34. El riego
A las doce y dieciocho miro el móvil y tengo tres llamadas perdidas.
Salgo un momento al pasillo, le devuelvo la llamada y le digo tres cosas: que estoy bien, que no hay nadie más en la casa y que necesito una hora más.
—Una hora —dice Andrés—. A la una y veinte.
—A la una y veinte.
Cuando vuelvo, Elías ha puesto encima de la mesa de trabajo un libro que no estaba antes.
• • •
Es un libro de contabilidad de los de antes. Cubierta de tela verde, esquinas metálicas, formato apaisado, con el rayado de columnas impreso en azul pálido y el papel amarilleado por los bordes.
—Esto es lo importante —dice—. Lo demás son papeles.
Lo abre por la mitad.
• • •
Doce columnas rotuladas a mano con la misma letra regular de los lomos.
Nº · Pieza · Concepto · Perceptor · Periodicidad · Importe · Vía · Alta · Última revisión · Vencimiento · Observaciones · Estado
Y debajo, líneas. Doscientas y pico líneas en la doble página, escritas a bolígrafo azul, con las cifras alineadas por la derecha.
—Léalo.
• • •
Línea 7. Pieza 189. Concepto: renovación de suscripción a boletín parroquial. Perceptor: parroquia de [...]. Anual. 24 €. Domiciliado. Alta 1989. Estado: al corriente.
Línea 19. Pieza 203. Concepto: mantenimiento de sepultura, titular padres. Perceptor: Ayuntamiento de [...]. Quinquenal. 310 €. Transferencia. Alta 1994. Vencimiento: 2029.
Línea 24. Pieza 176. Concepto: revisión oftalmológica anual, historia clínica activa. Perceptor: consulta privada [...]. Anual. 60 €. Efectivo. Alta 1986. Observaciones: mantener continuidad de historial.
Línea 31. Pieza 206. Concepto: plaza en residencia, familiar de primer grado. Perceptor: residencia [...]. Mensual. 1.140 €. Transferencia. Alta 2011. Estado: al corriente.
Sigo.
Línea 44. Pieza 198. Concepto: arrendamiento vivienda familiar, mantenimiento. Anual. Alta 1992.
Línea 51. Pieza 214. Concepto: ayuda familiar. Perceptor: R. C. L. Mensual. 220 €. Transferencia. Alta noviembre 1996. Estado: al corriente.
• • •
Doscientos veinte euros.
El día cinco.
Desde noviembre de 1996.
Concepto: ayuda familiar.
Paso el dedo por la línea, de izquierda a derecha, hasta el final, hasta la columna del estado, y ahí lo dejo un momento.
Después paso a la línea siguiente.
• • •
—¿De dónde sale el dinero?
—De una gestoría que factura servicios de administración a nueve clientes.
—Elías no baja la voz para esto ni para nada—.
Los nueve existen. Los nueve pagan. Los nueve reciben lo que pagan: contabilidad, nóminas, herencias.
Es un despacho de provincia con setenta años y una cartera pequeña y ordenada.
—Y con eso paga usted ochocientas doce líneas.
—Con eso y con una finca. —Ladea una mano—. Esto cuesta menos de lo que cree la gente. La mayor parte de las líneas son de veinte, de sesenta, de trescientos euros al año. La única cara es la treinta y uno.
—La residencia.
—La residencia. —Y pasa una hoja—. Las residencias son siempre lo caro. Los muertos salen baratísimos.
• • •
—Esto no es una organización —digo.
—No.
—Esto es una administración.
—Esto es un mantenimiento. —Elías se sienta al otro lado de la mesa—. Y no hay más. Lo que usted ha estado buscando dos meses no existe: no hay una red, no hay un consejo, no hay socios, no hay dinero. Hay un libro de cuentas y un hombre que lo lleva.
—¿Cuántas líneas?
—Ochocientas doce.
—¿Y piezas?
—Vivas, doscientas treinta y una.
• • •
Me quedo mirando la doble página.
Ochocientas doce líneas.
Es un trabajo administrativo. Es exactamente eso: un trabajo administrativo de una persona a jornada parcial. Ochocientos doce apuntes al año, entre transferencias, renovaciones, recibos, avisos y llamadas. Yo escaneo mil ochocientos folios al mes.
Esto lo lleva un señor de ochenta y dos años en una habitación a doce grados.
Y sostiene doscientas treinta y una vidas.
• • •
—¿Y si esto se para?
—No pasa nada.
—¿Cómo que no pasa nada?
—Durante tres meses, nada. —Se recoloca el chaleco—. Se cobra lo domiciliado, se sigue como estaba, nadie se entera. Al cuarto mes empiezan las cartas devueltas.
—Explíquemelo.
—Un recibo que no se paga. Una residencia que llama a un teléfono que no contesta. Un ayuntamiento que manda un aviso de vencimiento de sepultura a una dirección donde no vive nadie. Una revisión médica que no se pide y una historia clínica que se queda parada.
—Y luego.
