Capítulo 4
N icole esperaba que su primer día de trabajo fuera tranquilo, y en general lo fue.
Sin embargo, también resultó un tanto cansado mentalmente.
De entrada, no había considerado que una jornada de ocho horas, más una de comida y una más en el transporte público de ida y vuelta, le resultaría tan agotadora como terminó siéndolo.
Al menos en la escuela tenía unos minutos entre clase y clase para despejar su mente, pero aquí pareciera que la gente esperaba que siempre estuviera haciendo algo de provecho, a cada minuto.
Sin embargo, lo más agotador fue tener que conocer a tanta gente nueva, tratar de memorizar cuáles eran sus nombres, sus puestos y escritorios, e intentar, encima de todo, mantener su sonrisa jovial y amistosa a cada momento.
Estaba, además, segura de que muchas de esas personas hacían lo mismo, pues no creía que en realidad estuvieran del todo interesados en interrumpir su trabajo para conocer a la nueva interna, llegada de una ciudad de la que quizás nunca habían oído hablar.
Las únicas personas con las que llegó a sentirse verdaderamente cómoda fueron Jaime y Ruby; aunque eso por sí solo era, de hecho, bastante ganancia.
Nicole nunca había sido una persona muy social.
Casi todos los amigos cercanos que había tenido los había conocido por medio de Derek, su exnovio.
Y aunque ninguno lo había dicho abiertamente, Nicole tenía el presentimiento de que habían acordado entre ellos para ponerse del lado de él tras su repentino rompimiento, como si ella fuera la mala de la historia.
Quizás fue en parte por eso que no le dolió tanto dejar su ciudad y lanzarse a esa nueva aventura.
Y de verdad que era una aventura para ella.
Antes de eso había sido solo una niña de casa, siempre al cuidado de sus padres.
Y, durante los últimos años, su único plan tangible a corto plazo parecía ser casarse con Derek, quien había sido, hasta entonces, su único novio, y pasar del cuidado de sus padres al cuidado de este.
Pero había terminado, saltándose por completo dicho plan.
En cuestión de unos cuantos días, se había mudado sola por primera vez, a una ciudad de la que solo había escuchado su nombre, para ya no ser una estudiante, sino una profesional y para tener que sostenerse enteramente por sus propios pies.
Si el tener que convertirse, de la noche a la mañana, en una adulta funcional no era una aventura, no sabía qué podía serlo.
—Ya llegué —murmuró con fuerza al entrar a su departamento vacío y oscuro, sin ningún motivo aparente, más allá de querer hacerlo.
«Quizás deba conseguirme al menos un gato», pensó para sí misma, aunque la idea no ocuparía demasiado su mente.
Encendió la luz y cerró la puerta detrás de ella. Recorrió su mirada por la sala de estar y la cocina, sintiendo todo ese sitio aún ajeno, a pesar de que ya era su segundo día ahí. Esperaba que esa sensación fuera desapareciendo con el tiempo.
Se adentró más, retirándose su mochila y bolso, y dejó ambos sobre uno de los sillones de la sala.
Luego dejó, sobre la barra de la cocina, la bolsa con la comida que acababa de comprar para cenar: un poco de pollo frito de un local cerca del edificio, que, al menos de olfato, parecía que estaba bueno.
De momento no tenía mucha hambre, en realidad.
De lo que tenía más ganas era de ella misma tirarse en un sillón y quedarse ahí por, al menos, una hora.
A su cansancio del primer día, había que sumarle el de su viaje y mudanza apresurada del día anterior, así que bien estaría justificada si lo hacía.
Sin embargo, antes de hacer realidad su deseo, su mirada se desvió momentáneamente hacia las puertas del balcón, escondidas tras las mismas cortinas color gris.
«¿Cómo se verá la ciudad de noche?», se preguntó a sí misma, curiosa.
Ayer había estado tan cansada, luego de desempacar, que se fue directo a la cama, sin que le cruzara por la cabeza echar un vistazo.
Quizás, en lugar de tirarse en el sillón, podía sentarse un rato en el balcón.
De seguro la vista y la brisa fresca de la noche temprana le resultarían más reconfortantes.
Abrió las cortinas por completo y salió al balcón, cerrando con cuidado la puerta de cristal detrás de ella.
No le sorprendió mucho no ver demasiadas estrellas en el cielo; ya le habían dicho con anticipación que la luz de las grandes ciudades solía tener ese efecto.
Pero eso no significaba que la vista no tuviera su encanto.
Las luces de los edificios, las calles y los vehículos eran como pequeñas estrellas artificiales, algunas incluso en movimiento.
