La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) La Constante Imprevista
88%

La Constante Imprevista

Daniel

La náusea la golpeó en mitad del Rastro, un domingo por la mañana. Se detuvo en seco, pálida, y tuvo que apoyarse en la pared. Sentí la fragilidad de su brazo bajo mi mano.

—Debe de ser el gazpacho de anoche —dijo, pero su voz vaciló.

Mi cerebro activó un protocolo de alta probabilidad. El cansancio de las últimas semanas, su repentina aversión al café, el descuido mutuo en contar los días. Los resultados convergían en una única hipótesis que me provocaba un vértigo inédito.

Esa tarde, el silencio en nuestro baño era denso. Olivia se había encerrado. Yo esperaba fuera, quieto, con el pulso martilleando en mis sienes. Anhelaba esto. Pero, ¿estaba cualificado? ¿Podía yo, el arquitecto de mi propia tierra quemada, construir un hogar para algo tan puro?

La puerta se abrió. Olivia estaba de pie, con la prueba en la mano. Su rostro no era de pánico. Era un paisaje de asombro. Me tendió el pequeño objeto de plástico.

Dos rayas. Positivas. La hipótesis confirmada. El universo reordenado.

Olivia

Cuando vi las dos rayas, una claridad absoluta borró la niebla. Instintivamente, llevé una mano a mi vientre. Aún plano, pero bajo la piel sentía una vibración nueva, un zumbido de creación.

Miré a Daniel. Su rostro era un mapa de terror y maravilla. Vi el destello de pánico en sus ojos. El miedo a no estar a la altura.

—Bueno —dije, y mi voz sonó firme—. Parece que nuestra estructura va a necesitar un refuerzo en los cimientos.

Su alivio fue visible. Me rodeó con sus brazos, levantándome del suelo. Su risa no fue la del científico que confirma una teoría. Fue la del hombre que acaba de ganar la lotería.

—¡Vamos a tener una variable! —gritó contra mi pelo—. ¡Nuestra propia constante imprevista!

Nos reímos, abrazados en el pasillo, dos almas reconstruidas que acababan de iniciar la construcción más grande de sus vidas.