Capítulo 12
doce
MAINE
Joder, esta chica sabe lo que es una fiesta.
La transformación de nuestro departamento —de zona de guerra doméstica a cuartel general de cuidados de hermana a epicentro fiestero— fue tan rápida que casi me da un latigazo.
En un momento estaba tirado en el suelo, emocionalmente vacío, y al siguiente Maya tiene la música a un volumen tan alto que siento los graves en los dientes.
Funciono con las últimas reservas, haciendo de anfitrión en piloto automático.
El Show de Maine, de vuelta con otra función a sala llena.
Nadie necesita saber que hace tres horas estaba sentado contra esa misma puerta, ahogándome en obligaciones familiares y el dolor conocido de que te necesiten pero no te vean.
Porque cada vez que siento que mis reservas se agotan, la miro a ella.
Maya, moviéndose entre la multitud como si fuera suya.
No solo organizando esta fiesta, sino dirigiéndola como una sinfonía.
La veo presentar a dos tipos de círculos sociales distintos con un comentario que los hace reír a ambos, conectándolos al instante.
Aleja a una chica borracha de un tipo siniestro con tal delicadeza que la chica ni se da cuenta de que acaba de ser rescatada.
Cada gesto, cada risa, cada broma perfectamente calculada. .. todo es deliberado.
No es solo buena en esto. Es una puta virtuosa.
Esta tarde, desde el momento en que mis padres dejaron caer a Chloe en mi puerta hasta el minuto en que la puerta se cerró tras ellos, había sido perfecta. Desplegó café para mí y caramelos para Chloe y estuvo ahí justo en los pocos momentos en que sentí que me derrumbaba.
Sin preguntar, sin agobiar, solo... perfecta.
Pero esto es diferente.
Ahora que la fiesta ha empezado —ahora que la sala está iluminada, llena y ruidosa— Maya actúa con la misma intensidad que yo.
La imagen de la fiestera, la reputación salvaje, la forma en que acapara la atención sin parecer necesitarla.
.. todo es un espectáculo. Me intimida y me excita a partes iguales.
Pero también quiero saber por qué necesita esto tanto como yo.
—¡Eh, Maine! —La voz de Mike corta mi análisis—. ¿Piensas quedarte ahí plantado toda la noche como un adorno o vas a dar el paso?
Cierto.
La apuesta.
Despego la mirada de Maya y descubro que medio equipo de hockey me observa con distintos grados de diversión. Rook ya tiene el móvil en la mano, probablemente actualizando el chat de las apuestas. Y Mike me lanza esa mirada que dice que solo está esperando a que empiece el espectáculo.
Hora de darle al público lo que quiere, se burla mi mente. La historia de tu vida.
Me despego de la pared y voy hacia la cocina con una idea tomando forma. Agarro botellas de nuestra escasa reserva de alcohol, adornando cada movimiento como si fuera Tom Cruise en Cocktail, y en menos de un minuto tengo a una multitud alrededor.
—Damas y caballeros —anuncio, lo bastante alto para que se oiga por encima de la música—, os presento mi última creación.
—Sirvo el brebaje en vasos de plástico, asegurándome de que Maya me observa desde el otro lado de la sala.
Nuestras miradas se cruzan y le lanzo mi sonrisa más arrogante—. Lo llamo... la Reina de Hielo.
El nombre aterriza exactamente como pretendía. Veo cómo se le endereza la espalda, cómo entrecierra los ojos apenas un poco. Pero hay algo más, un destello de lo que parece diversión o atracción, y me sonríe con suficiencia como si acabara de lanzarle el desafío que estaba esperando.
—¡La primera ronda va por mi cuenta! —grito, repartiendo vasos entre manos ansiosas—. El trago es fuerte y dulce, en honor a nuestra anfitriona.
Estoy a mitad de servir cuando se acerca un novato con cara de nervios.
—Eh... Maine, Maya quería que te diera un mensaje.
Arqueo una ceja.
—¿Sí?
El chico se aclara la garganta.
—Dijo que, eh, que te dijera que, eh... vas a tener que esforzarte más.
Los que me rodean sueltan un «uuuuh» como si estuviéramos en secundaria, y no puedo evitar reírme. Hasta Cooper parece divertido, y tiene la personalidad de una pared de yeso. Pero no puedo dejar de mirar a Maya, porque su sonrisa está cargada tanto de diversión como de alivio.
Porque sé que solo hemos montado esta fiesta porque estaba preocupada por mí.
Y está claro que ella necesita esto —dirigir el espectáculo, reina del caos— como el aire que respira.
Lo que significa que estoy un paso más cerca de ganar la apuesta.
Que empiece el juego.
Me bebo el cóctel de la Reina de Hielo de un largo trago y localizo a una de las amigas de enfermería de Maya, Priya, junto al bar improvisado.
Es guapa, aunque parece tomarse a sí misma un poco demasiado en serio, con unas gafas tremendamente intensas incluidas.
