CAPÍTULO 15 #13
De su interior extrajo primero una hoja de papel vegetal amarillento.
Era la copia fotostática de una antigua ficha de filiación del Club de las Ofelias, fechada más de dos décadas atrás en la primera sede comarcal.
La lista contenía diez nombres de mujeres inscritas en el programa original; varios de ellos aparecían tachados con tinta negra densa, y junto a otros constaban anotaciones marginales sobre traslados y colapsos nerviosos.
En el margen derecho de la hoja figuraba una columna reservada para el nivel de supervisión: « POSICIÓN 7 .
» El casillero destinado al nombre del responsable de esa posición había sido raspado con una cuchilla hasta borrar la fibra del papel.
—¿Quién ocupaba esa posición en el origen? —preguntó Martín, examinando la raspadura bajo la luz de la lámpara de pie.
Elena desdobló un segundo documento manuscrito.
Era una hoja de instrucciones operativas en la que se detallaba el protocolo de transferencia de expedientes desde el taller hacia la fase de coacción.
Las líneas no llevaban firma de junta directiva, pero una de las cláusulas destacaba en el centro del folio:
«El séptimo no participa en las dinámicas. El séptimo decide la continuidad de los perfiles.»
—No era un coordinador que estuviera sobre el terreno —dedujo Elena con la vista fija en las líneas—.
No acudía a las lecturas ni recibía a las familias.
Permanecía totalmente al margen de la gestión diaria y se limitaba a dictaminar qué información debía utilizarse contra cada participante si intentaban marcharse.
—¿Y cómo transmitía las órdenes ejecutorias al resto del personal? —inquirió Martín.
Elena señaló una serie de notas al pie en las que figuraban las iniciales del intermediario encargado de hacer cumplir los dictámenes: D. N.
—Darío Noceda —asintió Martín de inmediato.
—Darío ejecutaba las instrucciones en la finca y en la librería —explicó Elena—, pero las mismas iniciales e instrucciones aparecen asociadas a las fichas de Amelia cuando intentó denunciar las coacciones, al expediente de Marta cuando exigió sus documentos y a las notas de seguimiento de Alba antes del accidente.
Elena extrajo del sobre una fotografía en blanco y negro de pequeño formato.
La toma mostraba un grupo de personas en el porche trasero de la finca del pantano durante los primeros años de funcionamiento.
En el centro de la imagen aparecían Amelia Valcárcel y un joven Darío Noceda sosteniendo unas carpetas.
En el extremo derecho, en la franja ciega provocada por la sombra de un alero, se distinguía la figura de un hombre cuyo rostro quedaba oculto por la inclinación de un sombrero de ala corta.
En la muñeca izquierda de la figura brillaba el mismo reloj con correa de malla metálica y caja rectangular que habían detectado en las fotos anteriores.
—¿Es él? —preguntó Martín, inclinándose sobre el papel.
—Es la misma persona —confirmó Elena—. Pero observa la fecha al dorso de la copia.
Martín leyó la anotación a lápiz: 14 de octubre de 1998 . —Esa fecha es tres años posterior a la desaparición oficial de Amelia según los archivos del juzgado.
—Falsificaron los registros públicos para hacer creer que Amelia se había marchado de la comarca —dedujo Elena—, mientras la mantenían aislada y supervisada por la posición siete.
A continuación, Elena sacó del sobre una carta manuscrita redactada por Amelia Valcárcel antes de que se perdiera definitivamente su rastro. Las líneas eran breves y precisas:
«Descubrí demasiado tarde que la posición siete no es una dignidad personal ni un cargo vitalicio dentro del club.
La posición siete es una función de control que se traspasa de un actor a otro dentro de la cúpula cuando el titular anterior pierde la capacidad de protección o resulta expuesto.
Quien ocupa el siete hoy no es necesariamente quien fundó el grupo con nosotros en los noventa, sino quien ha heredado la red de extorsión y los activos de la finca. »
Elena se quedó inmóvil, procesando la profundidad de la revelación de Amelia.
—No estamos buscando la identidad histórica de un fundador desaparecido hace treinta años, Martín —dijo Elena, levantando la vista—. Estamos buscando a la persona que ocupa la posición siete en la actualidad.
—A quien tomó la decisión de eliminar a Alba cuando ella unió todos los hilos —completó Martín con la voz tensa.
Al fondo del sobre de estraza, los dedos de Elena rozaron un objeto rígido de pequeño tamaño. Era una unidad de memoria pendrive de metal mate, sin marcas comerciales ni logotipos.
Elena vaciló antes de extraer el dispositivo. El recuerdo del secuestro informático de sus archivos y la manipulación remota de su equipo en la oficina hacía que la sola idea de conectar la memoria a un terminal le generara una parálisis momentánea.
—¿Quieres que la revisemos aquí? —preguntó Martín, señalando el ordenador del escritorio.
