Diecinueve camas
La revisión de las setenta y dos horas duró veintiséis minutos.
La jueza Marston escuchó a la trabajadora social, escuchó al letrado de la entidad acreditada y escuchó, durante cuatro minutos, a Ruth Okonjo en nombre de Elizabeth Larkin.
Después ratificó la custodia temporal de Aldergrove House hasta la vista del veintisiete y ordenó, de oficio y en un tono que no admitía discusión, que se abriera pieza separada sobre las circunstancias del fallecimiento de Roberta Renner.
Corinne Ashby no habló ni una sola vez.
Estuvo sentada en la segunda fila, con un abrigo azul marino y las manos en el regazo, y al salir se paró en el pasillo delante de Beth Larkin y le dijo algo en voz baja durante unos quince segundos.
Beth se echó a llorar en mitad del pasillo del juzgado.
Doyle no llegó a saber nunca qué le había dicho.
Y Beth, cuando se lo preguntó, contestó lo peor que podía contestar:
—Que va a cuidar de ella. Y la creí, Jack. Eso es lo que no soporto. Que estuve tres segundos creyéndola.
Llovía desde el mediodía y a las nueve de la noche llovía de esa manera vertical y estúpida que en Granton no arregla nada.
El coche estaba parado en Halloway, a cuarenta metros de la verja.
—Kilbride tiene el mandamiento desde las siete —dijo Nora—. Ethan ha hablado con alguien del anexo. Van a entrar el lunes a primera hora.
—El lunes.
—Es sábado por la noche, Jack. Tienen que coordinarlo con el condado porque hay diecinueve menores dentro. No es un almacén.
Doyle miraba el edificio.
Tres plantas. Ventanas de la primera todas iguales. Un árbol de verdad. Y en la parte de atrás, casi invisible desde la calle, una franja de luz en una ventana a ras de suelo que llevaba encendida desde las ocho.
—Nora.
—Dime.
—Baja del coche y vete a casa.
—No.
—Te lo estoy pidiendo bien.
—Y yo te estoy diciendo que no. —Nora se quitó el cinturón—. Y no lo hago por ti. Lo hago porque llevo doce días con una historia muerta encima de la mesa y porque Vivian me dijo que la consiguiera por un camino que aguantara, y ese camino no está en mi ordenador. Está ahí dentro.
Doyle la miró.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale. —Abrió la puerta—. Pero grabas todo desde el primer segundo y les pides permiso en voz alta, y si te dicen que no, apagas y lo dices en voz alta también.
—¿Desde cuándo sabes tú cómo se hace mi trabajo?
—Desde que soy consultor externo.
No tuvieron que forzar nada.
Doyle llamó al timbre de la puerta principal a las nueve y catorce de la noche de un sábado, con la lluvia cayéndole por el cuello del abrigo, y a los cuarenta segundos se encendió la luz del vestíbulo y Corinne Ashby abrió la puerta ella misma, con una rebeca gris y unas zapatillas de andar por casa.
—Buenas noches —dijo.
—Señora Ashby.
—Detective. Señorita Blake. —Se apartó de la puerta—. Pasen, por favor, que se están calando.
Nora sacó el móvil y lo puso boca arriba sobre la palma de la mano.
—Voy a grabar esta conversación —dijo—. ¿Tengo su consentimiento?
Corinne Ashby la miró.
—Sí —dijo.
—Que conste que ha dicho que sí.
—Consta. —Cerró la puerta—. Y le voy a pedir una cosa a cambio, señorita Blake, y es que lo grabe entero. Desde el principio hasta el final. Sin cortar.
—¿Por qué?
—Porque llevo diecinueve años esperando que alguien venga a preguntarme esto —dijo Corinne Ashby— y no me apetece nada que me lo resuman.
El vestíbulo estaba en penumbra. Arriba, en la primera planta, se oía una televisión bajita y el ruido de una puerta de baño.
—Diecinueve chicas durmiendo —dijo Ashby—. Vamos a la cocina, que está lejos de las habitaciones.
Los llevó por un pasillo.
Y Doyle, andando detrás de ella por un edificio con los marcos de las puertas demasiado anchos, oyó por debajo de todo lo demás un ruido continuo y grave, como de motor, que venía de abajo.
Un zumbido.
Y cada quince o veinte segundos, dentro del zumbido, un chasquido húmedo.
Ashby no dijo nada.
Puso agua a hervir.
—Sé lo que están oyendo —dijo de espaldas—. Vamos a hablar de eso, pero prefiero sentarme primero. Tengo cincuenta y ocho años y llevo desde las seis de la mañana de pie.
Se sentó.
Dejó las manos sobre la mesa de la cocina, con el reloj de hombre demasiado grande en la muñeca, y miró a Doyle.
—Trescientas cuarenta y dos cajas —dijo—. Llevan desde las ocho de la tarde. Son dos máquinas industriales de corte cruzado y hacen unos sesenta kilos a la hora cada una. Terminarán sobre las cuatro de la madrugada.
Nora tenía el móvil en la mesa y no lo tocó.
