CAPÍTULO 26
El fin de semana llegó más rápido de lo que esperaba, y en cuanto subimos al coche, empecé a desconectar del ambiente de la academia, aunque no de mis preocupaciones.
Nos había recogido el abuelo de Brooke en coche, con las gafas de sol puestas en la cabeza y la música de Dean Lewis a todo volumen. Emily iba detrás conmigo, comiéndose unas chuches y viendo tiktoks desde el móvil como si no hubiera un mañana. Y yo…, bueno, intentaba relajarme.
—Chicas… —empecé, mirando por la ventana—. Estoy un poco nerviosa.
Emily me miró con la ceja levantada.
—¿Nerviosa? Pero si nos vamos a desconectar, Libby.
—Ya, ya lo sé. Pero… es que solo quedan dos pruebas —dije, mordiéndome el labio—.
Y la presión en redes es brutal. Tengo los mensajes directos a reventar.
Gente que me pide consejos para sus caballos, que me anima, pero también otros que solo quieren cotillear o que critican.
Y no sé…, siento que todo el mundo está esperando que haga algo espectacular, y realmente voy la segunda, sí, a poquísimos puntos del primero, pero creo que todo el mundo quiere que deje a la academia por todo lo alto y vaya a por el primer puesto con todo.
Brooke me lanzó una mirada rápida, desde el retrovisor.
—¿Y tú qué quieres, Olivia? —preguntó.
Me quedé callada unos segundos.
—No lo sé. Quiero hacerlo bien. Pero también quiero disfrutarlo. Y esta última semana, mi cabeza me dice que hay momentos que no estoy disfrutando del todo.
—Pues entonces este finde es justo lo que necesitas —dijo Brooke, sonriendo—. Ya verás. En la granja te vas a olvidar de todo eso. Bueno, menos de los caballos, claro. De eso nunca nos olvidamos.
Las tres nos reímos, y el resto del viaje nos lo pasamos cantando a pleno pulmón. Atravesamos campos infinitos, verdes y llenos de vacas y ovejas. Típico paisaje del campo inglés.
Al llegar a la finca de los abuelos de Brooke, me enamoré al instante.
Era enorme. Antigua, muy rústica pero acogedora. Tenía varias naves grandes donde se veían las vacas comiendo, y otras más pequeñas con vaquitas recién nacidas o con meses que nos robaron el corazón en segundos.
—¡Pero qué monadas! —exclamó Emily, agachándose junto a una de las vallas—. ¡Mira esa! Tiene como un remolino en la frente, parece un corazón.
—Son las consentidas de mi abuelo —dijo Brooke con una sonrisa—. Les pone nombre y todo. Esa se llama Poppy.
Andamos un poco más, y llegamos a una pequeña nave al final de la granja.
Era modesta, pero muy bien cuidada. Dentro había seis cuadras limpias y ordenadas, y un gran terreno al lado que se dividía en seis o siete paddocks que se extendían más allá del terreno visible.
La pista de entrenamiento quedaba al otro lado, aunque se notaba que no era profesional: no tenía bordes definidos, la arena era de playa y la forma era más bien irregular. Pero tenía su encanto.
—Aquí es donde empezó todo —nos dijo Brooke, mientras abría una de las puertas—. Con mis padres veníamos cada fin de semana, aunque vivíamos a más de una hora, al principio para visitar a mi familia y después para ir controlando nuestra pequeña ganadería de caballos.
—¿Tus padres aún viven en Hawick?, ¿no? —pregunté mientras me asomaba al interior de la nave.
—Sí. Ellos y mi hermano pequeño. Siempre han hecho todo por mí. Mis padres han trabajado mucho para que pudiera montar. Aunque a veces no podían permitírselo, se las ingeniaban para llevarme a las competiciones, comprarme el material, apuntarme a los concursos…
Emily y yo nos miramos. Sabíamos que Brooke venía de una familia humilde, pero nunca hablaba mucho de ello.
