La chica del otro balcón Capítulo 8
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Capítulo 8

G iselle y Bárbara salieron al balcón, tomadas de las manos, y fueron recibidas por las brillantes luces de la ciudad alumbrando la vista, y los sonidos lejanos del tráfico.

Aun así, se sentía una particular soledad, casi como si en verdad estuvieran solas en los alrededores, y aquellas luces y sonidos simplemente pertenecieran al ambiente.

—Hace un poco de frío aquí afuera —comentó Bárbara, tomándose sus brazos desnudos con ambas manos.

—Yo te ayudo a calentarte, si quieres —sugirió Giselle, y, sin esperar confirmación, abrazó a su amiga por detrás, pegándosele por completo a su espalda y comenzando a recorrer sus labios por su nuca.

—Espera —murmuró Bárbara, soltando pequeñas risitas—. Sabes que me da cosquillas… que me besen ahí…

Giselle, en efecto, lo sabía; pero también sabía que las cosquillas que le sacaran risas solo eran temporales, y, con el tiempo, las risas terminaban convirtiéndose en gemidos placenteros.

Sus manos subieron por su vientre, con sus palmas muy pegadas a su cuerpo, y se posicionaron sobre sus pechos una vez más, comenzando a juguetear un poco con ellos. Sus manos apenas y eran suficientes para sostener ambos.

Bárbara siguió riendo, y, en un momento, gimió con un poco de fuerza, sin poder controlarlo.

Esto la obligó a cubrirse la boca, temerosa de quizás haber sido escuchada.

Luego de un rato, comenzó a sentir gusto por todo lo que su compañera le hacía.

En un punto, Bárbara se libró un momento de su agarre y se giró de regreso a Giselle, volviéndola a besar con la misma desesperación que había aplicado cuando entró en el departamento, aventurándose a incluso meter su juguetona lengua en la boca de su anfitriona, que la recibió gustosa.

Aquel beso fue largo, húmedo, y en verdad delicioso.

Ambas se abrazaron, cerraron los ojos, y se permitieron disfrutar enteramente las sensaciones que el roce mutuo de sus bocas les proporcionaba.

O, bueno, al menos Bárbara lo hizo, pues una parte de la atención de Giselle se enfocó en otra dirección.

Abrió solo un poco sus ojos y miró sobre el hombro de Bárbara, en dirección al otro balcón.

No esperaba realmente tener tanta suerte y era más un «a ver qué pasa». Pero, para su sorpresa, en ese pequeño vistazo pudo distinguir un rostro apenas asomándose a través de las cortinas del otro departamento, mirando expectante hacia ellas.

«Así que en verdad te gusta este tipo de espectáculos, ¿eh?», pensó Giselle, divertida. Si a su nueva vecina le gustaba ver, entonces le daría otro pequeño regalo de bienvenida.

Giselle bajó, besando la barbilla y el cuello de Bárbara, descendiendo aún más y comenzando a abrirle su blusa sin siquiera pedir permiso.

Cuando le desabotonó los primeros tres botones, Bárbara soltó un pequeño gemido al sentir el fresco en la piel de su busto, protegido únicamente por la tela delgada de su sostén blanco.

Giselle pegó su rostro entre sus senos, comenzando a besarlos, lamerlos e incluso a morderlos un poco. Bárbara solo suspiraba con gusto.

Comenzaron a avanzar hacia una de las sillas alargadas de alberca que Giselle tenía ahí en el balcón, y, una vez que se toparon con ella, guio a Bárbara para que se sentara delicadamente en esta y se pusiera cómoda.

Giselle la siguió besando en el mismo sitio un rato más, y, luego, se alzó solo un poco, girándose un poco hacia el otro balcón.

Sus ojos se encontraron sin remedio con los de Nicole, que continuaba ahí, observando todo a través del cristal de la puerta.

Ahora ambas sabían que la otra conocía su presencia.

Por su lenguaje corporal, fue evidente que Nicole quería ocultarse de nuevo tras la cortina, pero terminó no haciéndolo y se quedó ahí… observando. Giselle sintió en su interior que su vecina deseaba ver más, así que no quería decepcionarla.

Se separó lentamente de Bárbara, y, luego, se alejó un par de pasos de la silla.

—¿Qué te está cruzando por esa sucia mente tuya? —le cuestionó Bárbara con sincero interés.

—¿No te lo imaginas?

Sin quitarle los ojos de encima, Giselle introdujo sus manos debajo de la falda de su vestido, las subió hacia su cadera, y, un instante después, comenzó a bajarlas lentamente por sus piernas, con todo y su ropa interior azul celeste.

Esa imagen, casi en cámara lenta, aceleró el pulso de Bárbara, que la observaba recostada en la silla con los ojos bien abiertos, al igual que su blusa.

