en un susurro. La empujó suavemente contra la pared de terciopelo, la tela suave contra su espalda desnuda—.

Quiero ver cuánto control tienes, Zenith, cuando no hay cámaras, solo el riesgo de ser descubiertos.

Su mano bajó, deslizando sus bragas de encaje hasta los tobillos. Se arrodilló. El probador olía a deseo, a adrenalina y a la promesa de un pecado silencioso.

—Ponte de rodillas, Laura —ordenó, su voz un susurro ronco—. Ahora. Quiero probar el sabor de este poder. Quiero que gimas, pero en silencio. Cada suspiro tuyo debe ser solo para mí.

Ella obedeció, la suave alfombra del probador una caricia en sus rodillas.

Sus ojos, fijos en los de él a través del espejo del suelo, brillaban con una sumisión desafiante.

El placer fue explosivo, casi violento. David la penetró con su boca, saboreando el lujo de su piel, el peligro de la situación.

Su lengua era un tormento, lamiendo, succionando, mientras observaba el rostro de ella contraerse en el espejo.

Podía oír los pasos de la vendedora al otro lado de la puerta.

El riesgo era tan embriagador como el sabor de su excitación.

Sus gemidos eran apenas audibles, ahogados por sus manos, por la tela de terciopelo que los envolvía. La sintió llegar al clímax en una convulsión silenciosa, un temblor que la sacudió por completo, su humedad derramándose contra sus labios.

Antes de que él pudiera moverse, ella lo empujó suavemente hacia atrás.

—Una transacción requiere un pago por ambas partes, señor Weiss —susurró ella, adoptando el falso apellido germánico con el que habían reservado la suite, su voz temblorosa por el orgasmo.

Se inclinó y desabrochó el pantalón de él con una eficiencia depredadora. Lo tomó en su boca, un acto rápido, húmedo y desesperado, un pago en la misma moneda de placer y riesgo. Lo llevó al borde, sus movimientos expertos y silenciosos, hasta que él tuvo que morderse el labio para no gritar.

Se recompusieron en un silencio febril, con las respiraciones entrecortadas, la ropa arrugada y una sonrisa culpable y triunfal en los labios.

Salieron del probador, compraron la lencería sin mirar el precio, y abandonaron la tienda con el secreto de su primer pecado de lujo grabado a fuego en su piel.

El poder, descubrieron, sabía a oro, a terciopelo y a carne prohibida.