Capítulo 2
—Pero, hija…, ¡qué cara traes! —dice mi madre nada más verme entrar por la puerta.
«Como si hubiera visto un fantasma», pensé un segundo antes de que lo dijera, y la coincidencia me pone la piel de gallina.
—Ponte cómoda, va. Estás blanca como una sábana —añade mientras se mete en la cocina, como si no hiciera un calor insoportable—. ¿Te hago algo? ¿Un tinto de verano? ¿Unas olivas? ¿Una tortilla?
No respondo. Me dejo caer en una de las sillas de la cocina con los hombros caídos. Siento las manos heladas y el corazón todavía a mil por hora. ¿De verdad acaba de pasar eso? ¿De verdad la madre de Archie me ha ofrecido un trabajo…?
En Chicago.
Una bolsa de patatas fritas aterriza delante de mí, seguida de un cuenco con olivas rellenas y un tenedor. Mi madre lo coloca todo con la misma precisión con la que prepara una conversación importante.
—A ver —dice sentándose frente a mí—. Habla. Ya.
Tardo unos segundos en encontrar las palabras. El sonido del sofrito burbujeando en la sartén me ancla un poco. Cojo una patata, cruje, la trago como si masticara piedras.
—He visto a la madre de Archie.
—¿Cómo que has visto a la madre de Archie? ¿Aquí?
Asiento, todavía sin saber muy bien cómo explicarlo.
—En el paseo. Se ha hecho pasar por otra señora. Ha alquilado el velero. Era ella.
Mi madre frunce el ceño, como si el calor la mareara.
—¿Y qué ha pasado?
—Ha sido muy amable. No me ha hablado de Archie, me ha respetado. Dice que me entiende. Que lo que me ha pasado no es justo.
Tras unos segundos en silencio, se levanta. Deja el cucharón sobre la encimera, más despacio de lo habitual.
—Claro que no es justo. La culpa es de su hijo…
y del hermano. Pero… —Me observa como intentando leerme la cara—.
¿Y esa expresión? ¿Lo echas de menos? Has estado mucho tiempo sin saber nada de él.
No lo he mencionado porque sabía que te dolía…
, pero ahora que has visto a su madre…, ¿qué has sentido?
Me quedo callada. No puedo contestar a eso ahora. Ni a eso ni a nada. Así que continúo hablando como si su pregunta no hubiera existido.
—Me ha dicho que ha quedado una plaza libre en un colegio. Buscan a alguien de español. Y me ha ofrecido el puesto. Un nuevo comienzo.
Mi madre parpadea, confusa.
—¿Un colegio? ¿En… Escocia otra vez?
Niego con la cabeza.
—En Chicago.
El silencio que sigue es tan denso que parece ocupar toda la cocina. Hasta el olor del tomate frito se queda suspendido en el aire.
—¿Chicago, Sara? ¿Has dicho Chicago?
Asiento otra vez.
Y justo entonces, como invocado por la rabia, aparece mi padre en la puerta de la cocina.
—¿He oído bien?
Me giro. Tiene los ojos muy abiertos y la cara encendida, como la última vez. Como cuando le dije que me iba a Escocia. Pero esta vez…, peor.
—¿Has dicho Chicago? ¿Otra vez te quieres ir?
—Papá, no es lo mismo —intento decir, pero él ya ha encendido el motor de su furia.
—¿Y qué es entonces? ¿Más lejos? ¿Más difícil? ¿Más caro? ¿Qué pasa contigo, Sara? ¿Por qué siempre tienes que largarte? ¿Qué hay aquí que no puedes soportar?
—¡Papá, por favor!
—¡Te fuiste a Escocia y volviste hecha polvo! ¡Y ahora, otra vez lo mismo! ¿Y con qué vas a pagarlo, eh? ¿Quién te garantiza que no vas a volver aún peor?
—¡Solo lo estoy pensando! —grito, poniéndome en pie—. ¡Solo me han ofrecido una oportunidad!
Mi padre me mira como si no me reconociera.
—¿Y quién te la ha ofrecido? ¿La madre de ese chico? ¿Tú te crees que eso es casualidad?
—No me ha prometido nada. Me ha dicho que lo piense.
—¡Pues piénsalo aquí! ¡Con los pies en el suelo!
