16
A Susan la despertaron sin encender la luz principal.
Eso fue lo primero que advirtió, antes incluso de comprender que no estaba sola.
La habitación permanecía en esa penumbra azulada de las madrugadas clínicas, cuando los objetos conservan su posición, pero pierden parte de su significado: la jarra de agua, la bandeja vacía, la silla donde Linda había estado sentada —o donde ella recordaba que Linda había estado sentada—, la ventana cerrada y la tarjeta de Aurum Vitae junto al vaso.
Había dos enfermeras junto a la cama.
Una de ellas sostenía una bata limpia. La otra revisaba la vía con una atención que no necesitaba palabras.
—Buenos días, Susan —dijo la primera—. La doctora Fowler quiere verla.
Susan miró el reloj de la mesilla.
Las cinco y cuarenta y nueve.
—¿Ahora?
—Es una reevaluación breve.
La palabra breve había empezado a irritarla más que las agujas.
Breve era lo que decían antes de retirarle un teléfono, antes de ajustar una dosis, antes de convertir una objeción en cansancio.
Se incorporó con dificultad. El abdomen le tiró bajo los vendajes y el cuerpo respondió con una punzada seca, doméstica, casi razonable.
El dolor quirúrgico era honesto. Decía de dónde venía. Lo demás no.
—Quiero llamar a Linda.
Las enfermeras no se miraron entre sí. Eso también era entrenamiento.
—Después del procedimiento —dijo la que sostenía la bata.
—No he consentido otro procedimiento.
—Ha consentido el protocolo completo.
Susan abrió la boca para responder, pero entonces, durante una fracción de segundo, vio un llavero de motel.
Plástico azul. El número 27. Una mano pequeña cerrada alrededor y, detrás, el resplandor rojo de un cartel de salida.
La imagen desapareció.
Le dejó una sensación de calor sucio en la nuca.
—No —dijo Susan, aunque ya no sabía con exactitud a qué se oponía.
La vistieron con una eficiencia que no llegó a ser brusca.
Le colocaron zapatillas, una bata más gruesa y una manta sobre los hombros.
Al salir al pasillo, Susan notó que no iban hacia el ascensor habitual.
La condujeron por el corredor lateral, el mismo que había visto solo una vez, donde las paredes carecían de cuadros y la luz no intentaba parecer amable.
El lector de tarjeta emitió un pitido verde.
Al otro lado, la clínica dejaba de ser hotel.
La sala de LIMBO estaba preparada.
Había más personas que la primera vez. Fowler junto a la mesa central, Matkius tras una pantalla, dos técnicos sanitarios en la cabina acristalada y una mujer desconocida manipulando una bandeja de instrumental cubierto.
En la parte posterior, separado por un panel de vidrio, había un hombre sentado.
Susan no supo por qué se fijó en él.
Era viejo y no lo era. Tenía el rostro de un anciano cuidadosamente conservado, como una pieza orgánica mantenida en condiciones exactas de temperatura y humedad. Vestía traje oscuro bajo una bata abierta que no parecía pertenecerle. No miraba a los médicos. La miraba a ella.
—¿Quién es? —preguntó Susan.
Fowler no giró la cabeza.
—Un observador clínico.
—Eso no existe.
—En esta fase, sí.
La ayudaron a tumbarse. La banda de sujeción volvió a rodearle la frente. Los electrodos fueron colocados en las sienes, detrás de las orejas, en la base del cuello, sobre el pecho. Susan sintió el frío del gel conductor y, después, la presión de unos dedos bajo el pómulo derecho.
El mismo punto.
La misma entrada.
—Hoy no vamos a reducir carga afectiva —dijo Fowler—. Vamos a estudiar el núcleo que quedó inaccesible.
—No quiero que estudien nada.
Fowler inclinó la cabeza, como si hubiese recibido una objeción prevista en el manual.
—Susan, hay una zona de su memoria que no responde como debería. No está dañada. No está borrada. Está sellada.
—Pues déjenla sellada.
El hombre tras el cristal sonrió apenas.
No fue una sonrisa amplia. Solo una modificación mínima en la boca, suficiente para que Susan entendiera que él no estaba allí para curarla.
El sedante entró por la vía con una frescura ascendente. Primero la mano. Luego el antebrazo. Luego una distancia suave entre ella y la habitación. Seguía oyendo, pero las voces parecían producirse dentro de un acuario.
—Registro basal —dijo Matkius.
—Conductividad preparada.
—Sustrato en cámara.
El técnico introdujo el ámbar negro.
La pieza era mayor que la anterior, o quizá Susan la percibía con mayor claridad.
No brillaba. No al principio. Permanecía en su soporte transparente como un coágulo mineral, opaco, compacto, atravesado por vetas internas que no reflejaban la luz de la sala, sino que parecían conservar una iluminación anterior, más profunda.
La aguja entró.
No dolió. Esa fue la peor parte. El anestésico había hecho su trabajo y, sin embargo, Susan sintió la invasión como una idea, no como una herida: un avance oblicuo hacia un punto donde el cuerpo dejaba de distinguir entre carne, nervio y recuerdo.
