La chica vacía (Ella Dark 22) PRÓLOGO
2%
La chica vacía (Ella Dark 22)

La chica vacía (Ella Dark 22)

Por Blake Pierce

© inepub.com

PRÓLOGO

A Ella Dark se le cayó el mando de la tele. Las pilas se salieron, pero ella no fue capaz de moverse para recogerlas.

El rostro de Ben Carter apareció en la pantalla y el texto que se desplazaba por debajo decía: ASESINADO A TIROS UN CONOCIDO DEPORTISTA LOCAL EN CALIFORNIA. El mundo empezó a darle vueltas y, de no ser por la mano de Luca en su hombro, creyó que se habría desplomado.

—¿Es tu… ex? —preguntó Luca.

Estúpida. ¿Cómo había podido estar tan ciega?

Había puesto policías en la puerta de todas las personas cercanas a ella en D. C.

Treinta y seis agentes vigilando treinta y seis puertas, protegiendo a treinta y seis personas que habían cometido el error de conocer a Ella Dark.

Todos en esta ciudad. Todos lo bastante cerca como para vigilarlos.

Pero había trazado un círculo de protección demasiado pequeño.

Ben Carter había sido el único lo bastante listo como para poner miles de kilómetros de por medio, porque quería estar a salvo de la estela de muerte que la seguía a todas partes.

Hacía un año, había huido a California y —supuso Ella— había pasado página, pero ni siquiera la otra punta del país había sido suficiente.

Había pasado por alto su seguridad porque ya no estaba en su órbita. Y eso le había costado la vida.

La foto de Ben había sido sustituida por un vídeo tembloroso grabado con un móvil del exterior del recinto.

La cinta policial que ondeaba al viento estaba iluminada por luces rojas y azules intermitentes, y entonces dos sanitarios metieron una camilla en la parte trasera de una ambulancia.

Una sábana cubría lo que quedaba de su exnovio.

Al ver aquello, Ella se llevó las manos al estómago y le vinieron arcadas. De repente, se encontró apoyada en el sofá con una rodilla en el asiento mientras las arcadas le arañaban la garganta. No echó nada. No le quedaba nada que vomitar.

—Ell —dijo Luca, poniéndole una mano en la espalda.

—No lo hagas —espetó ella. No era culpa de Luca.

Él intentaba apoyarla, pero cualquier tipo de contacto le parecía fuera de lugar cuando a su ex lo estaban metiendo en una bolsa para cadáveres a casi cinco mil kilómetros de distancia; todo porque ella había estado demasiado ciega para ver lo evidente.

Porque había olvidado que sus problemas viajaban a la velocidad de la obsesión, y la gente obsesionada no respeta las fronteras estatales.

Alguien se estaba vengando de ella matando a todo el que se le acercaba.

Primero, Julianne, su casera. Luego Jenna, su antigua compañera de piso.

Ahora Ben. El maravilloso Ben, el atleta que había luchado codo con codo con Ella aunque no tenía por qué hacerlo.

En la pantalla, una reportera rubia con dientes postizos hablaba de lo conmocionada que estaba la comunidad local.

Conmocionada. Como si en Estados Unidos no muriera gente a tiros todos los días.

Como si Ben Carter fuera especial por ser un atleta guapo y medio famoso.

Pero es que Ben Carter sí que había sido especial.

Solo que no de una forma que la reportera pudiera entender.

Era un hombre que había permanecido al lado de Ella mucho más tiempo del que debería, y que incluso la había ayudado a dar caza a uno de los asesinos en serie más infames de Estados Unidos.

La había perdonado cuando no debería haberlo hecho y nunca se quejó cuando Ella tenía que interrumpir sus veladas para desaparecer en algún otro estado.

Ella no se lo merecía, y un día él se dio cuenta.

—¿Quieres un poco de agua? —preguntó Luca. El pobre debía de sentirse un inútil.

—Apaga la tele, por favor.

Luca obedeció. Ella se reincorporó y luego se desplomó en el sofá. Se sujetó la cabeza con las manos y luchó contra el impulso de gritar hasta desgañitarse. Aun así, Luca le trajo agua.

—Ell, no sabes si esto está relacionado.

Cogió el vaso. —Vamos, Hawkins. Claro que está relacionado.

—A Julianne y a Jenna las apuñalaron, ¿no? A este chico le han disparado.

—Ben. Se llama Ben.

—Perdona. A Ben le han disparado. Es un cambio drástico en el modus operandi.

—No, no lo es. El asesino busca lo más práctico. Ben era un atleta, era ágil. Podría haber esquivado a alguien con un cuchillo, pero no podía escapar de una pistola. El asesino lo sabía.

—Solo digo que este es el único de los asesinatos que también ha ocurrido en público. ¿Y qué hay del pelo? A las otras víctimas les cosieron los labios.

Ella repasó su teoría sobre el móvil. Había perdido el móvil hacía unos meses, pero no recordaba exactamente cuándo ni dónde. Partía de la base de que su acosador y asesino lo tenía y lo estaba usando para obtener datos de sus allegados.

Y eso también encajaba en este caso.

