La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero Capítulo 1
2%
La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero

La chica de pelo rojo en Chicago y en el mundo entero

Por Iris T. Hernández

© inepub.com

Capítulo 1

Me despierto y me quedo observando cómo gira con desgana el ventilador de techo, empujando apenas el aire caliente que se cuela desde la terraza, cargado de sal y de jazmín. Mi madre juró que esas plantas no sobrevivirían al verano, pero ahí siguen, como yo, agarradas a la tierra con los dientes.

Apago el despertador antes de que suene. Las seis y veinte. Demasiado temprano para cualquier cosa que no sea navegar.

Me pongo el vaquero de siempre, un top blanco y la camisa ancha a rayas que le robé a Marcos hace mil veranos.

Mientras me trenzo el pelo frente al espejo, repaso la lista mental de lo que tengo que llevar al velero: agua, crema solar, los papeles, toallas, el altavoz por si la clienta quiere música.

Miro mi reflejo unos instantes; el color ha vuelto a mi pelo. El castaño ya no está. Archie tampoco.

Bajo al salón; mi padre duerme en el sofá con el portátil abierto sobre el pecho. Las reservas del charter siguen ahí, clavadas en la pantalla. Le cubro los pies con la manta de rayas náuticas y le dejo una nota en la mesa:

Llevo a la señora Parker. Vuelvo para comer.

S.

Murmura algo entre sueños. Creo que dice «pez espada» o «pesadillas». Sonrío y lo dejo acostado. Me apetece navegar; que Marcos no pueda es la excusa perfecta para salir yo.

Arranco el scooter y bajo la cuesta de casa; el aire sobre la cara me despierta del todo. Ibiza todavía duerme. En el puerto, los pescadores descargan cajas llenas de gambas, los camareros sacan las sillas al paseo y las gaviotas chillan por una bolsa de patatas. El mundo arranca despacio.

Aparco al lado de la caseta y saludo con un gesto a las pocas personas con las que me cruzo.

El velero me espera. Brilla bajo el sol como si también él estuviera listo para olvidar.

Paso la mano por la borda, como siempre, y salto a cubierta.

El depósito está lleno, el motor revisado, las velas en su sitio. Todo en orden. Todo menos yo.

—Sara.

Me congelo.

No es una voz cualquiera. Es una voz que tengo grabada. Firme, elegante. Educada hasta cuando corta como un cuchillo.

Me giro despacio.

Está en el muelle. Vestida de blanco, gafas oscuras, el mismo porte de siempre. La madre de Archie, la señora Ross.

Mi estómago se encoge como si acabara de tragarme una piedra.

—No —es lo único que me sale—. No, no puede estar aquí.

Ella da un paso hacia el barco.

—Reservé con otro nombre. No me habrías aceptado si...

—Claro que no. ¿Qué quiere? ¿Espiarme? ¿Hacerme sentir aún peor? ¿No fue suficiente con lo que pasó?

—Solo quiero navegar. He pagado por adelantado.

Me bajo de un salto. No me importa que el pantalán esté mojado ni que puedan oírnos desde la caseta.

—Márchese. De verdad. No tengo tiempo para esto. No tengo paciencia. No tengo fuerzas. Este barco es lo único que nos queda. El trabajo, los turistas, las reservas… Esto no es un capricho, es nuestro sustento. Así que, por favor, váyase antes de que me hagan perder también esto.

Ross no se inmuta. Me mira desde detrás de sus gafas con esa serenidad escocesa que siempre me ha puesto nerviosa.

—He pagado por tres horas, Sara. No voy a discutir contigo. Si no quieres hablar, no hablaremos. Pero necesito subir a ese barco.

—¿Por qué?

—Porque creo que te mereces una conversación sin intermediarios. Pero si de verdad no quieres oírme, navegaré en silencio. No estoy aquí para castigarte. Ni para defender a nadie.

La miro con las manos en los costados, siento el corazón acelerado y una mezcla de rabia y miedo que me vibra en el pecho.

