5. Accidente o asesinato
—¿Qué te gusta más? —preguntó Nazia a Jorge.
Llevaban menos de un mes viviendo juntos.
La policía se había trasladado al apartamento del periodista, en la parte alta de la ciudad.
Tenía la sensación de que era una zona sin vida, comparada con el Raval en el que se había criado, pero la comunidad pakistaní no veía con buenos ojos las parejas mixtas.
No es que la catalana la contemplara de maravilla, pero en aquella parte de Barcelona cada uno iba más a lo suyo.
—Va a hacer calor. El verano se ha adelantado este año; ponte un pañuelo de lino, si no te vas a asar.
Ella se cambió con rapidez. Después, le dio un beso en la frente y se dirigió a la comisaría. Esa era otra de las cosas que no le gustaban: ya no estaba tan cerca del centro.
Solía ir en metro o tomar una bicicleta, pero aquel día no quería sudar y se decidió por un Uber.
Veinte minutos más tarde estaba en la puerta de la comisaría. Su nuevo jefe, Ricard Barceló, era de la vieja guardia. No le gustaban mucho las inspectoras, tampoco los extranjeros y mucho menos los pakistaníes.
Nazia subió las escaleras a toda prisa mientras miraba el reloj del móvil. Fichó justo a tiempo y se secó el sudor de la frente mientras se dirigía al departamento de homicidios.
Había soñado muchas veces con trabajar en aquella sección, pero ahora se pasaba la mayor parte del tiempo redactando informes.
Mientras se sentaba ante el escritorio y encendía el ordenador, se le acercó Marisa. Era la inspectora más veterana y la única que osaba enfrentarse al jefe.
—Hola, guapa. Hoy has llegado justo a tiempo.
La joven resopló.
—Eso de vivir en la zona alta es una mierda.
—No exageres, vives en uno de los mejores barrios de Barcelona.
Ella se encogió de hombros.
—Pues echo de menos el Raval.
—Pues debes de ser la única.
Vieron aparecer al jefe por el fondo del pasillo y Marisa regresó a su mesa; tampoco le gustaba provocarlo sin motivo.
—Nazia. ¿Ya estás aquí? Te voy a dar un premio.
—Hola, señor.
—A mi despacho —dijo mientras caminaba hacia la puerta del fondo.
Nazia puso cara de resignación y lo siguió.
—Bueno, inspectora, si es que te puedo llamar así, porque los galones hay que ganárselos.
La joven se encogió de hombros.
—Ve con Blas a Paseo de Gracia. Se ha producido el desprendimiento del suelo de un ascensor.
La policía, que empezaba a hacerse ilusiones, comprendió de inmediato que aquel era un caso de mierda.
—¿Qué ha pasado?
—El suelo de un ascensor se ha desprendido.
—Pero eso no es un homicidio.
—No lo creo, pero lo que ha puesto nervioso al nuevo alcalde es la víctima.
—¿Quién es?
—Pasqual Mira, el viejo político de izquierdas.
Nazia se quedó de piedra.
—Eso es muy gordo.
—Por eso hay que asegurarse de que ha sido un desgraciado accidente. Blas llevará el caso y tú le ayudarás.
El inspector Blas Monroy era un verdadero inútil, pero ella prefería salir de la oficina y comenzar una investigación nueva, aunque luego se quedara en nada.
Blas estaba tomando un café en la sala de descanso cuando ella lo encontró. Le hizo una especie de radiografía con la mirada, como si estuviera escaneando su cuerpo.
—¿Vamos?
—¿Tienes prisa, mi Sherezade?
Aquel comentario no le hizo ni pizca de gracia, pero siguió a su compañero hasta el Toyota y salieron de inmediato hacia la casa del viejo político. Ella observaba las calles repletas de turistas mientras él canturreaba canciones algo rancias de los años sesenta.
Nazia dio un largo suspiro y trató de convencerse de que aquella investigación podía ser su primera oportunidad en la nueva sección, ahora que acababa de estrenar el cargo de inspectora.
3. Cuidado
Jorge había cambiado su trabajo en un periódico local por uno de tirada nacional. Ya era oficial que la mayoría de los medios catalanes le odiaban y le consideraban un traidor a la patria.
Su periódico tenía una sede en Barcelona bastante pequeña donde no cabían todos los redactores y reporteros. Así que llevaba varios meses trabajando desde casa, como alternativa ocupacional. Por un lado le gustaba, pero por otro lo odiaba con toda su alma.
Recibió una llamada y cogió el teléfono.
—Hola, Jorge Vila al habla.
—Buenos días, soy Pelayo de Guzmán.
Jorge comenzó a tragar saliva. Era el director del periódico.
—Señor director.
—Llámame Pelayo. Quiero que hagas un reportaje muy importante. Acaba de morir el político Pasqual Mira, el...