Giselle dejó caer su pataleta a sus pies y, luego, se aproximó con movimientos sugerentes hacia su invitada.

Lentamente, colocó una pierna a cada costado de su amiga, pegando sus rodillas contra la silla.

Estando ahí, justo delante de ella, tomó la falda de su vestido entre sus dedos y la alzó, dejando a la vista su sexo, coronado con ese lindo vello oscuro recortado.

—¿Me ayudas con esto? —le susurró de manera traviesa.

Bárbara únicamente fue capaz de responder asintiendo lentamente.

Giselle se aproximó más, colocando su sexo expuesto a escasos centímetros del rostro de su invitada, incitándola a hacer con ella lo que quisiera.

Bárbara no se sintió en lo absoluto intimidada, y, de hecho, no dudó en pegar enteramente su rostro contra ella, incluso tomándola con sus manos de su trasero para sujetarla y empujarla más contra ella.

Giselle soltó un fuerte alarido al aire en cuanto sintió los labios y la juguetona lengua de Bárbara, comenzando a explorarla ahí abajo.

Sus dedos dejaron caer su vestido y su delgada tela terminó ocultando un poco de la cabeza de Bárbara, pero eso a ella no la detuvo y continuó devorando con apetito el festín que le ofrecían, ahí, escondida.

Teniendo sus manos libres, Giselle las dirigió hacia su cuerpo, tomando sus pechos y acariciándoselos por encima de su vestido.

Su rostro se encontraba enrojecido; su boca abierta, soltando suspiros de goce, y sus ojos…

Sus ojos entrecerrados miraban hacia el otro balcón, al rostro atónito de la persona que la observaba desde el interior del departamento.

Mientras se apretaba su pecho izquierdo entre sus dedos, Giselle dirigió su mano derecha hacia su rostro, mordiéndose ligeramente su dedo índice para adoptar una postura de provocación, muy a propósito.

Estaba segura de que Nicole había visto todo, incluido cómo se había retirado su ropa interior, y de seguro se daba una idea muy clara de lo que Bárbara estaba haciéndole debajo de su vestido.

Quería asegurarse de que su expresión le transmitiera claramente el placer que estaba sintiendo en esos momentos, hasta que quizás llegara a sentir un poco de ello.

Y es que en verdad Bárbara era buena cuando se trataba de usar su lengua ahí abajo; mucho mejor que ella, incluso.

—Sí… lo haces delicioso… —murmuró Giselle despacio. Colocó entonces ambas manos contra el barandal, que se encontraba justo detrás de la silla, inclinando un poco su cuerpo hacia delante. Sus cabellos cayeron al frente como una cortina oscura—. Sí, así… así… no te detengas. Ni se te ocurra…

Un intenso gemido interrumpió sus palabras, y volvió a morderse un dedo en un intento de mitigar su voz, aunque no pudo evitar igualmente chuparlo y lamerlo un poco. Su cuerpo reaccionaba solo sin que ella tuviera mucha decisión en ello.

De pronto, sintió que algo más se movía ahí abajo, además de aquella húmeda y cálida lengua.

Un par de los dedos de Bárbara se abrieron paso dentro de ella.

Para ese momento, ya estaba tan húmeda que ambos se deslizaron con facilidad.

Y, entonces, su amiga aplicó su técnica mortal: mientras continuaba lamiéndole y succionándole su clítoris con rapidez, sus delgados dedos comenzaron a moverse dentro de ella, estimulándola en ambos sitios en perfecta sincronía.

—¡No… hagas eso…! —soltó Giselle con un alarido casi doloroso. Su cuerpo se inclinó por completo, quedando su frente casi pegada al borde del barandal—. Sabes que… cuando haces eso… no me puedo contener…

Por supuesto que Bárbara lo sabía. Y aunque las palabras de Giselle sonaban casi como una queja, era más que evidente que eran todo lo contrario.

Giselle alzó su rostro, volteando a ver a Nicole con una expresión embobada por todas las sensaciones que le recorrían.

Su vecina se estremeció cuando sus ojos se encontraron de nuevo.

Y Giselle quería que se quedaran así. Quería que esa chica viera su rostro en el momento justo en el que, irremediablemente, llegara al final…

En los últimos segundos, el cuerpo de Giselle se estremeció y su voz aumentó de volumen, aunque aún en niveles adecuados para no despertar a todo el edificio.

Cuando ese anhelado y rápido clímax le recorrió al fin el cuerpo, su cadera se agitó contra el rostro de Bárbara, casi restregándose contra él.

Sus dedos arañaron la superficie del barandal.

Y sus ojos, por supuesto, estuvieron todo el tiempo atentos en su espectadora oculta.

