La ciudad del mar (Crímenes de Barcelona 3) 6. Investigación
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6. Investigación

Jorge Vila llegó a la redacción y lo primero que hizo fue sentarse ante el ordenador para revisar toda la información que tenía sobre Pasqual. Estaba tan absorto que no notó que el teléfono vibraba. Cuando al fin lo miró, se dio cuenta de que era una llamada de su jefe.

Pelayo de Guzmán no era de las personas que se andaban con rodeos.

—Jorge, ya has visto lo que han dicho los técnicos sobre la muerte del diputado. Deja la investigación y céntrate en el caso de Puigdemont y el escándalo de Waterloo.

—Pero...

—¿Qué?

—Creo que puede haber algo más. Justo hace unas semanas salió la noticia de que Pasqual había propuesto crear una comisión para investigar el dinero que usó el partido nacionalista catalán para financiarse; dinero que venía de Rusia, igual que los intentos de manipular las elecciones y fomentar el separatismo catalán.

—Esos son bulos y noticias viejas. Hasta Rufián ahora quiere ser presidente del Gobierno de España.

—Pero, director...

—Métete con lo de Waterloo, eso vende periódicos.

Jorge colgó el teléfono y se quedó pensativo unos segundos. No dudaba de los técnicos de ascensores, pero la mejor forma de matar a un político y no dejar rastro era precisamente que pareciera un accidente.

Consultó los informes y algunas noticias antiguas. Ya había pasado mucho tiempo desde el referéndum de autodeterminación; parecía que todo el mundo quería olvidarlo, pero muchas de las cosas que ocurrieron aquellos días seguían envueltas en sombras.

Jorge repasó los procedimientos por malversación relacionados con el referéndum de 2017.

El caso Volhov había investigado en 2019 los contactos entre personas vinculadas al independentismo y emisarios rusos.

Algunos independentistas habían viajado a Moscú y también se habían producido contactos entre empresarios y personas relacionadas con círculos rusos.

—¿Por qué la Audiencia de Barcelona archivó el caso? —se preguntó en voz alta.

Justo en ese momento se acercó a su escritorio Helena. Se sentó en el borde de la mesa y cruzó las piernas.

—Dichosos los ojos que te ven.

—Estas semanas he trabajado mucho desde casa. La redacción es muy pequeña y...

—No tienes que darme explicaciones, qué mono eres.

Después la joven periodista se inclinó hacia delante. Era la hija y única heredera de un famoso empresario del textil.

Jorge sonrió y volvió a fijar la vista en la pantalla.

—¿En qué andas ahora?

—En lo de Pasqual.

—Pero ¿no ha sido un desgraciado accidente?

—No lo sé, pero estaba a punto de abrir una comisión en el Parlament.

—¿Con qué apoyo? Los socialistas no van a hacer nada ahora que gobiernan, tampoco los independentistas, y con los partidos de derechas españolistas no se puede crear una comisión.

—Bueno, se decía que Pasqual, por el prestigio que tenía, había conseguido que algunos miembros de su partido le apoyasen.

La chica se inclinó un poco más, hasta dejar el escote casi a la altura de los ojos de Jorge.

—¡Qué interesante!

—Tengo que seguir trabajando —le dijo él.

Ella sonrió y se recogió el pelo.

—Yo tengo información sobre ese caso.

—¿Qué caso?

—El que tienes en pantalla. Hay un artículo de un periodista ya retirado, Joan Serra. Fue un mito del periodismo de investigación.

—Lo recuerdo.

—Bueno, él fue quien estuvo detrás de toda aquella investigación.

—¿Sabes dónde pueden estar los archivos?

—En la nube, pero imagino que muchas cosas no las colgó, sobre todo la información que investigó y no pudo convertir en artículos. Cuando el caso se cerró en 2019 tuvo que dejarlo. El coronavirus le golpeó muy fuerte al año siguiente; nunca llegó a recuperarse del todo y todavía necesita oxígeno.