—Y entonces —continuó ella, jugando con una cuerda que quedaba colgada de la pared—, mi padre decidió que, en lugar de gastar dinero comprando caballos buenos y ya domados, iba a intentar criarlos.
Aprendió todo lo que pudo sobre la cría, inseminación, cuidado de potros, y empezó con una yegua que le regalaron.
—¡Qué fuerte! —dije yo, impresionada—. ¿Y de ahí viene… Your Highness?
Brooke asintió y sonrió.
—Sí. La joya de la familia. Venid, os la voy a enseñar.
Nos llevó al paddock más grande de los siete. Al fondo, había una yegua negra espectacular. Aunque aún se le veía cuerpo de potrilla, se notaba que estaba bien entrenada y musculada. Se acercó trotando con mucha elegancia y Brooke le habló bajito.
—Hola, princesa —le dijo, acariciándola—. Ella es Your Highness. Tiene seis años, pero ya apunta maneras como yegua de gran premio.
—Es impresionante —dijo Emily en un susurro.
—Es hija de Totilas —añadió Brooke con orgullo—.
Mi padre compró semen congelado e inseminó a una yegua que ahora está retirada por una lesión, pero que había estado compitiendo casi en gran premio.
Fue toda una apuesta, porque con las madres jóvenes primerizas hay que ir con cuidado, pero salió bien, tiene el mismo buen carácter que su madre y la expresividad de su padre, es perfecta —dijo Brooke, que hablaba y casi se le caía la baba—.
Un entrenador viene cada semana a trabajar con ella.
Yo quiero llevarla a la academia el año que viene.
Si todo va bien, cuando cumpla nueve, debutará en gran premio.
Ese es nuestro objetivo, aunque aún queda mucho.
Estuvimos un buen rato con Your Highness. Nos dejó acariciarla y jugar con ella, aunque se notaba que era una yegua con carácter, muy lista y atenta. Brooke la trataba como a una joya.
Por la tarde, decidimos salir en bici. La abuela de Brooke nos dejó unas bicicletas viejas que tenían en el cobertizo. Pedaleamos cruzando campos y más campos hasta llegar a una playa pequeña y completamente vacía. El sol empezaba a bajar y pronto anochecería.
—¡Vamos a bañarnos! —gritó Emily, dejando la bici en la arena.
—¿Estás loca? ¡No llevamos bañador! —dije yo, que ya me estaba quitando las zapatillas para no llenarlas de arena.
—¿Y? ¡Cómo si nos importara! —chilló Brooke mientras corría hacía el agua.
Y sí, al final todas acabamos metiéndonos en el agua en ropa interior, gritando de lo fría que estaba, pero riéndonos como nunca. Nadamos, jugamos a salpicarnos, y luego nos tumbamos en la orilla, empapadas y felices, viendo cómo el sol desaparecía por completo.
Cuando volvimos a casa, ya era de noche. Brooke nos dio ropa seca de su armario y cenamos todas juntas en la cocina con sus abuelos, que nos prepararon una sopa caliente y verduras al horno. Cuando subimos a dormir, caímos rendidas al segundo.
Al día siguiente, el olor a pan tostado y a café caliente nos despertó.
Me estiré como un gato, notando cómo se alargaba cada músculo de mi espalda y vi que Brooke ya estaba de pie, con la coleta deshecha y un jersey oversize encima de su pijama.
Me sorprendió, ya que en la academia siempre era la última en levantarse.
—Buenos días, dormilonas —dijo, tirándonos unos calcetines a Emily y a mí—. Tenéis que ver lo que nos ha dejado el abuelo en la puerta.
Salimos descalzas al pasillo, medio dormidas aún, y allí estaban: tres pares de botas de trabajo de plástico gastadas, cada una con un par de calcetines gruesos encima.
Encima de las botas, una nota escrita con letra algo temblorosa: Hoy cambiáis los caballos por vacas. Nos vemos en la nave principal.
—¡Me muero! —dijo Emily entre risas—. Esto es lo más adorable que he leído nunca.
