Agotamiento de Reactivos
Daniel
Semanas después, probé la resistencia de materiales.
Fátima. Entrenadora personal. Un portento físico de metro ochenta, puro músculo y disciplina. Lloraba, sin ningún pudor, con los anuncios de compañías de seguros.
Su apartamento olía a batido de proteínas y a desinfectante. No hubo preámbulos románticos. Me evaluó como quien evalúa una máquina de gimnasio: buscaba rendimiento.
El sexo con ella no fue una danza; fue un triatlón.
Me montó con una potencia de martillo pilón. Sus muslos de acero me atrapaban, sus caderas subían y bajaban con una cadencia mecánica, inagotable.
Yo jadeaba, sudaba, mis músculos ardían por el esfuerzo de mantener el ritmo. Ella apenas brillaba. Me usaba para entrenar.
Me llevó a un orgasmo por puro agotamiento físico, exprimiéndome como a un limón seco. Y cuando yo caí, derrotado y temblando sobre el colchón, ella se levantó, se puso una bata y miró su reloj inteligente.
—Buen cardio —dijo.
Salí de allí con las piernas temblando y el alma encogida.
Con Akiko fui un sismógrafo. Con Fátima fui una mancuerna.
Mi experimento sobre la soledad arrojaba resultados concluyentes: daba igual la variable que introdujera en la ecuación (ruido, fuerza, control). El resultado siempre era cero.
No me faltaba sexo. Me faltaba un motivo para quedarme después.