—No en este equipo ni conectada a ninguna red —contestó Elena con firmeza—. Utilizaremos el portátil auxiliar desvinculado de internet que guardas en la bolsa del vehículo.
Regresaron al salón principal, cerraron la puerta del pasillo y situaron el ordenador auxiliar sobre la mesa baja, asegurándose de que la tarjeta de red inalámbrica permaneciera desactivada físicamente.
Elena introdujo el pendrive en el puerto lateral.
La pantalla reconoció una sola unidad de almacenamiento protegida con doble partición.
La primera partición contenía un único archivo de audio en formato comprimido. Elena conectó un par de auriculares y activó la reproducción. La voz de su hermana Alba emergió a través de los altavoces con una nitidez dolorosa y serena:
«Elena, si estás escuchando este archivo grabado en la memoria de la caja, significa que no pude completar la entrega de la prueba en la fiscalía comarcal y que has tenido que rehacer el camino por tu cuenta.»
Elena cerró los ojos y apretó los puños sobre sus rodillas, conteniendo el aliento para no perder una sola sílaba de la grabación.
«No me queda mucho tiempo antes de que intenten neutralizar este dictamen» , continuaba la voz de Alba, marcada por un leve cansancio de fondo.
«He descubierto quién ocupa actualmente la posición siete en la estructura de San Telmo.
Utiliza a Darío como un cortafuegos para la administración de la finca y ha mantenido a flote la red de coacción sobre las antiguas participantes.
Pero esa persona no figura en los contratos oficiales ni ha estampado su firma en una sola acta de la asociación.
Si me ocurre algo, no pierdas el tiempo buscando al ejecutor material que manipule un vehículo o sabotee una carretera.
Busca a la persona que tomó la decisión y pronunció la orden de neutralización.
La persona que ocupa la posición siete no necesita presionar un gatillo ni amenazar en persona.
Solo necesita transmitir una instrucción ejecutiva a sus intermediarios.
Y yo he conseguido documentar la prueba de esa instrucción. »
El archivo de audio finalizó con un chasquido seco.
Elena abrió los ojos y miró a Martín, que permanecía a su lado en absoluto silencio.
—No dijo el nombre en la grabación de voz —murmuró Martín con frustración contenida.
—Porque el nombre está en la segunda partición de la memoria —explicó Elena, señalando la pantalla donde el sistema solicitaba una clave de acceso de doce caracteres para desencriptar el documento final denominado NOMbrE.pdf .
Elena observó la casilla del cursor parpadeando en la oscuridad de la pantalla. Probó primero las fechas de nacimiento familiares y las matrículas profesionales de la abogacía, obteniendo una respuesta negativa del sistema.
Entonces recordó una frase que Alba le repetía con insistencia durante su etapa universitaria cada vez que Elena se enfrentaba a un análisis complejo: «La respuesta nunca está en el enigma, Elena; está en el origen del acuerdo.»
Elena tecleó despacio, en mayúsculas, la palabra clave que hacía referencia al primer manuscrito que Alba y ella leyeron juntas en la infancia: SAN_TELMO_1808 .
El indicador de la pantalla cambió a verde y el documento PDF se desplegó instantáneamente en el centro del monitor.
Apareció una sola página visada digitalmente, con la reproducción de un documento notarial privado de constitución de dominio y una anotación manuscrita al pie. En el centro de la hoja figuraba un nombre completo y un número de documento de identidad.
Elena se quedó completamente pálida. Su cuerpo se rígido bruscamente contra el respaldo de la silla y la respiración se le cortó en la garganta. Dio un paso atrás instintivo, apartándose de la mesa como si la pantalla emitiera una radiación dañina.
Martín la sostuvo por el hombro al ver su reacción. —¿Qué ocurre, Elena? ¿Quién aparece en el documento?
Elena no podía articular palabra. Sus ojos iban fijamente del texto de la pantalla al rostro de Martín, reflejando una mezcla de incredulidad absoluta y espanto helado.
—Elena, dime el nombre de una vez —insistió el expolicía, apretándole el brazo con vehemencia.
—No puede ser —susurró ella finalmente, con la voz rota por la tensión—. Es imposible.
—¿Quién es?
Elena volvió a señalar la pantalla con la mano temblorosa. —Lo conocemos, Martín. Ha estado ahí desde el principio. Siempre lo hemos conocido.
Elena no pronunció el nombre en voz alta.
Con gesto rápido y metódico, conectó la miniimpresora térmica portátil que llevaban en la mochila de trabajo y sacó una copia en papel del documento desencriptado.
Guardó el extracto impreso en el bolsillo interior de su gabardina y ejecutó un comando de borrado seguro en el portátil auxiliar, eliminando cualquier rastro de la partición y del historial de apertura para evitar que cualquier filtración remota pudiera detectar el hallazgo.