Capítulo 19
diecinueve
MAINE
Mientras busco las llaves a tientas con los dedos todavía mojados de ella, Maya se aprieta contra mí, su aliento caliente en mi cuello.
—Más te vale estar duro como una piedra —dice.
La cerradura por fin coopera y nos precipitamos por la puerta.
Mi cerebro tiene medio segundo para meter baza, y lo aprovecha para gritar que esto es una idea pésima.
Porque esto no es solo un polvo, esto es pulsar el botón de ADELANTE en los sentimientos y el desastre de la apuesta y quién coño sabe qué más.
—¿Dudas? —pregunta, y hay algo vulnerable en su voz que atraviesa el alcohol y el deseo.
Debería decir que sí. Debería acordarme de la apuesta y del dinero que no puedo permitirme pagar si pierdo, y de que no quiero ganar si eso implica destrozarle el corazón y la confianza.
O del hecho de que cada minuto que paso preocupándome de verdad por ella es un paso más hacia un puto desastre total.
En su lugar, le enmarco la cara con las manos, encantado con lo absolutamente deshecha y perfecta que está.
—No —miento—. Ninguna duda.
La sonrisa que me dedica es distinta de su sonrisa burlona de siempre.
Más suave. Real. Y mientras me arrastra hacia mi cama, tengo la aterradora revelación de que estoy demasiado cerca de ganar la apuesta que no quiero ganar, porque ella está demasiado cerca de pillarse por mí de una forma que no puedo permitirme.
Joder , grita mi cerebro. Estás pero que muy jodido.
Pero entonces vuelve a besarme, y dejo de pensar por completo.
—Dormitorio —jadea contra mis labios, y no hace falta que me lo diga dos veces.
Dejo que me arrastre por el pasillo, pero solo llegamos tres pasos antes de que tire de mí para otro beso.
Mis manos encuentran su cintura, se deslizan bajo su top hasta dar con piel cálida y un sostén de encaje, y como respuesta a mi contacto suelta un gemido suave y necesitado que me llega directo a la polla, que ya me duele.
Tengo que obligarme físicamente a seguir avanzando hacia el dormitorio porque, si no lo hacemos, voy a follármela aquí mismo contra la pared. Y, un segundo después, cruzamos el umbral de mi habitación tropezando, un enredo de extremidades y manos errantes, y me pongo a quitarle el vestido.
Cuando cae al suelo, se queda ahí de pie en un conjunto de sostén y bragas de encaje negro, el pecho subiendo y bajando rápidamente, los ojos abiertos de par en par por el deseo.
Las luces del club habían ocultado los detalles, pero aquí en mi habitación puedo verlo todo: el hambre en sus ojos, el rubor extendiéndose por su cuello. ..
—Te me quedas mirando —dice.
—Sí —admito, con la voz ronca—. Estás preciosa, joder.
Algo le cruza la cara —sorpresa, quizá, o vulnerabilidad—, pero antes de que pueda analizarlo, me está subiendo la camiseta y sacándomela por la cabeza. Sus manos recorren mi pecho, sus dedos trazan las líneas de músculo con una concentración que me hace sentir que me está memorizando.
—Ven aquí —murmuro, y obedece, dejando que la guíe hasta el colchón.
Pero en vez de cubrir su cuerpo con el mío, la beso despacio, con profundidad, y empiezo a descender por su cuerpo.
Presiono los labios contra su garganta, sintiendo su pulso acelerado bajo mi boca.
Trazo un camino con la lengua a lo largo de su clavícula, saboreando la sal de su piel y el rastro tenue de su perfume.
—Maine —suspira, enredando los dedos en mi pelo.
La miro desde abajo mientras me acomodo entre sus muslos, y la expresión de su cara —anticipación mezclada con algo dolorosamente tierno— es lo mejor que he visto en mi puta vida. Esto ya no va de ganar. Esto va de darle a ella lo que ella me ha dado estas últimas semanas.
Cariño. Atención. La sensación de ser visto de verdad.
Joder, ¿me atrevo a decirlo?
La sensación de ser amado...
Engancho los dedos en sus bragas y las deslizo hacia abajo, revelándola ante mí por completo.
Ya está mojada, y el primer toque de mi lengua hace que todo su cuerpo se arquee sobre la cama.
