La Constante de Reacción (La Ciencia del Deseo nº 2) Amplitud de Onda
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Amplitud de Onda

Daniel

Después del fracaso del control con Isabel, mi investigación osciló hacia el otro extremo del espectro. Si el silencio y las cuerdas no funcionaban, quizás la respuesta estaba en el ruido. O en la fricción pura.

Conocí a Akiko en una app. Diseñadora gráfica. Pequeña, silenciosa, minimalista. Coleccionaba primeras ediciones de cómics de terror, algo que no encajaba nada con la calma que proyectaba.

Su apartamento era un templo zen. Muebles bajos, espacios vacíos, un bonsái en la ventana. Ella se movía sin hacer ruido, sirviendo té con una delicadeza que me puso nervioso.

En la cama, parecía de cristal. Su piel pálida, sus huesos finos. Me moví con cuidado, temiendo romperla.

Pero en cuanto la penetré, la muñeca de porcelana se rompió. O más bien, detonó.

Abrió la boca y soltó un alarido. No un gemido. Un grito agudo, sostenido, operístico.

—¡Más! ¡Joder, más!

Su cuerpo menudo se convirtió en un resorte frenético. Gritaba con cada embestida, un sonido que rebotaba en las paredes desnudas del apartamento y me taladraba los oídos.

No era placer; era descarga acústica. Era como follar con una sirena antiaérea.

Yo la embestía, intentando seguir su ritmo histérico, pero mi mente se desconectó. Me convertí en un espectador de su catarsis sonora. Me sentí un instrumento, una baqueta golpeando un tambor.

Cuando terminó, colapsó en un silencio instantáneo, como si alguien hubiera cortado el cable.

Me quedé allí, con los oídos pitando, mirando el bonsái perfecto en la ventana. El ruido extremo había resultado ser una forma de soledad aún más profunda que el silencio.