Sus piernas cedieron y se dejó caer de sentón sobre las piernas de Bárbara. Recostó por completo su rostro contra el pecho de su amiga, respirando y temblando con agitación.

—Wow —exclamó Bárbara, maravillada—. Me empapaste toda la cara —indicó justo después.

Giselle alzó su mirada solo un poco hacia su rostro y notó cómo, en efecto, este brillaba, impregnado con su esencia. Bárbara recorrió sus dedos por su cara, limpiándose un poco, y, luego, llevó esos dedos a su boca, comenzando a lamerlos.

—Eres una degenerada…

En sus ojos esmeralda, Giselle notó todo el anhelo que le invadía en esos momentos. Resultaba bastante embriagador.

—Lo siento. Déjame ayudarte con eso —murmuró Giselle, con voz lasciva, y se aproximó a ella, comenzando a recorrer su lengua por sus mejillas y labios, limpiando un poco el desastre que había hecho… o, al menos, fingiendo que eso era lo que hacía.

Aquello se convirtió irremediablemente en otro beso desbordado de deseo, al igual que los anteriores, o incluso más.

—Ya me dio frío —dijo Bárbara una vez que se separaron—. Mejor entremos.

—¿Frío? Si yo estoy que ardo…

—Entonces refresquémonos un poco en tu regadera, ¿sí? Valdrá la pena, te lo prometo.

Giselle no tenía cómo negarse a una proposición tan tentadora como esa. Parecía que tendría que dejar su espectáculo de esa noche hasta ahí.

Ambas se pararon de la silla y comenzaron a caminar a la puerta, muy pegadas la una a la otra. Giselle miró por un instante de nuevo al otro balcón. Las cortinas aún se movían un poco por el movimiento reciente, pero ya no había rastro de Nicole.

Pensó si acaso sería buena idea comentarle a Bárbara que habían tenido una espía. Quizás lo haría una vez que terminara la noche, para así no romperle el buen humor.

Ambas entraron de regreso al departamento, cerraron la puerta del balcón y se dirigieron juntas a la regadera.

Cuando Nicole tuvo la suficiente fuerza de voluntad para cerrar la cortina y dejar de ver aquello… ni siquiera se tomó la molestia de cuestionarse por qué no lo había hecho antes.

Sentía claramente la temperatura de su cuerpo elevada y un cosquilleo que le corría por la piel en varias partes.

Se sentía perdida, como si su mente divagara y flotara en otro lado, y que solo su cuerpo estuviera ahí, caminando sin ningún rumbo específico.

Cuando logró reaccionar y ser consciente de lo que hacía, ya se encontraba sentada en el sillón, con su vista puesta en la pared de enfrente.

Colocó una mano en su pecho y pudo sentir su corazón latiendo acelerado, casi como si hubiera subido las escaleras a pie.

Y se preguntó entonces si, al igual que aquella vez, ahí abajo se encontraba en el mismo estado…

A pesar de que ya presentía la respuesta, eso no evitó que se desabotonara el botón de sus pantalones cortos, y, al igual que la otra noche, introdujera sus dedos en su ropa interior.

Pero esta ocasión sí fue un poco distinta, pues, una vez que sus dedos estuvieron en posición y verificó que, en efecto, había tenido una reacción, no los retiró rápidamente.

Sus dedos permanecieron en su posición, e incluso comenzaron a moverse con lentitud, dibujando pequeños círculos en torno a los pliegues de su entrada y rozando también ese pequeño botón de placer sobre ellos.

Sus movimientos, poco a poco, se volvieron más osados. Fue cada vez más evidente su verdadera intención, aunque ella, en un inicio, se lo negara a sí misma.

Se dejó caer hacia un lado, terminando recostada sobre su costado en el sillón.

Sus dedos siguieron jugueteando, moviéndose cada vez con mayor rapidez.

En un determinado momento, dejó al fin de lado las apariencias y, con algo de desesperación, se bajó sus shorts y pantaletas hasta las rodillas.

Se giró, quedando boca abajo, aunque con su cadera alzada, apuntando hacia las puertas del balcón.

Si no fuera por las cortinas, quizás alguien podría ver mucho más de lo que se esperaba.

Sus dedos comenzaron a moverse rápidamente contra su sexo mientras tenía el rostro contra el sillón, llegando en ocasiones a morder el material de este, o, incluso, babear un poco, sin que pudiera controlarlo.

Siguió y siguió estimulándose en esa área tan sensible, volviéndose un poco violenta con sus movimientos en algún momento.

Y no se contuvo o detuvo hasta que llegó al final.

Y, en todo el tiempo que duró aquello, lo único que tuvo en su mente fue la imagen lasciva de Giselle, observándola mientras se corría en el rostro de aquella otra desconocida…