La clínica 14
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Susan despertó antes de que entrara la enfermera.

No fue un despertar brusco, ni la salida angustiosa de una pesadilla.

Fue más bien una recuperación lenta de la posición del cuerpo, como si durante la noche alguien la hubiera desmontado con paciencia y ahora cada pieza volviera a ocupar su lugar aproximado.

Primero sintió la lengua seca contra el paladar; después, el peso de las sábanas sobre las piernas; por último, el dolor tenue, distribuido, de las zonas intervenidas, un dolor sin dramatismo, más parecido a una información anatómica que a una amenaza.

La habitación estaba limpia.

Demasiado limpia.

El cristal de la ventana mostraba una mañana blanca, filtrada por la nieve acumulada en las cornisas del edificio de enfrente.

Kaunas parecía suspendida en una luz fría, casi hospitalaria, aunque Susan había empezado a sospechar que quizá era la clínica la que proyectaba su propia iluminación sobre el mundo exterior.

Desde su cama podía ver una esquina de tejado, la rama inmóvil de un árbol y una línea de cielo sin pájaros.

Se incorporó despacio.

La piel le tiró en el abdomen. Los puntos internos respondieron con una protesta mínima. Se quedó quieta hasta que el dolor se reorganizó en una molestia tolerable. Después miró sus manos. Tenía las uñas cortas, limpias, sin esmalte. No recordaba habérselas cortado.

Eso no la inquietó.

La molestó.

Era una diferencia pequeña, pero Susan la percibió con la precisión de quien detecta una arruga en una sábana recién planchada. No era miedo. El miedo tenía volumen, temperatura, consecuencias. Aquello era una interferencia. Una imperfección en el seguimiento de su propio cuerpo.

Sobre la mesilla había una bandeja con un vaso de agua, dos comprimidos blancos y un cuenco de yogur sin abrir.

Junto al cuenco, una tarjeta de Aurum Vitae indicaba, en inglés, que debía avisar al personal antes de abandonar la habitación.

La frase estaba escrita con esa cortesía institucional que no pide permiso porque ya lo ha retirado previamente.

Susan bebió medio vaso.

Al inclinar la cabeza, algo se abrió detrás de sus ojos.

No fue una imagen completa. No fue un recuerdo. Fue una forma.

Un pasillo de motel.

Moqueta azul con rombos amarillos. Un cartel rojo de salida al fondo. Una puerta numerada. La vio durante menos de un segundo. Luego desapareció y dejó en su lugar olor a lejía, tabaco antiguo y aire recalentado.

Susan frunció el ceño.

—Ridículo —murmuró.

No sabía si hablaba de la cama, de la imagen o de ella misma.

Apartó la manta y se sentó en el borde del colchón. Los pies tocaron el suelo cálido. En aquella habitación incluso el frío estaba controlado. Todo parecía diseñado para que el paciente confundiera la dependencia con el cuidado.

Llamaron a la puerta.

Dos golpes. Separados por una pausa exacta.

—Adelante.

Entró la enfermera de ojos claros que Susan había visto varias veces desde la intervención. No recordaba su nombre, aunque recordaba su manera de no hacer ruido. Traía un tensiómetro digital y una carpeta blanca contra el pecho.

—Buenos días, señora Powell. ¿Ha dormido bien?

Susan pensó en el pasillo del motel.

—Supongo.

La enfermera sonrió como si esa respuesta encajara dentro de una categoría prevista.

—La doctora Fowler vendrá más tarde. Antes pasará el doctor Matkius para una evaluación breve.

—¿Otra?

—Seguimiento.

La palabra se había vuelto frecuente. Seguimiento. Como si Susan no estuviera ingresada, sino siendo recorrida por detrás.

La enfermera le tomó la tensión, revisó la temperatura, miró las pupilas con una pequeña linterna y anotó cifras en la carpeta. Susan observó sus manos. Eran manos prácticas, sin anillos. En la muñeca derecha llevaba una marca rojiza, quizá de haberse quitado un guante demasiado ajustado.

—¿Cuándo podré salir? —preguntó Susan.

—Depende de la valoración.

—¿La valoración de quién?

—Del equipo.

Susan sonrió apenas.

—El equipo. Claro.

La enfermera no acusó el sarcasmo. O lo acusó y lo archivó en un lugar donde no podía molestar.

—Debe tomar la medicación.

—Quiero hablar con Linda.

La enfermera levantó la vista de la carpeta.

—¿Linda?

Susan notó, por primera vez esa mañana, un movimiento interno que sí se parecía al miedo, aunque aún no era miedo. Era la preparación muscular del miedo. Un animal levantando la cabeza dentro de una jaula.

—Linda Harris. Mi amiga.

—Lo consultaré.

—No hay nada que consultar. Seguro que ha venido a verme.

La enfermera sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Lo consultaré —repitió.

Salió con la misma suavidad con que había entrado.

Susan se quedó mirando la puerta cerrada.

Después buscó el teléfono.

