La chica del otro balcón Capítulo 5
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Capítulo 5

G iselle Leblanch y su acompañante, cuyo nombre le había dicho que era Judith, en efecto, no se habían percatado en lo absoluto de la presencia de Nicole en el otro balcón.

No porque la nueva vecina de Giselle fuera precisamente una maestra del escondite, sino porque, en ese punto, ambas estaban ya demasiado enfocadas en lo que hacían y sentían, y bastante menos en lo que las rodeaba.

Algo peligroso, considerando el sitio que habían elegido para comenzar su noche juntas, pero que, de cierta forma, ayudó a aumentar su excitación a niveles que ninguna había previsto, ni siquiera la propia Giselle, quien lo había sugerido.

—Será mejor que regules tu voz —le susurró Giselle, apenas separándose lo necesario de su área de trabajo para poder hablar. Su rostro se encontraba húmedo y brillaba un poco con la escasa luz que las acompañaba ahí afuera.

—Qué fácil para ti… decirlo… —murmuró Judith, y, luego, se tapó su boca con una mano, intentando ahogar su voz.

Llevó la otra hacia Giselle, aferrando sus dedos a sus cabellos oscuros de una forma que resultaba casi dolorosa, aunque a ella no le importunó en lo absoluto; si acaso, más bien lo contrario.

Giselle la sujetó de los muslos con ambas manos y volvió a hundir su rostro más contra ella, acelerando un poco el ritmo de su lengua para tantear la reacción de Judith.

Esta resultó bastante favorable. Los íntimos y profundos recorridos de su lengua continuaron sin descanso, uno tras otro.

Con cada segundo que pasaba, las piernas de Judith temblaban un poco más y sus dedos se apretaban con fuerza a los cabellos de Giselle.

Los gemidos de Judith pudieron ser opacados por su propia mano, pero no del todo.

—Espera. Si sigues más, ya no podré… —musitó Judith entre jadeos, mordiéndose justo después uno de sus dedos.

—¿Quieres que me detenga? —susurró Giselle sobre su muslo derecho, llegando también a darle un par de besos juguetones sobre su piel, que le causaron a Judith un par de respingos por las cosquillas.

Judith dudó, desviando su mirada hacia otro lado.

Siguió mordiéndose su dedo, quizás con más fuerza de la debida, y, luego, su labio inferior.

Mientras aguardaba su respuesta, Giselle exhalaba lentamente su aliento sobre el área, húmeda y sensible, entre sus piernas, y esa sensación no le hacía más fácil poder pensar:

—Al demonio, ¡haz lo que quieras! —soltó Judith de golpe, y, con ambas manos, prácticamente empujó el rostro de Giselle contra su sexo.

Esta se sorprendió un poco al principio por el repentino cambio, pero no tardó en aceptarlo y acomodarse.

—Lámeme más, más fuerte. ¡Cómemelo con tanta fuerza que todo este maldito edificio me oiga gritar!

Giselle la escuchó e hizo justo lo que le pidió. Hundió por completo su rostro contra ella y aceleró el movimiento de sus lamidas, justo y como el cuerpo de su compañera parecía pedírselo.

Judith comenzó a retorcerse, a arquear su espalda sobre el barandal, hasta que su cabeza prácticamente quedó suspendida sobre el asfalto, varios metros más abajo.

Con una mano siguió sosteniendo la cabeza de Giselle contra ella, casi como si temiera que pudiera ocurrírsele apartarse.

Y la otra comenzó a recorrerla sobre su propio torso, acariciándose su vientre y, sobre todo, sus pechos por encima de la playera, incluso levantándola un poco y dejando a la vista parte de su piel, y un muy sexy tatuaje de un dragón en su vientre.

Y, justo como lo había advertido, empezó a soltar fuertes e intensos alaridos al aire, a los que no les faltaba casi nada para ser considerados gritos de dolor.

Ya a esas alturas se le había olvidado por completo la posibilidad de que alguien la escuchara o la viera.

Había llegado a un punto de no retorno y lo único en lo que podía poner su vista era en la meta.

Todo esto a Giselle le encendía bastante…

—Sí, así… ¡Así! No pares, no pares… ¡No pares! —gemía Judith, con su cabeza hacia atrás y sus ojos cerrados. Un poco de saliva escurrió por la comisura de su boca.

Giselle no se detuvo, ni aceleró o ralentizó su lengua. Siguió con el movimiento justo y preciso, recorriendo los puntos exactos, y deleitándose con cómo esa pequeña y cálida fuente se iba humedeciendo más y más, impregnándola enteramente con su sabor y su olor.

