La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 55 LOS BOSQUES CERCANOS AL CASTILLO SHEREMETEV
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55 LOS BOSQUES CERCANOS AL CASTILLO SHEREMETEV

LOS BOSQUES CERCANOS AL CASTILLO SHEREMETEV

—Por Heinrich —murmuró, y apretó el gatillo.

La explosión de la granada arrancó de cuajo uno de los ejes traseros de la camioneta y la potente onda expansiva lanzó el vehículo con Wagner dentro por los aires antes de que rodara por el terraplén al otro lado del paso elevado y desapareciera del campo de visión de Friedrich.

Minutos antes, Friedrich había contemplado, paralizado, a través de la mira de su rifle de francotirador, cómo Tom Wagner mataba a su hermano gemelo.

Como a menudo en el pasado, los dos gemelos habían aceptado contratos por separado, trabajos que los llevaban a los rincones más remotos del mundo.

Friedrich no se esperaba en absoluto encontrar a Heinrich allí, en medio de la nada, en Rusia.

Se había sorprendido e incluso, por un momento, la coincidencia le pareció graciosa.

También el hecho de que ese tal Tom Wagner creyera que estaba luchando contra él le resultó sumamente chistoso.

Se deleitó observando el combate durante un rato.

Al principio parecía que su hermano iba a ganar, pero las circunstancias no tardaron en cambiar.

Wagner había conseguido zafarse de Heinrich y saltar del tejado.

Inicialmente, Friedrich tuvo dificultad en comprender el motivo de aquella absurda maniobra por parte del austriaco, pero entonces vio el autogiro y la cuerda de la que colgaba Tom.

A través de la mira del rifle, pudo ver el pánico reflejado en los ojos de Heinrich. Pero no podía hacer nada y, un segundo después, una bola de fuego había envuelto a su hermano, arrastrándolo hacia la muerte.

En ese instante, un torrente de emociones brotó en su interior. Furia, incredulidad, odio. ¿Acaso su vacilación le había costado la vida a su hermano? ¿Qué había pasado? Wagner había matado a Heinrich. Y por eso, pagaría.

Friedrich había visto cómo la pequeña aeronave rugía sobre su posición en el bosque antes de volar junto al Volga en dirección este.

Saltó del techo de su todoterreno, lanzó el rifle de francotirador al asiento trasero y corrió tras el autogiro.

Estuvo conduciendo como un loco por el bosque, siguiendo un cortafuegos forestal paralelo al Volga.

Wagner ya se le había escapado dos veces y ahora volvía a sorprenderlo, eliminando los dos todoterrenos que lo perseguían: el primero con una granada y el segundo con el propio autogiro.

Tenía que echarle el guante al cabrón de una vez por todas.

Luego lo mataría. Lentamente. Su contrato ya le importaba poco.

Wagner lo había convertido en algo personal.

Tenía que morir, aquí y ahora. Así que Friedrich, consumido por la ira y el dolor, mantuvo el pie en el acelerador mientras volaba por el accidentado cortafuegos.

De repente, dio un volantazo: absorto en sus pensamientos, casi se había salido de la carretera y metido en un afluente lateral del Volga.

Giró bruscamente a la izquierda, intentando ocultarse de la camioneta, y condujo a lo largo del río, sin perder de vista las luces del vehículo en el que iba Wagner.

Pero el paisaje parecía conspirar en su contra y no tardó en aparecer el siguiente obstáculo en su camino.

La carretera por la que iba giraba de nuevo a la izquierda; de frente solo había agua.

Se detuvo en seco, cogió los prismáticos del asiento del copiloto y siguió el avance de la camioneta.

La vio girar en dirección al noroeste. «Eso los trae de vuelta hacia mí», pensó.

Con una sonrisa, dejó los prismáticos a un lado.

Comprobó el mapa en su GPS para ver dónde podía cortarles el paso y encontró el lugar que necesitaba a solo cien metros al norte.

Después de aparcar rápidamente su vehículo fuera de la vista, detrás de unos arbustos, abrió el portón trasero.

En el fondo del maletero había un segundo maletín con armas.

Del interior, sacó el Colt M4A1, un fusil de asalto carabina con lanzagranadas acoplado.

Cogió unas cuantas granadas de repuesto y un segundo cargador y buscó un escondite no muy lejos del pequeño paso elevado.

Solo tenía que esperar a que el Toyota Tundra bajara la colina.

Su granada hizo volar la camioneta por los aires y la precipitó al río.

Friedrich salió de su escondite y caminó con calma hacia el pequeño cruce fluvial. Sacó el casquillo usado del lanzador e introdujo la nueva granada, y también amartilló el M4A1. No iba a correr ningún riesgo.

Cuando llegó a la carretera, miró hacia el terraplén. Unos dos metros más abajo, dentro del río, yacía el coche caído boca abajo y con la cabina sumergida.

Friedrich vació el cargador entero contra el coche, luego recargó el arma y disparó también todo el contenido del segundo.

Después lanzó la segunda granada. La explosión levantó un surtidor de agua a varios metros de altura.

Friedrich entrecerró los ojos mientras observaba los restos en llamas.

Satisfecho, se dio la vuelta, caminó plácidamente hasta su coche oculto y se marchó.