15 #2
La piel tenía una tonalidad cérea, con zonas violáceas donde la congelación había preservado una geografía vascular irregular.
No era una mano completa, como en el cuerpo hallado junto al castillo.
Era parte de un antebrazo, comprimido contra el torso, con los dedos ocultos bajo el tejido.
Había una brida plástica en la muñeca. No una pulsera hospitalaria corriente, sino una cinta más estrecha, sin nombre visible, con un código de barras parcialmente borrado.
Kaflan sacó el teléfono.
Llamó a Rasa Vaitkienė, la forense.
—Necesito que vengas —dijo.
Hubo un silencio al otro lado. Luego una voz ronca, cargada de sueño y desconfianza.
—¿Dónde estás?
—Junto al Teatro Musical.
—¿Qué ha pasado?
Kaflan miró la piel, la cinta, la nieve removida.
—He encontrado restos humanos.
—¿Unidad de intervención?
—No todavía.
Rasa comprendió la frase antes de contestar.
—Kaflan.
—Ven sola primero.
—Esto no funciona así.
—Lo sé.
—Entonces llama por el canal ordinario.
No tenía dudas de quién podía ser. Había pasado meses buscándola bajo hipótesis incompatibles: fuga voluntaria, accidente, secuestro, suicidio, nueva identidad, crimen doméstico del que él mismo había sido sospechoso sin que nadie necesitara decírselo.
Kaflan cerró los ojos. Durante un instante vio a Elada de espaldas en la cocina, recogiendo una taza rota del suelo.
No recordaba la discusión anterior, solo la taza, el gesto de ella inclinándose, la nuca descubierta bajo el pelo recogido, la forma en que había dicho su nombre sin enfado, con una fatiga peor que el enfado.
—No puedo dejarla aquí un minuto más —dijo.
—Sí puedes.
—Necesito verla.
La forense tardó en responder.
—No toques nada más.
Kaflan miró sus guantes manchados de hielo y tejido gris.
—Tarde.
Ella soltó una maldición baja.
—Veinte minutos.
Colgó.
Kaflan permaneció agachado, incapaz de apartarse.
La ciudad seguía despertando a su alrededor.
Un hombre pasó con un perro pequeño que olfateó el aire y tiró de la correa hacia el jardín.
El dueño lo corrigió sin mirar. Una mujer con un abrigo largo fotografió la fachada del teatro, quizá turista, quizá alguien que necesitaba demostrar que había estado allí.
Nadie vio el antebrazo. Nadie vio al inspector arrodillado junto a la nieve como si estuviera reparando una avería menor.
Cuando la forense llegó, no llevaba el uniforme habitual de trabajo. Se había puesto un abrigo oscuro sobre ropa de calle y el pelo aún húmedo del lavado apresurado. Traía una maleta pequeña.
No saludó.
Se arrodilló junto a él, observó el punto abierto en la nieve y después lo miró a los ojos.
—Te has metido en un problema.
—No es el primero.
—Este sí cuenta.
Abrió la maleta y se colocó una mascarilla, guantes, sobres y marcadores. Su eficiencia no tenía consuelo, y Kaflan se lo agradeció. Cualquier gesto de compasión lo habría desorganizado.
—Necesito exponer lo mínimo —dijo ella—. Después llamamos.
—Después.
La forense retiró hielo con una espátula.
No tardaron en descubrir que el cuerpo no estaba entero o, si lo estaba, había sido colocado con una compresión anómala dentro de una bolsa o envoltorio ya roto por el frío.
La nieve había rellenado los huecos, creando un molde imperfecto.
Apareció parte del cuello. Luego la línea de la mandíbula.
Kaflan se puso de pie.
La forense no dijo nada.
La cara estaba dañada, no por violencia expresiva, sino por el tiempo, la presión y el hielo.
Aun así, había una forma. Una estructura ósea.
Un pómulo ligeramente más alto. La boca entreabierta, rígida, sin gestos de dolor.
Eso lo desconcertó. Había esperado encontrar, en la materia congelada, una explicación moral. No la había. Solo tejido.
La forense iluminó la zona preauricular izquierda.
—Aquí hay una lesión.
Kaflan volvió a agacharse.
No era una herida amplia. Era una marca pequeña, circular, casi limpia, situada en un punto que no correspondía a una agresión común. Más abajo, en la región lateral del cuello, había otra. Y otra cerca de la base occipital, apenas visible entre el pelo endurecido. No eran cortes. Eran entradas.
—Punciones —dijo la forense—. Finas. Muy finas.
—¿Post mortem?
—No puedo decirlo aquí.
Pero su voz ya había cambiado.
La forense retiró otro fragmento de hielo del tórax.
Bajo la tela gris apareció una zona donde la piel conservaba restos de adhesivo en círculos simétricos.
Electrodos. No los parches de una monitorización rutinaria cualquiera, sino una disposición más extensa, como si alguien hubiera necesitado leer señales desde varios puntos del cuerpo mientras otra cosa ocurría en la cabeza.
—No es igual que los otros —dijo Kaflan.
Ella lo miró.
—No deberías saber eso.
—Lo sé igualmente.
La forense no discutió. Siguió examinando.
Al retirar la nieve de la mano izquierda, los dedos aparecieron flexionados contra la palma.
En el anular no había alianza. Elada no la llevaba desde mucho antes de desaparecer.
Eso habría sido demasiado fácil, demasiado literario, casi ofensivo.
