CAPÍTULO 15 #14
Martín guardó el equipo desvinculado en la bolsa de cuero. —¿Qué hacemos ahora mismo? —preguntó con la mirada fija en la puerta del salón.
—Nos vamos —respondió Elena con una frialdad que la tomó por sorpresa a ella misma.
—¿A dónde?
—A encarar directamente a esa persona antes de que descubra que hemos abierto la caja de nogal —dijo Elena, ajustándose el cinturón de la gabardina.
Martín se detuvo un instante antes de cruzar hacia el recibidor y la miró con una sombra de duda inequívoca. —¿Estás completamente segura de que podemos dar ese paso sin contar con respaldo oficial?
Elena se giró despacio para mirarlo. —No —respondió en un susurro grave—. Pero ahora sé con absoluta certeza que Alba no estaba equivocada en sus sospechas.
Antes de cruzar el umbral de salida de la vivienda, Elena volvió a conectar durante tres segundos los auriculares al reproductor para escuchar el fragmento final de la voz de su hermana en el archivo de audio. La voz de Alba resonó una última vez en sus oídos con una advertencia helada:
«Elena, si has llegado hasta aquí, no cometas el error de confiar en nadie que parezca estar ayudándote de forma desinteresada en la investigación. En el Club de las Ofelias, la protección más eficaz siempre se disfrazó de cooperación.»
Elena desconectó el cable, apágó el dispositivo y miró a Martín de frente en la penumbra del pasillo.
Por primera vez desde que iniciaron el recorrido tras la muerte de su hermana, una grieta de duda silenciosa y terrible se instaló entre ambos.
¿Quién había guiado sus pasos en los momentos críticos?
¿Quién le había facilitado el acceso a determinados archivos comarcales?
¿Quién conocía las travesías secundarias y los horarios de la finca?
Elena guardó la fotografía de Alba en su libreta de notas, rozando por última vez la imagen de su hermana en el escritorio.
—Lo encontraste, Alba —susurró hacia la penumbra del salón.
—¿Qué has dicho? —preguntó Martín desde la puerta de la calle.
—La verdad —contestó Elena.
Salieron de la casa y Elena echó el doble cierre a la puerta de latón.
Antes de descender los escalones del porche bajo la lluvia persistente, volvió la vista atrás hacia las ventanas oscuras del primer piso.
Durante un instante fugaz, tuvo la sensación física e inequívoca de que alguien permanecía de pie tras los visillos del salón, observando sus movimientos en el silencio de la vivienda.
No se detuvo a comprobarlo. Cerró la verja exterior de hierro fundido y caminó junto a Martín hacia la penumbra de la calzada, llevando consigo la prueba matriz que estaba a punto de hacer tambalear la cúpula de las Ofelias.
Ya no hay vuelta atrás
El trayecto de vuelta a bordo del vehículo se desarrolló en un silencio denso, únicamente roto por el restallar rítmico del limpiaparabrisas contra la luna delantera y el murmullo constante de la lluvia sobre la carrocería.
Elena mantenía los ojos fijos en la carretera secundaria, pero su mente permanecía atrapada en la imagen del documento notarial desencriptado en el portátil.
En su bolsillo interior, el papel térmico con la copia del visado parecía emitir un pulso helado que le recorría las costillas.
Martín conducía con las dos manos firmes en el volante, desviando la mirada de reojo hacia ella cada vez que la luz de los faros de algún camión en sentido contrario iluminaba el perfil tenso de la abogada.
No la había visto así ni siquiera la noche del accidente de Alba ni durante el registro inicial en las dependencias de la finca.
—Llevas diez kilómetros sin articular una sola palabra —dijo Martín, reduciendo la velocidad al entrar en la travesía que conducía a la buhardilla—. ¿Quién es la persona que figura en ese expediente notarial, Elena?
Elena no respondió de inmediato. Sus dedos apretaban la correa de su bolso con una fuerza que le dejaba los nudillos blancos. —Es alguien en quien nunca pensé —murmuró finalmente, mirando las gotas de agua resbalar por el cristal lateral.
—Eso no me sirve a estas alturas —replicó Martín con brusquedad contenida, girando el volante para aparcar en el callejón posterior del casco antiguo—.
Hemos arriesgado la vida en esa casa, nos han fotografiado desde la calle y hemos abierto un archivo que tu hermana protegió con clave. Necesito saber quién es.
Elena se giró despacio en el asiento para sostenerle la mirada en la penumbra del habitáculo.
—Si te digo el nombre aquí y ahora, cambia absolutamente todo lo que hemos hecho desde el primer día —dijo ella con la voz temblorosa pero firme—. Cambia la validez de los expedientes que hemos revisado, las declaraciones que hemos dado por buenas y la posición de cada uno de los implicados.
Martín apagó el motor, dejando el vehículo sumido en la oscuridad. —Entonces dime por qué provoca esa reacción en ti.