La cocina se queda muda. El aceite sigue chisporroteando en la sartén. Las patatas fritas ya no apetecen. Las olivas se quedan intactas.
—Voy a mi cuarto —digo bajando la voz.
—Tú sabrás lo que haces, Sara —responde mi padre, y su tono ya no es solo rabia. Es miedo.
Subo las escaleras sin mirar atrás. Cierro la puerta. Me dejo caer en la cama.
Chicago.
Otro país, otro idioma, otra vida.
¿Otra yo?
Siento la garganta apretada, los ojos como si hubiera llorado, aunque no lo he hecho. Aún no.
Al cabo de unos minutos, escucho unos pasos en la escalera. Lentos, conocidos. Luego un golpecito leve en la puerta.
—¿Puedo?
No contesto. No hace falta.
Marcos entra y, sin decir nada, se tira a mi lado bocarriba, como cuando éramos pequeños y venía a mi cuarto a contarme cosas que no se atrevía a decir en la mesa.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
—Te ha vuelto a pillar la tormenta en casa, ¿eh?
No puedo evitar una sonrisa amarga.
—Sí, la tormenta padre.
Nos quedamos unos segundos en silencio, mirando el techo. Él resopla, como si necesitara quitarse un peso de encima.
—Quiero pedirte perdón.
Lo miro.
—¿Por qué?
—Por no haberte dicho nada. Por haberme callado quién era esa señora. Cuando vino a reservar el velero ya sabía quién era…, pero me pidió discreción. Y yo... pensé que no te haría daño si no te enterabas.
—¿Cómo se te ha ocurrido hacerme algo así?
—Lo siento. Creo que es justo que sepas la verdad, pero esa oportunidad te ha removido..., te la mereces. Mereces decidir. No esconderte más.
Le cuesta decirlo, pero lo dice. Y me conmueve.
—¿Tú sabías lo del trabajo?
—Lo sospechaba. Me preguntó un par de veces por ti, por tu situación. Me dijo que quería ayudarte sin condicionarte. Y yo…, qué sé yo, Sara. Lo vi como una oportunidad para ti. Para redimirte.
—¿Redimirme?
—Sí. No por lo que pasó, porque tú no hiciste nada malo. Sino contigo misma. Porque desde que volviste… no eres tú. Estás… contenida. Como si vivieras por vivir.
Trago saliva. Me duele, porque es verdad. Y porque él lo ha visto.
—Archie está en Chicago —susurro.
Marcos gira la cabeza para mirarme.
—¿Qué?
—Está allí. Su madre me lo ha confirmado. Estará jugando al golf de forma profesional.
Él suelta un bufido, entre risa y desprecio.
—Qué asco me da ese tío, de verdad. Todo le sale bien, ¿no?
—Marcos…
—Lo digo en serio. Qué rabia. Pero bueno… —Se incorpora un poco y me mira con otra expresión, más seria—. Chicago es enorme, Sara. No tienes por qué encontrarte con él. Si lo haces, será casualidad. Y si no…, pues mejor. Pero no puedes dejar de vivir tu vida por miedo a cruzártelo en una esquina.
No respondo. Me quedo mirando el techo otra vez. Me siento como si tuviera un mapa enorme delante, lleno de caminos posibles. Y todos me dieran vértigo.
Marcos se levanta, me revuelve el pelo y dice con una media sonrisa:
—Si decides irte…, yo te cubro. Aunque papá se ponga como una moto.
Y entonces sí se me escapa una lágrima. Solo una. Pero cae como si pesara una tonelada.
Me quedo en silencio, con los ojos clavados en el techo, todavía con el nudo en la garganta. Marcos sigue ahí, tumbado al borde de la cama, sin decir nada más. Se incorpora para irse, pero antes de que lo haga, meto la mano en el bolsillo de la camisa y saco la tarjeta.
La miro un segundo. Es sencilla, blanca, elegante. El nombre del colegio está impreso en letras azules, finas. El nombre de alguien debajo. La dejo sobre la colcha, como si quemara.
Marcos la ve y da un brinco.
—¿Esa es la tarjeta?
Asiento sin mirarlo. Él la agarra y la observa como si acabaran de entregarle un secreto de Estado.
—¿Cómo se llama el colegio?
—Northbridge Preparatory School —murmuro.
—Suena pijo —dice con una media sonrisa—. Pero estadounidense cien por cien.
