1 #2
La tercera tarde se puso a nevar. Una nevada de finales de primavera.
Pero la nieve no era pesada, no era húmeda.
La temperatura cayó con la rapidez con la que pasa una nube, de golpe hacía un frío de pleno invierno y el viento amainó.
Estábamos en el borde de una pequeña cuenca, sobre el límite forestal, y en el fondo había manchas de nieve vieja y un pequeño lago que acababa de perder el hielo.
Nosotros. Yo. Es posible seguir juntos. Pensad lo que queráis, pero yo tenía esa sensación.
Jasper andaba detrás de mí, exploraba los márgenes del camino, igual que antes, solo que invisible.
Un lago como una gema en un engaste de tundra tupida y pedregal rugoso, el agua del color verde luminoso y sin remordimientos de una piedra semipreciosa pero labrada por el viento.
Luego ya no. La superficie se calmó y volvió a parecer un cristal, quedó pulida en un instante, reflejaba las nubes oscuras que se agrupaban y se derramaban sobre las cumbres como si se hubieran fundido, y de repente hacía mucho frío y los copos de nieve empezaron a tocar la superficie.
Y desaparecían sin formar círculos, en silencio.
Solté la brida del trineo. Estaba a cincuenta metros del agua.
La nieve era cada vez más densa. Una gasa blanca que oscurecía el aire, que apresuraba el anochecer como el fuego hace más negra la noche.
Me quedé paralizado. Hacía demasiado frío para ir sin guantes, pero llevaba las manos desnudas.
Los copos se me pegaban en las pestañas.
Me caían sobre las mangas. Eran enormes.
Flores y estrellas. Caían los unos sobre los otros conservando su forma, convirtiéndose en pequeños montones de asteriscos y flores que encajaban en sus geometrías perfectas como bloques de juguete.
Algo parecido a la risa. Que una flor pudiera ser tan pequeña, tan fugaz, que un copo de nieve pudiera ser tan grande, tan persistente. La improbable sencillez. Solté un gemido. ¿Por qué no existe una palabra para el sonido que se encuentra entre la risa y el llanto?
Y de repente estaba hambriento. Aparté la vista de mi manga izquierda y miré aquel puerto. El risco y el picacho que se levantaban sobre mí se oscurecieron. ¿Qué coño estás ha ciendo aquí? ¿En qué estabas pensando, Hig? ¿Qué haces tan arriba y tan tarde?
Lo que no hay que hacer nunca: dejar que te pille la noche por encima del límite forestal.
En esta época del año las tormentas se desplazan veloces, migran como todo lo demás.
Expuesto al frío. Un pánico antiguo creció en mi pecho.
El pánico al anochecer, a la tormenta, a estar solo a campo abierto. Me cagué de miedo.
Tenía que bajar, descender.
Me refiero a que el pánico me era familiar como es familiar una náusea o una resaca espantosa, pero llevaba tanto tiempo ausente que creía que se había esfumado.
Cuando estás atrapado entre la vida y la muerte el pánico no sirve de nada, vamos.
Pero no. Quiero decir que no se había esfumado.
No me era ajeno en absoluto. Un pánico familiar, con un olor característico, con su forma particular de estrechar el espacio.
Recogí la cuerda del trineo. Me di la vuelta y miré mis propias huellas sobre una capa de nieve congelada.
Miré la oscuridad que se iba espesando con los copos.
Era demasiado tarde para moverse. Mierda.
El caso es que Jasper siempre me calmaba. Como nunca se ponía muy nervioso, salvo, quizá, cuando veía un rastro de lobos, yo también estaba tranquilo.
Todo estaba en calma. Sin viento no había peligro.
Podía construir un cobertizo con la lona y una roca y meterme dentro del saco y dormir.
A la mañana siguiente, si no había mucha nieve, bajaría sin problema y ganaría el refugio de los árboles.
Medio día y estaría pescando en el arroyo. Un descenso de unas pocas horas.
Me había comido toda la cecina de venado. Tenía un hambre intensa, voraz, viva. Si no hubiera tirado la otra carne, la de Jasper, podría habérmela comido entonces. ¿Quién me iba a juzgar? Da lo mismo que se la coma él o yo, somos lo mismo. Pero hacía días que había vaciado las bolsas en el sendero.
En fin. Tenía agua. Vi un grupo de rocas amontonadas al otro lado del lago, donde el terreno se empinaba. Empecé a tirar del trineo, pero me paré nada más dar el primer paso.
Vi una sombra en la cima. Todas las cosas estaban muy cerca: el lago, la cuesta, el montón de rocas y, detrás, el agudo contorno del picacho, que sobresalía de la nevisca y se clavaba en las nubes bajas.
Justo allí, en la cima del espolón, donde la montaña desaparecía en la nube, había una figura grande y oscura.
Me quité el hielo de las pestañas con el brazo y, cuando volví a fijar la vista, la figura había desaparecido.
Sujeté la lona azul en una roca para hacer un techo inclinado, retiré las piedras más pequeñas para tener un suelo liso en el que acurrucarme, me tapé y me dormí.
Fue una noche sin sueños, sin un pesar abrumador.