Estaba en el cajón superior de la mesilla, junto a una caja de pañuelos y un frasco pequeño de crema hidratante. Lo encendió. La pantalla tardó demasiado en reaccionar. Introdujo el código y abrió la lista de llamadas.

Nada.

Abrió los mensajes.

Nada reciente de Linda.

Abrió los contactos y escribió Harris en el buscador.

El teléfono no encontró ningún resultado.

Susan permaneció inmóvil, con el dedo suspendido sobre la pantalla.

No sintió aún la posibilidad de que alguien hubiera manipulado el aparato.

Eso habría sido una acusación demasiado concreta.

Sintió, en cambio, una irritación seca, casi burocrática, como cuando una reserva de hotel desaparece del correo electrónico o una tarjeta deja de funcionar en el momento de pagar.

Volvió a escribir.

Linda.

No apareció.

L.

La pantalla ofreció una lista de nombres irrelevantes: Laura del gimnasio, Lenny seguros, Lisa catering, un Lawrence al que no conseguía ubicar.

Ninguna Linda.

—No —dijo.

La palabra cayó en la habitación sin fuerza.

Entonces regresó otra cosa.

Un llavero de plástico azul.

Rectangular, barato, con el número 27 grabado en blanco. Una mano pequeña lo sujetaba con demasiada fuerza. Detrás, una puerta de motel y el reflejo intermitente de un letrero de neón.

La imagen no venía acompañada de una historia. No explicaba quién sostenía la llave ni por qué. Solo traía una temperatura: calor mal ventilado, calefacción demasiado alta, una ventana que no se abría. Y un sonido: el motor de una máquina de hielo arrancando y deteniéndose al otro lado del pasillo.

Susan dejó el teléfono sobre la cama.

Se llevó los dedos a la sien.

No reconocía aquel pasillo.

Aun así, algo en ella se estaba calentando de manera inadecuada.

El doctor Matkius llegó a media mañana.

Era un hombre de unos cincuenta años, delgado, con gafas rectangulares y una barba gris recortada con una simetría casi militar.

No tenía el carisma limpio de Fowler, ni la sonrisa entrenada de los médicos que venden confianza.

Parecía más bien alguien acostumbrado a evaluar resultados que a consolar pacientes.

Entró con una tableta en la mano.

—Buenos días, Susan.

—¿Ahora somos íntimos? Estaba acostumbrada a que me llamara por mi apellido.

Él no se incomodó.

—En esta fase del tratamiento, usamos el nombre de pila. Ayuda a reducir la respuesta defensiva.

—Me alegra saberlo. Yo pensaba que era simple condescendencia.

El doctor se sentó en la silla junto a la cama sin pedir permiso. Colocó la tableta sobre las rodillas y la miró un momento antes de levantar la vista.

—Tenemos que hablar. ¿Cómo se encuentra con el tratamiento?

Susan se recostó contra la almohada.

—Cansada. Muy cansada.

—Es esperable.

—Últimamente todo parece esperable aquí.

El médico juntó las manos, no en gesto de oración, sino de inventario.

—Como sabe, el programa que le aplicamos tiene una fase experimental.

Susan lo observó.

—Me hice una operación estética.

—Sí. Y la operación estética ha funcionado.

De hecho, desde el punto de vista quirúrgico, la evolución es excelente.

La cicatrización progresa bien, no hay signos de infección, la respuesta inflamatoria está dentro de parámetros aceptables.

Pero también la operación LIMBO ha sido un éxito.

Usted es, en ese sentido, una prueba viviente de la eficacia del protocolo combinado.

—¿Viviente?

El doctor inclinó la cabeza.

—Está viva, ¿no?

Susan sintió una descarga fría entre los omóplatos.

—Pues sí. Gracias a Dios.

—A eso me refiero. Podría no estarlo.

La frase quedó allí, sin envoltorio.

Susan miró el vaso de agua, la tarjeta de la clínica, la mano inmóvil del médico sobre la tableta. Cada objeto parecía haber sido colocado para que la conversación no necesitara testigos.

—¿Qué significa eso?

—Significa que el consentimiento informado incluía efectos secundarios relevantes.

—Tuve una traductora. Karol. Ella revisó todo conmigo.

—Karol traduce. No interpreta decisiones médicas.

—Qué conveniente.

El doctor respiró por la nariz, con paciencia.

—Susan, por favor. Escuche lo que trato de decirle. Algunos pacientes experimentan alteraciones transitorias de memoria, desorientación afectiva, distorsiones en la percepción de determinados vínculos personales.

—No entiendo a qué se refiere.

—Me refiero a Linda. Me habló de ello la enfermera.

El nombre produjo en ella un alivio inmediato, seguido de algo peor. Si él lo mencionaba, entonces Linda existía. Si él lo mencionaba así, entonces algo estaba mal.

—¿Dónde está?

—No hay ninguna Linda registrada como visitante.

Susan parpadeó.

—Eso es mentira.

—La clínica no permite visitas durante esta fase.

—Linda ha venido casi todos los días.

—No.

La negación fue tan simple que, durante un instante, pareció una prueba.

Susan se incorporó demasiado deprisa. El abdomen le tiró y tuvo que contener una mueca.