—Tres horas. Ni una palabra de Archie. Ni de Elliot. Ni de nada que no sea el mar —digo sin pensar. Tal vez porque, en el fondo, me da miedo lo que venga después.

—Lo prometo —responde, y sube al velero como si llevara toda la vida haciéndolo.

Yo subo detrás, en silencio. Arranco el motor. Maniobro sin mirarla. El puerto se queda atrás. Y yo, con el pecho en llamas, pongo rumbo hacia aguas abiertas con la madre del chico al que dejé de contestar hace meses y que me arruinó el presente, el futuro, mi vida en general.

Tres horas.

Que Dios me ayude.

El viento de poniente hincha la vela mayor con suavidad.

Navegamos en silencio, como si el mar se hubiera puesto de acuerdo con nosotras.

Ross se sienta en la proa, erguida, con una copa de agua en la mano y el vestido ondeando apenas.

Yo me mantengo en la popa, con las manos en el timón y la vista fija en el horizonte.

No hay música. No hay conversación. Solo el crujido de la madera, las gaviotas a lo lejos y el golpeteo suave del agua contra el casco.

Llevamos veinte minutos así. Ni una palabra. Y, aunque lo agradezco, también me agota.

Entonces, sin girarse, su voz rompe el equilibrio:

—¿Eres feliz, Sara?

Me quedo helada.

Aprieto el timón con fuerza, tanto que cruje bajo mis dedos. La miro, incrédula. ¿De verdad me está preguntando eso?

No respondo. Solo niego con la cabeza muy despacio, sin apartar la vista del mar. La pregunta duele más de lo que debería. Porque no lo soy. Porque hace meses que no lo soy. Porque no sé si lo he sido alguna vez del todo.

—No es justo —dice ella en voz baja, como si hablara más para sí que para mí—. No es justo que una docente tan preparada, tan profesional, tan... apasionada por su trabajo, esté ahora fuera de un aula.

El nudo en la garganta me sube de golpe.

—Elliot se encargó de eso —respondo con la voz afilada, sin mirarla—. Y Archie no evitó que ocurriera.

Silencio. Un silencio que parece hundirnos un poco más en el mar.

—Lo sé —dice al fin—. Sé lo que pasó. Sé que Elliot fue quien se lo contó a Hunter. Sé que lo hizo de la peor forma posible. Y también sé que tú no merecías ese final.

La busco con la mirada.

—¿Entonces por qué está aquí? ¿Por qué me busca ahora? ¿Para justificarse? ¿Para decirme que lo entiende y marcharse tranquila?

—Estoy aquí porque no podía seguir callada. Porque quiero mucho a Elliot, lo conozco desde que era un niño..., pero eso no significa que apruebe lo que ha hecho contigo.

Me muerdo el labio para no decir todo lo que pienso. Para no preguntarle si también quiere a Archie. Si sabe que él podría haberlo evitado. Si alguna vez se preguntó cómo me sentí al ver que se quedaban todos callados mientras yo hacía las maletas.

—Me rompió —susurro más para mí que para ella.

Ross se gira despacio, sin perder la compostura.

—Y él lo sabe. Y Archie también. Y le pesa.

—Eso no me sirve de nada ahora.

Ella asiente sin discutirlo.

—Lo sé. Pero tampoco vine a pedirte que lo perdones. Vine porque creo que lo que te pasó no fue justo. Y porque, aunque no puedo cambiar lo que hiciste, ni lo que ellos hicieron, sí puedo decirte que no estás sola.

Vuelvo la mirada al mar, que sigue ahí, inmutable, como si todo esto no significara nada. Pero para mí lo significa todo.

Y, por primera vez desde hace mucho tiempo, no sé si quiero seguir en silencio. La rabia me arde en el pecho. Esa rabia vieja, la que se quedó en mi cuerpo después del despacho, después del vuelo de vuelta, después del silencio de todos. La que nunca se fue del todo.

