La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 35. Archie
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Capítulo 35. Archie

Archie

El gimnasio es pequeño y funcional, pero no está nada mal para encontrarse en el propio edificio.

Es el típico donde nadie pretende impresionar a nadie; solo sudar y mantenerse en pie.

Rhys y yo comenzamos a calentar en silencio, cruzando algunas frases sueltas sobre ejercicios y estiramientos. Pero al cabo de un rato, él suelta:

—Así que… estás viviendo aquí, con Sara. Nada de ático, ni chófer, ni mayordomo inglés que prepare el té.

—Correcto —respondo mientras levanto las pesas—. Todo eso ha desaparecido.

—¿Y el golf?

—Sigo. Me he inscrito en el torneo por mi cuenta. Mi madre me ayudó con la inscripción. También me matriculé en la universidad. Empiezo mañana.

Rhys silba en voz baja.

—Vaya. Vas en serio.

—Nunca he ido tan en serio en mi vida.

Lo veo detenerse un momento, apoyarse en la máquina más cercana y mirarme de frente.

—Y todo eso… por Sara.

—No solo por ella —respondo sin dudar—. Lo hago por mí. Pero ella me recordó que podía hacerlo. Me hizo ver que no necesito ser el hijo perfecto ni el heredero modelo. Solo tengo que ser yo. Y ya no me interesa seguir el camino que mi padre trazó.

Rhys me observa durante unos segundos, luego asiente con lentitud y extiende la mano.

Se la estrecho con firmeza. No hay necesidad de más palabras.

En ese gesto hay respeto; hay un nuevo tipo de alianza.

Algo limpio y sin segundas intenciones. Pero justo cuando le suelto la mano, Rhys alza una ceja y suelta con esa media sonrisa torcida tan suya:

—Mírate. Sin coche, sin pasta y viviendo en un cuchitril… Ya eres igual de pobre que nosotros. Solo te falta comprar fideos instantáneos y gritarle a la lavadora para que funcione.

Me río, negando con la cabeza.

—Tú estás fatal.

—Yo estoy adaptado a la realidad, que no es lo mismo. Pero tú…, tú te estás reformando. Me gusta.

—¿Reformando? ¿Como si fuera un edificio en ruinas?

—Un castillo abandonado que por fin está siendo útil, sí. Estás haciendo bien las cosas, Archie. No lo estropees.

—Estoy en ello —respondo sonriendo.

—Bueno, venga: piernas. Vamos a ver si aguantas algo sin entrenador de lujo soplándote al oído.

—Eres un cabrón.

—Lo sé. Pero simpático.

Los dos nos echamos a reír y seguimos con la rutina.

Es extraño, pero reconfortante. Nunca pensé que podría encontrar alivio entre máquinas oxidadas y sarcasmos afilados.

Y, sin embargo, aquí estoy. Subimos en el ascensor con el sudor aún pegado a la piel y las piernas medio temblando.

Rhys lleva la camiseta colgada del hombro y yo apenas puedo mover los brazos.

El ascensor chirría en cada piso y huele a desinfectante barato.

—Hoy muero —resoplo mientras me apoyo contra la pared metálica—. De veras.

—Eres flojo —dice Rhys, aunque él tampoco parece mucho mejor—. Estás blando de tanto dormir sobre colchones de cinco cifras.

Me río, pero mi mente ya está en otra parte. Me imagino entrando al apartamento y, por primera vez en todo el día, pienso en cómo quiero que termine: con ella.

—Oye —digo, girándome hacia él—, ¿qué te parece si le preparo una cena romántica a Sara esta noche?

Rhys se gira despacio y me observa como si acabara de anunciar que me uniré a una secta.

—¿Qué? ¿Cena romántica en ese minizulo? ¿Vas a esconder la cama bajo la mesa o colgar las sartenes del techo como decoración?

—Muy gracioso.

—¿Vas a cocinar tú?

—Sí.

—¿Y sabes cocinar?

—Sé seguir una receta de internet.

—Eso suena muy mal. ¿Qué le vas a preparar? ¿Pasta con champán del supermercado barato?

—Pasta, sí. Y vino decente. Pondré velas. Lo haré bien.

Rhys se cruza de brazos con una sonrisita burlona.

—Dios, estás enamorado perdido. Qué asco. Me voy antes de que empieces a recitar poesía.

—Lárgate ya —le digo entre risas.

Cuando la puerta del ascensor se abre, nos despedimos con un gesto.

Entro al apartamento decidido, con el plan formándose en mi cabeza.

Sé que Sara hoy iba a visitar a John. No quería dejarlo solo después de lo que ocurrió; deseaba que su alumno sintiera que tiene apoyos, y ella es uno de ellos.