Y entonces empiezo a explorarla con una concentración absoluta, encontrando un ritmo que la tiene restregándose contra mi cara, persiguiendo su placer.
—Oh, Dios —jadea, con una mano enredada en mi pelo, sujetándome exactamente donde me necesita—. Ahí, justo ahí, ni se te ocurra parar, no...
No paro. Redoblo la apuesta, añadiendo dos dedos que trabajan en tándem con mi lengua, curvándolos hasta encontrar un punto que hace que todo su cuerpo se ponga rígido.
Se corre con los muslos apretados alrededor de mi cabeza, y la acompaño durante todo el orgasmo, suavizando el contacto mientras empieza a bajar y recuperar el aliento.
Cuando por fin vuelvo a subir por su cuerpo, me da un beso distinto a todos los demás: más lento, más profundo, con una ternura que me hace doler por dentro. Puede saborearse a sí misma en mi lengua, y la forma en que gime dentro de mi boca me pone tan duro que literalmente duele.
—Te quiero dentro de mí —murmura contra mis labios.
Tengo que obligarme a separarme el tiempo suficiente para coger un condón de la mesita de noche. Me quito los vaqueros y la ropa interior, rasgo el envoltorio y me lo pongo. Y cuando vuelvo a acomodarme entre sus piernas, el peso del momento me golpea.
Esto no es solo sexo.
Esto es algo completamente distinto, algo para lo que todavía no tengo palabras.
O algo que me da demasiado miedo nombrar.
Me coloco en su entrada, luego me detengo, buscando sus ojos.
—Maya...
—Lo sé —susurra.
Y tal vez sea cierto.
Tal vez ella también sienta este cambio.
Sentimientos que no puedo permitirme.
Entro en ella despacio, observando su cara mientras la lleno centímetro a centímetro. Se le abre la boca en un jadeo silencioso, las uñas clavándose en mis hombros. Cuando estoy completamente dentro, los dos nos quedamos quietos, ajustándonos a la abrumadora sensación de estar conectados así.
—Joder —exhalo, apoyando la frente contra la suya—. Se siente increíble.
Responde moviendo las caderas, llevándome aún más adentro, y cualquier capacidad que tenía de formar pensamientos coherentes desaparece por completo.
Empiezo a moverme, lento y profundo al principio, queriendo que esto dure.
Cada embestida le arranca un sonido suave de la garganta, y catalogo cada uno como si fuera algo precioso.
Pero Maya tiene otros planes. Me envuelve la cintura con las piernas, usando el impulso para salir al encuentro de mis embestidas, convirtiendo nuestro ritmo lento en algo más urgente.
Sus manos están por todas partes: en mi pelo, arañándome la espalda, agarrándome el culo para empujarme más adentro.
—Más fuerte —exige, y ¿quién soy yo para negarle nada?
Acelero el ritmo, embistiéndola con una fuerza que tiene el cabecero golpeando contra la pared.
Me iguala embestida por embestida, nuestros cuerpos moviéndose juntos en perfecta sincronía.
Cada movimiento parece una conversación, cada caricia una confesión que ninguno de los dos es lo bastante valiente para pronunciar.
—Dame la vuelta —jadea Maya de repente, empujándome los hombros con una fuerza sorprendente—. Quiero que me folles por detrás.
La exigencia cruda en su voz casi acaba conmigo ahí mismo. Salgo de ella, ambos gimiendo por la pérdida, y ya se está moviendo, colocándose rápidamente a cuatro patas con una urgencia que iguala la mía.
—¿Fuerte? —pregunto, recorriendo con las manos la curva de su culo, hipnotizado por la visión de ella ofreciéndose a mí tan completamente.
—Sí —exhala, mirándome por encima del hombro con ojos oscurecidos de necesidad—. No te contengas.
No soy de los que discuten una petición caliente de una mujer preciosa, así que me coloco y entro de nuevo en ella con un movimiento fluido; el nuevo ángulo le arranca un grito agudo de los labios.
Mis manos encuentran sus caderas, agarrándolas con fuerza suficiente para dejar marcas mientras establezco un ritmo brutal que la tiene estrujando las sábanas.
—Joder, Maine —gime, dejándose caer sobre los codos, cambiando el ángulo aún más—. Justo así.