Pero, y esto es lo importante, está en el círculo íntimo de Maya.
Perfecto.
Me deslizo a su lado, subiendo el encanto hasta el once.
—Oye, estás en el programa de Maya, ¿verdad? Llevo tiempo queriendo preguntar: ¿te sabes todos los huesos del cuerpo?
Se ríe con una risita —una risita de verdad— y se lanza a explicar.
Me importa una mierda la anatomía a menos que implique a la mujer concreta con las curvas concretas que está bailando al otro lado de la sala, pero asiento y sonrío mientras Priya habla, asegurándome de estar colocado en un ángulo desde el que Maya tenga una vista clara de nosotros.
Tarda exactamente tres minutos.
—Disculpa. —Maya aparece a mi lado como si se hubiera materializado de la nada, ignorando por completo a Priya—.
Tienes algo... —Se estira hacia arriba y me quedo paralizado cuando sus dedos me rozan la mandíbula.
El contacto es ligero, clínico, pero envía una señal directa a mi polla—. ...justo aquí.
Me enseña el pulgar como si hubiera limpiado algo, pero ambos sabemos que no había nada.
Después, mientras Priya observa con la boca entreabierta, Maya me endereza el cuello de la camisa con ambas manos, alisando la tela por mi pecho.
El gesto es tan despreocupadamente posesivo, tan públicamente territorial, que me quedo clavado.
—Mucho mejor —dice, con voz de miel, y por fin reconoce la existencia de Priya con una sonrisa que es puro colmillo—. Perdona, ¿estabais hablando?
Y entonces desaparece, dejándome ahí plantado como un idiota con media erección y Priya mirándome con otros ojos. Es una locura lo fácil que esta mujer controla el entorno social a su alrededor; acaba de tomar mi jugada de apertura y devolvérmela con creces.
—Entonces tú y Maya... —empieza Priya.
—Es complicado —consigo decir, lo cual es quedarse corto a niveles históricos.
El juego se intensifica a partir de ahí. La encuentro en la sala, riéndose de algo que dice un tipo con la gorra al revés. Mis instintos territoriales —que no sabía que tenía hasta hace cinco minutos— se disparan, pero me obligo a mantener la calma.
Paso por delante, como si nada, y le quito el vaso de la mano. Ahoga un grito —uno de verdad— mientras doy un largo trago sin dejar de mirarla a los ojos. El tipo con el que habla nos mira a uno y a otra, claramente intentando descifrar qué está pasando.
—Gracias, tenía sed —digo, le guiño un ojo y sigo caminando.
Siento su mirada quemándome la espalda. Punto para mí.
Solo que Maya no se limita a empatar. Vuela el marcador por los aires.
Veinte minutos después, estoy junto a los altavoces con Rook, que tiene el brazo sobre mis hombros mientras grita algo sobre el próximo partido en casa.
La veo acercarse entre la multitud y mi cuerpo entra en alerta máxima.
No dice nada, simplemente se desliza bajo mi otro brazo como si ese fuera su sitio.
—Hola —dice, mirándome desde abajo con ojos inocentes que ambos sabemos que son puras gilipolleces. Sus pechos se aprietan contra mí y encaja contra mi cuerpo como una pieza de rompecabezas.
—Hola —respondo, con la voz rasposa.
Rook la mira a ella, luego a mí, luego otra vez a ella.
—Voy a buscarme otra copa —anuncia sin dirigirse a nadie en particular.
Hombre listo.
Maya no se mueve cuando él se va. Si acaso, se pega más, con la mano extendida sobre mi abdomen.
—¿Te diviertes? —pregunta.
—No tanto como tú, por lo que parece —respondo, hiperconsciente de cada punto donde nuestros cuerpos se tocan.
—La mejor fiesta del semestre. —Sus dedos se cuelan entre los botones de mi camisa y sus uñas me rozan el pecho—. Aunque el anfitrión parece distraído.
—Me pregunto por qué será.
Se ríe, grave y ronca, y el sonido va directo a mi polla, que ya estaba interesada.
—Será el Dolor de Cabeza Reina de Hielo. Se te suben directo a la cabeza.
Antes de que pueda responder, alguien sube la música aún más —si es que eso es posible— y la sala se transforma en pista de baile. Maya se aparta, pero no sin antes arrastrar la mano por mi pecho de una forma que claramente no es accidental.
La veo ponerse a bailar y algo dentro de mí se quiebra.
Se acabaron los juegos, se acabó la coreografía calculada.
El páramo emocional que ha sido este día me ha dejado en carne viva y temerario.
No sé si es la apuesta, lo increíble que estuvo hoy, la necesidad urgente de sentir algo o la forma en que se mueve, pero necesito tocarla.
Me abro paso entre la multitud hasta quedar justo detrás de ella. Sin pedir permiso ni anunciarme, me pego a ella, rodeándole la cintura con los brazos y atrayéndola contra mí. De la cabeza a los pies, estoy pegado a ella, y estoy seguro de que puede sentir cada centímetro de mí.