Volverá justo a la hora de cenar, así que tengo tiempo.

Me quito la ropa de entrenamiento, me ducho rápido y me pongo una camiseta limpia.

Luego salgo al pequeño supermercado de la esquina y compro lo que necesito: pasta fresca, tomates, albahaca, un poco de queso y una botella de vino tinto.

Y velas: cuatro, por si alguna se cae o se funde.

Al volver, limpio el salón-dormitorio-cocina como si fuera una gala.

Quito la ropa del respaldo de la silla, doblo la manta del sofá con esmero y escondo las zapatillas bajo la cama.

Pongo la mesa con lo que tenemos: dos platos iguales, servilletas de papel bien dobladas y copas sin polvo.

Coloco las velas y las enciendo. Apago la luz del techo.

De repente, el apartamento se ve distinto.

Sigue siendo pequeño, sí, pero esta noche quiero que sea encantador para ella.

Porque se lo merece. Porque sin ella yo no estaría aquí.

Escucho el sonido de la llave al girar en la cerradura y me pongo de pie, algo nervioso, pero emocionado. La puerta se abre despacio y ahí está ella, con la chaqueta en la mano y su pelo rojo ligeramente despeinado.

Aún recuerdo aquel día en Escocia —su último día—, cuando recogió sus cosas y la vi con ese color de pelo. Me quedé impresionado porque, si de castaña me gustaba, de pelirroja me pareció la mujer más guapa del mundo, la más valiente y con la que quería pasar el resto de mi vida.

Sara se detiene en el umbral y su mirada se clava en la luz tenue, las velas encendidas y la mesa puesta con cuidado.

—¿Esto..., esto lo has hecho tú? —pregunta con los ojos abiertos y la voz baja, sorprendida.

Asiento sin poder evitar una sonrisa tímida.

—Quería que vinieras a casa y te encontraras con algo bonito para que la noche fuera especial.

Ella entra y deja la chaqueta colgada en la silla; se acerca y me abraza con fuerza.

—Esto es increíble, Archie. No sabía que fueras capaz de algo así. Gracias.

Me acerco y la abrazo con ganas.

—Para ti, Sara. Por todo lo que has hecho por mí, por creer en mí cuando nadie más lo hacía.

Nos separamos un poco y la invito a sentarse.

—Siéntate; la comida está lista. Espero que te guste.

Sara se sienta y, mientras me mira con esa mezcla de ternura y admiración, me doy cuenta de que, a pesar de las circunstancias, construimos algo real, algo nuestro.

—Vamos a disfrutar esta noche, que se lo merece.

Ella sonríe, toma la copa de vino y brinda conmigo.

—Por nosotros.

Brindo también, con el corazón un poco más ligero que cuando amaneció el día.

Nos servimos la pasta y comemos en silencio durante unos segundos.

Sara me mira de vez en cuando como si aún no pudiera creerse que todo esto lo haya montado yo.

La luz de las velas suaviza el rostro que ya me sé de memoria y, aun así, me sigue desarmando.

—¿Y tú? —le pregunto—. ¿Cómo ha ido el día? ¿Pudiste ver a John?

Asiente despacio, pero baja un poco la mirada.

—Sí. Estaba más tranquilo que la última vez.

Su madre me dejó estar con él un rato a solas.

Hablamos… No mucho, pero lo justo. Me dijo que se arrepiente de todo; que no sabe cómo volver atrás.

Y yo le dije que no se trata de volver atrás, sino de avanzar de otra forma.

—Hace una pausa, pensativa—. Es duro. Él no es un chico malo: solo estaba perdido. Muy solo.

Le tomo la mano por encima de la mesa.

—Seguro que le vino bien verte.

Sara sonríe con un brillo triste en los ojos.

—No lo sé. Pero al menos sentí que debía ir. No puedo mirar hacia otro lado ante algo así. Aunque duela.

Asiento mientras le aprieto la mano.

—Eres increíble, ¿lo sabías?

Ella suelta una risita baja y se limpia una migaja de la comisura de los labios.

—Y tú, ¿qué? ¿Qué has hecho aparte de preparar esta cena maravillosa?

—Bueno… —respondo, dejando la copa sobre la mesa—. Me matriculé en la universidad, como ya te he dicho. Pero… empiezo mañana.

Sara se queda en silencio un segundo mientras parpadea.

—¿Mañana?

—Sí. Me permitieron hacerlo a medio plazo, por lo que puedo empezar ya. Es oficial: soy estudiante universitario.

Su sonrisa se ensancha poco a poco, como si algo dentro de ella se aliviara.

