La Cornuda Fiel Capítulo 21 #5
100%

Capítulo 21 #5

Era todo un regalo. La culminación de mis deseos. La vagina de la amante de mi esposo rezumando semen después de disfrutar de él. Aquel coño, aquella corrida, aquella situación; todo, me pareció hermoso y extrañamente situado en su lugar. Agaché la cabeza para saciarme. Petra me detuvo.

—Antes tienes que pedírmelo, cornuda.

No era de pedir permiso. Pero el premio valía la pena.

—Por favor.

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, señora.

Ahora sí. Me dispuse a rebañar el plato.

A saciar el deseo que me consumía. Lamí con esmero los labios de su vulva, rebusqué con la lengua en su recoveco vaginal buscando cada gota de Alonso.

Mientras relamía los restos de Alonso en ella entré en una especie de trance.

No hay otro modo de definirlo. No fue un orgasmo.

Tampoco una alucinación. No se bloquearon mis sentidos, sino mi mente.

No sé si Petra estaba excitada porque en ese instante ya no le prestaba atención.

Tampoco me importaba. Conocía el sabor del semen de mi hombre y lo fui buscando en cada pliegue de aquel coño hasta que no dejé rastro de Alonso en él. Cuando acabé, seguí en shock.

—Ve a la otra habitación —me pidió Alonso.

La «otra habitación» era la habitación de invitados.

Realmente teníamos dos, aunque sólo una estaba lista para su uso.

Preparamos la que se situaba en el otro extremo del chalet.

Si iba a ser una habitación para invitados, lo lógico era tenerlos lo más lejos posible de nuestro dormitorio.

Obedecí a Alonso y recorrí los pasillos de mi casa en un estado hipnótico.

Era una especie de sonámbula del placer.

Cuando entré en la habitación y cerré la puerta tras de mí, comencé a tomar conciencia de lo ocurrido y me entraron unas terribles ganas de llorar.

El estrés postraumático, la culpa y el placer se refundieron desgarrándome por dentro.

Me tendí en la cama sin poder bloquear mis lágrimas.

Mantuve la luz apagada. Lloré maldiciendo mi condición y rezando para encontrar claridad.

Rogaba para que esta maldición se fuera de mí.

Ojalá hubiera podido ser lo que se esperaba de mí.

Tal vez hubiera destrozado mi matrimonio en vez de salvarlo.

Con mi lenguaje, mis bromas y mi ironía siempre he puesto una barrera entre el mundo y yo.

Ese mundo había saltado la valla y su cruda presencia me atormentaba.

Rogué entre sollozos y mi plegaria fue escuchada. La puerta se abrió.

Alonso no encendió la luz. No hacía falta. Ya nos habíamos acostumbrado a la oscuridad.

—¿Estás llorando?

—No.

Me incorporé de golpe de la cama, tan rápido, que casi perdí el equilibrio.

Alonso me tomó de la cintura y me besó con ternura.

Eso será lo único tierno. Me dio la vuelta y me lanzó de nuevo a la cama.

Se colocó detrás y posicionó con sus manos mis caderas a su gusto: de rodillas, con el trasero levantado y el rostro pegado a las sábanas.

Mi cuerpo recibió su polla con alegría desbordante.

Mi coño no estaba seco del todo, pero dadas las circunstancias previas, tampoco estaba húmedo.

Dio igual. Las leves molestias iniciales duraron un par de envites de mi marido.

Alonso me folló y lo disfruté. Lo disfruté de una forma espiritual.

La tensión mental desapareció. Me dejé llevar por el placer.

No sentí sólo un pene desplazándose en mi interior.

Sentí a todo Alonso atravesándome. Con las embestidas me fue difícil levantar el rostro.

Lo intenté. Mi esposo me ayudó tirando de mis hombros hacia sí.

Me colocó a cuatro patas y lo aprovechó.

Me agarró de las tetas. Ni las acarició ni las mimó.

Las estrujó y me encantó. Aceleró. Aceleró más.

Pegó su rostro a mi oreja y me susurró bajito: «puedes venirte».

Las mismas palabras que le dijo a Petra por teléfono.

Las remató con un cálido «cornuda». Palabra que me estrujó por dentro.

Retorció mis entrañas y exploté. Me corrí.

Orgasmé sin frotarme. Alcancé la gloria tan sólo con la polla de Alonso y mis cuernos bien puestos.

No grité. Sonreí de alegría. Entre estertor y estertor advertí algo húmedo sobre mi culo.

Alonso se había corrido sobre él para luego darme un par de palmaditas.

Me abrazó y sonreímos. No hablamos. Reímos juntos con tal complicidad que lo sentí como si fuera una segunda follada. Dormimos aquella noche en cucharita.

Entre risas y caricias, tuve ocasión para una última reflexión.

Durante estos meses había sido una cornuda fiel.

Sin duda lo fui corporalmente. Alonso es el único que me ha penetrado, pero yo no he penetrado en Alonso.

Al menos, espiritualmente. No he sido plenamente fiel porque la fidelidad requiere un tipo de entrega más allá de lo físico que no he estado dispuesta a explorar.

Tal vez fuese el momento de dar rienda suelta a nuevos deseos.