CAPÍTULO 16 #4
—Porque fui yo quien provocó que Alba empezara a ocultar sus avances —reveló él con una tranquilidad siniestra—.
Descubrí que estaba armando un expediente paralelo meses antes del accidente.
Decidí no intervenir de inmediato; preferí observarla de cerca, permitir que siguiera recopilando datos para averiguar hasta qué punto la red estaba comprometida.
Dejé que algunas pistas permanecieran a su alcance.
Elena sintió una oleada de rabia recorriéndole el cuerpo al comprender el nivel de manipulación al que habían sido sometidas.
—Nos has estado guiando desde el principio —dedujo Elena en voz alta—. Las fotografías deslizadas en los archivos, las notificaciones anónimas, la dirección de la travesía donde localizamos a Irene...
—Necesitaba evaluar cuánto sabías realmente y qué parte de la documentación de Alba había llegado a tus manos —admitió él sin el menor recato—. Quería que recorrieras el itinerario para asegurarme de que no existían otras copias circulando entre abogados o periodistas de la capital.
—Querías que hiciéramos el trabajo de búsqueda por ti —dijo Elena con desprecio.
—Y has cumplido el recorrido a la perfección —concluyó él, dando dos pasos lentos hacia ella—. Ahora ya sé exactamente qué terreno pisamos.
La tensión psicológica en la sala alcanzó su punto crítico. Elena percibió que la distancia entre ambos se reducía y que la atmósfera de la estancia se volvía inminentemente peligrosa.
—Tu hermana cometió exactamente el mismo error de apreciación que estás cometiendo tú esta noche, Elena —dijo el responsable, fijando sus ojos en los suyos con una frialdad absoluta—.
Creyó que descubrir la verdad e identificar la posición siete era suficiente para desmantelar una estructura que lleva treinta años operando.
Elena sostuvo la mirada con una serenidad impuesta que hizo dudar al responsable por primera vez.
—No —respondió Elena tras una pausa calculada—. Alba sabía perfectamente que descubrir la verdad no era suficiente para detenerte.
El responsable frunció ligeramente el ceño ante la firmeza de su tono.
—Por eso Alba no se limitó a guardar el archivo en la caja de nogal de su dormitorio —continuó Elena, insinuando la existencia de un mecanismo de respaldo con una convicción intachable—.
Por eso existen copias digitalizadas fuera de tu alcance y fuera de esta comarca.
Aunque a mí me ocurra algo en este pabellón, la verdad sobre la posición siete ya no está encerrada entre estas cuatro paredes.
Por primera vez desde que Elena había entrado en la habitación, la máscara de seguridad del responsable se resquebrajó. Una sombra de inquietud real cruzó sus facciones y su postura erguida perdió parte de la apostura dominante.
—¿Dónde están depositadas esas copias? —preguntó él, con un matiz de urgencia contenida que traicionaba su nerviosismo.
Elena dibujó una leve sonrisa amarga, sintiendo que por primera vez lograba golpear en el centro de su estructura de poder.
—Eso es algo que no te voy a decir jamás —contestó Elena con voz helada.
El silencio volvió a adueñarse de la estancia, pero la dinámica de fuerzas se había transformado por completo. La figura imponente del responsable de la posición siete mostraba la primera grieta evidente: el miedo a la exposición pública y a la pérdida del control legal sobre sus activos.
En ese preciso instante, el crujido seco de una pisada sobre la madera suelta del piso inferior resonó en el hueco de la escalera de caracol. Un ruido metálico, breve y preciso, indicó que alguien avanzaba por el recibidor.
El responsable giró la cabeza bruscamente hacia la puerta, perdiendo por completo la compostura. Elena aprovechó la distracción para dar dos pasos hacia atrás, situándose junto al marco de salida de la sala.
Antes de cruzar el umbral, Elena se detuvo un segundo y lo miró a los ojos.
—¿Por qué me dejaste venir hasta este pabellón sabiendo que había recuperado la memoria? —preguntó Elena.
El responsable la miró desde el centro de la estancia, con la voz privada de su habitual rotundidad. —Porque quería verte una última vez antes de que el proceso se volviera irreversible, Elena.
—¿Una última vez? —inquirió ella.
—Ahora ya no puedo hacer nada para protegerte de las consecuencias de lo que has descubierto —dijo él en un murmullo grave.
Elena lo sostuvo la mirada con absoluto desprecio. —Nunca me protegiste a mí —sentenció Elena—. Solo protegías tu propio secreto.
Giro sobre sus talones y descendió la escalera de caracol a paso rápido, dejando la puerta del piso superior abierta de par en par mientras el responsable permanecía inmóvil en el centro de la penumbra.
Al salir al patio exterior bajo la luz gris del amanecer, Elena encontró a Martín parapetado junto a la esquina del muro perimetral, con la linterna táctica apagada y la mirada fija en los accesos de la finca.
