La clínica 13 #3
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13 #3

Linda buscó la hoja exacta. La había marcado con una esquina doblada, un gesto que Naseda habría considerado una agresión documental.

—«El soporte debe vaciarse sin romperse. La memoria ajena no prende en carne inocente».

Kaflan permaneció inmóvil.

—¿Eso está en el ámbar?

—No literalmente. Es una reconstrucción. Puede estar mal.

—No lo está.

Linda lo miró.

Por primera vez, la cara del inspector mostró algo parecido a cansancio. No cansancio físico, sino una fatiga más antigua, alojada en la zona donde otras personas guardan la esperanza.

—Elada decía que la clínica elegía mal a algunos pacientes —murmuró—.

Lo dijo una noche, antes de marcharse. Había bebido vino.

No mucho. Lo suficiente para permitirse una frase.

Dijo: «No buscan enfermos. Buscan algo que pueda prender».

Yo pensé que hablaba de corrupción, de ensayos ilegales, de pacientes vulnerables.

—¿Y ahora?

Kaflan recogió la lista y la acercó apenas unos centímetros, volviendo a repasar los nombres.

—Ahora creo que mi exmujer vio el catálogo.

Linda sintió un frío nítido en la espalda. La palabra era demasiado exacta. Catálogo. No archivo, no registro. Catálogo. Una clasificación de cuerpos según utilidad, de recuerdos según compatibilidad, de pérdidas según rendimiento.

—Necesito ver a Susan —dijo.

—No.

—Está allí.

—Precisamente.

—Es mi amiga.

—Eso no la protege.

—A usted tampoco lo protegió estar casado con Elada.

La frase salió más dura de lo previsto. Linda lo supo al terminarla.

Kaflan no respondió con enfado. La observó durante unos segundos, y en esa observación Linda advirtió algo que no era amenaza, sino reconocimiento: dos personas, cada una con su muerto potencial, midiendo cuánto de la prudencia era cobardía.

—No iremos todavía —dijo él—. Primero voy a comprobar tres nombres.

Tengo que comprobar las coincidencias de estos casos con los cadáveres de la nieve.

Conseguir una orden judicial en Lituania no es un juego de niños.

Si esta lista conecta con los fallecidos, podré pedir una orden limitada.

No para todo. Nunca para todo. Pero quizá para entrar en la tercera planta.

—¿Y si alguien los avisa?

—Alguien los avisará. De eso no le quepa duda.

Linda guardó las copias de Vilnius. Kaflan hizo una fotografía de la lista, pero no con su teléfono principal.

Usó un aparato pequeño, antiguo, sin aplicaciones visibles.

Después arrancó de su libreta una hoja en blanco y escribió cinco nombres con una caligrafía precisa.

Al llegar al de Elada, no lo escribió. Lo dejó fuera.

—¿Por qué no la incluye?

—Porque si pongo su nombre demasiado pronto, dejaré de pensar.

Linda aceptó la respuesta. En realidad, la entendió mejor de lo que habría querido.

Salieron del café por la puerta trasera. La cocina olía a grasa caliente y col hervida. Un hombre con delantal los miró sin interés. En el callejón, la nieve estaba menos pisada y conservaba una blancura engañosa bajo los contenedores. Kaflan caminó unos metros antes de detenerse junto al coche.

—Hay algo que debe saber sobre Elada —dijo.

Linda se abrochó el abrigo.

—Dígame.

—Ella no era valiente de la forma en que la gente imagina la valentía. No buscaba peligro. No quería justicia abstracta. Odiaba a los mártires porque decía que siempre dejan trabajo sucio a los vivos.

La voz de Kaflan no temblaba, pero había perdido algo de su sequedad.

—Si envió algo al museo, si dejó una pista, no fue porque quisiera salvar el mundo. Fue porque descubrió una maquinaria y entendió que una denuncia ordinaria moriría dentro de ella. Elada desconfiaba de la policía incluso cuando dormía con un policía.

—Quizá por eso ha continuado viva el tiempo suficiente para dejar rastros.

Kaflan miró hacia la calle principal. Un tranvía lejano —o quizá un autobús, Linda no supo distinguirlo— produjo un quejido metálico al frenar.

—No sabemos si sigue viva.

Linda no contestó. Entró en el vehículo.

Antes de cerrar la carpeta, miró una vez más la lista.

Veintisiete nombres. Veintisiete entradas en una contabilidad que nadie había firmado.

Al lado de algunos, lost . Al lado de otros, transferred .

Y junto a Elada Kaflan, esa abreviatura que parecía técnica, casi inocente, como si calibrar una máquina y vaciar a una persona pertenecieran a la misma familia verbal.

Mientras el coche se incorporaba al tráfico, Linda pensó en Susan acostada en una habitación blanca, recuperándose sin aparentes complicaciones, rodeada de médicos que quizá ya no la observaban como paciente sino como recipiente.

Después pensó en el viejo de Vilnius, en su forma de mirar el ámbar sin tocarlo.

La memoria ajena no prende en carne inocente.

Kaflan conducía sin hablar. La nieve, a ambos lados de la carretera, formaba montículos irregulares donde la ciudad había ido apartando lo que estorbaba para seguir funcionando.

Linda comprendió entonces que una lista de perdidos no era una lista de muertos.

Era una lista de usos.