Capítulo 8 · La mañana del mensaje
Catorce meses antes
La mesa del desayuno del sábado tenía un solo tema, y el tema no se nombraba: se pasaba de mano en mano con el azucarero.
La casa de la cuesta, después del vaciado, sonaba distinta; veintitrés cajas numeradas ocupaban el corredor y la sala, y el silencio de la casa sonaba ahora con eco de cartón.
Sobre esa mesa nueva descansaba la única cosa del viernes que nadie había mencionado: la contestadora, la lucecita, el uno.
Álvaro comió dos huevos y habló de la tasación, del perito, de los bloques que había que entregar el martes en la obra del río, y el camión tosió abajo en el patio su tos de diésel cuando se fue por la primera carga.
Tomás contó que la pensión de la terminal tenía el desayuno incluido, y se levantó a recargar el café de todos.
Nuria esperó, con la taza en las dos manos, a que el azucarero completara la vuelta.
—El perito viene el martes —dijo Álvaro—.
Lo de la tasación está listo si hoy llevamos las cajas a la bodega de la cooperativa, que me dio permiso el gerente.
Lo demás... —hizo con la cuchara un gesto que abarcaba la casa entera, el desván y los quince años— es de hace mucho.
Un mensaje de hace quince años no va a frenar una venta. Se oye, si tanto quieren, y ya.
—No —dijo Nuria. La palabra salió antes que el cálculo, que en ella era un acontecimiento. —¿No se oye? —No se oye así, nomás, un sábado, porque sí. Primero los papeles. Yo quiero saber qué hay en los papeles antes de que la notaría me pregunte lo mismo delante de todos.
Tomás volvió de la estufa con la cafetera en la mano y sirvió las tazas: la de su mamá sin azúcar, la de Nuria con dos, la de Lucía con la leche que había que calentar.
Esa atención a los detalles de una familia que había dejado de verse hacía quince años era, en él, más información que cualquier pregunta.
—A mí los papeles no me han traído nada bueno nunca —dijo desde la estufa, y se rio de su propia frase—.
Los de la oficina los estoy ordenando. Están bien.
No hay nada ahí que la notaría no pueda ver.
Lo dijo mirando el café que servía, con la voz de conversación de los ascensores, y Nuria lo oyó con la oreja del oficio: los que dicen que no hay nada suelen saber qué es lo que no hay.
Lucía no dijo nada en toda la discusión, y Nuria la vio no decir nada con la atención con que se ve a las personas que no dicen nada en las mesas donde se decide algo.
La muchacha ayudó a quitar la mesa, colgó la toalla de los ganchos azules en su clavo, de memoria, como si llevara años, y subió a la sala de arriba a seguir con la lista de las cajas de la bodega, con el cuaderno negro bajo el brazo.
Nuria pensó que la niña de Tomás tenía la costumbre de anotar, que en esa casa nadie había anotado nunca nada, y que las dos cosas juntas podían ser una novedad o una amenaza; no le dio tiempo de decidir cuál, porque el sábado tenía su propia lista.
Álvaro se fue con la primera carga, y la casa se quedó en el silencio de las casas después de las discusiones que no llegaron a ser discusiones.
Nuria lavó las tazas en la pila de la cocina, al lado del grifo que goteaba desde el invierno anterior, y fue el goteo, o el silencio, o el azucarero dando la segunda vuelta sobre el mantel, lo que le abrió el cajón de la mañana de hace quince años, que ella no abría nunca y no había podido perder.
La casa estaba llena de gente de negro. Gente de negro que comía en bandejas, que traía pasteles y se los llevaba de vuelta con las fuentes vacías; el olor a café hecho en ollas grandes y a cera de funeraria; las vecinas con la boca compuesta y los ojos yendo y viniendo.
El velorio había terminado el día anterior y la casa todavía no lo sabía: seguía poniendo sillas para la gente, seguía sirviendo.
Nuria tenía veintiocho años y un duelo que administrar, y administrar era lo que sabía hacer.
