La chica del otro balcón Capítulo 7
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Capítulo 7

E sa noche, Nicole llegó a su edificio con bastante buen humor.

Incluso, se le había olvidado moverse sigilosa y discreta como los días anteriores, temerosa de cruzarse con «esa» persona.

De hecho, no había pensado en la exhibicionista de Giselle (seguía sin recordar su apellido) durante gran parte de ese día, y eso era más que excelente.

Igual, no se la cruzó. Y lo peor que le pasó fue que se le cayeron las llaves cuando ya estaba frente a su puerta, pero eso no bastó para cambiarle el ánimo.

Cuando recién iba entrando a su departamento, cargando en un brazo una caja de papas y nuggets de pollo, escuchó su teléfono sonar con la notificación de que había recibido un mensaje.

De hecho, dos. Dejó la comida en la mesa unos momentos y revisó su celular.

Se sorprendió un poco al ver que eran de Jaime:

Jaime: Lo hiciste bien hoy

Jaime: Intentaré buscar más excusas para sacarte al campo. ¿Okay?

Una pequeña y casi inocente sonrisita de alegría se dibujó en los labios de Nicole.

Dejó el teléfono de lado un momento y se dispuso a sentarse en la mesa para comer sus nuggets , prometiéndose que la próxima semana comenzaría a comer mejor (y quizás sabiendo en el fondo que no lo cumpliría por completo).

No se había sentado del todo cuando algo llamó su atención.

Un sonido lejano y opacado que apenas y le llegaba, y que Nicole identificó tras unos segundos como… ¿risas?

Viró su rostro lentamente hacia las cortinas del balcón. Las risas venían justo de afuera, y eran de, al menos, dos personas.

—No puede ser —murmuró despacio, con cierta amargura.

Resopló y se sentó por completo, comenzando a abrir rápidamente la caja de nuggets para, al fin, comer e intentar ignorar lo que fuera que estuviera ocurriendo allá afuera. Si acaso fuera tan sencillo…

Las risas y murmullos continuaron, y, en un momento, la voz de alguien se alzó un poco de más, sobresaliendo y haciendo que Nicole saltara de su silla. Dentro de su ya casi paranoia, aquello le había sonado muy similar a todos esos gemidos y casi gritos que había tenido que oír la otra ocasión.

«Basta de esto» se dijo a sí misma, parándose rápidamente de su silla. «Solo miraré un poco y si están haciendo eso de nuevo… saldré, les gritaré… y les exigiré que se comporten. ¡Porque este es un sitio decente! Sí, eso haré…».

La voz que había hablado en su cabeza sonaba más a la de su madre que la suya, pero de momento le servía para mantener su determinación.

Avanzó apresurada a la cortina. Acercó una mano hacia ella, pero esta se mantuvo suspendida en su lugar, sin decidirse del todo a tomarla.

Vaciló unos segundos; pero, al final, logró reaccionar y hacer la cortina solo un poco a un lado.

Se tuvo que mover hacia un costado para estar en el ángulo correcto para poder mirar en dirección al otro balcón.

En efecto, había dos personas ahí, de pie, casi pegadas al barandal de su lado. Estaban abrazadas, al parecer besándose. Una de ellas era claramente Giselle, y la otra… era una mujer alta, de cabello largo y rubio, muy brillante.

Nicole llevó ambas manos a su boca, ahogando con ellas un pequeño gritillo de asombro.

«¡Cielo santo!», pensó atónita. «¡Ni siquiera es la misma chica de la otra noche!».

Luego de la movida noche que había tenido el lunes pasado, Giselle no esperaba visitas esa noche de jueves.

Sus planes, de hecho, consistían principalmente en sentarse en el restirador de su cuarto y adelantar un poco de trabajo antes de la revisión que tenía mañana.

Sin embargo, su noche dio un giro cerca de las siete, cuando recibió un par de mensajes prometedores de su buena amiga, Bárbara.

Estos no eran muy largos, pero, tan cortos como eran, decían lo suficiente:

Bárbara: Voy terminando con unos clientes cerca de tu casa.

Bárbara: ¿Te apetece que pase a visitarte?

Giselle sonrió divertida. Conocía muy bien en qué consistían las «visitas» de Bárbara… muy bien. Y aunque el trabajo delante de ella le susurraba que no debía, una parte más importante de sí misma la motivó a responderle:

Giselle: Claro, aquí te espero.

Seguida justo después con un expresivo emoticono de guiño. Si fuera cualquier otra chica, posiblemente hubiera movido esa «visita» para el fin de semana. Pero, tratándose de Bárbara, podía hacer una excepción, pues ella era un caso especial.

Bárbara se presentó en su puerta unos veinte minutos después, con una botella de vino blanco sin abrir en las manos.

—Tu tributo favorito, ¿o no? —indicó Bárbara con voz socarrona, extendiendo la botella hacia ella.

—Me conoces bien —respondió Giselle complacida, aceptando el regalo y haciéndose a un lado para que su visita pasara.

Bárbara era una mujer rubia a un paso de sus treinta, alta y con un cuerpo despampanante, resaltando en especial su muy generoso busto y sus anchas caderas.

Ambas se conocían desde hacía ya varios años, prácticamente desde el primer día en que Giselle se mudó a Nueva Scintia.

De hecho, Bárbara había sido la agente de bienes raíces que le había conseguido ese bonito departamento.

También había sido su «primera vez»… pero esa es otra historia.

Justo cuando Giselle cerró la puerta, Bárbara prácticamente se le lanzó encima, colocándola contra la puerta y dándole un beso aún más súbito que el que ella misma le había entregado a Judith noches atrás, aunque Giselle supo mejor cómo manejarlo.

Ambas mujeres rozaron los labios de la otra con una agresividad un poco impropia, pero no desagradable.