Me desperté en medio de una oscuridad casi total y oí el repiqueteo de la nieve sobre la tela plástica y me dormí otra vez.
Al despertar, pensé que aquella figura era lo bastante grande para ser un alce.
Pensé que no había visto ningún rastro y me pregunté si era bueno o malo desear lo que no existía.
El décimo día llamé a Bangley por el walkie.
Por la mañana temprano. En realidad no me importaba tener que recorrer la senda sin que me cubriera ni que me disparasen o me siguieran en cuanto saliera de los árboles, pero era nuestro ritual.
Así también le daba algo de tiempo para hacerse a la idea de que iba a aterrizar en su mundo, un par de horas para recuperar la humanidad olvidada.
Quizá. Y si lo pillaba observando el perímetro desde la torre de una de las mansiones, como hacía cada hora, me libraría de ser pasto de fuego amigo.
No me importaba la muerte que me esperase, siempre que no fuera esa.
La sola idea de morir por culpa de un error de Bangley...
O quizá no sería un error: un error a medias, no reconocido, como le pasó al personaje de Hemingway, el de La breve vida feliz de Francis Macomber .
No quería ser como el pobre Macomber. Así que encendí el walkie por primera vez en los diez días y pulsé dos veces el botón del micrófono.
Llevaba dos ciervos en el trineo. Eran ciervas más bien pequeñas, pero eran dos, quizá bastarían para justificar el tiempo que había estado fuera o quizá no.
Me importaba una mierda. Que dijera lo que quisiera.
Él no imponía las reglas, en realidad yo tampoco.
Cada día tenía menos cosas claras. No sabía un carajo.
Pasó un minuto o menos, luego se oyeron parásitos y
Vaya, vaya. El hijo pródigo. Pensaba que te me habías muerto. De verdad que sí.
Hola, Bruce.
Hizo una pausa para pensar, bastante larga. Cada vez que oía su nombre se paraba en seco. Era como un reflejo, como si se apretara un botón. Tal vez su madre era la única que lo llamaba así, cuando se enfadaba.
¿Has tenido problemas?
Ni rastro de ironía. Lo que me sorprendió. Parecía casi preocupado. Aunque a través del walkie era difícil estar seguro.
Alguno.
Bien. Me alegro de que estés intacto.
Pausa.
¿Lo estás? ¿Estás intacto?
Estiré el brazo y miré el walkie-talkie. Bangley parecía un puto ser humano. Tenía que ser la recepción, los ruidos parásitos, algo en la curvatura de las ondas de radio, una erupción solar o algo así, una distorsión. Lo que quería decir era: ¿Necesitas ayuda para llegar hasta aquí?
Sí, intacto. Todo en su sitio: piernas, brazos, todo.
Perfecto, dame noventa minutos.
Mensaje recibido . Diez cuatro.
¿Hig?
¿Sí?
¿Te has ido de vacaciones o qué?
Ah, el viejo Bangley.
Le di al botón del micrófono. Noventa minutos. Cambio .
Ya había salido el sol. Estaba agachado en mi sitio, un bosquecillo de sauces y chopos al pie de una ladera de pinos ponderosa, en la base de una de las primeras colinas.
Allí el arroyo torcía hacia el sur y nuestro sendero continuaba en línea recta hacia el este atravesando campo abierto.
Si me hubiera organizado bien, me habría despertado horas antes del amanecer para que Bangley no tuviera que ir hasta la torre a plena luz del día.
Llevaba el CheyTac .408, un fusil de francotirador ligero, tan ligero como pudiera serlo un cacharro con tanta potencia.
Era la niña de sus ojos, podías cargar con él si tenías que andar y al mismo tiempo podías acertarle a un visitante en los pulmones desde kilómetro y medio.
Esperé noventa minutos con el sol de frente.
Echarse a andar medio cegado no era el mejor plan, y me alegraba saber que Bangley estaba en lo alto de su torre, con el sol a la espalda y una buena visión de los primeros árboles con una luz perfecta.
Había tenido problemas tres veces. La primera, la de la niña con el cuchillo, que en realidad no fue ningún problema.
Cuando eché a andar aquella mañana tan cálida que olía a hierba nueva y flores tempranas, lo último que esperaba eran problemas.
Caminé más de una hora con una carga pesada por terreno llano, las dos ciervas cuarteadas y apiladas en el trineo, y, cuando ya había recorrido más de la mitad del camino que me separaba de la torre y andaba peleándome con el arnés y tirando con todas mis fuerzas, la radio que llevaba atada al pecho cobró vida.
Tienes compañía, Hig . Urgencia. Una alarma poco frecuente.
Vale. Compañía.
Solté la brida y miré a mi alrededor. Por el sendero, a mi espalda, nada. Arbustos altos, cola de conejo, maicillo crecido ya hasta la altura de la rodilla. Ásteres blancos y amarillos en flor, enormes abejas libando, el sendero limpio y vacío. El corazón martilleándome.
Te están acechando, Hig. Están a unos cuatrocientos metros. ¿Me recibes? Cuatrocientos metros, quizá medio kilómetro .