Lo que apareció fue una pequeña deformidad en la falange media del dedo índice, una desviación mínima que Kaflan conocía porque ella se la había enseñado muchas veces con una mezcla de orgullo y burla.
Una fractura mal consolidada de la adolescencia.
Se había caído patinando sobre un lago helado, antes de conocerlo.
Decía que ese dedo era su barómetro privado; le dolía cuando cambiaba el tiempo.
Kaflan extendió la mano, pero la forense lo detuvo sujetándole la muñeca.
—No.
Él no se resistió.
Se quedó mirando aquel dedo torcido.
La forense bajó la mirada.
—Lo siento.
Kaflan escuchó la frase como quien oye una fórmula en otro idioma.
—No —dijo.
Ella frunció el ceño.
—¿No?
—No lo sientas todavía.
Se incorporó.
La máquina municipal había detenido su trabajo a unos metros.
El conductor observaba desde la cabina, ya consciente de que algo no pertenecía al orden habitual de la nieve.
Dos peatones aminoraron el paso. Pronto habría teléfonos.
Pronto habría superiores, perímetro, cámaras, preguntas, cadena de custodia, informes, explicaciones de por qué un inspector había localizado un cuerpo sin activar un operativo.
Kaflan sacó otra vez la lista del bolsillo.
La forense la vio.
—¿Qué es eso?
—Un mapa.
—Eso no parece un mapa.
—Los mapas buenos casi nunca lo parecen. Es lo que me ha traído hasta aquí.
Rasa guardó silencio mientras él fotografiaba la línea con su móvil personal. Eso era otra infracción. Luego llamó a Linda Harris. Su teléfono estaba anotado junto a la lista.
Contestó al tercer tono.
—Inspector.
Su voz sonaba despierta desde hacía horas.
—La he encontrado.
Linda no preguntó a quién.
Hubo un silencio breve, tan cuidadoso que Kaflan comprendió que ella estaba sentada, quizá en la habitación del apartamento, con documentos extendidos sobre la cama.
—¿Dónde?
—Laisvės alėja. Cerca del teatro y del monumento a Kalanta.
Linda respiró despacio.
—Lo siento.
Kaflan miró el cuerpo de Elada, la nieve, las punciones, los electrodos, el código de barras sin nombre.
—Necesito que me escuche —dijo—. No voy a poder moverme por canales normales mucho tiempo. Cuando entre el procedimiento, me apartarán.
—¿Por qué?
—Porque ya he empezado mal.
—¿Qué significa eso?
—Significa que la encontré antes de pedir permiso.
Linda no respondió enseguida.
—Inspector, eso puede destruir la prueba.
—La prueba ya estaba destruida. Lo que queda es la maquinaria que la destruyó.
La frase salió sin énfasis. Precisamente por eso le pareció verdadera.
Al otro lado, Linda bajó la voz.
—¿Qué necesita de mí?
Kaflan miró hacia el extremo de la avenida, donde la luz empezaba a aclarar los edificios.
La ciudad se preparaba para abrir cafeterías, oficinas, farmacias.
En algún lugar, la clínica estaría encendiendo sus pasillos con la misma limpieza que todos los días.
Fowler leería informes. Susan Powell quizá desayunaría algo suave bajo supervisión.
—Todo lo que tenga sobre la donación al museo —dijo Kaflan—. Resguardos, etiquetas, caligrafía, fechas. Cualquier cosa que parezca secundaria.
—¿Cree que Elada…?
—Creo que mi esposa no desapareció del todo.
La palabra esposa le produjo una resistencia física. Hacía meses que legalmente no lo era. Sin embargo, en aquel momento, divorcio y muerte pertenecían a sistemas distintos, y la ley civil no tenía autoridad sobre la nieve.
—Creo —continuó— que dejó algo preparado. Y creo que la clínica lo sabe.
Linda guardó silencio.
—Voy a ir a Aurum Vitae —dijo él.
—Yo también me apunto. Necesito ver cómo se encuentra Susan.
Kaflan observó a la forense colocar el primer marcador junto al cuerpo.
Elada bajo la nieve.
Elada bajo la libertad.
Elada conservada no como cadáver, sino como error de archivo.
—No —dijo—. Puede ser peligroso.
Colgó antes de que Linda pudiera contestar.
La forense se levantó despacio.
—No hagas ninguna estupidez.
Kaflan dobló la lista con cuidado y la guardó en el bolsillo interior, cerca del pecho, como si fuera un documento legítimo.
—Ya no sé distinguirlas.
—Pues aprende rápido. Si me preguntan, nunca has estado aquí. Yo encontré el cuerpo.
—Te debo una.
Él miró por última vez el rostro congelado de Elada. No intentó despedirse. La despedida habría exigido una intimidad que el lugar no permitía. Había demasiada luz. Demasiados testigos próximos. Demasiado futuro inmediato.
Lo único que hizo fue fijarse en la posición del cuerpo, en las marcas, en la cinta de la muñeca, en la tela clínica, en la nieve utilizada como archivo temporal. Lo registró todo con la calma de un hombre que, al perder por fin una esperanza, había ganado una dirección.
Después se alejó del jardín.
A su espalda, la ciudad empezó a organizar el hallazgo conforme a sus procedimientos: perímetros, llamadas, fotografías, actas, firmas, bolsas, traslado. La maquinaria correcta para llegar siempre tarde.