36. La nana
Los guantes primero. Después la plegadera. Después la lámpara.
Después el silencio, que aquí tampoco se enciende: ya está puesto.
Son las seis y cuarto de la tarde del último viernes de abril y en el camino de la Fuente número cuatro solo estamos los tomos y yo.
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La versión oficial la conté una vez, en enero, en el archivo, delante de la máquina de café, y funcionó a la primera porque es verdad y porque a nadie le interesa.
Un pariente lejano de mi madre, en Soria, que murió en enero sin hijos. Una casa vieja y una gestoría pequeña, con nueve clientes y setenta años. Papeleo. Mucho papeleo.
—¿Y te lo vas a quedar?
—De momento hay que liquidarlo.
—Uy, eso son años.
—Eso son años.
Pedí reducción de jornada en febrero. Tres días en Cuenca, dos aquí. Ciento cuarenta minutos de carretera cada martes por la mañana y cada jueves por la tarde, con dos puertos y una comarcal de veinte kilómetros al final.
En el archivo lo entendieron todos enseguida. Una funcionaria con una herencia enredada en otra provincia es la cosa más comprensible del mundo.
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Elías Bermejo Solans falleció el nueve de enero de 2027.
Certificado de defunción, Registro Civil de la localidad, sección tercera. Causa natural. Ochenta y dos años.
En el margen de su partida de nacimiento, que es de 1957 y está en un tomo de un pueblo de esta provincia, hay una nota de referencia que cita un legajo con un guion y un punto a media altura.
Es lo único que queda escrito de él en toda España.
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El libro
El día cinco se ordenan las transferencias. El día seis se comprueba que han salido.
Nunca se da por hecho que ha salido una transferencia.
Este mes hay tres cosas en la columna de observaciones, y las tres las he escrito yo, con la letra de rotular carátulas que me enseñó Rosa Ancín en 2022:
Línea 51. Pieza 214. Ayuda familiar. 220 €. Abonada el 5. Confirmada el 6.
Línea 31. Pieza 227. Residencia. 1.140 €. Abonada el 5. Confirmada el 6. Llamada de cortesía a la dirección el 12 de enero: sin incidencias. Repetir en julio.
Línea 19. Pieza 203. Mantenimiento de sepultura. Vencimiento 2029. Aviso del Ayuntamiento recibido y contestado el 22 de abril. Adjunto acuse.
Ochocientas doce líneas. Doscientas veintinueve piezas vivas: en enero se murió una en Palencia, de setenta y siete años, en su cama, sin haber pedido nunca su partida.
Cerré su legajo yo. Es lo primero que hice.
Y no se ha devuelto una sola carta en cuatro meses.
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Cuenca
A Berta Lucas me la crucé el diez de marzo, en la calle Carretería, a media mañana.
Iba de paisano, con una bolsa del supermercado, y me vio a diez metros.
Bajó la cabeza una vez, sin pararse.
Yo hice lo mismo.
Y seguimos las dos, cada una en su dirección, y eso fue todo, y es exactamente lo que hacen entre sí dos funcionarias que han trabajado el mismo asunto y que saben las dos cómo terminó.
El expediente de Rosa Ancín sigue en tramitación.
Lo miré en marzo. En estos casos, «en tramitación» quiere decir que está esperando a que nadie lo mueva, y nadie lo va a mover, y a mí eso me consta mejor que a nadie porque el sitio donde va a acabar tiene doce grados y cuarenta y cinco por ciento de humedad y yo tengo la llave desde 2019.
Le llevo flores el catorce de cada mes. Se me olvidó en febrero.
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Andrés
Seguimos.
Eso es lo que hay que decir y es lo raro y es lo que es: que seguimos.
Cenamos los miércoles y los sábados. En marzo estuvimos cuatro días en Cádiz porque él tenía un puente y yo tenía la primera semana en la que el libro me cuadró a la primera. Se ha comprado una chaqueta que no es la de pana y que le queda peor y no se lo he dicho.
Ha aparcado lo del reportaje. No lo ha tirado: lo tiene en la carpeta de «pendientes», con los otros cuarenta y uno, y lo abre algunos domingos, y algunos domingos me pregunta.
Y yo le contesto con la mitad exacta de la verdad, que es una cantidad que se mide y que después de cuatro meses ya no se me mide: me sale.
—¿Y lo de la gestoría?
—Papeleo. Nueve clientes, todos viejos.
—¿Y no aparece nada?
—Aparece que había un hombre muy ordenado.
Eso último es verdad.
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El sábado veinticuatro de abril cenamos en su casa y volvió a contar la romería.
No la contó igual: la contó mejor. La gente cuenta mejor las cosas cuando las lleva contadas muchas veces y sabe dónde están los sitios buenos.
Estaba lo del polvo blanco del camino y lo del sol de lado, que se veía el aire.
Estaba lo de que su padre se quejaba de que le pesaba y de que no le pesaba nada, las dos cosas a la vez.
Estaba la gorra que le puso en la coronilla y que él bajaba para taparle los ojos.