—¿Y qué propone, señora Ross? —pregunto sin molestarme en disimular el tono cortante—. ¿Qué quiere que haga? ¿Que vuelva atrás y finja que no pasó nada? ¿Que me disculpe por haberme enamorado de su hijo? ¿Que le dé las gracias a Elliot por arruinarme la vida con tanta eficiencia?

No se inmuta. Me sostiene la mirada, serena, con una compasión que no sé si me alivia o me enfurece más.

—Llámame Diana, por favor.

Trago saliva. No digo nada.

—No puedes volver atrás, Sara. Lo sé. Y no estoy aquí para pedirte que finjas nada. Solo quiero decirte que... puedes empezar de nuevo.

—¿Empezar de nuevo? —repito con una risa seca—. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Con qué cara? Ya nadie va a contratarme después de lo que pasó. ¿O cree que puedo poner en el currículum que me acosté con un alumno y me despidieron por ello?

—El mundo es muy grande —responde con suavidad, pero con una firmeza que atraviesa el aire como una aguja—. Está lleno de oportunidades. No tienes por qué quedarte aquí, lamiéndote las heridas, como si esto fuera el final.

—¿Y qué sugiere? ¿Que me suba a un avión y empiece a repartir currículums por el mundo?

—Sugiero que lo intentes. En Chicago.

La miro sin entender del todo.

—¿En Chicago? Allí está Archie..., ¿verdad? —Suelto una risotada nerviosa—. Qué casualidad.

—Archie no tiene ni idea de que estoy aquí. Pero hay más escuelas, más caminos, más formas de volver a enseñar. He hecho algunas llamadas. Tengo contactos. Hay un colegio privado que busca personal para este curso. Podrías empezar por ahí.

Me río, aunque no hay humor en mi voz. Es más un reflejo de incredulidad que otra cosa.

—¿Y usted cree que voy a volver a ir tras su hijo así como así? ¿En una ciudad donde vive una de las personas que me rompieron?

—No te digo que vayas a verlo. Ni mucho menos —responde sin alterarse—. Pero viví muchos años en Chicago con Philip, el padre de Archie. Tengo amigos que confían en mí. Te aseguro que, si no quieres cruzártelo, esa ciudad es lo bastante grande como para que no os encontréis nunca.

El velero avanza sin prisa, balanceándose con suavidad bajo el sol que ya empieza a calentar. El mar brilla como si todo esto no estuviera pasando. Como si mi mundo no estuviera volviéndose a sacudir.

No digo nada. Porque una parte de mí quiere gritar que no. Que no soy un proyecto ni una causa perdida que alguien puede recolocar a su gusto.

Pero otra parte, más pequeña, más testaruda, más mía…, empieza a preguntarse: «¿y si…?».

No digo nada.

Solo me muevo.

Suelto el timón, aseguro la vela, lanzo el ancla y reduzco la marcha hasta que el velero queda casi a la deriva, mecido por las olas suaves de la mañana. Después bajo con calma a la cabina y abro la pequeña nevera. Pan, fruta cortada, queso curado, café en el termo que preparé antes de salir.

Preparo el desayuno como lo haría con cualquier clienta: con precisión, sin decir palabra, con una profesionalidad que no se resiente ni un ápice, aunque por dentro me tiemblen las costillas.

Subo la bandeja y la coloco sobre la mesa del centro.

Pongo dos platos, dos vasos, una servilleta doblada con esmero.

Como si esto no fuera otra cosa que un paseo turístico de julio.

Como si la mujer sentada frente a mí no fuera la madre del chico al que no he podido quitarme de la cabeza.

Como si todo lo que nos rodea no estuviera a punto de quebrarse con la primera palabra mal dicha.

—¿Te apetece un poco de café? —pregunto, neutral, mirando el termo.

Diana asiente con una sonrisa suave.

—Gracias, Sara.

No añade nada más.

Se sirve un poco, prueba el queso, mira el horizonte. Nada en ella fuerza la conversación. No vuelve a mencionar a Archie. Ni a Chicago. Ni al colegio.

