La Chica del Pantano CAPÍTULO 14 #12
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CAPÍTULO 14 #12

Elena revolvió entre los documentos antiguos de la primera época de la finca hasta localizar una carta manuscrita atribuida a Amelia Valcárcel, dirigida a una destinataria cuyo nombre había sido borrado con tinta densa. En el último párrafo, la caligrafía de Amelia mostraba un trazo apresurado:

«Si algún día mi voz no vuelve a escucharse en San Telmo y mi nombre es borrado de las actas, recuerda siempre una regla fundamental: el séptimo nunca es quien parece ser desde el exterior.»

Elena leyó la frase dos veces en voz alta. Su tono era apenas un susurro que se perdió entre el sonido de la lluvia contra los cristales.

—«El séptimo no es quien parece» —repitió Martín, frunciendo el ceño—. ¿Qué significa eso?

—Significa que hemos estado buscando a una figura ejecutiva externa, a un magnate o a un protector político distante —dijo Elena, mirando fijamente la pared de la buhardilla mientras las piezas encajaban en su mente con una precisión aterradora—.

Significa que el responsable de la cúpula ha estado operando bajo una identidad visible tan cotidiana, tan cercana a la propia estructura de la investigación, que nadie dentro del entorno de las víctimas sospechó jamás de su verdadera función.

Antes de que Martín pudiera responder, el teléfono móvil que llevaban en la funda de aislamiento emitió dos vibraciones cortas y secas. Elena sacó el terminal con gesto rápido y miró la pantalla.

Un mensaje de texto sin remitente registrado acababa de entrar en el terminal:

«Ya has comprendido el significado de la posición, Elena.»

Tres segundos después, la pantalla se actualizó con una segunda línea:

«Pero sigues buscando la prueba física del séptimo.»

Y de inmediato, una tercera notificación:

«No deberías ir a la casa de Alba a buscar esa caja.»

Elena apagó el terminal de forma definitiva, retiró la SIM y guardó el dispositivo en el bolsillo de la gabardina sin mostrar la menor vacilación.

Martín tomó las llaves del vehículo de la mesa. —¿Seguimos hacia la vivienda de Alba en San Telmo?

Elena lo miró a los ojos con una determinación helada, recogiendo las copias de las fotografías y la carta manuscrita de Amelia.

—Ahora más que nunca, Martín.

—Saben exactamente hacia dónde nos dirigimos y qué objeto estamos buscando —la previno el expolicía, ajustándose la chaqueta.

—Precisamente por eso —respondió Elena, cerrando la carpeta rígida de un golpe seco—. Porque si envían mensajes para evitar que abramos esa caja de nogal, significa que la prueba matriz sigue intacta en el único lugar donde mi hermana decidió protegerla.

Salieron de la buhardilla a la oscuridad de la tarde.

La lluvia caía con intensidad sobre las calles estrechas del casco antiguo, borrando los contornos de los edificios y los reflejos de las farolas.

Mientras avanzaban hacia el vehículo, la frase final de la carta de Amelia continuaba resonando en la mente de Elena con el peso de una revelación inminente: «El séptimo no es quien parece.

» Y por primera vez desde el inicio de la investigación, la sospecha de Elena ya no apuntaba a la sombra de un desconocido, sino a alguien cuyo rostro le resultaba terriblemente familiar.

La última prueba

El sonido del agua al golpear contra la moldura de madera de la entrada era el único elemento que rompía el silencio de la calle arbolada.

La fachada de la casa de Alba se alzaba entre la penumbra de la tarde con la misma sobriedad de siempre, pero la luz del único farol operativo en la acera proyectaba sombras distorsionadas sobre el porche de acceso.

Las maderas del suelo crujieron bajo el peso de las pisadas de Elena mientras avanzaba los últimos metros.

Elena permaneció inmóvil durante casi diez segundos frente a la cerradura, con la mano suspendida a un centímetro de la manivela de latón.

El metal frío de la llave original quemaba entre sus dedos.

La estructura del inmueble ya no le parecía un espacio neutro ni un refugio seguro; cada ángulo de la fachada le recordaba que alguien había estado apostado al otro lado de la calzada, observando la ventana del salón mientras su hermana trabajaba de noche frente al ordenador.

Martín se mantuvo a su espalda en el primer escalón del porche, con la vista fija en los espejos retrovisores de los vehículos estacionados en la acera opuesta.

—¿Estás totalmente segura de entrar aquí ahora? —preguntó el expolicía en un murmullo contenido, sin girarse hacia ella.

—No —respondió Elena con la voz seca, sosteniendo la mirada sobre el marco de la puerta.

—Entonces ¿por qué entramos?

—Porque Alba quería que yo volviera —dijo Elena, introduciendo la llave en el bombín y girándola dos veces hasta escuchar el golpe del cerrojo.

El interior olía a aire confinado, a encuadernación de tela, a cera de suelo y a ese rastro sutil de perfume de jazmín que Alba había utilizado durante años.