—¿Lo ha ordenado usted? —preguntó Doyle.
—Lo he autorizado yo.
—No es lo mismo.
—No —dijo Ashby—. No lo es. Pero es lo que va a poner en el papel y no pienso decir aquí una cosa distinta de la que voy a decir en un juzgado.
—¿Sabe que hay un mandamiento judicial?
—Desde el jueves.
—Entonces es destrucción de pruebas.
—Sí.
Doyle se quedó parado.
—Detective, no voy a discutir con usted sobre lo que estoy haciendo. —Ashby entrelazó los dedos—. Voy a discutir sobre por qué. Y le pido veinte minutos, porque después no va a tener usted ninguna gana de dármelos.
—Adelante.
—En esos papeles hay treinta y un nombres.
Se paró.
Volvió a empezar.
—Entre 2003 y 2018, esta institución, con otro nombre y otra dirección, recibió a treinta y una menores embarazadas o recién paridas cuyos hijos eran un problema para alguien. —Su voz no cambió—. Se les dio una habitación, un médico y una salida. Y a los niños se les buscó un sitio.
—Se les vendió —dijo Doyle.
—Se les colocó, y por cada colocación entró dinero en esta casa, así que llámelo usted como quiera y no voy a discutírselo. —Ashby levantó la barbilla—. Yo llegué en 2007. Cuando llegué, eso llevaba cuatro años funcionando. Y a los tres meses lo entendí entero.
—¿Y qué hizo?
—Lo seguí haciendo.
Nora levantó la cabeza.
—Lo seguí haciendo once años —dijo Corinne Ashby—, y quiero que ese trozo se oiga muy claro en su grabación, señorita Blake, porque es la única frase de esta noche que me va a costar la cárcel y no quiero que parezca que se me ha escapado.
Silencio.
Abajo, el zumbido seguía.
—¿Por qué? —dijo Nora.
—Porque llegué de protección al menor del condado.
—Ashby se echó atrás—. Once años. Y sé perfectamente qué pasa con una cría de dieciséis años embarazada de un hombre casado con dinero.
Sé cuántas casas de acogida hay en este condado y sé cuántas plazas tienen.
Sé lo que es un expediente de desamparo.
Y sé, porque lo he visto ciento veinte veces, qué pasa con esas chicas a los diecinueve años.
—Eso no le da derecho a…
—No estoy hablando de derechos, detective.
Estoy hablando de camas. —Golpeó la mesa con el dedo, una vez—.
Con ese dinero se abrieron diecinueve. Diecinueve camas, calientes, todas las noches, durante diecinueve años.
Haga la multiplicación. Yo la he hecho muchas veces y siempre da lo mismo: más de tres mil chicas que durmieron aquí y no en un portal.
—¿Y las treinta y una?
—Las treinta y una están vivas. —Ashby lo miró sin pestañear—. Todas. Puedo darle las treinta y una. Tienen entre veintitrés y treinta y ocho años. Hay una arquitecta. Hay dos enfermeras. Hay una que da clase en Fenmore. Diecisiete son madres.
—¿Y saben quiénes son?
—No.
—¿Y usted cree que eso es un favor?
—Yo creo que es un desastre —dijo Corinne Ashby—.
Y creo que ahora mismo, ahí abajo, dos máquinas están convirtiendo ese desastre en confeti, y que si las paro, el lunes por la mañana treinta y una mujeres que tienen una vida se enteran de que sus madres cobraron por dejarlas ir, de que sus apellidos son mentira y de que sus hijos son nietos de un hombre que salió en el periódico en agosto.
Se inclinó hacia delante.
—Usted quiere una verdad, detective. Yo tengo diecinueve camas. —Abrió las manos—. Dígame cuántas camas vale su verdad y hacemos el cambio ahora mismo. Se lo digo en serio. Deme un número.
Doyle no contestó.
Y en el silencio que se hizo, larguísimo, con el agua hirviendo detrás y el zumbido debajo, se oyó un ruido en el pasillo.
Los tres se giraron.
Ivy Renner estaba de pie en la puerta de la cocina, con un pijama que no era suyo y una sudadera roja encima, descalza, con los brazos cruzados.
—Cuatro —dijo.
Ashby cerró los ojos.
—Ivy, vuelve a la cama.
—Cuatro camas. —Ivy entró en la cocina—. Es lo que vale. Se lo ha preguntado y yo se lo contesto.
—Ivy.
—Llevo tres días aquí, señora Ashby. —Le temblaba la voz y siguió hablando—. Y usted es muy buena. De verdad. Es la primera adulta en toda mi vida que me ha dicho la verdad sobre mis papeles a la cara sin ponerse a llorar.
Corinne Ashby no se movió.
—El jueves me sentó en su despacho —dijo Ivy, y se giró hacia Doyle—. Y me lo explicó todo. Que no tengo nada. Que a los dieciocho me caigo por un agujero. Que no puedo estudiar, ni trabajar, ni firmar, ni ir al médico. Y que ella lo puede arreglar.
Doyle sintió cómo se le helaba la espalda.
