La chica que mataste 34
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PARAÍSO

Era una playa orientada al norte, de arena blanca y olas que se movían lentamente.

Todo en aquel lugar era tranquilo, relajante.

El olor del mar era tan fragante que Andi había abandonado su margarita sin alcohol en la mesa auxiliar que había junto a su tumbona de mimbre blanco y se había sumergido en la naturaleza circundante, llenándose los pulmones de aire salado, una bocanada tras otra.

En algún lugar detrás de las altas palmeras que bordeaban la playa, empezaba a asomar la luna creciente; sus débiles rayos cada vez se hacían más fuertes, asomando entre las hojas.

Escuchó con atención el susurro de las hojas de las palmeras durante un momento, con los ojos cerrados, sabiendo que quería aferrarse a ese sonido para siempre.

Craig había alquilado una cabaña que estaba en el agua.

Desde la puerta de la habitación, podía bajar unos escalones que daban directamente a las cálidas aguas del Caribe.

Desde que llegaron el sábado por la noche, había disfrutado cada momento de su tiempo allí.

Incluso se sentía mejor, sus náuseas habían desaparecido casi por completo y el dolor punzante que a veces le desgarraba el vientre había quedado olvidado.

Probablemente solo necesitaba descansar.

Alargó la mano hacia la sudorosa copa de Margarita y bebió un sorbo, dándose cuenta de que el hielo hacía tiempo que se habían derretido.

La versión sin alcohol de la bebida estaba buena, pero le faltaba el efecto del alcohol.

Sin embargo, no se arrepintió; la salud de su bebé era lo primero.

Tan solo no le gustaban mucho los cócteles sin alcohol.

—Voy a pedirte otro —se ofreció Craig, que levantó la mano y chasqueó los dedos para llamar la atención de la camarera. En cuestión de segundos, apareció a su lado una joven vestida con la parte superior de un bikini rojo y una falda blanca corta con volantes que apenas le cubría el trasero.

—¿Qué desean?

—Otro margarita sin alcohol para mi...

—Ponme mejor un zumo de manzana si tienes —dijo Andi, sonriendo mientras miraba a la chica. No tendría más de veinte años. Su larga melena, recogida en una coleta suelta, le colgaba sobre el hombro derecho. Una flor de hibisco blanca adornaba su oreja izquierda, al estilo hawaiano.

—¿Solo... zumo de manzana?

La sonrisa de Andi se ensanchó. Tenía antojo del líquido frío y sudoroso.

—Sí, con hielo, por favor.

La chica asintió y se giró hacia Craig.

—Y otra cerveza para mí, la más fría que puedas encontrar.

—Entendido.

La camarera se dirigió hacia el bar de estilo hawaiano con un juguetón contoneo de caderas. Andi miró a Craig, pero él no estaba mirando a la chica; había vuelto su atención al mar.

Cada momento de cada día desde que habían salido de Houston, Craig se había comportado de una manera increíble.

El viaje estaba siendo como una segunda luna de miel, su corazón herido se estaba calmando y sus miedos se estaban apaciguando.

Andi lo amaba lo suficiente como para querer desesperadamente perdonarlo y olvidar.

Aunque solía ser racional en todas las cosas de su vida, decidiendo con el cerebro y no con los sentimientos, se encontró a sí misma rehuyendo el recuerdo de lo que Craig había hecho, como los dedos que se apartan de golpe tras tocar algo caliente.

Pensar en lo que había hecho era insoportable.

Estar a su lado también era insoportable y, al mismo tiempo, embriagador.

La noche que llegaron, ella había señalado con el dedo el pequeño sofá que había en el salón de su cabaña después de decidir dormir sola entre las lujosas sábanas de la enorme cama. Él lo aceptó sin rechistar, con un matiz de tristeza en su tenue sonrisa y la mirada baja.

Se sintió como si estuviera pateando a un perro herido. Culpable. Avergonzada. Vengativa.

De alguna manera, durante tres exquisitos días, se había convertido en la mala, mientras que Craig había sido un hombre maravilloso, cariñoso y paciente, el hombre que ella recordaba de antes de que su vida se convirtiera en un infierno.

Se estaba volviendo a enamorar de él. Quería creer en un futuro juntos. Tal vez desearlo lo suficiente lo haría real.

Con los ojos entrecerrados, cogió de la mano de la camarera el vaso lleno hasta el borde con el cristalino zumo de manzana y le dio las gracias. Lo agitó con suavidad y escuchó cómo los cubitos de hielo chocaban en el líquido, tintineando suavemente al golpear el vaso.

—Este es mi paraíso, ¿sabes? —susurró, mirando las estrellas reflejadas en la tranquila superficie del mar—. Con «p» minúscula.

Craig bebió un sorbo de cerveza y la miró de forma inquisitiva.

—¿Qué quieres decir?

—Que no lo digo en el sentido bíblico. No es el Paraíso, sino un lugar similar, aquí en la tierra, que puedes visitar sin tener que morir antes.

—Entiendo lo que quieres decir —dijo Craig sonriendo.

Por un momento, Andi se imaginó que los labios de Craig recorrían su piel caliente, encendiendo un fuego en lo más profundo de su cuerpo. Sus mejillas se sonrojaron y apartó la mirada. Craig no iba a volver a dormir en el sofá.

—Por supuesto, si pudiera elegir, tendría un margarita de verdad en la mano.

—Soltó una risita—. Sí... Ese es mi paraíso personal.

El Caribe, descansando junto al mar, con un margarita en la mano.