Y estaban las tres limonadas y el dolor de tripa toda la tarde.
Y al final dijo lo que dice siempre, que es lo peor:
—Los demás son cachos. Ese está entero.
Y yo le dije que qué suerte.
Y sonreí.
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Y lo que hay que anotar aquí, porque es lo único de estos cuatro meses que me parece grave de verdad, es esto:
Que no me costó.
Que en diciembre me costó, y que aquella noche fregué los platos con el agua a la temperatura a la que sale y me quemé las manos y no la templé.
Y que el sábado veinticuatro de abril sonreí, le dije que qué suerte, recogí la mesa, fregué con el agua templada y luego estuvimos hasta la una viendo una serie mala.
No es que se me haya olvidado. Me acuerdo perfectamente del folio, de la ficha, de la fotografía grapada en el ángulo superior izquierdo y de la palma de mi mano encima.
Es que se me ha vuelto oficio.
Y eso no lo hizo Elías Bermejo. Eso lo he hecho yo sola, en cuatro meses, sin que nadie me enseñara.
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El depósito
El último viernes de abril me quedo hasta tarde porque tengo que hacer una cosa que llevo cuatro meses aplazando.
Ordenar el doscientos catorce.
Un legajo de origen no se ordena para nadie. Se ordena porque un legajo desordenado es un legajo que se pierde, y porque quien lo abra dentro de cincuenta años tiene los mismos derechos que quien lo abre hoy.
Compruebo la foliación, que es correlativa. Retiro dos grapas oxidadas y las sustituyo. Reintegro con papel japonés un desgarro de dos centímetros en el margen del folio siete, que es la primera denuncia, la del tres de noviembre de 1996.
Y al folio veintidós le pongo funda.
Poliéster de veinticinco micras, transparente, sin adhesivo, de las que se usan en los archivos serios para el material fotográfico. Compré una caja de cien en febrero.
La foto entra con holgura. El dedo del ángulo superior derecho queda dentro. El mercado, el toldo, el suelo mojado, la mujer joven con la cazadora vaquera riéndose de algo que hay fuera del encuadre y la niña en la cadera mirando a cámara.
Cierro la carpeta, le pongo las gomas y la devuelvo al tercer cajón, que va duro.
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Después apago la lámpara de la mesa de trabajo y salgo al pasillo, y espero un poco antes de darle a la luz.
Nueve estanterías. Veintiséis tomos. Los cantos jaspeados, los lomos con nervios, los tejuelos rotulados a mano por la misma familia de manos durante ochenta años.
Y detrás de cada folio de cada tomo, una persona que está en su casa a las seis y cuarto de la tarde de un viernes de abril haciendo la cena.
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Y entonces canto.
No lo decido. Me sale, como me ha salido siempre, esperando un ascensor o mirando un folio: tres notas que bajan y se quedan planas.
Y esta vez le pongo la letra.
La letra la tengo desde el veintinueve de diciembre. Está escrita a mano en un folio cuadriculado, en el apartado de las persistencias a erradicar, transcrita con las tildes puestas por alguien que no sabía lo que estaba escribiendo.
Me la sé de memoria y no sé lo que digo.
Ea la la, ea la ló,
duerme, ñeñín, que el ḷḷobu marchó.
Y luego, en mi cabeza, la otra mitad en el castellano roto que me hice yo sola con un diccionario en enero, palabra por palabra, como se traduce de oído lo que no se entiende:
Se fue por el monte. No va a volver.
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La palabra rara me sale mal.
Es la de la ele con el punto debajo, la que no existe en castellano, la que hay que hacer con la lengua pegada al paladar y que un hombre de un foro de filología dijo que se fija antes de los seis años y no se aprende de oído.
Yo la digo desde siempre.
Y ahora que sé lo que significa, la digo peor.
La repito.
La digo tres veces y las tres me sale con acento, con acento de Cuenca, con acento de la mujer de treinta y tres años que soy y no de la niña de tres que la trajo puesta.
La repito otra vez.
Y otra.
Y a la sexta o a la séptima, sin que yo haga nada distinto, sale.
Sale como salía.
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Y esa es toda la herencia que hay.
No una fotografía, que no puede salir de aquí. No un apellido, que no me lo va a devolver nadie. No un recuerdo, porque no me acuerdo de ella, y no me voy a acordar nunca, y ese es el único folio de este archivo que no tiene arreglo.
Una palabra que me sale bien seis de cada siete veces.
Eso es lo que me dio y eso es lo que me quedó, y estaba en el apartado de lo que había que quitarme.
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Doy la luz. Cierro con llave.
En el zaguán huele a papel: cola de encuadernación, polvo de piedra y celulosa. Doce grados. Cuarenta y cinco por ciento de humedad, que la mantengo yo desde enero con dos deshumidificadores y un termohigrómetro que compré en marzo y que reviso los martes.
Y antes de salir vuelvo a empezar, porque las cosas que se cantan se cantan enteras.
Ea la la, ea la ló.
Canto bajito, para no despertar a nadie.
En este archivo duermen todos.