La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 34. Archie
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Capítulo 34. Archie

Archie

Me siento frente al portátil, con ella a mi lado. Nos miramos un segundo, mezclando cansancio y determinación, y empiezo a buscar el torneo en la web oficial.

—Aquí está —murmuro mientras despliego el formulario de inscripción independiente—. Sin club y sin patrocinador. Esto es lo que necesito.

Deslizo el dedo hasta el final y, entonces, me quedo paralizado. Parpadeo varias veces.

—¿Cuánto cuesta? —pregunta ella con el ceño fruncido.

—Dos mil cuatrocientos dólares —le digo sin apartar la vista de la pantalla.

El silencio se instala entre nosotros. Trago saliva y me recuesto en la silla.

—¿Esto es una boda o qué? —bromea ella, pero su risa suena nerviosa.

—No tengo ese dinero —le respondo con frustración—. Mi cuenta está congelada. Mi padre me ha dejado sin nada. Sin coche, sin tarjetas y sin casa. Es una pesadilla que parece de comedia.

Miro la cifra como si pudiera cambiarla con la mente, pero sé que no es así. Entonces tomo el móvil y me levanto.

—¿A quién llamas? —pregunta Sara.

—A mi madre.

Camino hacia la ventana mientras el teléfono suena. Contengo la respiración.

—Hola, mamá —digo cuando contesta—. ¿Tienes un minuto?

—Para ti siempre, Archie. ¿Qué pasa?

—Mamá, he tenido una bronca fuerte con papá. Me ha quitado el acceso a todo: coche, tarjetas, la casa… Y ahora quiero inscribirme en un torneo importante, pero cuesta dos mil cuatrocientos dólares. No tengo ni un céntimo.

—¿De verdad ha hecho eso? Pues me parece justo que no te rindas.

—No pienso hacerlo, quiero intentarlo como jugador independiente, sin club ni patrocinador. Pero necesito la inscripción y no tengo el dinero.

—Archie, hijo, no sé qué está pasando con tu padre, pero sabes que yo siempre voy a estar aquí para apoyarte.

—Gracias, mamá.

—Ha sido por Sara, ¿verdad?

Dejo caer un suspiro antes de responder:

—Sí. —No quiero hablar para que ella no lo escuche y se sienta peor.

—¿Y está contigo ahora?

—Por supuesto.

—Me parece una persona maravillosa. La he visto contigo en tus mejores y peores momentos, y sé que te hace bien. Lucha por ella, porque se lo merece.

—No sabes cuánto significa para mí, mamá.

—Te creo, lo he visto. Y te admiro por querer luchar. No solo por el torneo, sino por lo que quieres en la vida. Y voy a ayudarte con ese dinero. Voy a hacer una transferencia a una cuenta que esté solo a tu nombre, para que nadie pueda bloquearla.

—Gracias, mamá. De verdad, no sé cómo agradecerte esto.

—No tienes que agradecerme nada. Solo quiero que sepas que creo en ti y también en ella, por lo que sois juntos. Y si vais a luchar, hacedlo con todo. Porque os merecéis ser felices.

—Lo haré. Por ella y por mí.

—Eso quiero oír. Y recuerda, Archie, no estás solo. Siempre que lo necesites, me tienes a mí.

—Gracias, mamá. Te quiero.

—Yo también te quiero, hijo. Ahora ve a demostrarles a todos de lo que eres capaz.

Cuelgo el teléfono y respiro hondo, como si soltara un gran peso. Miro a Sara con una mezcla de alivio y esperanza.

—Lo va a hacer —le digo con una sonrisa cansada—. Mi madre va a hacer la transferencia. Dice que cree en nosotros, en lo que hacemos juntos, y que no tenemos que rendirnos.

Ella se acerca y me aprieta la mano, emocionada.

—Eso es increíble, Archie. No estás solo.

La rodeo con un brazo y la abrazo con fuerza.

—Gracias a ti también, Sara. Contigo a mi lado siento que puedo con todo.

Por primera vez en mucho tiempo, siento que el futuro tiene luz. Y, sin más, volvemos a la cama y esta vez sí que puedo quedarme dormido.

Me despierto antes de que suene la alarma.

La luz entra a través de las cortinas mal puestas y me hace entrecerrar los ojos.

A mi lado, Sara duerme todavía, enredada entre las sábanas, con el pelo revuelto y una mano apoyada sobre mi pecho.

La miro un segundo y grabo esa imagen en mi cabeza como si fuera la primera vez. Me siento fuerte, capaz y vivo.

Me levanto con cuidado de no despertarla, me ducho rápido y me visto sin hacer ruido. Antes de salir, busco un papel y un bolígrafo entre las cosas del salón. Encuentro una hoja arrancada de un cuaderno y escribo con letra apresurada:

He salido. Hoy empieza todo de verdad. Gracias por creer en mí. Te veo esta tarde.

A.

