La ciudad del mar (Crímenes de Barcelona 3) 18. El último aliento
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18. El último aliento

La Bestia se esmeró en su cruel y despiadada forma de arte.

Siempre había pensado que incluso en la violencia podía existir cierta belleza y que esta formaba parte de la vida.

Los seres humanos habían perdido muchos de sus instintos; por eso el mundo andaba como andaba.

Hombres sumisos que ya no sabían hacer otra cosa que obedecer.

La pobre chica respiraba con dificultad. Tenía la cabeza dentro de una pequeña cubeta, los brazos y las piernas encadenados, y aquel hombre aumentaba la temperatura poco a poco, como si estuviera cociendo un conejo.

Llevaba la boca amordazada. Era imposible gritar y, aunque hubiera podido hacerlo, aquella casa aislada y el sótano insonorizado habrían amortiguado cualquier sonido.

Solo le pedía a Dios perder el conocimiento. Sabía que en pocos segundos estaría en el paraíso junto a Alá.

El hombre se acercó. Su cuerpo musculoso parecía especialmente tenso y excitado. Las cámaras seguían grabando en directo y llegaban miles de comentarios en casi todos los idiomas del mundo.

—Ahora eres como una diosa. Millones te observan y te admiran.

El cuerpo negro y joven de aquella mujer brillaba en aquel agua casi hirviendo. Apenas podía soportar el calor. Intentaba mantenerse inmóvil porque sabía que cualquier movimiento empeoraría la sensación.

La Bestia sonrió. Algo parecido había hecho siendo adolescente con una rana, para comprobar la famosa teoría de que, si el aumento de temperatura era gradual, no intentaría escapar y, cuando el peligro se volviera insoportable, ya sería demasiado tarde.

—Dentro de poco dejarás de sufrir. Piénsalo bien, te estoy ahorrando mucho tiempo. Ya no te querían ni los clientes más desesperados. Cada vez ibas a sufrir más humillaciones y agresiones.

Parecía como si estuviera intentando consolarla y, al mismo tiempo, disfrutara de su desesperación.

—La gente como tú ha venido a este mundo para sufrir, pero contigo estoy creando arte.

La mujer comenzó a perder las fuerzas. El dolor se extendía por todo su cuerpo y apenas podía resistirlo. Empezó a gritar a pesar de la mordaza, notaba que los globos oculares estaban a punto de estallarle.

El hombre levantó los brazos en señal de triunfo y tensó los músculos para exhibir su fuerza ante la cámara.

La joven emitió un último gemido ahogado y dejó de luchar.

El hombre sonrió al objetivo y cortó la conexión. Todo había quedado perfecto.

Ahora tenía que preparar la cena, sonreír y organizar la clase del día siguiente.