La Chica del Pantano CAPÍTULO 14 #10
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CAPÍTULO 14 #10

—A una participante de la primera etapa que también desapareció del mapa sin dejar rastro —contestó Irene, descartando dar más detalles sobre esa rama secundaria.

Elena recordó las últimas palabras de la grabación de audio de su hermana y se apoyó sobre la mesa.

—Alba dejó dicho en su última nota de voz que sabía que Darío era solo una pieza intermedia.

Que el verdadero poder en el Club de las Ofelias residía en alguien que nunca necesitaba mostrarse de forma pública.

Irene inclinó la cabeza, confirmando la deducción de Alba.

—Esa es la clave que ha mantenido la estructura impune durante treinta años.

El verdadero control no lo ejerce quien da las charlas en los talleres ni quien firma los contratos de alquiler de la librería.

Quien está por encima de Darío nunca ha pisado una sesión de lectura, nunca ha aparecido en las fotografías de grupo de la finca y no consta en ninguna lista de asociados.

Utiliza intermediarios ejecutivos como Darío para gestionar el trabajo sucio.

—Dime su nombre, Irene —exigió Elena, tomando la mano de la mujer sobre la mesa—. Si tenemos el nombre, podemos acudir a la fiscalía comarcal y exigir la incautación de los archivos de la finca.

Irene retiró la mano de forma brusca, mirando a su alrededor con renovada alarma.

—Si pronuncio ese nombre en voz alta en este local o en cualquier otro lugar no protegido, ninguno de los tres saldrá con vida de esta comarca.

Quien controla la cúpula tiene acceso a los sistemas de verificación oficial.

Sabrían que hemos hablado antes de que hayamos recorrido diez kilómetros.

Martín dirigió la vista hacia las ventanas de la cafetería, sintiendo cómo la tensión psicológica en la mesa alcanzaba un punto crítico.

Irene se puso de pie de forma repentina, ajustándose la chaqueta de lana. —He hablado más de lo que debía.

Elena se levantó de inmediato para cortarle el paso. —Espera. No puedes irte ahora. Necesitamos saber cómo acceder a la prueba que dejó Amelia.

Irene se detuvo a un paso de ella y la miró con una mezcla de firmeza y advertencia. —Sabrás el nombre cuando encuentres el archivo físico que Amelia escondió antes de su partida.

—¿Dónde está ese archivo? —insistió Elena.

—En el único lugar donde nadie buscaría porque todos asumen que solo guardaba material de trabajo —respondió Irene en voz muy baja, acercándose al oído de Elena—.

Busca en el entorno personal de Alba. No en sus equipos informáticos, no en sus carpetas digitales.

Busca en los objetos físicos que tu hermana conservaba por razones estrictamente personales.

Elena se quedó desconcertada por un instante, procesando las palabras de la mujer.

Irene dio un paso hacia la salida, pero se detuvo un segundo antes de empujar la puerta. Se giró hacia Elena y añadió una última instrucción:

—Hay una cosa más que debes tener presente si vas a continuar hasta el final. No confíes en nadie que utilice o mencione la referencia del número siete.

Elena sintió un escalofrío helado recorriéndole la columna. —¿Por qué? ¿Qué significa realmente el siete?

—El siete no es un código de archivo ni una cifra de clasificación —dijo Irene con la mano en el pomo de la puerta—. El siete es una posición dentro de la cúpula.

—¿La posición de quién? —preguntó Elena.

Irene no respondió. Empujó la puerta de madera, salió a la acera bajo la lluvia fina y caminó con paso apresurado hasta desaparecer tras la esquina de la estación abandonada.

Elena y Martín permanecieron en silencio en el interior de la cafetería.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Martín, mirando la carpeta sobre la mesa—. ¿Crees que nos ha contado todo lo que sabe?

Elena recogió las copias fotográficas y guardó la nota de Alba en su libreta.

—Nos ha contado lo suficiente para comprender cómo funcionaba la estructura y para confirmar que Alba estaba en la vía correcta.

Irene sabe quién es la persona de la cúpula, pero tiene demasiado miedo para pronunciar su nombre sin tener la certeza de que poseemos la prueba física de Amelia.

—¿Vamos a la casa de Alba? —inquirió Martín.

—Sí —asintió Elena con determinación—. Vamos a revisar los objetos personales de mi hermana. Los que no tenían relación aparente con su despacho profesional.

Salieron del establecimiento y avanzaron por la acera húmeda hacia la explanada contigua a la estación. La lluvia comenzaba a intensificarse de forma progresiva, oscureciendo el paisaje de la pequeña localidad.

Antes de cruzar hacia la zona donde habían estacionado el vehículo, Elena se detuvo al alzar la vista hacia un banco de madera situado junto a la marquesina abandonada del autobús local. Sobre la superficie mojada del banco descansaba una pequeña bolsa de papel kraft con el borde superior doblado.