—Archie… Eso es... —Niega con la cabeza, emocionada—. Estoy muy orgullosa de ti.

—Y no es lo único —añado, dándole un sorbo al vino—. Fui a entrenar al campo de golf y me encontré con mi tío. Blue lo avisó. Me invitó a comer.

Sara se tensa, aunque se muestra interesada.

—¿Y cómo fue?

—Bien. Me sorprendió. No me juzgó. Me preguntó si necesitaba algo y me dijo que, si lo necesitaba, lo llamara. Pero me pidió que no le diga nada a mi padre.

Sara alza las cejas, sorprendida.

—¿Está de tu parte?

—No sé si de mi parte, pero... al menos no está en mi contra. Y eso, en mi familia, es decir mucho.

Ella se ríe y luego se inclina sobre la mesa para besarme.

—Estás dando pasos enormes, Archie. Y lo estás haciendo solo. Estoy tan feliz de ver cómo te estás encontrando.

—Gracias a ti —respondo, acariciándole la mejilla—. Todo esto es contigo. Y por ti.

Ella sonríe, pero antes de que diga nada más, me acuerdo de algo y suelto una risa baja.

—Ah, por cierto..., antes de venir a casa estuve en el gimnasio del edificio con Rhys.

—¿Con Rhys? —pregunta sorprendida.

—Sí. Me lo encontré en la puerta justo cuando llegaba. Me dijo que si quería acompañarlo al gimnasio y, como no tenía mucho que hacer…, fui. Entrenamos pierna. Casi muero.

Sara se ríe divertida.

—No lo imagino entrenando contigo.

—Es un cabrón —digo sonriendo—, pero me cae bien. Tiene un humor muy negro, pero debajo de todo eso…, creo que es un buen tipo. Me dio la mano y todo, como si acabáramos de firmar un tratado de paz.

—Eso es casi una declaración de amor viniendo de él —bromea ella.

—Exacto. Creo que hemos sellado una tregua silenciosa. Puede que incluso estemos construyendo una amistad, si sobrevivimos a la siguiente sesión de piernas.

Ella se ríe otra vez y yo solo puedo mirarla, enamorado hasta los huesos.

Todo esto, incluso lo más pequeño, se siente como un paso hacia algo mejor.

Cuando terminamos de cenar, dejamos los platos en el fregadero con la promesa, no muy creíble, de que los fregaremos mañana.

La luz de las velas sigue encendida mientras nos movemos por el pequeño apartamento y todo parece más suave y sencillo.

Como si el caos del mundo quedara fuera por una noche.

Sara se sienta en el borde de la cama mientras yo busco una manta para cubrirnos los pies.

Me acerco y me dejo caer a su lado en silencio.

Nos miramos durante unos segundos que lo dicen todo.

No hacen falta discursos. La beso con calma, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Sus manos se enredan en mi nuca y yo la sostengo como si fuera algo frágil y valioso.

Nos tumbamos y, aunque el colchón es estrecho y chirría con cada movimiento, no nos importa.

Entre risas bajas y caricias torpes, vamos apagando lo que queda del día.

* * *

La mañana siguiente llega demasiado pronto, pero con una energía diferente.

Sara se está maquillando frente al pequeño espejo del baño y yo me estoy abotonando una camisa que aún huele a nueva —lo es, he tenido que comprarme algo de ropa para sobrevivir—.

Nos cruzamos en la minúscula cocina mientras uno busca una taza y el otro las llaves.

Nos damos un beso al vuelo, como si ya lleváramos años haciéndolo.

—¿Estás nervioso? —me pregunta, mientras se peina la coleta.

—Un poco —admito—. Pero en el buen sentido. Me apetece sentirme parte de algo distinto.

Ella me observa con esa mezcla de cariño y admiración que hace que todo valga la pena.

—Vas a estar genial. Y hoy te toca estrenarte como universitario guapo.

—Y tras la clase iré a entrenar. Quiero llegar bien al torneo. Así que no estaré en casa hasta tarde.

Sara asiente y se cuelga el bolso al hombro.

—Está bien. Me alegra que te lo estés tomando en serio. Estoy muy orgullosa de ti, Archie. Mucho.

Me acerco y la beso en la frente con una ternura que no sabía que tenía hasta que ella llegó.

—Gracias. Por todo esto. Por quedarte.

Ella sonríe y abre la puerta.

—Nos vemos esta noche, estudiante.

—Cuídate, profesora Pérez —le recuerdo cómo quería que la llamara el curso pasado.

Y ahí vamos los dos, saliendo al mundo desde un apartamento diminuto, pero lleno de decisiones propias.

De los primeros pasos reales.

De algo que, por fin, se siente verdadero.