La chica vacía (Ella Dark 22) CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

El detective Jeremiah Riggs siempre había creído en la ley. Como su padre y el padre de su padre. Se preguntó cómo reaccionarían si supieran que el Riggs de la tercera generación estaba cometiendo lo que cualquier policía consideraría manipulación de pruebas.

Estaba sentado en su despacho, enfrascado en el móvil de un muerto, y, ya que había llegado hasta ahí, más valía terminar.

Riggs había conectado el dispositivo de Thomas Grayson a su portátil y había usado el software MiracleCure para desactivar el código de acceso.

Luego había desconectado el dispositivo y se había puesto a cotillear el móvil de la víctima a la antigua usanza.

Riggs se había autoconvencido de algún modo de que era menos ilegal que descargar todo el contenido del teléfono de una víctima de asesinato a un portátil, pero si no encontraba algo útil de una forma u otra, se iba a jugar el cuello.

La agente Ella Dark se llevaría la peor parte, desde luego, pero Riggs sin duda se vería atrapado en el fuego cruzado.

El teléfono en sí era bastante sencillo. Un modelo de Samsung. Riggs había intentado no mirar nada demasiado personal de Grayson, pero si alguien había atraído al tipo a esa cámara acorazada, cabía la posibilidad de que lo hubiera hecho a través de los mensajes de texto de toda la vida.

Pero nada de nada, porque el último mensaje que Grayson había recibido en cualquier aplicación era de doce horas antes de su asesinato.

La galería de fotos era igual de escueta, y la imagen más reciente era de hacía dos días.

Grayson se había hecho una foto junto a un caballo, lo que planteaba preguntas que Riggs no tenía jurisdicción para responder.

Luego venían las aplicaciones de redes sociales, o la única aplicación en el caso de Grayson, que era el típico perfil de un hombre de mediana edad.

Las actualizaciones eran irregulares y el sistema de mensajería integrado estaba lleno de spam.

Lo siguiente eran los correos electrónicos, y la mayoría estaban relacionados con el trabajo.

Riggs no quería indagar demasiado porque se imaginaba que esos asuntos de seguridad eran altamente confidenciales, pero, aun así, los últimos correos que recibió fueron la mañana de su asesinato, y ninguno estaba relacionado con el First National Bank.

Riggs cambió a la carpeta de enviados y no encontró nada de interés. Lo mismo en los archivos eliminados y en el correo no deseado.

Pero entonces vio un sospechoso número uno en la carpeta de borradores.

Pulsó en ella.

Un correo sin enviar.

Reid, algo va mal con la aplicación Sentinel. Estoy viendo anulaciones del sistema que no deberían ser posibles. La cámara del First National indica que se ha iniciado un acceso de emergencia, pero eso NO PUEDE pasar con un cierre temporizado. Voy a echar un vistazo. Si pasa algo...

El mensaje se cortaba a media frase. Como si Grayson se hubiera dado cuenta de repente de que escribir no iba a servir de nada.

Reid. ¿Quién demonios era Reid? No había ninguna dirección de correo en la casilla del destinatario.

Y la aplicación Sentinel. Riggs no la había visto. ¿No estaban Dark y Ripley visitando a alguien de Sentinel Tech ahora mismo? Riggs volvió a la pantalla de aplicaciones y se desplazó por ella hasta que la encontró.

Ahí estaba. Un circulito verde con una S en medio, a todas luces una copia del logo de Superman. De repente, Riggs sintió nostalgia de los viejos tiempos, cuando las empresas tecnológicas tenían una pizca de creatividad.

«¿Qué tenemos aquí?», dijo Riggs. Se familiarizó con el funcionamiento de la aplicación y le pareció sorprendentemente sencilla para algo que gestionaba las medidas de seguridad de algunos de los edificios más importantes de la ciudad.

Entonces se dio cuenta de que ya había visto esa aplicación, porque Mark Miller —el director de la sucursal del First National— le había enviado capturas de pantalla de lo mismo.

La interfaz era idéntica. El mismo fondo verde, la misma estructura de menús.

Riggs fue a la sección de alertas en el móvil de Grayson.

A Riggs se le disparó la tensión entonces, porque la pantalla se llenó de advertencias en rojo. Había una línea tras otra de alertas críticas, y todas tenían la marca de tiempo de la noche anterior.

23:26 h: Iniciado protocolo de anulación de emergencia.

23:28 h: Solicitada anulación del bloqueo temporal.

23:31 h: Acceso manual concedido.

23:36 h: CRÍTICO - Fallo del sensor atmosférico - Módulo de la cámara acorazada.

Riggs cogió el portátil y abrió las capturas de pantalla de Miller. Misma marca de tiempo. Misma noche. Pero la pantalla de alertas de Miller mostraba impolutos tics verdes.

Todos los sistemas en orden. Ningún incidente detectado.

Dos aplicaciones idénticas, que monitorizaban el mismo edificio, contando historias completamente distintas.

Riggs se quedó mirando ambas pantallas mientras su cerebro de informático intentaba procesar lo que estaba viendo.

Las aplicaciones no se inventan los datos sin más.

Reciben información de servidores centralizados, procesan esos datos según su programación y luego se la muestran a los usuarios.

Si dos aplicaciones estuvieran conectadas al mismo servidor, deberían mostrar información idéntica.

A menos que una de ellas no estuviera conectada en realidad al servidor.

«Hijo de puta. Esto es…».

Y así, sin más, el detective Riggs comprendió exactamente cómo habían atraído a Thomas Grayson a esa cámara acorazada.