—¿Tienes lo que buscábamos? —preguntó Martín en un susurro urgente al verla salir. —Tengo la confirmación —respondió Elena, respirando el aire frío de la mañana con alivio.
—¿Admitió haber ordenado el accidente de Alba? Elena negó levemente con la cabeza mientras caminaban hacia el vehículo. —Nos ha entregado algo mucho más valioso para la estrategia final.
—¿El qué? —inquirió el expolicía.
Elena volvió la vista atrás hacia las ventanas del primer piso del pabellón, donde la silueta del responsable se perfilaba tras las contraventanas.—Tiene miedo, Martín —dijo Elena con una nitidez impecable en la voz—. Sabe que la verdad está fuera de su control.
Martín la miró con gravedad antes de abrir la portezuela del coche. —Entonces podemos acudir directamente a la fiscalía especial de la capital.
—Todavía no —frenó Elena, subiendo al asiento del copiloto—. Falta una última pieza antes de cerrar la acusación.
—¿Qué pieza?
Elena miró el camino secundario que se adentraba en la niebla del valle. —Nos falta saber quién estuvo físicamente con Darío en la carretera la noche que silenciaron a Alba.
La caída
El aire húmedo de la madrugada se filtraba por la rendija de la ventanilla mientras el coche avanzaba a velocidad moderada alejándose de los accesos de la finca.
La silueta del antiguo pabellón se disolvía lentamente en la niebla que ascendía desde la vaguada.
Elena mantenía la vista fija en la carretera secundaria, con las manos apretadas sobre las rodillas para frenar un leve e involuntario temblor.
A su lado, Martín conducía manteniendo una distancia prudencial con respecto al carril central, atisbando por el retrovisor cualquier destello de faros que pudiera sugerir una persecución.
—Nos falta saber quién mató a Alba —dijo Elena, rompiendo un silencio que se había prolongado durante casi tres kilómetros.
Martín la miró de reojo un segundo antes de devolver la atención al trazado. —¿Estás segura de que él no estuvo físicamente en la carretera esa noche? —preguntó.
—Totalmente segura —respondió Elena con voz tajante—. La persona que ocupa la posición siete no se mancha las manos en la vía pública. Necesita mantener una distancia institucional para que el sistema funcione.
—Entonces ¿por qué no le exigiste el nombre del ejecutor antes de salir de la sala?
—Porque quería que creyera que todavía conservaba cierto margen de control sobre la información —explicó Elena, sacando del bolsillo interior de su gabardina el expediente doblado y la tira de papel vegetal—.
Si hubiera presionado más en esa dirección, habría cerrado el diálogo antes de admitir la orden ejecutiva.
Martín asintió despacio, comprendiendo la maniobra táctica. —¿Y ahora cuál es el siguiente paso? —Ahora vamos a averiguar quién hizo el trabajo en la carretera —declaró Elena, desplegando la documentación bajo la luz tenue del cuadro de mandos.
No era el momento de llamar a la policía.
La confesión verbal obtenida en el pabellón resultaba insuficiente si no lograban vincular de forma irrefutable la orden de la cúpula con el vehículo que provocó la salida de vía de Alba.
Elena recordaba con nitidez las frases que su hermana había dejado grabadas en el archivo cifrado: «No busques al que habla en las reuniones.
Busca al que todos escuchan en silencio» , y aquella otra que contenía la clave operativa: «No busques al hombre que ejecutó la orden.
Busca a quien decidió que debía ejecutarse» .
Ambas sentencias confirmaban la existencia de una cadena dividida en tres eslabones: el cerebro organizativo que tomaba la decisión, el intermediario que gestionaba la logística y el ejecutor material que ejecutaba la acción sobre el terreno.
Elena examinó las notas escritas a mano por Alba en los márgenes de los informes periciales.
Entre los apuntes sobre los horarios de la grúa y los atestados de la travesía comarcal, descubrió una referencia repetida que hasta ese instante había pasado desapercibida por parecer una simple anotación de trámite.
Eran unas iniciales anotadas en tinta azul junto a la hora estimada del accidente: G.M.
—¿Qué significan esas letras? —preguntó Martín, echando un vistazo rápido hacia la hoja.
—Las he visto antes —murmuró Elena, repasando mentalmente los documentos examinados durante las últimas semanas—. Aparecen en las fichas de control de la finca que custodiaba Darío. Y también estaban en una nota manuscrita sobre el mantenimiento de los vehículos del juzgado.
La reconstrucción mental comenzó a encajar con una rapidez abrumadora.
Las iniciales no pertenecían a ningún directivo del club ni a ningún jurista de la capital.
Estaban vinculadas a alguien que se movía con absoluta libertad entre el juzgado comarcal, la finca de descanso y el entorno personal de Alba.
Alguien que no levantaba sospechas, que atendía llamadas rutinarias y que mantenía una presencia casi invisible pero constante en la rutina diaria de la investigación.
—¿Darío no actuó solo esa noche? —inquirió Martín.