CAPÍTULO 16 #5
—No —afirmó Elena—. Darío se limitó a coordinar la interceptación. Pero necesitaba a alguien que conociera la ruta exacta que iba a seguir Alba al salir del despacho.
Elena siguió pasando las hojas del expediente hasta encontrar una copia escaneada de una comunicación interna archivada en la carpeta oculta. En la parte inferior del documento, junto a la fecha previa al accidente, figuraba un nombre completo firmado de su propia mano: Gonzalo Morales.
Elena sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. Se reclinó contra el respaldo del asiento, con los ojos fijos en el papel. —¿Lo conoces? —preguntó Martín al notar la rigidez súbita de su compañera. —Sí —respondió Elena con un hilo de voz—. Demasiado.
Un recuerdo preciso y helado irrumpió en su mente.
Gonzalo, el oficial auxiliar del juzgado comarcal.
El hombre que la había recibido con una amabilidad atenta la primera mañana que Elena acudió a revisar los archivos de su hermana.
Aquel que le ofreció café en el pasillo, que le facilitó los duplicados de las llaves del archivo muerto y que le preguntó con un tono cargado de falsa empatía si había encontrado alguna nota personal de Alba antes de que la policía cerrara el despacho.
Un comentario que en su momento pareció una simple muestra de cortesía colega revelaba ahora su verdadera naturaleza: Gonzalo necesitaba saber con urgencia si Alba le había traspasado la prueba matriz antes de la colisión.
—Nos estuvo ayudando desde el primer día —dijo Elena, apretando los puños—. Estaba revisando nuestros pasos en el juzgado.
—¿Y si esa era precisamente la forma de vigilarnos y de informarle a la cúpula sobre nuestros avances? —dedujo Martín.
—Exactamente —asintió Elena—. Gonzalo no era un miembro relevante de la estructura. Era un mero peón sometido, alguien situable en los puntos ciegos para hacer el trabajo sucio que Darío no podía ejecutar directamente.
Elena localizó entre los anexos una copia impresa de un mensaje encriptado enviado la tarde del accidente.
La instrucción redactada por el responsable de la posición siete no utilizaba términos explícitos de violencia; estaba formulada bajo el código administrativo de la red: «La situación debe quedar resuelta antes de que entregue el material en el registro» .
Justo debajo figuraba la respuesta recibida desde el terminal auxiliar: «Entendido» , firmada con las iniciales G.M. La hora del envío precedía en apenas tres horas al momento en que el coche de Alba se salió de la calzada.
—¿Eso basta para sostener una acusación formal? —preguntó Martín.
—No —negó Elena—. Necesitamos una declaración directa que confirme que esa instrucción se tradujo en una maniobra física sobre el vehículo de Alba.
—¿Vamos a buscarlo a su domicilio?
—No —dijo Elena, mirando la pantalla de su teléfono móvil secundario—. Primero debemos saber dónde se encuentra.
En ese instante, el terminal emitió un tono corto. Un mensaje de texto entrante procedente de un número no guardado se desplegó en la pantalla. La firma al pie correspondía a Gonzalo Morales.
El texto constaba de tres palabras: «Tenemos que hablar» .
Martín miró la pantalla desde el puesto de conducción con el rostro ensombrecido. —Sabe que hemos estado en el pabellón y que tenemos el expediente completo.
—O quiere asegurarse de cuánto hemos descubierto antes de intentar desaparecer —corrigió Elena—. En cualquier caso, no vamos a desaprovechar la oportunidad.
Elena tecleó una respuesta inmediata: «De acuerdo. Dime dónde» .
La réplica de Gonzalo llegó al segundo: «En el almacén de suministros de la antigua tejera. Ven sola» .
Elena mostró la pantalla a Martín. —Otra vez la misma condición.
—No vas a entrar sola esta vez —sentenció Martín con rotundidad, acelerando ligeramente el vehículo.
—No —asintió Elena con una firmeza absoluta—. Esta vez no voy a cometer el error de acudir sin cobertura.
Prepararon un esquema de actuación rápido y directo, alejado de cualquier artificio.
Martín se posicionaría en el perímetro exterior del almacén para controlar los accesos y bloquear cualquier intento de huida.
Elena llevaría consigo una reproducción de la comunicación encriptada y la nota manuscrita de las iniciales, asegurándose de que las copias originales y las grabaciones de voz permanecieran bajo la custodia de un tercero fuera del perímetro de la comarca.
El punto de encuentro era un complejo industrial abandonado situado en las afueras de una zona fabril en desuso.
Las naves de ladrillo visto se erigían entre la niebla matutina como enormes moles oscuras.
El ambiente en el interior de la tejera era frío, diáfano y dominado por un olor penetrante a tierra húmeda y metal oxidado.
Elena caminó por el pasillo central de la nave principal.
Sus pasos resonaban sobre el hormigón agrietado.
Al fondo de la estancia, junto a una mesa de trabajo metálica cubierta de escombros, aguardaba Gonzalo Morales.
Vestía una chaqueta oscura desgastada y mantenía las manos hundidas en los bolsillos, con el rostro pálido y la mirada desorbitada por la falta de descanso.