—¿Le conoces bien?

—Bueno, era amigo de mi padre. Vive en el Born, justo enfrente de catedral de Santa María del Mar.

Jorge cogió la chaqueta y agarró a la mujer del brazo.

—¿Qué haces? —preguntó ella sonriendo.

—Me vas a llevar a su casa ahora mismo.

—Tengo mucho trabajo —se quejó.

—Por favor, si me lo presentas aceptará verme.

—Está bien, pero con una condición.

Jorge la observó intrigado. Aquella rubia de rostro angelical era una de las mujeres más sensuales que había conocido. Desde su llegada al periódico no había hecho otra cosa que coquetear con él, a pesar de saber que tenía novia.

—Después me tienes que invitar a cenar.

—Está bien —aceptó, aunque sabía que, si Nazia se enteraba, le arrancaría los ojos a Helena y a él alguna otra parte del cuerpo.

7. Un cuerpo

Nazia y su compañero enseñaron sus placas y entraron en el edificio abandonado del Raval. Estaba en tan malas condiciones que nadie lo había ocupado.

Un policía les indicó el camino y descendieron por unas escaleras al sótano. El olor a humedad, basura y sangre les golpeó de repente en las fosas nasales. Les dieron un epi para que no alteraran la escena del crimen, y gracias a unas mascarillas pudieron respirar un poco mejor.

Blas pasó primero y se acercó al cuerpo, iluminado por unos focos que habían instalado los investigadores.

La forense, Rosa del Tránsito, estaba examinando el cadáver y lo ocultaba parcialmente con su espalda, pero cuando los inspectores se acercaron pudieron contemplar primero las piernas oscuras de una mujer joven. Era la única parte del cuerpo que parecía no haber sufrido daños.

—¡Dios mío! —exclamó Nazia antes de esforzarse por no apartar la mirada.

La cara del cadáver era irreconocible a causa de la inflamación. Le habían arrancado los ojos y los dientes. Tenía una abertura que iba desde el cuello hasta casi la entrepierna; le habían extraído las vísceras, separado las costillas y faltaban varios órganos, entre ellos los pulmones y el hígado.

La forense se puso en pie y se situó delante de los dos inspectores.

—¿Robo de órganos? —preguntó Blas.

Rosa se encogió de hombros.

—Puede ser, pero veo demasiado ensañamiento. ¿Por qué iban a quitarle los labios y extirparle los ojos? Además, no parece obra de un profesional; más bien es el trabajo de un carnicero.

—¿Estaba muerta cuando le sacaron los ojos o...?

Nazia no logró terminar la pregunta.

—Me temo que no. Eso también es extremadamente cruel. Parece más un crimen ritual.

—¿Ritual?

—Sí, inspectora.

Los dos se miraron en silencio.

La forense recogió su maletín y se marchó con las muestras. Los inspectores revisaron la escena del crimen. Había basura por todos los lados, pero no encontraron nada relevante para la investigación.

Después salieron y preguntaron al oficial cómo habían hallado el cuerpo.

—Aquí no se mete nadie, a excepción de algún yonqui. Uno se asustó al verlo y llamó al 112.

Abandonaron el edificio y se quitaron los monos de papel. Blas parecía más entero, pero la inspectora estaba pálida.

—¿Alguna vez habías visto algo así?

—En los doce años que llevo en el cuerpo, jamás. Aunque cada vez se ven cosas más raras en Barcelona. Puede que se trate de un ajuste de cuentas; parece nigeriana.

—¿Cómo lo sabes?

—Por unos tatuajes que tenía en la pierna. Es como los nigerianos marcan a sus prostitutas.

—Ya tenemos algo de lo que tirar —dijo la inspectora pakistaní.

—Bueno, la verdad es que lo último que querría es meterme con esa gente. Son la mafia más peligrosa de la ciudad. Si se sienten acorralados, son capaces de cualquier cosa.

