La mujer del sótano
Dana Kilbride vio el vídeo tres veces seguidas sin decir una palabra.
Cuatro minutos y once segundos, grabados en vertical desde el hueco de la escalera de una casa de Kelvin Street por una chica de dieciséis años que en algún momento del segundo minuto empezó a temblar tanto que la imagen se movía.
Se oía todo.
La voz de Denise Whitby leyendo el auto. La voz de Bobbie Renner preguntando por el juicio del veintisiete. La voz de un policía joven diciendo señora, por favor .
Y el sonido.
Kilbride paró en el minuto tres y cincuenta y uno y dejó el portátil.
—¿Su hija está bien?
—No.
—Perdone. Ha sido una pregunta estúpida.
—No lo ha sido. —Doyle tenía las manos alrededor de un vaso de té que ella le había puesto delante y que no pensaba beberse—. Ha sido la primera pregunta que me ha hecho alguien de un edificio oficial en dieciocho horas.
Kilbride juntó las manos sobre la mesa.
—Voy a serle útil y va a doler —dijo—. ¿Preparado?
—Adelante.
—La muerte de Roberta Renner es un accidente.
—Levantó una mano antes de que él abriera la boca—.
Y lo digo con el vídeo delante. Lo he visto tres veces.
Nadie la empuja. La señora Whitby extiende el brazo, hay contacto en el hombro, y la señora Renner retrocede sobre unos escalones sin barandilla.
Va a haber una investigación, va a durar cuatro meses y va a concluir muerte accidental, y la conclusión va a ser correcta.
Doyle no dijo nada.
—Segundo: el auto ex parte es válido. Firmado por la jueza Marston a las cuatro y cuarenta.
Motivado en un informe de la trabajadora social que describe una situación de hecho verídica: una menor sin filiación acreditada, sin representante legal, conviviendo con una persona sin título alguno y con antecedentes documentados de consumo de alcohol.
—Todo verdad.
—Todo verdad. Y por eso funciona. —Kilbride se echó atrás—. Y tercero, y este es el que le va a doler de verdad: la revisión de las setenta y dos horas es mañana a las nueve, y la va a ganar Aldergrove House.
—Beth ha presentado.
—Su exmujer ha presentado una solicitud de custodia por parentesco ficticio que se examina el veintisiete.
—Kilbride pasó una hoja—. Y el letrado de Aldergrove, que se apellida Voss y cobra novecientos dólares la hora, va a presentar mañana tres documentos.
El primero es una copia de un vídeo de ciento cuarenta mil visualizaciones en el que usted increpa a un candidato.
El segundo es el registro de una llamada al 911 desde Fenwick con la Cuatro el día siete.
Y el tercero es el formulario de una empresa de análisis genético a nombre de N.
Blake, con una casilla marcada que dice que la muestra es de la solicitante.
Doyle levantó la cabeza de golpe.
—Eso no es público.
—No.
—Entonces, ¿cómo lo tienen?
—Excelente pregunta —dijo Kilbride—. Cuando la conteste habremos avanzado mucho.
Se quedaron callados.
Fuera, en el anexo del viejo juzgado, un radiador tosió tres veces.
—Deme algo —dijo Doyle.
—Le voy a dar dos cosas y luego me va a escuchar.
—Kilbride cogió el bolígrafo—. Uno: tengo abierta una línea de investigación sobre Emmett Nash y sobre la retirada del depósito de Vantage.
Ayer pedimos preservación de datos a Kestrel Genetics y esta mañana han contestado que la casilla de notificación de cumplimiento normativo de ese registro apunta a una dirección de correo dada de alta en 2011 y alojada en el dominio de un bufete.
—Holt, Brannan y Voss.
—Sí.
—Voss.
—Sí. —Kilbride lo dejó ahí—. Dos: las once cartas anuales de verificación. Las fotografías que hizo la señorita Blake son admisibles como principio de prueba y valen para pedir originales.
—Los originales no están.