Se levanta y enciende el ordenador. Yo me quedo tumbada, quieta, sin fuerzas ni para seguir la conversación. Solo escucho el clic del ratón, las teclas, su respiración cada vez más rápida.
—Vale, espera…, ya lo tengo. Joder, Sara. Es brutal. Mira esto: el edificio parece una mezcla entre un bloque de apartamentos y una galería de arte moderno.
No me muevo. Sigo mirando el techo.
—¿Qué más? —susurro.
—Es privado, claro. Enseñanza multilingüe, programas de intercambio, tienen aulas enormes, teatro, piscina cubierta, laboratorios… Mira, mira, aquí hay una sección de idiomas. Enseñan francés, alemán, chino… y español. ¡Tiene sentido!
Sonríe como si estuviera investigando una misión secreta. Yo solo cierro los ojos y escucho. Me da miedo levantarme. Me da miedo quererlo demasiado.
—Tiene buena pinta —dice después de unos minutos, más tranquilo—. Muy buena pinta. Y si te han ofrecido algo ahí… es que te ven capaz, Sara.
No respondo. Aprieto la mandíbula.
Marcos se gira y me mira desde el escritorio.
—Solo llama. Escucha lo que tengan que decirte. No tienes que decidir nada hoy. Solo… escuchar.
Sus palabras me atraviesan despacio, como una piedra lanzada al agua. Hacen ondas. Muchas.
—Mañana —digo al fin, con voz ronca—. Mañana llamo.
Marcos asiente. Cierra la tapa del portátil y se acerca para darme un beso en la frente, suave, como cuando éramos niños.
—Y si decides irte…, te ayudo a hacer la maleta.
Me cubro los ojos con el brazo, por si se me escapa otra lágrima.
Esta vez no quiero que me vea.
Cuando Marcos cierra la puerta, la habitación queda en silencio. Solo escucho las cigarras fuera, el zumbido de un mosquito y el eco suave de sus palabras: «Te ayudamos. Solo llama. Escucha».
Miro el techo. Luego la tarjeta.
¿De verdad quiero esto?
¿De verdad quiero irme… a Chicago?
No es Escocia. No es como cuando me fui a Colinton, a casa de Evaine, con una amiga al otro lado de la puerta, un trabajo asegurado y un colchón emocional al que caer si todo salía mal. Allí tenía a alguien.
Allí no estaba sola.
Pero esto…, esto es otra cosa. Es cruzar un océano. Es empezar en una ciudad inmensa, donde no me espera nadie. Donde no conozco ni el barrio, ni el acento, ni el invierno. Donde no sé si sabré hacerme un hueco.
Donde tal vez, solo tal vez…, él también esté.
Y me paraliza la posibilidad de encontrarme con Archie tanto como me paraliza no hacerlo nunca más.
Acaricio el borde de la tarjeta con el dedo. Está cortada sin una sola imperfección. Todo lo contrario que yo.
No quiero volver a empezar otra vez desde cero.
Y al mismo tiempo…
Tal vez lo necesito.
Me giro en la cama y entierro la cabeza en la almohada, como si cortar el oxígeno fuera la solución a mis problemas.
Mañana llamo. Mañana escucho.
Solo eso.
Y escucho a mi madre llamarme desde abajo: que la comida está lista, que baje ya.
Arrastro los pies por la escalera. El olor a pimientos asados me llega antes que la luz del comedor.
Mi madre sirve los platos con la misma ternura de siempre, como si el mundo no se hubiera tambaleado unas horas antes.
Mi padre está sentado en su sitio, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. No levanta la mirada. Ni una palabra.
Me siento en silencio frente a él.
Marcos ya está allí, con el tenedor en la mano. Me lanza una sonrisa cómplice, como si me dijera «yo estoy contigo» sin pronunciar una sola palabra.
Mi madre los mira a los dos, nos mira a todos, con una pena suave en los ojos. Una pena que no estalla, pero que se nota. Porque la tensión es espesa, se mastica entre bocado y bocado, y ni siquiera el arroz parece tener sabor.
No lo culpo.
No insisto.
Le doy su espacio. Porque yo también lo necesito.
Mastica con la rabia contenida de quien quiere decir mucho y no puede. Yo pincho la comida sin hambre. El silencio se instala como un quinto comensal.
Y, por una vez, me permito no derribarlo.