Nicole se sentó en una de las sillas plegables, estirando por completo sus pies al frente mientras miraba atenta al horizonte, y sentía la brisa en el rostro. En efecto, eso resultaba mucho más agradable que estar dentro.
Tras unos minutos de estar ahí sentada, simplemente dejando que el cansancio se escurriera de su cuerpo, se le ocurrió la idea de tomar una foto y mandarla a sus padres. De seguro les gustaría.
Se paró justo delante del barandal y alzó su celular, apuntando directo a la vista de la ciudad. Tomó varias desde diferentes ángulos. Una de ellas le parecía que podía incluso usarla como su portada en redes sociales, aunque le preocupaba un poco el ser demasiado cliché.
Se giró y se alejó unos pasos del barandal mientras enviaba las fotos.
Primero a su padre, saliendo todo bien. Cuando estaba por abrir la conversación con su madre, un fuerte pitido, seguido de un rechinido proveniente de la calle, la distrajo un poco; lo suficiente para que sus dedos torpes le fallaran y su celular se resbalara de sus manos y cayera boca abajo en el suelo, a sus pies.
—Maldición —soltó en voz baja con molestia.
Ya había perdido al menos dos celulares por incidentes como ese, y no le pagarían hasta el final de la siguiente semana como para poder darse el lujo de comprarse otro.
Al menos no se le había caído por el balcón a la calle mientras tomaba la foto. Eso sí hubiera sido un desastre.
Se agachó para recogerlo, temiendo encontrarse con la pantalla totalmente rota. Aun de rodillas en el suelo, lo giró y… El daño, por suerte, no se veía tan grave; solo una pequeña rajada en una esquina, apenas apreciable. Eso la hizo respirar con alivio.
Escuchó entonces el distintivo sonido que hacían las puertas de cristal deslizándose. Pero no había sido en su terraza, sino en la de al lado.
—¿Al balcón? —escuchó que murmuraba una voz en la otra terraza, la voz de una mujer—. ¿Para qué quieres ir al balcón?
—¿No quieres ver la vista? —le respondió alguien más, con tono juguetón—. Es hermosa.
La segunda persona le sonaba a Nicole que podía ser la chica que conoció el día de ayer. ¿Cómo se llamaba? ¿Giselle?
Por su posición, Nicole había quedado totalmente oculta detrás de las bardas bajas que separaban las dos terrazas contiguas.
Al escuchar aquellas voces, se alzó solo un poco, lo suficiente para ver por encima del barandal en dirección al otro balcón.
Observó con facilidad a las dos personas, mirando en dirección a la ciudad, justo como ella lo había estado haciendo hacía unos momentos.
Aunque desde su posición Nicole miraba más que nada sus espaldas, reconoció a su nueva vecina, la tal Giselle; sus cabellos negros lacios caían libres sobre su espalda.
La otra chica era un poco más baja, delgada y de cabello oscuro y corto.
Usaba un pantalón rojo entallado y una blusa sin mangas color negro, muy juvenil.
Aparentemente, ninguna había reparado en la presencia de Nicole al estar esta agachada cuando salieron, y no sabía bien cómo reaccionar al respecto.
Suponía que lo correcto era salir de su escondite (aunque en realidad no lo era) y saludar, antes de que creyeran que se estaba ocultando por algún motivo. Sí, eso sería lo mejor…
—Bueno, sí… Es bonita —murmuró la chica desconocida mientras observaba al horizonte. Aunque en su voz se podía percibir confusión, e, incluso, un poco de apatía—. Pero pensé que íbamos…
Antes de que la chica pudiera terminar su frase, Giselle se le aproximó abruptamente, y, en un movimiento rápido, la tomó de su cabeza, colocando una mano detrás de esta.
Y sin decir nada, la jaló de golpe hacia ella y le aproximó su rostro, plantándole un sorpresivo beso directo en sus labios pintados de rojo.
La chica desconocida parecía impactada por esto, pero no tanto como lo estaba Nicole…
Aquello la dejó sin aliento, y, por mero reflejo, volvió a agacharse, ocultándose detrás de la seguridad de su barda.
¿Había visto bien? Cuestionárselo resultaba hasta tonto, pues aquello había sido tan claro que no dejaba mucho lugar a error.
Y mientras seguía ahí agachada, podía escuchar los movimientos de ambas, el roce de sus ropas, y, por supuesto, ese inconfundible sonido húmedo y de succión que acompañaba a un apasionado beso.
—¿Qué haces…? —escuchó que murmuró la desconocida en la forma de un profundo suspiro.
De cierta forma, Nicole se hacía la misma pregunta.