Elena indicó a Martín que permaneciera a distancia y se acercó con cautela. No tocó la bolsa de inmediato. Observó el entorno durante diez segundos completos; no había peatones ni vehículos en la calle adyacente.

Con la punta del bolígrafo, Elena abrió la solapa superior del papel. En el interior de la bolsa no había un dispositivo ni una nota escrita. Yacía únicamente una fotografía impresa en papel térmico de alta resolución.

La imagen mostraba a su hermana Alba, viva, tomada semanas antes de su muerte.

Alba figuraba sentada frente al escritorio de su domicilio particular, trabajando de noche.

La toma había sido realizada desde el exterior de la vivienda, a través de la ventana del salón, desde una posición elevada de vigilancia.

En la pantalla del ordenador que aparecía reflejada en la foto, se apreciaba con claridad la estructura de directorios del sistema de Alba. En el centro de la pantalla destacaba una carpeta principal rotulada con una sola palabra en mayúsculas:

SIETE

Elena permaneció completamente inmóvil bajo la lluvia, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones.

Martín se acercó a su lado y miró la fotografía sobre la bolsa. —¿Qué es eso?

Elena levantó la mirada hacia los tejados oscuros de la pequeña localidad, comprendiendo la terrible realidad de la situación.

—Nos han vuelto a encontrar, Martín —dijo con la voz apagada pero inflexible—.

Quienquiera que esté vigilando la investigación no solo conoce las carpetas que Alba dejó en la memoria USB.

Tiene fotografías de mi hermana dentro de su propia casa, tomadas antes del accidente.

Sabe perfectamente qué archivo estaba buscando Alba cuando la mataron.

El que estaba detrás

El agua de la lluvia acumulada en los aleros de la fachada caía en un goteo monocorde sobre el alféizar de la cocina.

El espacio improvisado de trabajo, ubicado en una buhardilla aislada de la zona vieja que Martín utilizaba como depósito documental, olía a papel húmedo, serrín y café frío.

La luz del atardecer apenas atravesaba los cristales velados por el hollín, proyectando sombras alargadas sobre la mesa de pino bruto donde Elena había desplegado las últimas reproducciones en papel.

Elena permaneció de pie frente al tablero, con las manos apoyadas en el borde de la madera y la gabardina húmeda sobre los hombros.

No había tocado el teclado del ordenador de su hermana ni intentado acceder a los servidores de correo.

Tras comprobar la intrusión remota y la fotografía térmica recibida junto a la estación abandonada, la sola presencia de una pantalla conectada a la red le generaba una reacción instintiva de rechazo.

Martín cerró el cerrojo doble de la puerta de entrada, comprobó que las persianas de madera estuvieran ajustadas hasta el último tope y caminó hacia la mesa sosteniendo la copia de la imagen que les habían dejado en la bolsa de papel kraft.

—¿Qué crees que significa exactamente la referencia «siete» en esa estructura de carpetas? —preguntó Martín, dejando la foto junto a las fichas impresas.

—Eso es precisamente lo que quieren que descubramos en este momento —respondió Elena con voz pausada, sin desviar la vista del rostro de su hermana reflejado en la toma exterior.

Martín la observó detenidamente, apoyando los puños en la mesa. —¿Crees que habernos dejado esa fotografía de Alba en su escritorio es únicamente una amenaza para acobardarnos?

Elena tardó varios segundos en contestar. Sus dedos rozaron el borde inferior del papel térmico antes de negar con la cabeza. —Creo que es una demostración.

—¿De qué?

—De que poseen el control sobre lo que vemos y sobre el ritmo al que avanzamos —explicó ella, sintiendo cómo una punzada de lucidez helada articulaba sus ideas—.

No necesitan entrar físicamente en este inmueble para frenarnos, Martín.

Tampoco necesitan cruzarse con nosotros en la travesía o amenazarnos con violencia explícita.

Su método consiste en manipular el volumen de información que nos llega, entregando cada pista en el instante exacto en que la necesitamos para llevarnos a la siguiente casilla de su itinerario.

Elena comenzó a ordenar sobre la superficie de pino el material fotográfico recuperado.

Alineó en una fila superior las reproducciones de Amelia Valcárcel en la finca del pantano, el retrato oficial de Darío Noceda en la librería de San Telmo, la ficha de filiación de Marta Valdés y la toma reciente de Irene Robles en la habitación austera.

En el centro exacto del esquema, situó la fotografía de Alba trabajando de noche frente a la pantalla iluminada.

Martín contempló la disposición durante casi un minuto en absoluto silencio, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Siempre aparece alguien detrás —dijo finalmente el expolicía, señalando el margen izquierdo de tres de las tomas.

Elena levantó la mirada de inmediato. —¿Qué has dicho?