La chica vacía (Ella Dark 22) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Ella no había llorado durante el panegírico del cura. No había llorado cuando una mujer mayor contó la historia de su hijo conduciendo tres horas para atrapar una rata en su garaje. Ni siquiera había llorado cuando el ataúd desapareció tras la cortina de terciopelo y se llevó a Ben hacia el fuego.

Las lágrimas eran un lujo privado, y Ella no se había ganado el derecho a permitírselo, no cuando todo aquel funeral era culpa suya.

Pero ahora, fuera de la capilla, mientras caminaba por aquel santuario improvisado dedicado a la vida de su ex, las lágrimas la asaltaron.

Había hileras de mesas cubiertas con manteles de lino blanco, todas cargadas de coronas de lirios y fotos apoyadas en pequeños caballetes de alambre.

La familia de Ben había ordenado su vida cronológicamente: fotos de bebé en las que parecía una patata confusa, fotos del colegio con un remolino que nunca se aplacaba.

Luego, sus años universitarios hasta su vida laboral, para terminar con fotos de un Ben sin camiseta posando en un ring de lucha libre.

Los sollozos se le desgarraron en la garganta y, por un momento, volvió a tener cinco años y a acunar un pájaro muerto, preguntándole a su tía por qué las cosas tenían que morir cuando aún les quedaba vida por vivir.

Se detuvo ante una muestra de tarjetas de pésame y miró a la multitud que todavía salía de la capilla. Había acudido muchísima gente, más de la que Ella jamás habría imaginado, y eso no hacía más que empeorarlo todo.

«Gracias por venir».

Ella se giró y vio a una mujer que la miraba desde debajo de un sombrero con velo; la misma que había contado la historia de la rata en el garaje. La madre de Ben. Una mujer a la que Ella nunca había conocido durante el tiempo que estuvieron juntos.

«Señora Carter. Lo siento muchísimo».

«La he reconocido por las fotos. Está usted exactamente igual».

«Yo… no sé qué decir. Lo echo de menos». La verdad pugnaba por salir, pero Ella se la tragó. Yo he provocado esto. Su hijo está muerto por haberme conocido.

«Hablaba de usted. Incluso después de mudarse. Nunca la olvidó».

Ella se secó unas lágrimas recientes. «Yo también he hablado de él. Ojalá las cosas hubieran sido distintas».

«Me alegro de que conservara algunos buenos recuerdos. Y gracias por la tarjeta. Significó mucho para mí que la enviaras».

A Ella se le hizo un nudo en el estómago. El manantial de sus lágrimas se secó. «¿La tarjeta?».

La señora Carter señaló la mesa. «La foto en la que salís los dos. Me alegro de que la conservaras. Ben parece muy feliz ahí».

Otro de los presentes llamó a la señora Carter y la dejó sola.

Ella se volvió hacia la mesa y revisó las tarjetas una por una hasta que encontró una foto satinada de ella y Ben, con el agua del Atlántico por los tobillos en la playa de Ocean City.

Un turista se había ofrecido a sacarles la foto y Ben le había susurrado una guarrada al oído justo cuando la cámara hizo clic.

El murmullo de los demás presentes, el aroma de los lirios…, todo se volvió distante. Lo único que sentía eran los surcos fríos de la humedad secándose en sus mejillas.

Ella no había enviado esa tarjeta.

Su pulgar encontró el borde de la tarjeta y la abrió. El papel fotográfico era rígido. El interior era de un blanco impoluto, a excepción de una única línea manuscrita en la parte inferior.

La muerte es la mayor forma de amor.

Sin nombre. Sin firma.

Alguien había estado allí, entre los presentes, lo bastante cerca como para oler las flores y oír los sollozos de la señora Carter.

Lo bastante cerca como para colocar esa tarjeta de visita entre las condolencias sinceras.

Lo bastante cerca como para ver a Ella descubrirla.

O, si no, la había enviado directamente a la familia de Ben.

Y esa tarjeta, con su imagen de un momento feliz y robado, se convirtió de repente en el objeto más obsceno que había sostenido jamás.

Su mano derecha rozó la solapa de su chaqueta y notó el rectángulo rígido y de bordes afilados del papel doblado que guardaba en el forro. Se aseguró de que nadie la miraba, dobló la tarjeta y la deslizó en el bolsillo opuesto.

Ya no quedaba lugar para las lágrimas. Si Ella quería ponerle fin a aquello, no podía hacerlo desde California o Washington D. C.

El único lugar donde aquello terminaría era en una celda de Luisiana.

Y ella tenía los papeles firmados para una visita inmediata y sin restricciones.