—Casi me haces tirar el vino —comentó Giselle con (falso) tono de regaño.

Bárbara rio, sacando un poco su lengua de forma juguetona.

—Lo siento, es que hace mucho que no probaba esos lindos labios —señaló la mujer rubia, atreviéndose a colocar un dedo sobre la boca de su anfitriona. Esta, por instinto, lo besó suavemente.

—Déjame al menos probarlo antes de que lo derramemos.

Se forzaron a separarse y Giselle se fue, casi de puntillas, a la cocina para destapar la botella.

Bárbara dejó su bolso en el perchero a un lado de la puerta, al igual que el pequeño saco negro de su traje.

Debajo usaba una blusa blanca sin mangas, que, al parecer, apretaba un poco sus pechos.

Se encaminó después a la sala, poniéndose cómoda en el sillón más grande.

Desde ahí podía ver a Giselle, moviéndose en la cocina.

Ya había destapado el corcho de la botella, y, mientras lo dejaba respirar un poco, buscaba dos copas en los estantes de la cocina.

—No esperaba visitas hoy —comentó Giselle—, y menos a ti.

—¿Por qué lo dices de esa forma? —musitó Bárbara, fingiéndose ofendida—. Suena a recriminación. ¿Acaso te he dejado olvidada y sola demasiado tiempo?

—Únicamente olvidada, diría yo —respondió Giselle, llenando en ese momento ambas copas hasta la mitad—. Pero sola nunca estoy del todo, en realidad.

—Eso he oído…

—Eso sí sonó a una recriminación —masculló Giselle divertida, saliendo de la cocina y aproximándosele con una copa en cada mano—. ¿Celosa, acaso?

—Claro que no —respondió Bárbara risueña, y tomó sin mucha vacilación una de las dos copas—. De hecho, ¿hay alguna aventurilla nueva de la que me quieras contar? —inquirió con voz de complicidad, mientras tomaba un sorbo de vino—. Sabes que me encanta oír tus relatos eróticos.

—¿A eso vienes aquí? ¿A que te cuente «relatos»?

—Y a otras cosas, claro…

Giselle se acomodó en el sillón al lado de Bárbara, muy cerca de ella.

Y entre trago y trago de vino, le contó acerca de la agradable Judith, aunque omitiendo su nombre.

Le habló sobre cómo la había conocido en el bar de la otra calle, que le había dicho que le gustaría ser un poco más «atrevida», y cómo con discretas (o quizás no tanto) insinuaciones la había convencido de venir a su departamento con el fin de ver qué podían hacer para cumplir ese deseo.

Y, en efecto, a Giselle se le había ocurrido una idea:

—¿En el balcón? —espetó Bárbara, asombrada, cuando la historia de Giselle llegó a ese punto—. No sabía que tenías esos gustos.

—No sé —le respondió Giselle, encogiéndose de hombros—. Por ahora creo que lo llamaría más un pequeño experimento que un gusto.

Giselle se arrimó un poco más a su visita en cuanto su relato entró a la parte más interesante.

Comenzó a describirle con bastante lujo de detalles todo lo ocurrido en el balcón, y, por supuesto, todo lo que habían hecho después, justo en ese mismo sillón en el que estaban sentadas.

Mientras lo hacía, recorrió sugerentemente su mano de arriba abajo sobre el muslo de Bárbara, causándole unas agradables cosquillas.

El rostro de la agente de bienes raíces se había ruborizado y, su respiración, agitado un poco. La cercanía de la Giselle, el vino, y sobre todo la manera en que le susurraba todas esas descripciones picantes tan cerca de su oído, terminaron irremediablemente por calentarla demasiado.

En un momento, Giselle le retiró la copa de las manos y colocó ambas, ya casi terminadas, sobre la mesita de centro, para así darles más libertad de movimiento.

Apretó su cuerpo contra el costado de Bárbara y esta, por mero reflejo, se inclinó hacia atrás, quedando a un paso de estar por completo recostada y con Giselle prácticamente sobre ella.

Las manos de Giselle se volvieron más audaces, comenzando a subir por el cuerpo de la mujer rubia, acariciando, en especial por encima de su blusa, ese par de pechos que tanto le gustaban.

Con su boca casi pegada a su lóbulo, continuó relatando, atreviéndose incluso a mordérselo levemente, provocándole un pequeño espasmo:

—¿Y nadie las vio? —preguntó Bárbara de pronto, suspirando.

—¿Cómo dices?

—En el balcón… ¿Nadie las descubrió en el acto?

Ante esa pregunta, Giselle solo sonrió con un gesto parecido al de una niña que recuerda alguna travesura que no está del todo dispuesta a compartir.

Y, casi como si hubiera sido invocada por su pensamiento, un sonido desde la dirección de su puerta llamó su atención: el tintineo de llaves, incluyendo el de estas cayendo al suelo, y, luego, una puerta abriéndose.

Pero dicho sonido venía en realidad del departamento de al lado, en donde vivía justo la persona en la que estaba pensando.

Una idea traviesa le cruzó por la mente en ese momento. Pero ¿sería adecuada?

—No, nadie nos vio —mintió Giselle, separándose lentamente de ella—. Pero eso podría cambiar…

Se paró en ese momento del sillón y, una vez de pie, le extendió una mano para ayudarla a levantarse. Ese gesto, y la mirada pícara en su rostro, fueron suficientes para que Bárbara se diera una idea de lo que se proponía.

—¿Hablas en serio? —susurró la mujer rubia, despacio.

—¿Acaso te da miedo? —le cuestionó Giselle, con tono retador.

Bárbara sonrió, al parecer más complacida que molesta por la provocación.

—¿Parezco alguien que se asusta tan fácilmente? —le respondió con firmeza, aceptando su mano y parándose también.