Intentó componer un gesto de normalidad burocrática, pero la rigidez de su postura delataba un nerviosismo extremo.
—No sé por qué has querido verme a estas horas, Elena —dijo Gonzalo, intentando impostar un tono neutro.—Sí lo sabes, Gonzalo —respondió Elena, deteniéndose a cuatro metros de distancia.
Se produjo un silencio pesado en la nave. El viento hacía vibrar una chapa suelta en la cubierta del tejado.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó él, dando un paso imperceptible hacia atrás.
Elena extrajo del bolsillo una fotografía en blanco y negro de Alba y la colocó sobre la mesa metálica que los separaba.
—Quiero saber qué ocurrió exactamente en la travesía la noche del catorce —dijo Elena con voz gélida.
Gonzalo negó con la cabeza de forma precipitada. —No sé de qué me estás hablando. Yo estaba de guardia en el archivo del juzgado esa noche.
Elena no se alteró. Sacó la copia de la comunicación interceptada, la orden codificada con la hora de emisión y el documento firmado con las iniciales G.M. , depositándolo todo junto a la imagen de su hermana.
Gonzalo fijó los ojos en los papeles. Su expresión cambió de inmediato; la tez se le volvió grisácea y la mandíbula comenzó a temblarle levemente.
—No necesito que me cuentes la historia de la cúpula ni cómo funciona la red —continuó Elena, manteniendo una presión psicológica constante—. Solo necesito saber si estuviste físicamente en esa carretera cuando el coche de Alba cayó por el terraplén.
El hombre permaneció petrificado, incapaz de apartar la vista de las iniciales impresas.
—Darío recibió la instrucción de la posición siete —insistió Elena, avanzando un paso—. Pero Darío no conocía el trayecto de Alba. Tú hablaste con él a las ocho de la tarde.
Gonzalo cerró los ojos con fuerza. En la penumbra de la nave, Martín observaba la escena desde la sombra de un pilar estructural, listo para intervenir ante la menor señal de violencia.
—¿Quién te pidió que te cruzarás en su camino? —presionó Elena sin darle tregua—. ¿Fue él?
No hizo falta pronunciar el nombre del responsable de la posición siete. El silencio tembloroso de Gonzalo constituyó la respuesta inmediata.
—No entiendes cómo funciona esta estructura, Elena —dijo Gonzalo con la voz quebrada—. No es algo de lo que se pueda dimitir firmando un papel.
—Ahora entiendo perfectamente cómo funciona —replicó Elena—. Sé quién firmaba las órdenes desde el salón del pabellón.
—No... no lo sabes todo —murmuró él.
—Sé que él daba las instrucciones —reiteró Elena—. Y sé que tú eras quien las ejecutaba sobre el terreno.
Gonzalo dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo en un gesto de completa derrota.
—Yo no sabía que la situación iba a terminar así —confesó con amargura, derrumbándose emocionalmente—.
Recibí la llamada de Darío. Me dijo que Alba llevaba la carpeta matriz en el maletero y que iba a entregarla en el registro central antes del amanecer.
—Y fuiste a buscarla —afirmó Elena.
—Sí —admitió él en un susurro—. Salí con el vehículo auxiliar por la carretera vieja para cortarle el paso antes de la incorporación.
—Sabías que estaba asustada —dijo Elena, sintiendo que un nudo de rabia se le cerraba en la garganta.
—Sí —reconoció Gonzalo, bajando la cabeza—. Sabía que intentaba llegar a la capital.
—Sabías que solo quería entregar los documentos para terminar con la extorsión a las familias —continuó Elena.
Gonzalo guardó un silencio doloroso durante varios segundos antes de asentir despacio. —Sí.
—Y aun así provocaste la maniobra —sentenció Elena.
Gonzalo alzó la vista, mostrando unos ojos enrojecidos por la desesperación.
—¡No quería matarla, Elena! Te lo juro por lo que más quieras, no quería que el coche se saliera de la calzada.
Yo solo debía cruzarme en el cambio de rasante para obligarla a frenar y permitir que Darío le quitara la caja de nogal.
Pero Alba no frenó. Cuando vio mi coche atravesado en la vía, aceleró para intentar esquivarme por el arcén... La rueda trasera tocó la grava húmeda y el vehículo perdió la adherencia por completo.
—¿Y por qué aceptaste participar en una emboscada así? —exigió Elena—. ¿Qué te prometieron a cambio?
—No me prometieron nada —respondió Gonzalo con amargura—.
No se trataba de dinero ni de ascensos en el juzgado.
Se trataba de una amenaza. Tenían una carpeta a mi nombre desde hacía cinco años, un expediente sobre una irregularidad en una custodia que yo había tramitado.
A todos nos tenían sujetos por algo, Elena.
Si no obedecía la orden de Darío esa misma noche, mi vida profesional y mi familia habrían quedado destruidas al día siguiente.
—¿Y Alba? —preguntó Elena con la voz entrecortada por el dolor—. ¿Qué hizo Alba cuando la acorralasteis?