He soñado muchas veces con él y se parecía a esto.

Arena blanca, luz de luna, olas acariciando la orilla. Mi paraíso.

Craig se movió en la tumbona para poder mirarla sin girar la cabeza.

—¿Qué te pasa con las palabras? Letras minúsculas, juegos de palabras...

—Es culpa de Rebecca. —Bebió un sorbo de zumo refrescante. Era perfecto, fragante y dulce—. Ella me inculcó el amor por el lenguaje.

—Entonces, ¿por qué no te licenciaste en Literatura Inglesa?

—Amo más el mar. —Esa sencilla afirmación le hinchó el pecho—. Las tortugas, los delfines, las ballenas y todo lo demás. Tienes que admitir que suena un poco más interesante que la literatura inglesa.

—Apuesto a que sí —dijo Craig riéndose—. Me aseguraré de que puedas ir a verlo tantas veces como quieras.

Una sombra cruzó el rostro de Andi. Sus palabras la habían devuelto de golpe a la realidad, demasiado pronto, antes de que estuviera preparada para afrontarla. Un escalofrío le recorrió la piel, erizándosela. Se frotó los brazos con las manos.

—Quería hablarte de algo —dijo ella, incorporándose en la tumbona—. Necesito que aceptes algunas condiciones para que podamos tener algún futuro juntos.

Craig dejó la cerveza, se sentó en el borde de la tumbona y entrelazó las manos sobre su regazo.

—Te escucho.

—Te propongo un trato —añadió ella, suavizando el tono de voz—. Yo trabajaré donde me apetezca y, si no tengo tiempo de cocinar para tus fiestas, contrataremos un catering y un servicio de limpieza.

—Hecho —dijo él enseguida.

—Incluso si ese trabajo está en San Diego. Siempre he querido trabajar con leones marinos.

Craig no se inmutó.

—En cuanto me lo digas, nos mudamos allí.

Ella asintió, agradecida por su entusiasmo. Un pensamiento lejano e indeseado le hizo preguntarse si su entusiasmo y su determinación por cambiar sus vidas era real. Estaba a punto de descubrirlo.

—Me gustaría que tus padres formaran parte de nuestras vidas.

—Andi...

—Por favor —insistió ella, tocándose el vientre con la mano—. Nuestro bebé se merece todos los abuelos que tengamos disponibles, ¿no crees? —Estaba embarazada de casi dos meses; pronto empezaría a notarse.

—Pero no nos hablamos. Nosotros...

—Es importante para mí, Craig. Por favor, inténtalo. Me haría muy feliz, y estoy segura de que a la larga también te hará sentir mejor a ti.

Casi podía oírle rechinar los dientes.

Craig bajó los ojos para ocultar el brillo de frustración que había en ellos.

—Vale, de acuerdo —dijo con voz tensa, áspera—. ¿Algo más?

—Y una noche de chicas a la semana, para Janelle y para mí. —Había infundido humor en su voz, esperando que eso calmara el ego de Craig.

Una sonrisa ladeada se dibujó en la comisura de sus labios.

—Vale, siempre y cuando no te traigas a ningún chico guapo a casa. —La sonrisa no llegó a sus ojos. Esas malditas inseguridades suyas estaban aflorando de nuevo.

—Ya tengo un chico guapo. No necesito otro.

—Entonces, ya está todo. Janelle y tú saldréis a divertiros por la ciudad mientras yo me quedo en casa trabajando o discutiendo eternamente con mis padres para hacerte feliz.

Soltó una risita. Lo primero probablemente era cierto: Craig trabajaría.

Un largo momento de silencio capturó la tensión que había entre ellos. El rítmico sonido de las olas bañando la orilla resonaba con los latidos del corazón de Andi. Conmoción. Inquietud. El peligro acechando más allá de la superficie.

—¿Crees que aún tenemos alguna posibilidad? —preguntó, jugando con el colgante—. ¿Tú y yo?

Los labios de Craig se tensaron durante un breve instante.

—Espero que sí. Cumpliré mi parte y me esforzaré con cada fibra de mi ser. —Bebió un sorbo de cerveza y se lo tragó, sediento, con una sonora respiración—. ¿Qué quieres hacer mañana?

A Andi se le iluminó la cara.

—¿No lo sabes?

Craig puso los ojos en blanco, bromeando.

—¿A oler caca de tortuga en alguna parte?

—Vamos a bucear mañana. Nos pueden llevar en barco a los bancos de coral.

Espero ver caballitos de mar. Y a lo mejor puedo enseñarte un pez león.

—Siseó e hizo un gesto con la mano—. Justo antes de matarlo con un arpón.

—Craig la miró con incredulidad—. Son invasores y venenosos. Se supone que debemos matarlos.

—Ah, vale —respondió Craig con cautela—. Me había preocupado. Pensaba que te habías convertido en una asesina o algo así. —Andi se rio—. ¿Puedo quedarme en el barco esta vez?

—Claro, sin problema —respondió ella en tono alegre, ocultando la tristeza que sentía.

No le interesaba explorar su mundo con ella, aceptar lo que le ofrecía como regalo.

Ver el paisaje oceánico bajo la superficie era una experiencia transformadora, su belleza y serenidad eran únicas y memorables, un auténtico mundo de fantasía.

Sin embargo, él había dicho que no, y ella iría sola. Su entusiasmo disminuyó.

Escuchó las olas un momento más, luego miró a Craig y le preguntó, tocándose el colgante:

—¿De dónde lo sacaste?