—Y luego alguien tira del hilo, que es lo que ha hecho usted. —Junta las manos—. Un funcionario cualquiera, en una oficina cualquiera, mira dos papeles juntos que nunca habían estado juntos.
• • •
—¿Y qué les pasa a las piezas?
—Nada, al principio. Después, todo.
—Sea concreto.
—Concreto. —Y lo es—. La pieza doscientos seis es un hombre de treinta y ocho años.
Su madre está en una residencia desde 2011 y no es su madre.
Si la línea treinta y uno deja de pagarse, la residencia reclama, y al tercer impago la trabajadora social abre expediente, y para abrir expediente pide el libro de familia y el vínculo. Y el vínculo no existe.
Se apoya en la mesa.
—Y ese hombre, que no ha hecho nada, un martes por la mañana recibe una llamada en la que le preguntan quién es esa señora.
• • •
No digo nada durante un rato.
—Usted me está amenazando.
—No. —Y me mira con una especie de paciencia cansada—.
Yo le estoy enseñando un libro de cuentas.
La amenaza tendría que ser una cosa que yo pudiera cumplir o no cumplir, y esto se cumple solo.
Yo me estoy muriendo, señorita. Lo que pasa después no lo decido yo.
Lo decide si alguien paga o no paga la línea treinta y uno el día cinco.
• • •
—¿Y si no hay nadie?
—Entonces cesa.
—¿Y ya está?
—Y ya está. —Cierra el libro con las dos manos—. No hay venganza, no hay castigo, no hay nadie que vaya a buscar a nadie. Se acaba el dinero y se acaban las cartas y se caen doscientas treinta y una vidas, una a una, a lo largo de tres o cuatro años, por impago.
—Y también se acaba esto.
—También.
—Entonces bastaría con no hacer nada.
—Bastaría. —Y me mira sin ningún énfasis—. Y en tres años habría doscientas treinta y una personas explicándole a un funcionario por qué su libro de familia no cuadra. Doscientas treinta y una. Sin abogado, la mayoría. En pueblos.
—Y usted quiere que yo evite eso.
—Yo no quiero nada, señorita. Yo tengo un carcinoma de páncreas y semanas. —Aparta el libro dos centímetros—. Yo le estoy enseñando lo que hay, que es lo que se hace cuando se entrega un archivo. Lo que se haga después es de quien lo reciba.
Y esa es toda la coacción que hay en esta casa.
Un libro de cuentas abierto por la mitad y un hombre de ochenta y dos años que ha calculado, con la exactitud con la que lo calcula todo, que el mayor daño posible se comete no haciendo nada.
—¿Y usted?
—A mí me firmará usted, o me firmará el tiempo.
Lo dice como quien anuncia una revisión del coche, colocándose los puños de la camisa.
—Prefiero la letra buena.
• • •
II
El timbre suena a la una y veinte en punto.
Elías levanta la cabeza.
—Su acompañante.
—Sí.
—Ábrale. —Y se levanta apoyándose en los dos brazos de la silla—. Esta casa también será suya.
• • •
Andrés entra con el abrigo mojado y la cara de haber estado dos horas y veinte minutos dentro de un coche.
Lo primero que hace es mirarme a mí, entera, de arriba abajo, y comprobar.
Lo segundo es mirar el pasillo.
Y se para.
• • •
—¿Esto qué es?
—Un archivo privado.
—¿De quién?
—Suyo. —Elías está en el umbral de la habitación del fondo, apoyado en el marco—. Buenos días. Pase. Hay café, aunque me temo que ya no.
Y se vuelve dentro.
• • •
Le enseño el pasillo.
Le digo lo que le puedo decir y no le digo lo demás, y la línea entre las dos cosas la trazo sobre la marcha, mientras hablo, sin haberla pensado antes.
Le digo que son fichas de personas. Le digo que están ordenadas por décadas, en romanos, y que hay veintiséis tomos y que del uno al ocho son de antes de 1947. Le digo que hay un armario con los legajos de origen y que uno de ellos tiene mi nombre.
Le digo que aquí dentro está el nombre de mi madre.
No le digo que en el tomo dieciséis, tumbado encima de los otros, con la encuadernación de cordón y las tapas sueltas, hay un folio con una fotografía grapada en el ángulo superior izquierdo.
No le digo que la vi hace hora y media.
No le digo que le puse la palma encima.
• • •
Andrés recorre el pasillo despacio, con las manos en los bolsillos, que es como se anda por los sitios donde uno no sabe si puede tocar.
—¿Y esto quién lo ha hecho?
—Un hombre en 1947 y otro desde 1979.
—¿Dos personas?
—Dos personas.
Se para delante de la octava estantería.
Y hace la pregunta que hace un periodista de sucesos de provincia cuando le enseñas un pasillo de veintiséis tomos, con la cara iluminada y sin ninguna maldad, porque es la pregunta buena, porque es la que se le ocurre a cualquiera que no sepa nada:
—¿Cuántas vidas caben aquí?
• • •
Desde el fondo, sin salir de la habitación, con la lámpara encendida detrás de él, contesta Elías Bermejo Solans:
—Las que se rieguen.