—Lo sé. Anoche a las once mandé a dos investigadores a Kelvin Street. La casa estaba precintada por la policía local desde las nueve y media. La funda de plástico no aparece por ningún sitio.
Doyle se pasó las manos por la cara.
—Entonces no tengo nada.
—Tiene fotografías de once documentos que acreditan que dos entidades pagaron novecientos dólares al mes durante quince años a cambio de que no se iniciara un procedimiento de determinación de filiación. —Kilbride dejó el bolígrafo—. Y le voy a decir exactamente lo que eso es y lo que no es.
—Dígalo.
—Eso no es un asunto de familia. Eso es una conspiración para obstruir la determinación del estado civil de un menor y hay al menos cuatro tipos penales encima.
—Se inclinó hacia delante—. Pero es papel.
Y el papel siempre tiene un abogado que lo explica.
En diecinueve días hay elecciones, detective, y ningún fiscal de este estado va a mover una pieza contra una fundación de menores basándose en once fotografías de cartas firmadas por una mujer que se murió el miércoles.
—¿Entonces?
Dana Kilbride lo miró.
—Tráigame a una persona —dijo—. Un papel siempre se puede explicar. Una persona no.
La casa de Kelvin Street tenía un precinto azul y blanco en la puerta y un cartel de la policía local pegado con celo en el cristal.
Doyle se sentó en el bordillo de enfrente a las siete de la tarde, con el abrigo puesto, y estuvo allí una hora.
Los tres escalones seguían ahí.
Alguien había recogido la manta plateada y alguien había recogido el vaso del dinosaurio, y en el suelo, en el segundo escalón, quedaba una marca oscura que podía ser cualquier cosa y que en marzo ya no estaría.
A las ocho menos cuarto, en la ventana de arriba, apareció la gata.
Doyle la vio bajar por el canalón del lateral con esa competencia insultante que tienen los gatos, meterse por el hueco de la valla y sentarse en la acera a metro y medio de él.
—Hola.
La gata lo miró.
—Ya lo sé —dijo Doyle.
Estuvieron un rato así.
—Muerde, ¿verdad?
La gata no lo negó.
Doyle se quitó el abrigo, se lo puso encima como quien atrapa un pollo en un corral, se llevó un arañazo en la muñeca izquierda que le duraría tres semanas y la metió en el coche.
En el camino a Callan Street, el animal se pasó veinte minutos gritando en el asiento de atrás.
Y por primera vez en dos días, Jack Doyle se rio, y después tuvo que parar en un arcén porque no era exactamente risa.
Maggie estaba en su cocina cuando llegó.
Sentada en la silla del rincón, con las piernas cruzadas y la sudadera de su madre, mirando el móvil apagado encima de la mesa.
—Ha traído mamá —dijo—. Está abajo en el coche. Dice que sube si quieres.
—Diez minutos.
—Ya se lo he dicho.
Doyle dejó el transportín improvisado —una caja de fruta y una toalla— en el suelo. La gata salió disparada debajo del sofá.
Maggie miró la caja.
—¿Es la de Bobbie?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—No lo sé.
—Yo tampoco. —Se le quebró un poco la voz y se la arregló enseguida—. He estado tres años yendo a esa casa y no le he preguntado nunca cómo se llamaba la gata.
Doyle se sentó enfrente.
—Maggie.
—No me preguntes cómo estoy.
—No te iba a preguntar cómo estás.
—¿Qué me ibas a preguntar?
—Por qué lo grabaste.
Maggie levantó la vista.
Y Doyle vio, con una nitidez que le dio ganas de tirarse por la ventana, que su hija llevaba dos días esperando exactamente esa pregunta y que se había preparado la respuesta.
—Porque no había nadie más —dijo.
—Maggie.
—No, escucha. —Se enderezó—. Estábamos Ivy y yo. Y Ivy estaba en el escalón de abajo, delante, y yo estaba detrás. Y en cuanto vi cuatro personas en el porche pensé: si esto sale mal, mañana van a decir que Bobbie estaba borracha.
Doyle cerró los ojos.
—¿Y sabes por qué lo pensé? —dijo Maggie.