—¡No!
—Sí, acaba de llegar un teletipo. Parece un accidente, pero, por si acaso, es mejor que investigues el caso. El diputado era el presidente de una comisión que investigaba varios casos de corrupción.
—Ahora mismo voy.
—Haz algo extenso. Si puedes, incluye alguna revelación interesante y lo sacamos mañana.
—Sí, jefe... Pelayo.
—Buen chico. Quiero ver que nuestro nuevo corresponsal en Cataluña consigue cosas interesantes. Te has convertido en una leyenda en Barcelona.
Jorge pensaba, más bien, que en realidad era un apestado.
Diez minutos más tarde bajaba en bicicleta hacia la casa. El viento le refrescaba la cara y aquella sensación de libertad hizo que mejorara su humor.
Cuando llegó frente al edificio vio el cordón policial, a los sanitarios y, para su sorpresa, a Nazia.
La policía se encogió de hombros al verlo. Aquello parecía casi una maldición, pero Barcelona, en el fondo, era una ciudad demasiado pequeña para que no coincidieran.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la policía.
—Me temo que lo mismo que tú.
—Es un accidente.
—¿Estás segura?
La policía le sonrió hasta que se acercó su compañero.
—No podemos hablar con periodistas.
—Es mi novio —le dijo mientras fruncía el ceño.
—Razón de más.
Jorge se apartó de Nazia. Después vio a la quiosquera con los ojos llenos de lágrimas y se acercó a ella.
—Hola. ¿Conocía al señor Mira?
—Sí, claro. Lleva comprándome el periódico desde hace más de veinte años. Esta misma mañana hablamos.
—¿Le notó preocupado?
—No.
—¿Le dijo algo fuera de lo normal?
—No. Bromeamos un poco. Era un hombre muy simpático, no parecía un político. Aquí le quería todo el mundo.
Los sanitarios sacaron el cuerpo envuelto en una bolsa negra y lo introdujeron en la ambulancia. Jorge se dio la vuelta y vio cómo cerraban la puerta antes de subir a la parte delantera del vehículo.
Conocía a Pasqual Mira. Habían coincidido en algún acto público.
Su padre le odiaba; decía que representaba a la burguesía que había traicionado a la ciudad para venderse a Madrid.
Pero Jorge sabía que su padre, en el fondo, odiaba a cualquiera que no compartiera su particular forma de entender el mundo.
4. Prostíbulo
Chioma, simplemente, no quería despertar. Mientras dormía se sentía realmente libre. A veces se preguntaba cómo era su vida antes de convertirse en una pesadilla. Se había criado en el campo, en el estado de Edo, pero a los catorce años la habían llevado a Benin City para que sirviera en una casa.
Aquella familia rica la trataba como si fuera una esclava.
Solo libraba los domingos por la mañana, algo que aprovechaba para ir a la iglesia.
Su madre le había puesto aquel nombre, que significaba «Dios es bueno», precisamente porque se sentía muy agradecida de haber tenido una niña después de muchos años intentándolo con su esposo.
Pero la desgracia asoló a la familia. Primero falleció su padre, después de que unos asaltantes le atracaran y le pegaran varios tiros.
Su madre cayó en una profunda depresión y terminó en un psiquiátrico, donde acabó de perder la cabeza.
Entonces la llevaron a casa de su tía Raquel, pero tampoco la trató bien.
Tenía que servir a toda la familia, en especial a sus despóticas hijas.
Al final, su tía la envió a la capital para que trabajara y poder quedarse así con su sueldo.
Una mañana, mientras iba a la iglesia, conoció en el autobús a Obinna, el chico más guapo que había visto nunca.
La acompañó al templo y, a partir de aquel día, lo hizo todos los domingos.
Cuando logró ganarse su confianza, le comentó que en Europa había trabajos mejores y que no tenía por qué seguir enviando dinero a una tía que nunca la había cuidado como debía.
A Chioma le pareció una buena idea. Tomó un avión rumbo a España y logró pasar los controles. En el aeropuerto de Barcelona la esperaba un amigo de Obinna. Su novio, aunque ni siquiera la había tocado; ella seguía siendo virgen.
Al ver al hombre que la esperaba, se inquietó un poco. Tenía toda la cara marcada por cicatrices y desde el primer momento se mostró hosco.
—¿Chioma? —preguntó antes de indicarle que le siguiera.
Entraron en un Jeep negro de gran tamaño. Dentro la esperaba otro hombre, mucho más siniestro.
—Hola, cariño, soy Adewale. A partir de ahora, tu señor.
Aquellas palabras le hicieron estremecerse.
El coche se puso en marcha. Ella llevaba un vestido de flores que le llegaba casi hasta los tobillos. A pesar de su cuerpo seductor, siempre vestía con modestia, tal y como le había enseñado su madre.