—Porque ha estado demasiado cerca de nosotros, Martín —contestó Elena, sintiendo que la garganta se le cerraba—. Ha estado tan cerca de la investigación que ha tenido acceso a nuestros movimientos casi antes de que nosotros mismos los ejecutáramos.
Martín apoyó la espalda contra la puerta del conductor, analizando el impacto de sus palabras.
—¿Estás absolutamente segura de que la firma notarial de esa copia no es otra manipulación de la cúpula para desviar la atención?
No podemos basar una acusación de esta magnitud en un archivo digital que tu hermana guardó en una caja.
—Tampoco puedo basarme únicamente en la partición del pendrive —admitió Elena con amargura—. Alba lo dejó dicho con claridad en la grabación: sabía el nombre, pero carecía de la prueba matriz de ejecución que permitiera sostener la denuncia ante un tribunal sin que la destruyeran antes.
—¿Entonces de qué nos sirve haber descubierto quién ocupa la posición siete en este instante? —preguntó Martín, elevando ligeramente el tono.
—Nos sirve para saber exactamente dónde buscar y qué mirar —respondió Elena con una lucidez repentina—. Nos sirve para dejar de reconstruir el pasado de la finca como si fuera un misterio abstracto y empezar a examinar el comportamiento real de esa persona en los últimos meses.
En el silencio del coche, la mente de Elena comenzó a operar con una velocidad implacable, revisando de forma retrospectiva cada paso, cada llamada y cada encuentro mantenido desde la muerte de Alba.
Los detalles que en su momento habían parecido muestras de solicitud profesional o meras casualidades administrativas se reordenaban ahora bajo un prisma siniestro.
—La primera reunión en la que abordamos los vacíos de la finca —dijo Elena, entrelazando las manos sobre las rodillas—.
Esa persona sabía que Alba conservaba carpetas personales en su domicilio antes de que yo mencionara siquiera el registro de la vivienda.
Lo dio por sentado durante la conversación, tratando el dato como una deducción lógica.
Martín la escuchaba sin interrumpirla, con la mirada fija en el tablero de instrumentos.
—La explicación sobre la salida de Amelia Valcárcel del club —continuó Elena, sintiendo un nudo en el estómago—.
Nos aseguró que Amelia se había trasladado a una comunidad del sur tras el primer colapso del grupo, mostrándonos incluso una nota de renuncia que posteriormente comprobamos que estaba fechada años después de su aislamiento real en la finca.
No fue un error de apreciación; nos entregó una versión falsa para evitar que indagáramos en el año noventa y ocho.
Hizo una pausa para coger aire, sintiendo cómo la arquitectura del engaño se revelaba con una claridad aplastante.
—Y las referencias a la estructura de San Telmo —añadió en un susurro—.
Conocía los pormenores del reglamento interno de la segunda etapa, los detalles de las fichas reservadas y la existencia de los visados con un nivel de precisión que ningún observador externo o jurista ordinario habría podido obtener jamás sin formar parte del núcleo de decisión.
Martín apretó el volante con fuerza, dejando escapar un exhalación pesada. —¿Crees que nos ha estado utilizando desde la primera semana para averiguar cuánto había descubierto Alba antes de morir?
—Creo que nos ha estado observando de forma metódica —corrigió Elena—. Nos ha permitido avanzar por el itinerario de pistas que Alba dejó preparado, utilizando nuestra investigación para localizar los archivos que mi hermana consiguió ocultar antes del accidente.
Elena sacó de su libreta la fotografía en blanco y negro recibida en la caja de nogal. —Mi hermana sabía que no saldría viva de esa semana, Martín.
—No puedes estar totalmente segura de eso, Elena —contestó él—. Un accidente en una vía comarcal puede ser una coincidencia ejecutada por terceros.
Elena señaló la copia de la ficha y la memoria de metal.
—Sí puedo estarlo. Dejó la grabación numerada, la clave basada en nuestro primer libro de la infancia y la caja escondida en el único lugar donde solo yo sabría buscar si reconstruía sus pasos.
Alba no estaba intentando descubrir quién era el séptimo en sus últimos días; eso ya lo había logrado.
Estaba intentando armar un mecanismo para que alguien pudiera demostrarlo legalmente después de su muerte.
La afirmación flotó en el interior del vehículo con un peso emocional devastador.
Elena comprendió con absoluta claridad que cada decisión tomada, cada riesgo asumido y cada noche en vela no eran fruto de una mera búsqueda de respuestas, sino el cumplimiento estricto del plan que su hermana había trazado antes de ser silenciada.
—¿Y qué paso vamos a dar ahora? —preguntó Martín, mirándola fijamente—. No podemos acudir a la comisaría comarcal con una copia térmica y una grabación incompleta sin exponer la prueba matriz.