Solo se limita a estar. A mirar el mar, a escuchar el silencio como si fuera música.

Y yo también me callo. Como quien necesita, por fin, un poco de calma.

El sol sube. El mar se abre. Y por un momento, aunque sea breve, todo parece estar en equilibrio.

Diana se recuesta un poco, apoya las manos sobre la madera tibia del banco, con la mirada fija en el horizonte. Se ha quitado las gafas de sol. Sus ojos están enrojecidos por el viento o por algo más, pero no digo nada.

—¿Puedo tirarme al agua? —pregunta de pronto sin girarse—. Si no me dejas, me lanzo igual. ¿Me dejarás a merced de mi suerte?

La miro sorprendida. Hay algo entre la broma y la verdad en su tono, pero no me hace gracia.

—Jamás haría algo así —respondo sin pensarlo.

Mis palabras salen secas pero firmes. Porque lo digo en serio. Aun habiendo pasado todo lo que ha pasado, aunque aún duela, yo no soy así. No abandono a nadie en mitad del mar.

Diana me sostiene la mirada un segundo y luego asiente. Se pone de pie con lentitud y empieza a desabotonarse el vestido blanco; debajo lleva un sencillo bañador negro.

—Prometo no tardar —dice—. Solo necesito... flotar un rato.

—La escalera está a estribor —le indico—. Ten cuidado con las algas.

Ella sonríe, agradecida, y desciende despacio al agua. Se sumerge sin ruido, luego emerge unos metros más allá, flotando bocarriba, con los brazos extendidos como si le ofreciera su cuerpo entero al mar.

Desde cubierta la observo sin decir nada. No soy capaz de entender del todo por qué está aquí. Por qué ha venido hasta mí. Pero algo me dice que, al menos por ahora, no está fingiendo.

Y, aunque aún no confíe en sus intenciones, confío en el mar. Y en mí misma.

La dejo flotar unos minutos más, en silencio, mientras recojo los restos del desayuno y lavo las tazas con agua salada. El sol está ya en lo alto y la brisa ha empezado a calentar.

Miro el reloj.

—Tenemos que volver —le digo en voz alta—. Si quieres ducharte o cambiarte, es ahora. Llegaremos justas.

Diana asiente desde el agua sin responder y nada despacio hasta la escalera. Sube con calma, se seca los brazos con la toalla que le dejo sobre la borda y se vuelve a poner el vestido blanco, empapado por la base. Luego se sienta mirando el horizonte de nuevo, sin decir nada más.

El viaje de vuelta transcurre igual que el de ida: en silencio. El tipo de silencio que no incomoda, pero tampoco consuela. Yo mantengo las manos firmes en el timón. Ella no hace preguntas.

Cuando atracamos en el muelle y apago el motor, Diana se levanta sin prisa. Recoge su bolso, se acomoda el pelo con los dedos y, justo antes de bajar, saca una tarjeta del bolsillo interior del bolso. La deja sobre la mesa en la que ha desayunado.

—Ahí tienes los datos del colegio —dice—. Es un buen lugar. Serio, privado, exigente. Por detrás, los datos del apartamento donde puedes vivir.

La miro sin moverme.

—Ya está pagado hasta el mes de septiembre —añade con una media sonrisa—. El resto... será cosa tuya.

Se baja del barco sin esperar respuesta.

Camina por el pantalán con paso sereno, como si no acabara de revolverme el mundo con cinco frases y una tarjeta de cartón.

Me quedo sola en la cubierta, con el sol dándome en la nuca y las gaviotas graznando sobre los mástiles.

Miro la tarjeta. En el anverso, una letra elegante y firme:

Northbridge Preparatory School-Chicago.

Una dirección. Un número de teléfono. Un nombre: Bruce.

Una oportunidad.

Le doy la vuelta y leo:

Markus, un teléfono y una dirección: Park View Apartments-1936 N Clark St.

La guardo en el bolsillo de la camisa sin saber muy bien por qué.

Y me doy cuenta de que el día ha cambiado. Y yo… quizá también.