—Dígalo usted —le dijo Ivy a Ashby—. Dígalo usted, que lo dice mejor.
Ashby abrió los ojos.
—Se llama inscripción tardía de nacimiento por vía de expediente gubernativo —dijo con mucha calma—.
Esta institución es entidad acreditada y tiene legitimación para promoverla.
Con dos testigos, informes médicos y un certificado de nuestro archivo, un juez inscribe a esa niña en cuatro meses. Con nombre, apellidos, fecha y lugar.
—Y una casilla —dijo Ivy.
—Sí.
—Diga cuál.
—Filiación paterna: no consta —dijo Corinne Ashby—. Y una renuncia a promover en el futuro ninguna acción de reclamación.
Nadie dijo nada.
Ivy Renner se quedó de pie en mitad de una cocina, descalza, con quince años y ninguna posesión legal en el mundo.
—Me lo ofreció el jueves —dijo—. Y yo le dije que me lo pensara hasta el domingo.
—Ivy —dijo Ashby—. Piénsatelo hasta el domingo.
—Ya me lo he pensado.
—Ivy, escúchame…
—¿Cuántas han dicho que sí? —dijo la cría.
Corinne Ashby se quedó con la boca abierta.
—¿Cuántas de las treinta y una? —repitió Ivy—. Se lo pregunté el jueves y usted no me contestó, así que se lo pregunto delante de ellos.
Y Corinne Ashby, que llevaba cincuenta minutos contestando a todo con la barbilla alta, bajó la mirada a la mesa de su propia cocina.
—Todas —dijo.
—Treinta y una de treinta y una.
—Sí.
Ivy Renner asintió despacio.
—Pues no —dijo.
Y se sentó en la silla libre, entre Doyle y Nora, con las manos entre las rodillas y los pies descalzos en el suelo frío, y se puso a temblar y no se movió de ahí.
Fue en ese momento cuando se paró el zumbido.
Doyle levantó la cabeza.
Abajo, a través del suelo, se oyó una puerta metálica y unas voces, y después el ruido de algo pesado subiendo por unas escaleras, escalón a escalón, muy despacio.
Corinne Ashby se puso de pie de golpe.
—¿Qué es eso?
Doyle ya estaba en el pasillo.
La puerta del fondo, la que él había tomado por un armario, estaba abierta y de ella salía una corriente de aire frío que olía a papel y a humedad de cincuenta años.
Y por las escaleras, subiendo de espaldas, doblada, con las dos manos por debajo y las rodillas dobladas y el anorak azul de la empresa de limpieza empapado de sudor, venía una mujer de treinta y un años cargando una caja de cartón blanco.
Una.
—Miriam —dijo Doyle.
Ella no levantó la vista. Estaba contando escalones.
Y detrás de ella, seis o siete peldaños más abajo, con el abrigo gris impecable y las manos cruzadas sobre el puño de un paraguas cerrado, había un hombre de setenta y tres años que la miraba subir sin moverse ni un centímetro.
Doyle bajó dos escalones.
—Nash.
Emmett Nash levantó la vista.
—Detective.
—Apártese de ella.
—Estoy apartado. —Ni se movió—. Llevo cuatro minutos aquí parado, si quiere se lo cronometro.
—¿Por qué no la ha parado?
Y Emmett Nash miró a Miriam Kade subir el último escalón con la caja, jadeando, y contestó con la misma voz con la que había hablado de un reloj Bulova en un banco de un parque.
—Porque esa mujer no existe —dijo—. No tiene documento, ni domicilio, ni nombre. No puede declarar, no puede firmar y no puede sostener nada delante de un juez. —Se ajustó un guante—. Lo que acabo de ver, detective, no es una testigo llevándose una prueba. Es una desconocida robando una caja.
Subió un escalón.
—Y me temo —añadió— que eso es exactamente lo que va a poner en el atestado.
Los faros entraron por la verja a las once y cuarenta y uno.
Tres vehículos sin distintivos y dos coches del condado, sin sirenas, aparcando en diagonal sobre el césped que alguien cortaba en diagonal.
Dana Kilbride se bajó del primero con un chubasquero encima del pijama y un mandamiento judicial de ocho páginas dentro de una funda de plástico transparente para que no se mojara.
Encontró:
Dos máquinas de corte cruzado, paradas, con los depósitos llenos.
Once contenedores industriales de ruedas cargados hasta arriba de papel triturado.
Trescientas treinta y siete cajas de cartón blanco vacías, apiladas.
Cuatro cajas sin abrir en un rincón, junto a la puerta metálica.
Y una quinta, en el suelo de la cocina de la planta baja, entre una mujer con un anorak de empresa de limpieza y una chica de quince años descalza que no había querido soltarle la mano en cincuenta minutos.
De Emmett Nash no encontró absolutamente nada.
Ni en el sótano, ni en el segundo sótano, ni en el patio, ni en las cámaras, que llevaban desde las siete y media de la tarde grabando en un bucle de treinta segundos por una incidencia técnica que un informe posterior calificaría de compatible con un fallo del sistema.