—El asesino tiene mi móvil. Así es como encontró las direcciones de Julianne y Jenna. En mi móvil no estaba la dirección de Ben, así que el asesino habría tenido que investigarlo. Si no pudo encontrarla así, habría tenido que tenderle una emboscada en público.

Luca se quedó en silencio un minuto. Eran poco más de las seis de la mañana según el reloj de la pared, y fuera el mundo seguía sumido en la más absoluta oscuridad.

—Lo siento. Es que…

Ella le lanzó una mirada fulminante. —¿Es que qué?

—Nunca has mencionado a este tío.

Tuvo que reprimir el impulso de echarle un jarro de agua fría a Luca.

—Hawkins, no es momento para celos, ¿vale?

—No lo digo por eso. Solo digo que… conocía a Julianne y a Jenna porque hablabas de ellas. No creo que hayas mencionado el nombre de Ben ni una sola vez.

Aunque Ella moría por decir: «Hay un motivo para ello», reprimió el impulso. No le gustaba comparar exnovios.

—Bueno, sus datos estaban en mi móvil. Mensajes de texto, registro de llamadas, todo.

El móvil vibró con fuerza en su bolsillo. La vibración fue como un insecto reptando por su piel.

Lo sacó. En la pantalla parpadeaba «CG». 6:03. Nunca llamaban tan temprano a menos que alguien hubiera muerto.

Y sí, alguien había muerto.

Ella observó el móvil vibrar en su mano.

Cuatro tonos. Cinco. Le hablarían de Ben como si fuera una noticia.

Como si no acabara de ver la grabación. Probablemente, algún analista del turno de noche que supervisaba los canales de noticias habría marcado la historia sobre un expolicía asesinado con vínculos con personal del FBI.

O quizá el DPLA ya se había puesto en contacto para preguntar si debían preocuparse por si existía un patrón.

El móvil siguió vibrando. Luca la observaba mientras ella lo miraba fijamente.

—¿No lo vas a coger?

—No.

La vibración cesó. Y volvió a empezar de inmediato. Quienquiera que llamase había decidido que la clave era la insistencia.

—No van a parar —dijo Luca.

—Lo sé.

Pero no era capaz de descolgar. Contestar significaba hacer oficial la muerte de Ben. Ben Carter se merecía algo mejor. Se merecía seguir siendo humano todo el tiempo que Ella pudiera permitírselo.

—Dámelo. —Ella le pasó el móvil a Luca a regañadientes. Él se fue al otro lado de la habitación y contestó—: Es el móvil de Ella.

No pudo mirar cómo se desarrollaba la escena.

Cuando Luca colgara, se habría acabado. Ben Carter se habría ido oficialmente de este mundo, y ese simple hecho la mataría.

Mentiría si dijera que no había pensado en Ben desde que se fue.

No con anhelo ni arrepentimiento, sino solo para recordarse a sí misma que él seguía por ahí, a lo suyo, compartiendo los mismos recuerdos que ella del tiempo que pasaron juntos.

—Sí, se lo diré. ¿Cuál era la fecha? Ah. Entendido. Gracias por llamar. —Parte de la conversación de Luca llegó desde el otro lado de la habitación. Colgó y le devolvió el móvil a Ella de un lanzamiento—. Era un hombre que se hace llamar Correcaminos.

—¿Corre?

—Sí. Ah. El tío del sótano, ¿no? ¿Qué hace despierto tan temprano?

—No duerme. Y sí, el tío del sótano. Le pedí un favor. ¿Qué ha dicho?

—Ha dicho que la fecha es el 16 de octubre, signifique lo que signifique.

A Ella le dio vueltas la cabeza. Le había pedido a Correcaminos que averiguara exactamente cuándo había perdido el móvil, porque había estado en su despacho ese mismo día. Él tenía sus métodos para encontrar esa información y, por lo visto, el día era el 16 de octubre.

16 de octubre. Esa fecha significaba algo.

Tardó un momento en buscar en su banco de memoria, porque las imágenes del cadáver de Ben en una camilla seguían ocupando el centro de su mente. Entonces todo se volvió innegablemente claro, y el día 16 de octubre se proyectó en su cabeza como la bobina de una película.

La mañana del 16 de octubre, había hecho la maleta y cogido un vuelo al Aeropuerto Internacional de Nueva Orleans.

Después, había cogido un taxi hasta el tribunal de distrito de la parroquia de Orleans, había presenciado seis horas de vistas penales y, finalmente, había subido al estrado.

Había descrito cómo, dos años antes, había detenido a un asesino en serie en un refugio para mujeres maltratadas.

Luego, había expuesto su perfil psicológico para garantizar el encarcelamiento indefinido de aquel hombre en una celda.

Todo había ido demasiado bien, porque había contribuido a que a aquel hombre lo condenaran a muerte.

Y cuando regresó a casa al día siguiente, le habían desaparecido milagrosamente tanto el móvil como el cepillo del pelo.

—Joder —resopló. Volvió a doblarse por la cintura, pero esta vez no eran náuseas. Esta vez era pura frustración, porque el patrón era tan evidente que le daban ganas de gritarse a sí misma por no haberlo visto.

Todo aquello —las muertes de Julianne, Jenna y ahora Ben— tenía que ver con un hombre llamado Austin Creed.