—¿Tú qué crees? —le respondió Giselle con tono claramente provocador.
Y, justo después, un gemido intenso surgió de la otra chica, solo unos cuantos niveles por debajo de un grito de sorpresa.
Nicole volvió a alzar la mirada, muy despacio, por encima del borde.
La escena en el otro balcón ahora era ligeramente diferente.
Giselle tenía el rostro hundido contra el cuello de aquella chica, al parecer besándoselo con intensidad.
Pero no solo hacía eso, pues su mano izquierda también estaba posicionada justo sobre uno de sus pechos, acariciándolo por encima de la tela negra de su blusa.
—¿Aquí? —gimió la desconocida, su rostro ruborizado y su mirada perdida en dirección a la vista de la ciudad—. Pero… ¿Y si nos ve alguien?
«¡¿Alguien como yo?!», pensó Nicole, sintiéndolo casi como grito en su propia cabeza.
Notó, justo en ese momento, cómo la desconocida giraba lentamente su rostro en su dirección.
Y, como una vil criminal temerosa de ser descubierta, Nicole de nuevo se agachó para esconderse, casi tirándose pecho a tierra.
—Mira. Están prendidas las luces del otro departamento —escuchó comentar a la chica, ligeramente alarmada.
Nicole miró hacia las puertas de su respectiva terraza. En efecto, se tenía una pequeña vista clara de la sala a través de ellas.
—¿Qué tal si alguien sale?
«¡O si alguien ya está aquí!», volvió a pensar Nicole, ya en esos momentos un poco molesta.
—¿No dijiste que querías conocer a alguien que te ayudara a ser un poco más arriesgada? —le respondió Giselle a su acompañante, un poco satírica—. En comparación con otras cosas en las que pude haber pensado, esto es terreno muy seguro.
—Sé lo que dije, pero…
Su queja fue cortada por un quejido, que, definitivamente, no era de dolor.
La situación se iba tornando más y más rara para Nicole. Y aunque le resultaba justo cuestionarse por qué era ella la que se escondía, si no era la que estaba haciendo algo malo, no le parecía que salir y presentarse justo en ese momento mejoraría las cosas.
Pensó rápidamente si acaso podía gatear hacia su puerta y meterse sin que la vieran. Escabullirse como una criminal al interior de su propio departamento no le apetecía en lo absoluto, pero se le antojó como la mejor alternativa en ese momento.
Un poco resignada y enojada, comenzó a avanzar lentamente hacia las puertas, pegada al suelo. De fondo escuchaba aún la casi pecaminosa sinfonía que formaban los besos y los gemidos de esas dos chicas.
«Las dos son chicas», se dijo a sí misma, casi como si apenas hubiera sido capaz de ser consciente de ese hecho.
No era una ignorante y por supuesto que había escuchado de personas con…
ese tipo de gustos. Pero, a modo personal, nunca había conocido a una.
Y, encima de todo, jamás había estado tan cerca de dos personas, hombres, mujeres o lo que fuera, haciendo ese tipo de cosas, más subidas de tono que un simple beso.
¿Qué más tenían pensado hacer…?
—Eres una atrevida… —suspiró la desconocida entre gemidos.
—Apenas estoy comenzando —soltó Giselle justo después, sonando casi como una amenaza.
De pronto, un curioso tintineo llamó la atención de Nicole, que ella creyó reconocer, aunque…
«¿Acaso…?»
Se alzó una vez más. La desconocida estaba de espaldas contra el barandal, apoyada contra este.
Giselle estaba de rodillas delante de ella, y, justo como Nicole se imaginó, le estaba abriendo el cinturón de su pantalón.
Luego le desabrochó el botón, bajó el cierre, y, por último, tomó el pantalón rojo de la orilla y lo bajó lentamente, con todo y la ropa interior, hasta la mitad de los muslos de la chica desconocida.
Esta la miraba hacia abajo con sus ojos entreabiertos, mientras se mordía su labio inferior. Ya no parecía querer quejarse.
Nicole contuvo el aliento. No podía creer que en verdad estuvieran haciendo algo como eso ahí mismo, prácticamente enfrente de ella… aunque no lo supieran.
«¿Acaso ella va a…?», pensó Nicole, no siendo capaz de siquiera darle forma completa a la idea en su cabeza.
El rostro de Giselle y su oscura cabellera cubrían casi por completo la vista, pero Nicole no tuvo que imaginar demasiado al ver cómo hundía su cara entre los muslos de aquella chica, y esta soltaba un fuerte alarido al aire.
Giselle comenzó a mover su cabeza de arriba abajo, repetidas veces, y cada movimiento provocaba que su acompañante gimiera…