Nuevos Placeres
Daniel
Cuando llegamos a casa, la luz de la tarde entraba a raudales. No hicimos el amor de inmediato. Nos quedamos en la cocina. Me acerqué por detrás y puse mis manos sobre su vientre.
Sentí la firmeza de la vida allí. Mi hija.
—El arquitecto de la paz parece... excitado —susurró ella, notando mi reacción.
—El arquitecto está asombrado por su obra maestra.
La giré y la senté sobre la encimera, apartando las bolsas de la compra. Me arrodillé. Aparte la tela de su vestido y hundí mi rostro en su centro. El sabor era el de siempre, pero con una nota nueva, más densa. La devoré, no para darle placer, sino para probar la fuente de la vida.
La desnudé de cintura para abajo. Su vientre era una curva perfecta. Sus labios, más hinchados y oscuros, evidencia de una tierra irrigada por una nueva vida.
Me desabroché los pantalones. La penetré allí, sentada sobre el mármol frío. Me hundí en su calor húmedo, más profundo que nunca. Ella enroscó sus piernas en mi cintura.
El sonido de nuestros cuerpos era un chapoteo honesto que resonaba contra el silbido de la nevera. La escena de domesticidad profanada por nuestra animalidad.
Ella me miró. En sus ojos había pura vida. —Más... —jadeó—. ¡Fóllame como si quisieras construir una casa aquí dentro!
Su orden fue el permiso que necesitaba. La sujeté con fuerza. Mi pene se sentía como un pilar hundiéndose en el epicentro de la creación.
Sentí su orgasmo llegar. Su cuerpo se tensó, su vientre duro bajo mis manos. Sus músculos internos me apretaron, como si su cuerpo supiera lo que necesitaba. Verla en ese éxtasis primordial fue la detonación final.
Mi propio clímax estalló, un rugido de adoración. Me vacié dentro de ella, una ofrenda en el altar de nuestra victoria.
Me quedé dentro, jadeando, apoyando mi frente en su hombro. El olor de la habitación era una mezcla de carne a la parrilla, vainilla y sexo.
Ella me acarició el pelo. —Bueno —dijo con una risa rota—. Supongo que las patatas pueden esperar.
La besé. Un beso salado que sabía a hamburguesa y a felicidad absoluta. Nos habíamos profanado la cocina. Habíamos roto el protocolo. Y en medio de ese desastre, con mi hija flotando segura en su interior, entendí la verdadera fórmula del deseo.
No era caos ni calma. Era apetito. El apetito de vida.