En el aparador del pasillo, entre los vasos y las llaves, la contestadora de la casa mostraba la lucecita roja encendida desde la víspera.
Nadie la había tocado: las casas de duelo no contestan teléfonos.
Cuando se fue el último plato y quedaron solo las tazas sucias de la familia, Nuria apretó el botón de reproducir, porque era lo que quedaba por ordenar.
La cinta corrió hacia atrás un trecho corto y se detuvo sola, con el soplido del casete vacío al principio, y después vino la voz: —Mamá, soy Tomás.
No firmen nada. Papá no iba solo esa noche.
Nuria oyó las palabras de pie en el pasillo, con el trapo de la mesa en la mano.
No firmen nada: en esa casa no se había firmado nada nunca, ni se iba a firmar nada, que ella supiera.
Papá no iba solo: el acta decía otra cosa, y el acta la había levantado el señor Quirós, que era el hombre más formal del pueblo.
Las dos frases no cerraban con nada, y Nuria, que llevaba la vida cerrando, las dejó abiertas, porque al final del pasillo estaba su mamá.
Carmen venía de la cocina con dos tazas en las manos, parada en la luz de la puerta.
Había oído. Nuria vio que había oído, y las dos supieron que las dos sabían, y ninguna dijo una palabra, porque en esa casa nadie pregunta, para no tener que contestar, y porque la casa seguía llena de gente de negro que no sabía nada y a las que había que servirles el café.
Carmen cruzó el pasillo, dejó las tazas sobre el aparador, apagó la contestadora del botón y la desconectó del tomacorriente.
Se quedó con el aparato en las dos manos, mirándolo de frente, como se mira a un alumno que dijo la verdad en voz alta.
No lo borró. El dedo pasó por el botón de borrar y siguió de largo, hacia el cable, que enrolló despacio, en el mismo sentido de siempre, y le puso alrededor del cuerpo como se le pone un rebozo a una vieja.
Después subió la escalera con la contestadora, y Nuria, que no la siguió, oyó los pasos parejos hasta arriba y no oyó nada más.
A la semana siguiente, Nuria cerró la mitad de arriba de la casa, desarmó la silla de la cocina y se quedó con las llaves.
La contestadora estaba en el desván, en su esquina, envuelta en su propio cable.
En quince años, ninguna de las dos la nombró.
El mensaje no se borró y no volvió a oírse: quedó, como las preguntas de esa casa, en calidad de espera.
De esa semana había otra imagen, y Nuria no la convocaba nunca, aunque venía pegada a la del mensaje, como vienen las monedas de un mismo bolsillo: la madrugada del hallazgo, la una y cuarto, su mamá de pie al lado de su cama con la linterna lista y el pelo peinado, con horquillas, vestida de calle, como si la noche la hubiera encontrado lista mucho antes de que hubiera noche.
Nuria había aprendido, con los años de contadora, a mirar la una de esas imágenes sin mirar la otra; llevaban quince años juntas en el mismo cajón y ninguna había tocado a la otra todavía.
Cuando se tocaran iba a haber que medir el hueco, y medir el hueco era lo único que Nuria no había hecho nunca en esa casa.
Sacó las manos del agua de la pila y las secó en el trapo de siempre.
Arriba, en el desván, la contestadora esperaba con su uno adentro; abajo, la tasación tenía fecha y la firma tenía fecha; y en el medio estaba ella, que era la contadora de la familia y llevaba quince años llevando cuentas que no eran las suyas.
Llovía fino sobre el zinc. Nuria marcó el número de la notaría en el teléfono del corredor y pidió hora.
—Dígale a la doctora Belmonte que necesito reunirme con ella, que le voy a entregar el expediente completo de la casa —dijo, con la voz de la cooperativa—.
Antes de la tasación. La contestación fue la que esperaba de esa notaría: el viernes, a las nueve, con todos los hermanos.
La notaría iba a pedir papeles. Nuria lo sabía mejor que nadie, porque ella era la que iba a tener que encontrarlos.