—¿Preparadas para pasar un día como granjeras? —preguntó Brooke, con una sonrisa traviesa.
—¡Preparadísimas! —contesté.
Nos pusimos la ropa más vieja que tenía Brooke en el armario y nos dirigimos a la nave. Allí estaba el abuelo, con una gorra beige y una taza humeante de café en la mano, esperándonos como si fuésemos parte del equipo de toda la vida.
—Hoy vais a sudar un poco —nos dijo, guiñándonos un ojo—. Pero ya veréis lo bien que os lo vais a pasar.
Y tenía razón.
Primero fuimos a dar de comer a las vacas.
Nos subimos a un tractor pequeño con un remolque lleno de heno y lo repartimos por las naves mientras las vacas se nos acercaban, olisqueaban nuestras chaquetas y nos empujaban con la cabeza.
Brooke lo hacía todo con una soltura increíble, se notaba que había pasado muchas mañanas así.
Después, el abuelo nos llevó a ver a los más pequeños: los terneros.
Había varios separados en una nave más pequeña y nos enseñó cómo darles el biberón, porque necesitaban un extra de leche y sus madres ya estaban cansadas de amamantar.
Yo jamás había visto algo tan adorable: esas bocas enormes, pero sin un diente, esos ojazos saltones y lo ansiosos que chupaban el biberón, empujándonos con el hocico mientras tragaban como si no hubieran comido en semanas.
—¡Este me ha babeado toda la chaqueta! —gritó Emily, riéndose mientras un ternero se apropiaba de su manga.
Luego nos enseñó cómo ordeñar. Nos pusimos al lado de las vacas más mayores, que parecían de lo más tranquilas, y con mucha paciencia (y muchas risas de por medio) aprendimos a hacerlo.
—¡Esto es más difícil de lo que parece en los vídeos! —dije, mientras salía apenas un chorrito de leche.
Por último, trasladamos a los terneros de un recinto a otro. Aunque no eran muchos, fue como jugar a un videojuego en la vida real. Corrían, chillaban, se escondían, y nosotras detrás, con las botas llenas de barro y los pulmones que parecían que iban a reventar de tanto reírnos.
Fue un día agotador, pero diferente. No pensé ni una sola vez en la presión ni en las redes, ni siquiera en los puntos de la copa.
Bueno, casi. Porque cuando el sol empezó a caer y la noche volvió a asomar, los pensamientos volvieron poco a poco, justo cuando estábamos sentadas en el porche, preparadas para volver a irnos a la academia.
—Gracias por esto —le dije al abuelo de Brooke—. Hoy he sentido que el mundo dejaba de recaer en mí, y me he podido olvidar un rato de todo.
Él me miró con esa expresión que tienen las personas que han vivido mucho, que han visto lo bueno, lo malo y lo que hay entre medias. Se quitó la gorra, se rascó la cabeza y dijo tranquilamente:
—Mira, Olivia. En la vida, hay días o épocas duras.
Momentos que te hacen dudar de todo. Y eso está bien.
Es parte del camino. Pero las cosas importantes, las que de verdad merecen la pena, no se consiguen de un día para otro.
Se trabajan. Se cuidan. Como los terneros que habéis alimentado esta mañana. Como los caballos. Como tú.
Yo me quedé en silencio.
—No importa cuánta presión tengas ahí fuera.
Lo que importa es lo que haces en tú día a día, lo que llevas dentro y cómo lo trabajas.
Tú ya has demostrado que vales. No tienes que demostrarlo cada segundo.
Solo sigue trabajando, como hoy. Paso a paso.
Que lo importante no es solo ganar, es llegar entera, con la cabeza alta y el corazón tranquilo.
Tragué saliva. No pude evitar que se me humedecieran los ojos.
—Gracias…, de verdad.
—Y ahora, subid al coche y a dormir en cuanto lleguemos a la academia —dijo, levantándose con una sonrisa—. Que mañana tendréis agujetas hasta en las pestañas.