—Sí.
—Dilo.
—Porque yo he dicho eso mismo delante de ti. —Doyle abrió los ojos—. Mil veces. En esta cocina. «Van a decir que estaba borracha.» «Van a decir que se cayó.» «Van a decir que se fue con un novio.»
—Sí.
—Y tú tenías catorce años.
—Sí.
Silencio.
Debajo del sofá, la gata bufó a algo que no existía.
—Papá —dijo Maggie.
—Dime.
—No sé si eso está bien o está mal.
—Yo tampoco.
—Es que si no lo hubiera grabado, ahora mismo lo estarían diciendo. —Se le llenaron los ojos por fin—. Y como lo grabé, no lo pueden decir. Y las dos cosas son verdad a la vez y llevo dos noches sin poder dormir con eso.
Doyle alargó la mano por encima de la mesa y su hija se la cogió con las dos suyas, como cuando tenía seis años y le daban miedo las tormentas, y se quedaron así un rato bastante largo en una cocina con dos platos sucios y un gato debajo del sofá.
Se despertó a las dos y cuarto de la madrugada porque olía a café.
Doyle se quedó tumbado tres segundos con los ojos abiertos en el oscuro, escuchando.
El goteo de la cafetera.
Una silla que se movía.
Se levantó sin encender la luz, cogió el bate de béisbol que llevaba nueve años detrás de la puerta del dormitorio sin haber pegado jamás a una pelota, y salió al pasillo.
En la cocina había una mujer sentada a su mesa.
Llevaba un anorak azul oscuro de esos que se compran en las gasolineras, con el logotipo de una empresa de limpieza bordado en el pecho. Tenía las manos alrededor de una taza. En el suelo, junto a la silla, un carrito de la compra de tela escocesa.
Y encima de la mesa, boca arriba, un juego de llaves.
Las de él.
—No grites —dijo—. Hay un gato debajo del sofá y le va a dar algo.
Doyle bajó el bate.
Tenía treinta y un años y aparentaba cuarenta y cinco. El pelo castaño oscuro, recogido en una coleta muy tirante. Las manos coloradas y agrietadas de detergente industrial. Un corte antiguo en la ceja izquierda.
Y una cara que Doyle había visto once semanas antes, en blanco y negro, con dieciséis años, embarazada de siete meses, de pie junto a Erin Fallon en la puerta de una clínica.
—Miriam —dijo.
—Ya nadie me llama así.
—¿Cómo la llaman?
—Denise. —Bebió—. Denise Ford. Llevo once años siendo Denise Ford y le juro que ni yo me acuerdo de dónde salió.
Doyle dejó el bate apoyado en la pared.
Se sentó enfrente.
Y durante un rato larguísimo no fue capaz de decir absolutamente nada.
—Es usted más viejo de lo que pensaba —dijo ella.
—Sí.
—Le he visto muchas veces.
—¿Muchas cuántas?
—No sé. Cien. —Miriam Kade se encogió de hombros—. Trabajo de noche en el edificio municipal. Limpio de la dos a la seis. Llevo once años bajando al sótano tres veces por turno.
—Al archivo.
—Al archivo.
Doyle se pasó la lengua por los labios.
—¿Usted dejó la caja en mi garaje?
—Sí.
—¿Y el sobre bajo la puerta?
—Sí.
—¿Y el calco rosa?
—Ese lo tenía yo desde 2019. —Se acercó la taza—. Lo saqué de un archivador de cartón que se estaba deshaciendo. Lo saqué porque ponía Fallon y porque el nombre de Fallon lo conozco desde que tenía dieciséis años.
Doyle apoyó los codos en la mesa.
—Miriam.
—Denise.
—Miriam. —No lo dijo con dureza—. Hace once semanas metió usted una caja en mi garaje y luego se fue. ¿Por qué no llamó a la puerta?
Y ella se rio.
Una risa fea, corta, sin ninguna alegría dentro.
—¿Sabe cuántas veces he estado a punto? —dijo—. Once semanas es nada. Yo llevo quince años.