Doblo el papel y lo dejo sobre la almohada, donde sé que lo verá al despertarse.

Me quedo un momento en el umbral, mirándola una vez más.

Qué suerte tengo. Hoy es el primer día de una nueva etapa y, aunque lo diga en voz baja, me hace ilusión.

No tengo coche, así que salgo con mi mochila al hombro y tomo el tren.

Hace meses que no usaba transporte público, pero no me importa.

Me siento como si estuviera haciendo algo real.

Como si por fin caminara con mis propios pies.

Cuando llego a la universidad, el campus se abre ante mí como un mundo nuevo.

Gente que entra y sale de los edificios, bicicletas, cafés en mano y libros bajo el brazo.

Me detengo un segundo al tiempo que respiro el aire frío de la mañana.

Me sorprendo sonriendo. Me acerco a la oficina de admisiones, donde ya saben quién soy.

Me reconocen con un gesto de cabeza y no ponen pegas.

Me dicen que, como el semestre acaba de empezar, puedo incorporarme a mitad de plazo sin problema. Que mañana ya puedo asistir a clase.

—¿Mañana? —repito, un poco incrédulo.

—Sí —dice la mujer del mostrador con una sonrisa amable—. Bienvenido a tu nueva etapa, Archie.

Cuando salgo de la oficina de admisiones, me siento como si acabara de cruzar una meta invisible.

Tengo los horarios en la mano y la cabeza llena de posibilidades.

Me siento distinto: no más ligero, pero sí más centrado.

Como si por fin supiera hacia dónde caminar.

Miro a mi alrededor en busca del mejor ángulo y saco el móvil.

El edificio principal detrás de mí, el cielo despejado, el campus bulle de vida.

Me hago una foto con una sonrisa que no tengo que forzar. Y se la envío a Sara.

Yo: Empieza mi nueva vida. Ya soy estudiante de Arquitectura. Gracias a ti.

Guardo el teléfono y me quedo ahí un momento, observando cómo los estudiantes se mueven de un lado a otro con libros, risas y planes. Me digo que, dentro de nada, mañana, yo estaré entre ellos. Que esta vez no me voy a rendir. Pero, antes de eso, hay algo más que necesito hacer.

Me dirijo al campo de golf. No está lejos y el paseo me viene bien para ordenar mis pensamientos.

Aunque no tenga entrenador, ni coche ni patrocinadores, tengo algo mejor: convicción.

He practicado durante meses por mi cuenta, en silencio, mientras todos pensaban que solo era un niño rico sin rumbo.

Pero yo sabía lo que quería. Y ahora más que nunca tengo que demostrarlo.

Cuando llego, el campo está tranquilo. Apenas un par de jugadores y algún carrito a lo lejos.

El silencio verde me recibe como un viejo amigo.

Me cambio los zapatos, tomo los palos y camino hacia la zona de práctica.

Empiezo con los hierros, luego paso al driver y poco a poco entro en ese estado mental en el que el mundo desaparece y solo queda el golpe, el viento y la precisión.

Cada vez que la bola vuela recta y limpia, algo dentro de mí se reafirma.

Estoy listo. No porque lo diga nadie ni porque lo pague mi padre. Estoy listo porque lo he trabajado yo.

Cuando doy el último golpe, el sol ya está alto.

He estado entrenando sin parar toda la mañana, sin mirar el reloj y sin pensar en nada más que en el juego.

Mis brazos están cansados, pero me siento bien: centrado y conectado.

Recojo mis cosas y me dirijo hacia la entrada del club, donde suelo dejar el material guardado.

Mientras camino, recuerdo la llamada de Blue de camino al campo.

—¿De verdad vas a entrenar solo? —me había preguntado, medio en broma y medio preocupada.

—Sí —le respondí—. No necesito que nadie me guíe. Solo quiero jugar, concentrarme y hacerlo bien.

—¿Y vas a participar en el torneo sin entrenador ni patrocinador?

—Voy a demostrar que puedo hacerlo por mí mismo.

Blue guardó silencio unos segundos antes de soltar un leve bufido.

—Te admiro, primo. Aunque estés como una cabra. Le diré a mi padre que estás por aquí. Seguro que le interesa.

Ahora, al girar la esquina del club, lo veo: mi tío, apoyado en uno de los bancos de madera, con gafas de sol, chaqueta cara y esa expresión de quien ha visto demasiado, pero aún no se ha cansado del espectáculo.

—Vaya —dice con media sonrisa—. Así que es verdad que ahora vienes por tu cuenta.

—Hola, tío —respondo, sin sorpresa real—. ¿Quién te ha dicho que estaba aquí? —Me hago el tonto.

—Blue —responde, como si fuera obvio—. Me llamó para decirme que habías vuelto al campo. Me picó la curiosidad.

Asiento y dejo los palos a un lado. Me pasa un brazo por los hombros y me aprieta con afecto.

—¿Tienes hambre? Invito yo.