Se congela por completo, cada músculo tenso.
Mierda. Lo he malinterpretado todo.
Mis manos empiezan a aflojarse, listo para retirarme y pedir perdón, cuando ella se derrite contra mí.
Su culo empuja hacia atrás, restregándose en círculos lentos que siguen el ritmo de los graves que retumban en los altavoces.
El contacto me llega directo a la polla y tengo que morderme un gemido.
Esto no es bailar. Es una promesa de lo que podría hacerme si estuviéramos solos.
Mis manos encuentran sus caderas, apretando más de lo estrictamente necesario.
Ella responde restregándose con más fuerza, sus movimientos deliberados y tortuosos.
La fiesta se diluye en estática. Lo único en lo que puedo concentrarme es en el calor de su cuerpo contra el mío, su olor y lo suave que se siente bajo mis manos callosas.
A nuestro alrededor, soy vagamente consciente de que la gente nos mira.
Los chicos sin duda están tomando nota para las apuestas.
Bien. Que miren. Que vean que tengo a Maya derritiéndose contra mí como mantequilla en una sartén caliente.
Después del día que he tenido —joder, después del año que he tenido— necesito esto.
Sentirme visto. Y al mando.
Solo que entonces se gira entre mis brazos, lenta y deliberada, y la expresión de su cara frena en seco mi celebración mental.
—Hola —me sonríe con suficiencia.
No se está derritiendo. Está cazando.
Sus brazos se enroscan alrededor de mi cuello, tirando de mí hacia abajo hasta que nuestras caras quedan a centímetros.
Sus caderas no dejan de moverse, manteniendo esa fricción enloquecedora que está destruyendo a toda velocidad lo que queda de mi autocontrol.
Pero son sus ojos los que me joden de verdad: oscuros, cómplices y completamente al mando.
—¿Esto es lo que querías? —murmura, con los labios rozándome la oreja.
Yo pretendía derretir a la Reina de Hielo. En vez de eso, soy yo el que ha sido capturado, convertido en su presa con unos cuantos movimientos y una sonrisa que promete problemas. Ha tomado mi jugada de poder y le ha dado la vuelta, la ha hecho suya, me ha hecho a mí suyo delante de todos.
Y lo jodido es que ni siquiera quiero resistirme. Solo quiero que siga moviéndose contra mí, quiero descubrir a qué sabe esa boca perversa, quiero averiguar hasta dónde llega esta actuación suya y qué hay de verdad debajo.
Ella vio mi versión despojada, así que ahora quiero Desnuda (la versión de Maya).
La canción cambia a algo más lento pero que sigue cargado de graves.
Maya no pierde el ritmo, ajustando la cadencia a la nueva canción.
Sus dedos juegan con el pelo de mi nuca y reprimo un escalofrío.
Ahora mismo podría preguntarme cualquier cosa y se lo diría, exigirme cualquier cosa y lo haría. Me tiene pillado. Por completo.
—Estás jugando un juego peligroso —dice, aún lo bastante cerca como para que su aliento me acaricie el cuello.
—Qué curioso —logro decir, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Estaba a punto de decirte lo mismo.
Se echa atrás lo justo para mirarme a los ojos, y su sonrisa es puro desafío.
—Bien. Empezaba a aburrirme.
Antes de que pueda procesarlo, me dedica otra de esas sonrisitas, se gira y escapa de mis brazos, dejándome ahí plantado como un imbécil con una erección visible y la cabeza dándome vueltas más rápido que la bola de discoteca que alguien inexplicablemente instaló en mi sala.
La veo desaparecer entre la multitud, probablemente camino de orquestar otro milagro social o destruir la cordura de otro hombre. Mi cuerpo me grita que la siga, que termine lo que empezamos, pero mi cerebro —lo que queda de él— sabe que no conviene.
Tendió una trampa y caí de lleno.
Mike aparece a mi lado, con una expresión a medio camino entre divertida e impresionada.
—Bueno —dice—. Eso se veía bastante íntimo.
—Cállate.
—Solo digo que, para ser alguien que se supone que la está seduciendo, tienes toda la pinta de estar sufriendo el peor calentón del mundo.
No se equivoca.
—Los chicos están actualizando las cuotas —continúa—. Después de esa exhibición, Rook cree que lo tienes en el bolsillo. Pero Schmidt cree que Maya te va a devorar vivo, sacarte todo lo que tengas que dar y largarse antes de que pestañees, ya no digamos conseguir que te diga que te quiere.
La observo al otro lado de la sala, riéndose de algo que dice Sophie, con la apariencia de quien no acaba de pasarse tres minutos restregándose contra mí como si el mundo se estuviera acabando.
Es más, peor que eso: parece totalmente inmune a lo que acaba de pasar entre nosotros, mientras que aquí estoy yo, rojo y todavía duro como una piedra.
—Sí —mascullo, ajustándome discretamente—. Puede que Schmidt tenga razón.