—¡Oh…! ¡Oh, mi Dios! ¡Oh, Dios mío, sí! ¡Ya casi! ¡Ya casiii…!

Judith apretó tan fuerte los cabellos de Giselle que casi parecía que le fuera a arrancar un mechón, y jaló enteramente su rostro contra ella.

Giselle sintió que se asfixiaba un poco por esos segundos, pero lo resistió.

Se concentró más en los fuertes espasmos que recorrían el cuerpo de la chica mientras ese delicioso orgasmo la sacudía de pies a cabeza.

Su voz llegó al punto más alto justo en ese momento, y, poco a poco, fue bajando, hasta que de sus gritos y gemidos quedaron solo su profunda y casi carrasposa respiración.

Cuando Judith se relajó, Giselle pudo hacerse para atrás, sentándose por completo en el piso.

Respiró profundamente, intentando recuperar el aliento luego de ese pequeño sofoco, y, claro, luego de tan extenuante ejercicio oral.

Las piernas de Judith le temblaron y comenzó a deslizarse con lentitud por el muro del barandal, hasta quedar con sus nalgas desnudas contra el frío piso.

Por la posición de su pantalón, oprimiéndole las piernas, no podía acomodarse del todo bien.

Con el aliento recuperado, Giselle se inclinó sobre ella, apoyando una mano en la barda y otra más en el suelo.

—¿Estás bi…?

Ahora fue Giselle la interrumpida, pues Judith salió repentinamente de su embelesamiento y se inclinó hacia ella, tomándola del rostro para plantarle un intenso y casi desesperado beso en los labios.

No pareció importarle en lo absoluto su propio sabor en los labios y lengua de su anfitriona, y mucho menos el arruinar lo que quedaba de su maquillaje.

—Eres increíble… —masculló Judith, separándose solo unos milímetros de su boca, apenas logrando hablar por las agitadas inhalaciones en las que se había convertido su respiración.

—Tú tampoco estás nada mala —le respondió Giselle de forma juguetona. Le pasó entonces sus dedos por su frente para acomodarle su fleco de una forma que resultaba casi dulce.

Se puso en ese momento de pie y extendió su mano hacia su compañera para ayudarla a levantarse. Esta, sin embargo, al parecer necesitaba unos momentos más para intentar recuperarse.

Giselle sonrió, divertida y quizás un poco satisfecha.

Se viró sutilmente hacia atrás, colocando uno de sus mechones detrás de su oreja.

Al girarse solo un poco, por el rabillo del ojo le pareció notar algo: un pequeño manchón castaño rubio, moviéndose en el otro balcón y desapareciendo de forma abrupta de su vista tan rápido como había aparecido.

—¿Eh? —murmuró despacio, un poco extrañada.

«¡Oh, Dios!», pensó Nicole, totalmente alarmada, estando una vez más agachada tras la efímera seguridad de su barandal. Era probable que no hubiera comprendido hasta ese momento lo que en realidad era eso que algunos nombraban como un «grito interno».

La había visto. Estaba segura de que Giselle la había visto. O, al menos, «casi» segura.

«¡Estúpida!, ¡estúpida!», se repetía en su mente, con deseos internos de darse unos cuantos zapes a sí misma. «¡¿Por qué no te fuiste cuando tuviste la oportunidad?! ¡¿Por qué te quedaste viendo?!».

Aquellas eran preguntas válidas a las que, de hecho, no tenía una respuesta clara. Ni siquiera se había dado cuenta de que se había quedado ahí mirando todo aquello, tan embelesada e inconsciente del paso del tiempo como si fuera la escena de alguna… ¿película?

Aguardó ahí, prácticamente tirada en el suelo, con los latidos de su corazón ahogándole la garganta, y rogando que en verdad no la hubieran notado, o no lo suficiente como para que alguna se acercara y se asomara en su dirección.

—Ya fue suficiente riesgo por hoy —escuchó murmurar a la desconocida, al parecer mientras se acomodaba de nuevo su pantalón por el tintineo de su cinturón—. Sigamos adentro, por favor…

—Como quieras —le respondió Giselle.

Nicole se fue, sintiéndose, poco a poco, más aliviada conforme escuchaba el sonido de sus pasos, alejándose en dirección a la puerta.

Hubo un momento en el que pasaron tan cerca de donde ella estaba que, inconscientemente, pegó más su cuerpo contra la barda, en un intento de ocultarse aún más.

Los pasos, por suerte, pasaron de largo y le siguieron el sonido de la puerta de cristal abriéndose de nuevo, y, después, el silencio.

Permaneció ahí tirada unos segundos más, solo para asegurarse de que no hubiera ningún otro movimiento o sonido.