Me inclino sobre su espalda, una mano apoyada en el colchón mientras la otra se desliza hasta encontrar su clítoris. En el instante en que la toco, se contrae a mi alrededor, un sonido entrecortado escapándosele de la garganta. Está cerca, lo noto, y yo también, deseando explotar más que nada.
—Córrete conmigo —gruño contra su oído, sintiendo el orgasmo acumularse en la base de mi columna—. Estoy tan cerca...
Se rompe debajo de mí, mi nombre un gemido en sus labios mientras el orgasmo la atraviesa. La sensación de ella pulsando a mi alrededor destroza lo que queda de mi control, y caigo con ella, la visión volviéndose blanca mientras el placer me arrasa en oleadas que parecen no tener fin.
Nos desplomamos sobre la cama y nos quedamos ahí tumbados, mi peso encima de ella, los dos jadeando y temblando después del orgasmo.
Sigo dentro de ella, y ninguno de los dos parece tener prisa por separarse.
Me acaricia el muslo, y yo le voy dejando besos en el hombro, el cuello, en cualquier sitio que pueda alcanzar sin tener que moverme demasiado.
Al final, sé que tengo que ocuparme del condón, pero hasta esa separación necesaria parece demasiado. Me deshago de él rápido y vuelvo a la cama, donde Maya se ha acurrucado de lado, con aspecto de estar completamente satisfecha y absolutamente perfecta.
Sin pensarlo, la atraigo hacia mí, encajando su espalda contra mi pecho y pasándole un brazo por la cintura con firmeza. Encaja perfectamente en la curva de mi cuerpo, como si hubiera sido diseñada para estar ahí. Puedo sentir su corazón desacelerando poco a poco, sincronizándose con el mío.
Esto es peligroso. Todos mis instintos me gritan que haga un chiste, que restablezca los límites, que convierta esto de nuevo en algo casual y manejable. Pero no puedo. No cuando tenerla así entre mis brazos se siente mejor que cualquier otra cosa que haya sentido en mi vida.
Estás enamorado de ella , me informa amablemente mi cerebro, y ya no estoy seguro de poder negarlo.
Porque la mujer que está acurrucada contra mí me ha arrancado la máscara que llevo puesta, me ha visto en lo peor y en lo mejor, y se ha instalado en un lugar dentro de mí que ni siquiera sabía que existía.
La apuesta que empezó todo esto ahora me parece un chiste, y me siento estúpido por haberla hecho.
Podría dar la apuesta por ganada ahora mismo, pero eso significaría traicionar su confianza.
Y no quiero hacer eso.
Ya no.
No quiero ganar, pero no puedo permitirme perder.
Su respiración se vuelve regular, y creo que se ha dormido hasta que habla, con voz suave.
—¿Qué es esto, Maine?
Mi brazo se tensa alrededor de ella involuntariamente, pero me tomo unos buenos segundos antes de responder. Mi cabeza me dice que este es el momento de escapar, de reafirmar la naturaleza casual de todo esto, y de ganar tiempo para averiguar cómo coño salir de la apuesta con los chicos.
—Yo no hago esto —continúa—. Lo de acurrucarnos. Lo de... lo que sea que es esto.
—Yo tampoco.
Se da la vuelta entre mis brazos para mirarme de frente, y hasta en la penumbra puedo ver la confusión en sus ojos, la misma guerra entre deseo y autoprotección que me arde en el pecho.
—Entonces, ¿qué estamos haciendo? —pregunta.
—No lo sé —admito—. Pero sé que no quiero que te vayas.
Algo en su expresión se suaviza.
—Vale —susurra—. Me quedo.
Mientras su respiración se profundiza y se va quedando dormida, yo sigo despierto, abrazándola y tratando de no pensar en lo completamente jodido que estoy.
La apuesta, el dinero que necesito desesperadamente pero que no quiero ganar y que no puedo permitirme perder, y el hecho de que mis amigos creen que todo esto es un juego.
El hecho de que quedará destrozada si se entera.
Esta chica está dormida en mis brazos, confiándome su cuerpo y tal vez hasta su corazón, mientras yo guardo un secreto que podría destruirlo todo. Así que mañana intentaré averiguar si hay alguna manera de salir de la apuesta sin romperle el corazón ni quedarme sin un centavo.
Pero esta noche, simplemente la abrazo fuerte y finjo que esto es algo que puedo conservar.