Capítulo 10 #2
—Según nuestro crítico culinario y yo, sí. Pero pruébala tú misma.
Con una mano en la espalda de su invitada, Jaime los guio de regreso a la sala, dejando detrás de ellos la pizarra de investigación.
La noche tomó un rumbo bastante más agradable y Nicole incluso llegó a olvidar que estaba molesta. Ambos se sentaron en la sala a comer y charlar. Entre pedazo y pedazo de pizza, anécdota y anécdota, el tiempo se fue volando.
Nicole le contó a Jaime un poco sobre cómo era su vida en su ciudad natal, cómo fue la carrera, y pasó muy por encima el tema de su exnovio.
Jaime, igualmente, no dio muchos detalles de su fallido matrimonio y se enfocó mucho más en cómo fueron los inicios de su carrera.
Le dio, de cierta forma, una explicación más detallada de aquello que le había contado el primer día, sobre el reportero que hizo posible que lo contrataran y cómo lo tomó bajo su tutela y le fue enseñando cosas.
Nicole notó cómo, mientras hablaba de todo eso, una amplia sonrisa de satisfacción se dibujaba en los labios del reportero y sus ojos parecían casi brillar.
—¿Y por qué dejaste ese trabajo? —preguntó Nicole de pronto, mientras masticaba el primer bocado de su tercera rebanada—. Digo, no es que Wexzine sea pequeño, pero todos con los que he hablado en la oficina dicen que el Scintia News es otro nivel.
Jaime la observó y a Nicole le pareció percibir cierto pesar en su mirada. Tomó una servilleta y la pasó por su boca y dedos, antes de responderle:
—Lo era. Sí que lo era —contestó, recalcando aquella última palabra—. ¿Quieres saber la verdad?
Nicole asintió.
— Scintia News era un lugar en donde la gente podía confiar en que las noticias se daban a conocer con objetividad y honestidad.
Y en donde los investigadores como yo teníamos la libertad, casi absoluta, de conseguir la información que ocupábamos por cualquier medio, siempre y cuando el fin justificara dicho medio. Pero todo cambió por culpa de él.
Al hacer ese último comentario, casi por reflejo alzó su mano y señaló hacia la puerta, ahora cerrada, de la recámara.
—¿Quién? —cuestionó Nicole, un poco confundida.
—Ese hombre al que le tomaste las fotos —le respondió Jaime con seriedad—. Carlo Strivanza.
Jaime se tomó un momento para agarrar su tercer pedazo de los que quedaban en la caja, antes de continuar con su acusación:
—Strivanza es uno de los hombres más ricos de la ciudad. Es dueño de varios negocios; pero sobresalen, en especial, las tiendas departamentales Strivanza . Es muy probable que su apellido te suene por ellas.
Nicole hizo memoria. En efecto, aquel día que fueron al centro pasaron frente a una tienda de gran tamaño, que tenía sobre su puerta el nombre «Strivanza» con letras grandes y rojas.
También le parecía haber visto algunas publicidades en los camiones con modelos usando elegantes vestidos y tenían ese mismo logo en ellas.
Jaime prosiguió, alternándose de vez en cuando para comer otro bocado más de su pizza:
—Hace un par de años, Strivanza adquirió el Scintia News , del que aún es dueño a la fecha.
En aquel momento, todos pensamos que sería un cambio para mejor, y, al principio, pareció que sí.
Pero luego vinieron los cambios verdaderos: la censura, las restricciones, el rechazar por completo una noticia sin razón aparente…
Aunque luego me enteré de que esto pasaba justo cuando Strivanza daba la instrucción.
En otras palabras, cuando esta, de alguna manera, le molestaba o no le parecía.
»Yo no aguanté mucho esa situación y renuncié.
Pasé un tiempo buscando alguna publicación que no le temiera a ese bastardo.
Por suerte para mí, la dueña de Wexzine es incluso un poco más rica que él, pero mucho más honesta.
Y, desde que estoy aquí, he estado investigando a Strivanza, intentando encontrar qué oculta exactamente y por qué rechazaba todas esas notas.
Sospechaba desde entonces que había algo turbio detrás de todo eso, y ahora estoy más que convencido.
—¿Lo haces por venganza? —inquirió Nicole, soltando sin mucha moderación la primera conclusión que se le había venido a la cabeza.
—No —respondió Jaime con apuro—. O, bueno, quizás al inicio hubo un poco de eso. Pero escucha… —hubo una pequeña pausa vacilante—. ¿Puedo confiar en ti?
A Nicole le extrañó un poco esa pregunta tan repentina.
—Bueno, dijiste que ya confiabas en mí por completo, ¿recuerdas? —le respondió con media sonrisa, haciendo alusión a lo que le había dicho cuando le llamó a la oficina.
—Sí, lo hice —asintió Jaime, aunque no sonando del todo convencido—. Escucha, después de toda esta investigación que he estado haciendo, me parece que no solamente hay algo turbio detrás de este sujeto, sino algo incluso más grande de lo que imaginaba en un inicio.
Jaime se inclinó hacia ella, mirándola fijamente, con unos ojos que reflejaban varias emociones a la vez.
Nicole se sintió un tanto intimidada por su mirada, pero, al mismo tiempo, fascinada por la intensidad de esta.
El sonido de su voz al relatar todo aquello había tenido un cierto efecto hipnótico en ella.
Era tan bueno y fluido al hablar que sentía que podía estar oyéndolo por horas.
Un poco ignorante del efecto que tenía en su acompañante, aunque quizás no del todo, Jaime soltó, con absoluta firmeza y seriedad, su declaración más problemática:
—Estoy casi convencido de que Carlo Strivanza es quien controla la gran mayoría de las actividades delictivas que se realizan en Nueva Scintia, al menos desde hace una década.
—¿Qué? —exclamó Nicole, sobresaltada—. ¿Quieres decir que es un… jefe de la mafia?
—No sé si llamarlo así… Pero sí, algo parecido.
Nicole se echó por completo hacia atrás, apretando su cuerpo contra el sillón con aprensión.
—¿Me llevaste a tomarle fotos a escondidas a un jefe de la mafia? —espetó entre incrédula y molesta, su rostro tornándose un poco pálido de golpe.