Cuando se sintió lo suficientemente segura, comenzó a levantarse de manera lenta, apoyándose primero en sus manos y rodillas, y, luego, parándose con sus manos en el borde del barandal.

Se paró derecha, alzó su rostro y… se encontró casi de frente con unos penetrantes ojos azules, mirándola desde el otro balcón.

Nicole contuvo un pequeño grito de asombro, que salió más que nada como un ligero quejido.

Por un momento creyó que aquello era su imaginación; pero, por supuesto, no lo era.

Giselle estaba apoyada con sus manos contra la barda de su barandal, inclinada un poco al frente, con una sonrisilla juguetona y una mirada que exclamaba, con toda claridad, un «Te atrapé».

Nicole se quedó paralizada en su sitio, incapaz de reaccionar.

Abrió la boca con la intención de explicarse (aunque en realidad no sabía qué explicación daría exactamente), pero su lengua se trabó y lo único que logró emitir fueron unos escasos balbuceos.

Antes de que pudiera darle forma a al menos una palabra concreta, Giselle alzó un dedo y lo colocó sobre sus labios, haciendo con ello un coqueto gesto para indicarle que guardara silencio. Nicole obedeció sin chistar.

—¿Qué haces aún afuera? —cuestionó la voz de la otra chica desde el interior del departamento.

—Ya voy —pronunció Giselle en alto para que pudiera escucharla. Se alejó entonces del barandal y comenzó a caminar hacia la puerta—. Ponte cómoda… —Hizo una pequeña pausa, estando ya de pie en la puerta, y una sonrisita traviesa se dibujó en sus labios—. Veo que ya lo hiciste…

Se metió por completo y cerró la puerta detrás de ella. Se viró una última vez hacia Nicole, mirándola a través del vidrio de la puerta. Le guiñó un ojo en gesto de complicidad, y, luego, corrió por completo las cortinas, ocultándose de su mirada.

Incluso cuando ya estuvo sola, Nicole no fue capaz de reaccionar de inmediato.

Permaneció de pie, mirando hacia el otro balcón, ahora solo, como si esperara que en cualquier momento algo más ocurriera.

Cuando fue claro que eso no pasaría, sus pies comenzaron a arrastrarse en dirección al interior.

Al principio fueron movimientos lentos y sigilosos, como si temiera molestar a alguna fiera invisible.

Pero, ya estando justo frente al marco, aceleró de golpe, casi saltando hacia adentro y cerrando la puerta con tanta fuerza que, por un momento, creyó que el vidrio se rompería.

Recorrió la cortina por completo para ocultarse detrás de ella, y solo hasta entonces se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración, y comenzó a inhalar y exhalar con desesperación.

¿Qué rayos había sido todo eso? ¿Qué se proponía esa chica? ¿Sabía desde el inicio que estaba ahí o lo descubrió apenas al final? ¿Y por qué no le dijo nada?

Nicole avanzó lentamente por la sala, sintiendo sus piernas casi como gelatina. Se sentó en el antebrazo del sillón y comenzó a respirar, poco a poco, con más calma, intentando sosegarse y despejar sus ideas.

Una vez que las cosas se calmaron, comenzó a ser más consciente de su cuerpo y de las sensaciones que le recorrían. Eso incluía su pecho, hinchándose y contrayéndose; los intensos latidos de su corazón, y un inusual cosquilleo… llamando su atención entre sus piernas.

Nicole se sintió algo alarmada por esto último.

Se paró con cuidado de su asiento y, casi como si tuviera miedo, se abrió el botón y el cierre de su pantalón, solo lo suficiente para poder introducir sus dedos debajo de la tela negra de su ropa interior y tocar con discreción esa área, que cosquilleaba.

Aunque sabía con anticipación lo que ahí se encontraría, igual el descubrimiento le resultó impactante…

«No puede ser. ¿Acaso… ver eso… me…?», pensó perpleja, y rápidamente alejó su mano, casi como si algo la hubiera quemado. Echó un vistazo veloz a sus dedos, los cuales, en efecto, se encontraban húmedos y brillosos.

Agitó su cabeza con rapidez y se dijo a sí misma que eso era solo una reacción normal debido a la situación tan atípica. Que, de seguro, cualquier persona hubiera reaccionado igual.

Decidió dejar eso a un lado y concentrarse en otra cosa. En cenar, por ejemplo, pues su pollo frito quizás ya se había enfriado para ese entonces. Y debía también mandar la foto a su madre, como había planeado en un inicio.

Debía olvidar ese incidente tan penoso a como diera lugar…

Pero no resultaría tan sencillo.