Nazia se estremeció mientras se dirigían al coche. Después regresaron a la comisaría para redactar el informe. A veces la inspectora se arrepentía de ser policía. Aunque era una vocación, nunca terminaba de acostumbrarse a contemplar la peor cara del ser humano.

8. Chioma

Tenía la cara amoratada. Acababa de sobrevivir a la primera sesión con «La Bestia».

Así era como le llamaban las chicas. Su jefe, Adewale, le entregaba a las que estaban estropeadas, como él las definía.

Cuando dejaban de generar el dinero que esperaba y, como si fueran material defectuoso, se las cedía a aquel monstruo.

La Bestia no actuaba de manera precipitada; prefería ir poco a poco y disfrutar del proceso.

En la primera sesión intentaba captar el espíritu de su víctima, medir su resistencia y averiguar si podía llegar a rebelarse. Llevaba siempre una máscara de cuero que representaba a un diablo, el torso enorme y peludo completamente desnudo y unos pantalones de cuero.

La Bestia las llevaba a lugares solitarios y sórdidos, como si disfrutara de la fealdad y la basura. Después las devolvía a la casa que Adewale tenía en Torre Baró.

Era un lugar apartado, donde la vivienda de los nigerianos pasaba casi inadvertida. A veces, cuando la permitían asomarse a la terraza, recordaba su hogar y se echaba a llorar.

No sabía cuánto tiempo llevaba en España. En aquel infierno todos los días eran iguales y distintos a la vez. En el fondo, nunca sabía si sobreviviría o si los mafiosos terminarían deshaciéndose de ella.

Chioma consumía heroína; la habían convertido en una adicta, pero al menos la droga lograba anestesiar un poco su dolor.

Se encontraba en la terraza cuando vio acercarse el coche de La Bestia. Era un enorme Toyota negro, con todos los cristales tintados. Se detuvo justo delante de la puerta y entró en el jardín cuando Osaze le abrió.

Llamaron al salón a las chicas más veteranas y «La Bestia», que iba con su máscara, se aproximó a cada una de ellas. Las fue observando hasta llegar a Chioma.

—¿Por qué me ofrecéis a esta? Todavía parece sana y lozana.

El acento del hombre era extraño; no parecía español.

Adewale se acercó a Chioma y la agarró por el mentón.

—Bueno, apesta a santidad. Es una beata. ¿No hueles toda esa humildad y virtud? A pesar de todo lo que le hemos hecho, no logramos que renuncie a su fe. No teme nuestra brujería. Solo las drogas han conseguido doblegarla, y no del todo.

La Bestia lanzó una carcajada.

—Para mí ese aroma es una fragancia exquisita. Pero hoy no tengo tanto tiempo para un bocado tan selecto. Me llevaré a esta —dijo mientras señalaba a una jovencita que parecía casi una zombi.

—¿La vas a devolver? —preguntó Adewale.

—No, esta me la quedo. Pero no te preocupes, siempre me deshago de ellas.

—Eso espero. No quiero que la policía las relacione conmigo.

La Bestia se acercó al jefe. Era mucho más alto y corpulento que él.

—Te las pago muy bien.

—Ya, pero ¿y si alguien ve los vídeos y denuncia?

—Mis clientes son muy selectos y ahora quieren negras, estás de suerte. Compro el material que tienes que desechar y hago arte con él.

El hombre mostró los dientes, como un perro rabioso, y Chioma sintió que desprendía una maldad que no había encontrado antes, ni siquiera entre los nigerianos, que utilizaban la brujería para amedrentar a las chicas.

Cuando el hombre salió de la sala con la pobre joven sujeta por una correa al cuello, como si fuera un perro, todas suspiraron aliviadas.

Tendrían un día más de vida. Pero Chioma no estaba tan segura de que mereciera la pena vivir así.

Aun así, jamás se quitaría la vida; sabía que era un regalo de Dios y no podía disponer de ella a su antojo.