El jefe le puso la mano en el muslo y comenzó a subirle el vestido. Ella lo sujetó y él le dio un tortazo tan fuerte que le volvió la cara.
—No me enfades. Si lo haces, no seré tan cariñoso.
Después le subió la falda hasta el borde de las bragas y le introdujo la mano. Ella comenzó a llorar.
—¡Es verdad, eres virgen! —exclamó entre sorprendido y eufórico.
Osaze se giró desde el asiento delantero y sonrió.
—No te preocupes, tesoro. Sacaremos un buen pellizco de tu virginidad.
Chioma no sabía lo que le esperaba. En los meses siguientes abusaron de ella de todas las formas imaginables. Desde millonarios afincados en Barcelona hasta toda clase de puteros asquerosos y babosos. Tuvo que aprender a satisfacer sus fantasías más oscuras, muchas veces al borde del vómito.
Ya no era una novedad. Cada vez tenían que venderla más barata y sabía que aquello no era una buena señal.
Su compañera de cuarto regresó en ese momento. Tenía la cara amoratada por los golpes.
—¿Qué te han hecho, Zainab?
La chica no respondió. Era algo mayor que ella, pero apenas superaba la mayoría de edad.
Chioma intentó curarle las heridas y dejarla descansar. Después trató de dormir también ella, pero el nerviosismo invadió todo su cuerpo. Sabía que era la siguiente.
5. Accidente o asesinato
Nazia había quedado a comer con su amiga Fátima.
Hacía mucho que no la veía y le resultó extraño regresar a su antiguo barrio.
Siempre había sentido una mezcla de amor y odio por aquel lugar.
Los olores, las calles y las viejas tiendas le recordaban a su niñez, aunque poco a poco el turismo y las últimas oleadas de inmigrantes lo iban ocupando todo.
Cuando era pequeña, su comunidad era minoritaria en el barrio; ahora lo extraño era ver españoles, aunque algunas ancianas se resistían a abandonar sus casas e irse a una residencia.
Las dos mujeres se abrazaron. La cara de su amiga parecía mucho más relajada después de haberse librado de sus problemas.
—¿Has visto a tu padre?
Omar seguía manteniendo relación con ella, a pesar de que no entendía que viviera en pecado con un catalán y cristiano.
—Hace una semana, pero he estado muy ocupada últimamente.
—Me pasé por su tienda ayer y le vi muy desanimado.
Nazia no podía evitar que su padre se sintiera defraudado, a pesar de que siempre había sabido que ella no era como el resto de las chicas del Raval.
—Prefiero no pensar demasiado en ello, pero mi padre debería entender que simplemente estoy intentando ser feliz y que los tiempos han cambiado mucho.
—Eso es cierto —dijo Fátima con una sonrisa, y eso relajó un poco a la inspectora.
Se encontraban en un pequeño restaurante pakistaní oculto en una callejuela. A aquella hora estaba casi vacío. Nazia lo prefería así; si alguien la veía allí, al día siguiente todo El Raval lo sabría.
—¿Cómo te las estás apañando?
—Bueno, trabajo en una tienda y mi madre se queda con los niños. Por ahora él me está pasando la pensión.
—Bueno, me alegro de que las cosas marchen mejor.
—¿Cómo vas tú?
—Muy bien. Por fin soy inspectora y me han asignado un caso importante, aunque creo que en realidad se trata de un accidente.
Fátima frunció el ceño.
—¿Es el de Pasqual Mira?
—Veo que las noticias vuelan —dijo Nazia, sorprendida.
—Uno de los pocos políticos honrados que quedaban. Cómo no iba a saberlo.
Las dos amigas siguieron poniéndose al día. Después de la comida se tomaron un té y se despidieron en la calle principal.
Nazia intentó evitar la calle de las tiendas para no pasar por delante de la de su padre. En cuanto logró salir a las Ramblas se relajó un poco, aunque no por mucho tiempo. Su teléfono empezó a sonar
—¿Nazia? ¿Dónde diablos estás y por qué no coges el teléfono?
Era Ricard Barceló.
—¿Qué ha sucedido? ¿Se sabe algo nuevo del caso de Pasqual Mira?
—Olvídate de eso por ahora. Los técnicos han determinado que ha sido un desgraciado accidente. Ha aparecido el cuerpo de una prostituta nigeriana en Montjuïc. Blas te espera en la comisaría; tenéis que ir allí de inmediato.
Nazia paró un taxi y unos diez minutos más tarde estaba en la puerta del edificio.
Blas pisó el acelerador en cuanto entró en el coche y salieron disparados hacia Montjuïc. Su compañero le fue contando algunos detalles por el camino y Nazia intentó concentrarse para no vomitar. Era lo más asqueroso que había escuchado en mucho tiempo.