La ciudad invisible (Una aventura de Tom Wagner 3) 4 IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN
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IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE KAZÁN

LAGO SVETLOYAR.

El silencio del santuario se vio roto de repente por un fuerte estruendo.

El anciano sacerdote se sobresaltó y miró a su alrededor, conmocionado.

Ya no era joven y tardó unos segundos en incorporarse.

Se dio la vuelta solo para encontrarse frente a los cañones de tres pistolas ametralladoras con mira láser.

Un trío de hombres con equipo de combate acababa de abrir la puerta de una patada, irrumpiendo en su sanctasanctórum.

Tres rayos rojos le apuntaban amenazantes.

El corazón y la respiración se le detuvieron instantáneamente.

Uno de los individuos se le acercó mientras los otros dos seguían apuntándole con sus armas.

—No quiero derramar más sangre. Sabes algo que necesitamos saber, y nos lo vas a decir.

El hombre hablaba ruso sin el menor acento, de forma impecable y pulcra.

De hecho, su pronunciación era tan perfecta, que era imposible que fuera ruso.

El sacerdote supuso que era alemán, pero ese fue solo uno de los innumerables pensamientos que le asaltaron la mente mientras sentía el frío metal de las esposas atándole las muñecas con un chasquido.

El individuo se había levantado el visor del casco y el sacerdote le miró a sus fríos ojos grises que, desprovistos de pestañas y cejas, le daban un aspecto insólito.

El sacerdote sospechó que no tendría ni un pelo en todo el cuerpo; otro pensamiento que, dada la situación, estaba completamente fuera de lugar.

También fue lo último que se le pasó por la cabeza antes de que el intruso le clavara una fina aguja en la sangría del brazo.

Segundos después, el sacerdote perdió el conocimiento.

Pasado un momento, un cuarto hombre entró en la iglesia.

Ignoró a los dos guardias muertos y al sacerdote que yacía inconsciente en el suelo y, en su lugar, se dirigió directamente al altar.

Abrió el tabernáculo de madera que colgaba en la pared y con destreza deslizó el panel de fondo, revelando una cruz ornamentada y excepcionalmente valiosa que se ocultaba en el espacio ahora descubierto.

El hombre la sacó del sagrario y la guardó en una pequeña bolsa de cuero.

—Vamos a enviarla de viaje para que por fin pueda hacer aquello para lo que está destinada.

Dos de los hombres levantaron al sacerdote inconsciente.

—¿Estás seguro de que quieres desprenderte de la cruz?

—No te preocupes. No tardará en encontrar el camino de vuelta.

Los hombres salieron de la iglesia y metieron al sacerdote en una furgoneta de reparto blanca y nueva.

El hombre con la cruz en la bolsa cerró la puerta de la iglesia y se subió también al vehículo.

La gravilla crujió bajo los neumáticos cuando el conductor pisó el acelerador y se pusieron en marcha.