—Acceso correcto.
El ámbar pulsó.
Una vez.
Luego otra.
No con una luz regular, sino con espasmos de intensidad desigual. Como si hubiera encontrado algo y no supiera si aceptarlo o rechazarlo.
En la pantalla apareció una frase.
Susan no pudo leerla completa, pero algunas palabras quedaron flotando antes de disolverse en el sedante.
COMPATIBILIDAD ALTA.
RESISTENCIA CULPÓGENA BAJA.
NÚCLEO SELLADO.
Fowler permaneció inmóvil.
—Repita el barrido lateral.
—Doctora, la señal es irregular.
—No es irregular —dijo Fowler—. Está encapsulada.
Chicago apareció sin transición.
No como ciudad. No como postal. No como mapa. Apareció primero con el olor de un motel barato: lejía, tabaco antiguo, humedad atrapada en una moqueta de rombos. Luego con un ruido mecánico. La máquina de hielo arrancando al fondo del corredor. Después, voces bajas detrás de una puerta numerada.
Todo había comenzado con una llamada de Sergei.
La red cambiaba de nombre cada pocos meses.
Eso era parte de su utilidad.
Prometían empleos en hoteles, restaurantes o servicios de limpieza.
Movían mujeres con documentos prestados, conductores que evitaban las cámaras y habitaciones pagadas por personas sin antecedentes.
Después aparecían las deudas, los clubes y los pisos donde las puertas solo se abrían desde fuera.
Susan nunca había pronunciado la palabra trata.
No pronunciarla era una de las condiciones del negocio.
Susan había empezado haciendo encargos.
Eso era verdad.
Había reservado habitaciones con su tarjeta, recogido mujeres en estaciones de autobús, entregado sobres y guardado pasaportes durante unas horas. Nunca había golpeado a nadie. Nunca había obligado a nadie a subir a un coche. Había convertido esos límites en una forma privada de inocencia.
Al principio había sido fácil llamarlo trabajo.
El trabajo, descubrió luego, funcionaba mientras cada parte permaneciera separada. Un trayecto. Una llave. Un sobre. Una mujer que dejaba de estar allí antes de que Susan tuviera que preguntarse adónde iba.
Sergei le pidió que recogiera a dos mujeres y a un niño en la terminal de autobuses.
Los documentos las llamaban Olena y Kateryna, aunque quizá tampoco esos fueran sus nombres.
Decían ser primas. El niño viajaba con Olena y tendría unos diez años.
Ninguno de los tres llevaba papeles que permitieran saber con certeza de qué país había salido.
Susan respondió que sí y reservó con su tarjeta la habitación 27 de un motel al oeste de Chicago.
Antes de que llegaran, Sergei le explicó que las mujeres serían trasladadas a un club a la mañana siguiente. El niño se quedaría en otro lugar hasta que ellas hubieran pagado el viaje.
Susan pudo negarse.
Pudo colgar.
Pudo llamar a la policía antes de que el autobús entrara en la terminal.
Pero intervenir significaba explicar las reservas, los trayectos anteriores, el dinero en efectivo y todas las ocasiones en que había preferido no saber. Ayudarlas exigía exponerse.
Por eso buscó otra salida. Se dijo que club podía significar trabajo. Que deuda podía significar un préstamo. Que retener al niño podía ser una forma torpe de organizar el alojamiento. La primera solución a una certeza incómoda consiste en degradarla hasta convertirla en sospecha.
El contacto ruso que solía telefonearla se llamaba Sergei, aunque quizá no se llamaba Sergei.
Tenía una voz educada, baja, y siempre parecía hablar desde un sitio con mala cobertura.
Coordinaba conductores, habitaciones y destinos.
Susan sabía que las mujeres terminaban en clubes y pisos privados.
Sergei nunca se lo había dicho de forma directa. No lo necesitaba.
También sabía para qué servía un niño en una red como aquella. No era un pasajero. Era una garantía. Hacer preguntas solo habría convertido esa sospecha en una obligación.
—Son dos mujeres y un niño —le dijo Sergei—. El pequeño viaja con una de ellas.
Hubo una pausa.
—Llévalos al motel —siguió explicando Sergei—. Habitación 27. Yo me ocupo. No quiero nombres. Cuanto menos sepamos, mejor para todos.
—¿Qué va a pasar con el niño?
—Nada, si ellas hacen lo que deben.
Susan intentó interpretar la frase como una garantía. No pudo. Era una amenaza y ambos lo sabían.
El motel ocupaba un edificio bajo de dos plantas, junto a una vía de mercancías y un aparcamiento casi vacío.
El letrero de VACANCY perdía una letra cada pocos segundos.
En el corredor exterior había una máquina de hielo cuyo motor arrancaba y se detenía, y puertas idénticas con números de latón.
La 27 estaba al final, bajo un cartel rojo de salida que teñía la moqueta de un color enfermo.
Susan recordó haber pensado que el lugar era deprimente.
Un sitio creado para que nadie recordara con precisión quién había entrado o salido de una habitación.
También recordó el llavero de plástico azul.
El número 27 grabado en blanco.