Elena cruzó el umbral sin encender las luces principales, dejando que la iluminación difusa del exterior filtrara a través de las visillos de lino del recibidor.

Pasó la mano por el borde de la consola del pasador, sintiendo la textura de la madera gastada por el uso diario.

No había desorden aparente; el personal policial que había intervenido tras el accidente y los supuestos registradores nocturnos se habían cuidado de restituir la apariencia de normalidad para no levantar sospechas prematuras.

Avanzó con paso lento hacia el salón principal.

Sobre las baldas de la biblioteca central descansaban los códigos anotados, las colecciones de ensayo histórico y las reproducciones de grabados que Alba consultaba para sus dictámenes profesionales.

En la mesa auxiliar, un posavasos de cerámica retenía la marca circular de una taza secada semanas atrás.

Martín cerró la puerta a sus espaldas con suavidad y avanzó hasta situarse en el centro de la estancia, observando la cautela con la que Elena rozaba los dorsos de los libros.

—¿Qué estás buscando exactamente entre sus cosas personales, Elena? —preguntó Martín, analizando la trayectoria de sus pasos.

—Algo que yo nunca habría buscado durante las primeras semanas —contestó Elena, deteniéndose ante un estante bajo.

—¿Por qué?

—Porque Alba conocía perfectamente mi manera de pensar y mi deformación profesional —explicó Elena, girándose para mirarlo en la penumbra—.

Sabía que si a ella le ocurría algo, yo iría directa a sus ordenadores, a sus discos duros de respaldo, a las carpetas del despacho o a los cajones del escritorio donde guardaba las minutas.

Así que probablemente escondió la verdadera prueba donde mi instinto técnico nunca habría buscado de entrada.

Elena cerró los ojos un instante, invocando las palabras que Irene le había susurrado bajo la lluvia en la travesía de la estación: «Busca en los objetos que tu hermana conservaba por razones estrictamente personales.

» A continuación, trajo a su memoria la fotografía térmica recibida en la bolsa kraft, superponiendo mentalmente la rejilla de la pantalla del monitor con el espacio físico del fondo.

—¿Dónde guardaba Alba las cosas que no tenían nada que ver con su carrera ni con sus clientes? —preguntó Elena en voz alta.

—No lo sé —admitió Martín—. Cuando registramos la vivienda tras la llamada de la comisaría, no tocamos el módulo de su dormitorio ni los armarios personales.

Elena caminó sin dudar hacia el pasillo posterior y accedió al dormitorio de su hermana.

La estancia permanecía intacta, con la colcha de hilo gris doblada en el pie de la cama y un par de libretas de tapas duras sobre la mesilla de noche.

En la esquina superior del armario principal, sobre una balda elevada que requería estirarse por completo para alcanzarla, descansaba un recipiente rectangular de nogal barnizado con remates de latón en las esquinas.

Elena estiró los brazos y bajó el objeto con cuidado de no golpear la madera.

—La tenía desde que éramos niñas —dijo Elena en voz muy baja, dejando la caja sobre la cómoda del dormitorio.

Martín se aproximó desde la puerta y observó la marquetería sencilla de la tapa. —¿Y nunca la abriste cuando estuvisteis viviendo juntas?

—No —respondió Elena, rozando la pátina del barniz—. Porque era suya. Formaba parte de su privacidad estricta.

Elena levantó la tapa de nogal. El interior del primer compartimento olía a sándalo seco y papel antiguo.

Al fondo yacían varios recuerdos de infancia sin valor comercial: dos fotografías familiares en blanco y negro con los bordes dentados, una pulsera de plata con el eslabón roto, un billete de tren sin picar del primer viaje a la universidad y una concha de mar recogida en la playa de San Telmo.

Durante unos segundos de silencio opresivo, la caja parecía contener únicamente el registro inocente de una vida privada interrumpida.

Martín exhaló un suspiro de desencanto. —Quizá la fotografía de la pantalla no hacía referencia a esta caja, Elena. Tal vez sea solo otro recuerdo familiar.

—Espera —dijo Elena con firmeza.

Introdujo los dedos en las esquinas interiores de la caja.

Sintió la resistencia del forro de terciopelo verde y presionó los dos remates traseros de latón que fijaban los bordes de la estructura.

Al ejercer una leve presión lateral, el panel inferior de nogal cedió dos milímetros hacia arriba, revelando la presencia de un falso fondo técnico integrado en la propia base de la artesanía.

Elena retiró la tablilla superior. En el hueco interior yacía un sobre de papel estraza grueso, de formato alargado, sin sello ni dirección de envío. En la cubierta frontal solo constaba una palabra manuscrita con la caligrafía firme de Alba:

SIETE

Elena levantó la mirada hacia Martín y sostuvo el sobre entre sus manos. —Es esto.

El ambiente en el dormitorio se volvió denso. Martín dio un paso adelante, apretando la mandíbula mientras Elena rasgaba el borde superior del estraza.