La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Exilio en el Orden (Crónica de una Invasión)
40%

Exilio en el Orden (Crónica de una Invasión)

Marina

Barcelona. Seis meses antes del email.

Barcelona olía a sal y a una indiferencia que me asfixiaba.

Mi apartamento en la Barceloneta tenía unas vistas espectaculares al mar, un sueldo que era un insulto por lo alto, y un silencio que gritaba.

Hui de Madrid buscando la libertad, la emoción de un lienzo en blanco, y solo encontré un eco más grande de mi propia y jodida soledad.

La piel de hombres anónimos era solo eso, piel.

Sus cuerpos, por muy perfectos que fueran, eran paisajes sin historia.

El sexo era un ejercicio aeróbico, no una reacción química.

La intensidad de las noches anónimas se había vuelto repetitiva, la excelencia de mi trabajo, vacía.

No había conquistado nada. Había fracasado en el experimento más importante: vivir conmigo misma.

Esta tarde, el email del comité de dirección yacía en la bandeja de entrada como un cadáver. La frase del director, Carles Puig, era una obra maestra de la condescendencia catalana: "Conceptualmente audaz, Dra. Montes, pero carente del rigor metodológico que nuestro comité valora."

Rigor.

Cerré el portátil con un golpe seco. Ellos llamaban rigor a la cobardía, a la falta de imaginación.

A la ciencia de manual. Mi propuesta sobre la edición genética CRISPR aplicada a enfermedades mitocondriales era arriesgada, sí.

Pero era brillante. Y la habían descartado por miedo a salirse de los márgenes de lo predecible.

Miré por la ventana hacia el Mediterráneo.

No sentía tristeza. La tristeza era un lujo para quien tenía algo que perder, y yo ya lo había perdido todo.

Lo que sentía era algo más frío, más metálico.

Barcelona no me había curado; me había endurecido.

La soledad me había enseñado que esperar a que la vida te diera una segunda oportunidad era de ingenuos.

Si quería volver a sentirme viva, no podía esperar a que la tormenta pasara.

Tenía que ser yo la que provocara el puto rayo

Cerré los ojos, y el azul perfecto del Mediterráneo se convirtió en la luz naranja y sucia de un aparcamiento de universidad.

Vi el rostro de Daniel, no el del hombre bueno y roto que probablemente sería ahora, sino el de mi compañero en el crimen, mi igual en la destrucción intelectual.

Recordé la textura áspera de su barba de varios días rozando la piel sensible de mis muslos.

El peso de su cuerpo sobre el mío, una presencia que no era abrumadora, sino un contrapunto perfecto.

Y su sexo... esa dureza implacable que parecía diseñada para desmantelar mis defensas.

Él no me habría hablado de rigor. Él habría visto el fuego.

Habríamos discutido durante horas, habríamos desmontado la hipótesis y la habríamos vuelto a construir, más fuerte, más afilada.

Él me habría visto a mí. Aquí, en Barcelona, era una variable más en su ecuación de eficiencia. Con él, había sido un evento sísmico.

Mi teléfono vibró sobre la mesa de cristal. Era mi madre. "¿Has conocido a alguien ya, hija? Se te va a pasar el arroz." Colgué sin contestar, ahogándome en la futilidad de todo.

Tenía que volver.

No por él. O no solo por él. Por mí. Necesitaba que alguien, aunque fuera por última vez, me recordara que yo era una fuerza de la naturaleza, no una nota a pie de página en el informe de un comité de hombres grises.

Necesitaba sentir la tierra temblar bajo mis pies, aunque la única forma de conseguirlo fuera provocar yo misma el terremoto.

Y en ese instante de claridad furiosa, la estrategia se desplegó en mi mente con la precisión de una secuencia de ADN. No era una huida. Era una contraofensiva.

Abrí de nuevo el portátil. Ignoré el email de Puig. Abrí el portal de empleo de la red de Centros Nacionales de Investigación. Tecleé "Madrid". Y allí estaba. Como si el universo, en un raro acto de complicidad, me estuviera ofreciendo el arma.

"El Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) busca Director/a para el Departamento de Genómica."

Una posición de poder. De influencia. Un puesto desde el que yo dictaría el "rigor metodológico". Pero no era eso lo que hizo que mi pulso se acelerara. Era la geografía. El CNIC estaba a menos de diez kilómetros del CIB, el nuevo Centro de Investigaciones Biológicas. El nuevo laboratorio de Daniel.

Una búsqueda rápida en la web del CIB confirmó mi hipótesis.

Allí estaba él. Dr. Daniel Jiménez, Jefe del Laboratorio de Epigenética.

Su foto de perfil era la de un hombre diferente: más delgado, sus pómulos, que yo había mordido en el frenesí, ahora más afilados, con una seriedad que no le recordaba, pero con la misma intensidad en la mirada.

Sus ojos oscuros y profundos, que una vez habían reflejado mi propio caos, ahora parecían contener una calma que me resultó ofensiva.

Leí los resúmenes de sus últimos proyectos.

Su línea de investigación actual sobre la metilación del ADN era tangencial a mis propios intereses, pero lo suficientemente cercana. Dolorosamente cercana.

El plan no era una vaga esperanza de encontrármelo por la calle.

Era una estrategia de invasión. Conseguir el puesto en el CNIC.

Y una vez dentro, proponer un proyecto de colaboración masivo, uno que requiriera la experiencia específica del laboratorio de epigenética del CIB.

Un proyecto tan ambicioso, tan bien financiado, que fuera imposible de rechazar.

Un proyecto que me pusiera, por la fuerza de la lógica profesional, cara a cara con él.

No para recuperarlo. La idea era más compleja, más perversa.

Quería ver si la reacción que habíamos iniciado seguía latente.

Quería introducir una variable conocida en su nuevo y presuntamente estable sistema y observar los resultados.

Quería ver si al rozar su mano de nuevo, la descarga seguiría produciéndose.

Quería oler su piel y comprobar si el recuerdo de mi perfume aún provocaba una reacción en la suya.

Quería ver si la visión de mi cuerpo, de mi presencia en su espacio vital, aún podía desestabilizar sus constantes vitales.

Era el experimento definitivo. ¿Podía su nueva calma soportar mi caos?

Pasé las siguientes dos semanas preparando mi candidatura.

No dormí. Viví a base de café y adrenalina.

Moví hilos, llamé a antiguos contactos, pulí mi currículum hasta convertirlo en un arma de destrucción masiva.

La entrevista fue una formalidad. Los aniquilé con mi visión, mi ambición.

Sabía, antes de que me lo dijeran, que el puesto era mío.

Cuando recibí la llamada de confirmación, no sentí alegría. Sentí el frío y satisfactorio clic de la primera pieza del dominó cayendo.

La guerra no había terminado. Solo había entrado en una nueva fase, mucho más sofisticada.

Y esta vez, yo no era una variable incontrolada.

Era la científica que dirigía el experimento.

Y el objetivo era simple: demostrar que, bajo las condiciones adecuadas, todas las constantes, incluso las más estables, se pueden romper.