—Explíquemelo.
—Se lo voy a explicar, y le voy a pedir una cosa a cambio.
—Lo que sea.
—No me diga en ningún momento de esta conversación que hice bien. —Le tembló la mandíbula—. Se lo digo en serio. Si me lo dice, me levanto y me voy.
Doyle asintió.
—Erin Fallon me dijo su nombre —empezó Miriam—. En mayo. Yo tenía dieciséis años y estaba de cinco meses y ella estaba sentada en el borde de mi cama en la clínica, y me dijo: hay un policía, se llama Doyle, si me pasa algo vas a buscarlo.
Doyle no respiraba.
—Y en noviembre le pasó.
—Sí.
—Y usted no vino.
—Yo tenía diecisiete años y una niña de dos semanas —dijo Miriam Kade—, y un hombre muy educado me había explicado el trato exactamente cuatro días antes.
—¿Qué trato?
—El sencillo. —Levantó tres dedos—. La niña vive. Yo vivo. Ninguna de las dos existe.
Doyle cerró los puños debajo de la mesa.
—Y me lo explicó bien —siguió ella—. No me amenazó nunca.
Ni una vez. Me lo explicó como quien te explica un contrato de móvil.
Me dijo: si usted no consta en ningún registro, no puede denunciar, porque para denunciar hay que ser alguien.
Y me dijo: si algún día quiere volver a ser alguien, puede.
Y ese día su hija entra en el sistema y usted no la vuelve a ver.
—Nash.
—Entonces no sabía cómo se llamaba. —Miriam giró la taza sobre la mesa—. Lo supe hace nueve años, por una nómina.
—¿Y aceptó?
—Acepté.
Doyle abrió la boca.
—No —dijo ella—. No lo diga.
—No iba a decir nada.
—Iba a decir que cualquiera habría hecho lo mismo.
—Iba a preguntarle por los sobres de diciembre.
Miriam Kade se quedó muy quieta.
Y después, por primera vez desde que Doyle había entrado en su propia cocina, se le rompió la cara.
—Ah —dijo.
—Doce años.
—Trece. —Se secó los ojos con el dorso de la mano, con rabia, exactamente igual que Elise Mercer—. El primero se lo dejé cuando ella tenía dos años y medio. Cuarenta dólares. Yo cobraba en efectivo en un restaurante y no tenía otra cosa.
—¿Y nunca subió al porche?
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Cuando tenía ocho años. —Miriam miraba la mesa—. Se me cayó una llave del bolsillo en el escalón de arriba y se encendió la luz de la entrada, y yo bajé los tres escalones y crucé la calle y me metí detrás de un coche y me quedé allí una hora y media temblando.
Silencio.
—Y esos escalones son los que la han matado —dijo—. Los mismos. Los conozco de memoria.
Doyle se levantó, cogió la cafetera y le rellenó la taza porque no se le ocurrió nada más humano que hacer.
—Y ahora, ¿por qué? —preguntó—. Once semanas. Y ahora.
—Por dos cosas.
—Dígalas.
—La primera es de agosto. —Miriam levantó la cara—. Salió en el periódico lo de la chica Keene. La encontraron viva. Y yo estaba en el descanso, a las tres de la mañana, en un banco del pasillo, leyéndolo en el móvil.
—¿Y?
—Y pensé: por fin. —Se le quebró la voz del todo—. Han tardado catorce años. Pero ya está.
Doyle tuvo que apartar la vista.
—¿Y la segunda? —dijo cuando pudo.
Miriam Kade se puso el anorak.
—La segunda es que el miércoles a las siete de la tarde se llevaron a mi hija a un edificio de Halloway con la Nueve.
Se levantó.
Cogió el carrito de tela escocesa y se lo colgó de la muñeca.
—Yo entré por esa puerta con dieciséis años —dijo—. Y sé una cosa de ese edificio que no sabe usted, ni sabe la fiscal, ni sale en ningún plano de la reforma.
—Dígala.
—Que tiene dos sótanos.