Acabamos en una terraza cercana, en un restaurante discreto que aún mantiene cierto aire exclusivo. Pide sin mirar la carta y yo hago lo mismo, porque sé que lo que viene ahora es más conversación que comida.

—Tu padre está furioso —empieza, directo como siempre—. Pero eso ya lo sabes.

—Sí —respondo sin rodeos—. Y lo estará aún más cuando se entere de que me he matriculado en la universidad.

Mi tío se ríe por lo bajo y me mira con cierta admiración.

—Así que ahora vas por libre.

—Sí. Voy a compaginar los estudios con el golf. Sin entrenador, sin coche y sin cuenta dorada. Solo yo. Por primera vez voy a decidir mi rumbo.

Asiente despacio mientras le da vueltas al vaso de agua.

—¿Y dónde te estás quedando? ¿Sigues en el ático?

Niego con la cabeza.

—Estoy viviendo con Sara.

Su expresión cambia. No de sorpresa, pero sí de algo parecido a la pena. Ambos sabemos de dónde venimos. Estamos acostumbrados a otras comodidades. El sofá incómodo, la cocina pequeña, las cortinas torcidas... Todo eso es nuevo para mí. Pero no me pesa.

—No es fácil renunciar a todo eso —dice él sin juzgarme.

—Lo sé. Pero pronto ganaré torneos. Con lo que consiga podré comprar un apartamento más grande. Algo cómodo donde podamos estar bien. Todo a su tiempo.

Me mira con los ojos entornados, como si midiera el tamaño de mi convicción.

—¿Y estás seguro de todo esto? —pregunta al fin—. ¿Estás seguro de estar con ella? Sabiendo lo que piensa tu padre y cómo puede complicarse todo.

No dudo ni un segundo.

—Sí. Estoy seguro. No es fácil, pero lo que tengo con Sara vale la pena. Ella cree en mí. Me empuja a ser mejor. No quiero una vida que no me pertenezca. Y con ella siento que esta vida sí es mía.

Mi tío asiente en silencio y por un momento creo ver orgullo en su mirada. Quizá también una pizca de nostalgia.

—Entonces ya has ganado más de lo que crees.

—Da un sorbo a su café y luego se reclina en la silla y me observa con atención—.

Escúchame —dice, bajando un poco el tono—.

Si alguna vez necesitas algo…, cualquier cosa, llámame.

No te prometo milagros, pero sabes que puedes contar conmigo. Al margen de tu padre.

Asiento con un nudo en la garganta que no esperaba.

—Gracias. De verdad.

—¿Y tu madre? —pregunta de pronto, cambiando de tema con sutileza—. ¿Cómo está tras lo de Charles?

Me tenso un poco, pero no esquivo la pregunta.

—Está bien… dentro de lo posible. Ha sido duro, pero creo que también se siente liberada en cierto sentido. Ahora puede pensar en sí misma.

Él asiente despacio, como si comprendiera más de lo que dice.

—Siempre fue una mujer fuerte. Me alegra saber que sigue siéndolo.

Un silencio cómodo se instala entre nosotros durante unos segundos. Luego observa el reloj con discreción y deja una propina demasiado generosa sobre la mesa.

—Tengo que irme. Reunión con unos socios. Ya sabes, mantener las apariencias y esas cosas aburridas. —Se levanta y me coloca una mano en el hombro, firme pero cálida—. Y no le digas a tu padre que he venido a verte. Ya tenemos bastantes incendios por apagar.

Sonrío, medio en broma y medio en serio.

—Descuida. Será nuestro secreto.

—Cuídate, Archie. Y no dejes que nadie te haga dudar de lo que vales. Ni siquiera tú mismo.

Lo veo alejarse entre la gente, elegante y discreto, como si nunca hubiera estado allí. Y por primera vez siento que tengo un pequeño aliado dentro de esa familia: uno silencioso, pero presente. Decido volver a casa de Sara; a la que de momento será la mía.

Subo las escaleras del edificio con la mochila al hombro y el cuerpo algo cansado, pero la mente ligera.

Ha sido un buen día. Me sorprendo pensando que, por primera vez en mucho tiempo, no me asusta decir eso.

Cuando doblo el pasillo y me acerco a la puerta del apartamento, veo una figura familiar apoyada contra la pared, justo enfrente.

—¿Rhys?

—Ey —dice con los brazos cruzados—. ¿Qué haces tú por aquí?

—Me vas a ver con bastante frecuencia a partir de ahora.

Asiente con esa media sonrisa que siempre parece esconder algo entre serio y burlón.

—Voy al gimnasio. ¿Te apuntas? No me gusta ir solo y tengo la sensación de que tú tampoco tienes grandes planes ahora mismo.

Lo pienso un segundo. Lo cierto es que no tengo nada que hacer hasta que Sara vuelva y me vendrá bien moverme un poco más.

—Vale —respondo—. Dame cinco minutos para dejar esto dentro y cambiarme.