—Me ha traído ropa. Hemos hablado. Estuvo sentada ahí. —Señaló la silla—. Ahí mismo. Se comió la tarta de queso con sabor a café.

El doctor no miró la silla.

—Las experiencias de presencia son relativamente frecuentes cuando se trabaja sobre circuitos de memoria autobiográfica. No las llamaría alucinaciones en sentido estricto. Son reconstrucciones compensatorias.

—No me hable como si fuera idiota.

—No lo hago.

—Sí lo hace. Solo que con vocabulario.

Por primera vez, el doctor sonrió. Fue una sonrisa breve, casi de reconocimiento profesional.

—Su irritabilidad también está documentada.

—Mi irritabilidad se llama encierro.

—Su encierro se llama recuperación.

Susan tomó el teléfono y se lo mostró.

—Han borrado sus datos.

—O nunca estuvieron ahí.

La frase no la golpeó. La atravesó.

Durante unos segundos, Susan no oyó el zumbido de la ventilación ni los pasos lejanos del pasillo. Solo oyó, sin saber de dónde procedía, el golpe irregular de una máquina de hielo.

Un niño con un llavero azul entre los dedos.

No lo vio completo. Vio unas zapatillas sobre una moqueta de rombos. Vio una mano cerrada alrededor del número 27. Vio unos ojos abiertos en un pasillo donde nadie parecía dispuesto a explicar nada. La imagen quiso completarse, pero algo en su mente la rechazó con una eficacia antigua.

No ahora.

No eso.

Susan cerró los dedos alrededor del teléfono.

—Se apellida Harris —dijo—. Linda Harris. Es profesora de universidad. También trabaja en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. En Kaunas se entretiene con el Museo del Diablo. Disfruta con todo lo que esté acumulando polvo durante más de cien años.

El doctor la miró con una atención nueva.

—¿El Museo del Diablo?

Susan percibió el cambio, aunque no supo interpretarlo.

—Sí.

—¿Está segura?

—Claro que estoy segura.

—Descanse.

—No me diga que descanse.

El doctor se levantó. Se acercó a ella con una suavidad que no correspondía a la conversación. Susan retrocedió contra la almohada.

—Piense en algo tranquilo —dijo él—. En un lugar amplio. En animales grandes moviéndose despacio. A algunos pacientes les ayuda imaginar elefantes. Su paso lento, acompasado. La memoria responde bien a los ritmos simples.

Susan abrió la boca para insultarlo, pero entonces vio una puerta.

No la puerta de la habitación.

Otra.

Una puerta interior, pintada de blanco, con un desconchón junto al marco.

Al otro lado había una mujer joven —o una niña demasiado crecida por el miedo— mirando hacia fuera.

Tenía el pelo claro recogido de cualquier manera.

Sus ojos no pedían ayuda. Eso fue lo que más molestó a Susan.

No pedían nada porque ya habían entendido que pedir era una forma más de perder tiempo.

La mujer miraba la puerta como si supiera que no habría regreso.

Susan sintió una náusea limpia.

No culpa.

Molestia.

Molestia porque aquellas imágenes no tenían educación.

Entraban sin llamar. Interrumpían. Se mezclaban con nombres que ella había decidido no conservar, con decisiones que habían sido prácticas en su momento, con lugares a los que no tenía ninguna intención de volver.

Chicago, pensó, y el nombre apareció no como ciudad, sino como mancha.

El doctor tocó algo en el gotero.

—¿Qué hace? —preguntó Susan.

—Ayudarla a dormir.

—No quiero dormir.

—Eso también es frecuente.

La habitación perdió definición en los bordes. El rostro del doctor se alargó un poco, no porque cambiara, sino porque la distancia empezó a funcionar mal. Susan intentó levantar el teléfono, pero los dedos no obedecieron con suficiente rapidez.

—Linda vendrá —dijo.

—No ha venido nadie.

—Mientes.

—Descanse, Susan.

El techo descendió unos centímetros. O quizá fue su cabeza la que cayó hacia atrás. Sintió una mano sujetándole la nuca, otra retirándole el teléfono. El gesto no fue violento. Esa fue la parte más desagradable: la delicadeza. En Aurum Vitae todo podía hacerse con delicadeza, incluso el borrado.

Antes de dormirse, Susan vio de nuevo el pasillo del motel.

Esta vez había un niño junto a la puerta.

No consiguió ver su cara.

Solo una mano pequeña cerrada alrededor de un llavero de plástico azul, una mano inmóvil, obstinada, esperando una instrucción.

Y, más allá del niño, la puerta número 27.

Y el letrero rojo de salida.

Y el ruido de la máquina de hielo.

Y la mujer mirando la puerta.

Susan quiso apartar la imagen con el mismo gesto mental con el que se aparta una factura, un mensaje incómodo, una llamada que no conviene devolver. Lo había hecho antes. Lo había hecho bien. Durante años, quizá.

Pero ahora algo en su interior tenía una fisura.

No era una abertura suficiente para que entrara la culpa.

Todavía no.

Solo dejaba pasar residuos.