La chica de la 62 EPÍLOGO
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EPÍLOGO

El día que por fin salgo a la calle junto a Claire y respiro el aire de Manhattan, lo hago con la cabeza gacha.

Valerie se ha despedido de mí con cortesía, pero ha quedado claro que entre nosotras dos no hay nada que se pueda salvar.

Ni yo fui buena con ella en nuestra época de universidad ni ella está dispuesta a perdonarme como quiso creer e intentó. Por muy bien que se le diera fingir.

El resto del personal con el que coincidí, aquella enfermera y el fisioterapeuta que conocí en el rooftop o algunos trabajadores con los que solía encontrarme en la cafetería durante las semanas que trabajé allí como una más, ni siquiera se han despedido de mí.

El único que lo ha hecho ha sido Arthur Walker, el nefrólogo pesado que insistía con vehemencia en llevarse bien conmigo.

No hay que ser muy inteligente para saber que quería, y sigue queriendo a pesar de todo, algo más que una amistad.

Pero yo no estoy para nada de eso. Y esta vez sí que es cierto, no como al principio de esta historia.

Camino despacio, sin prestar demasiada atención al bullicio que nos rodea. La vergüenza que siento me perseguirá siempre. Hace unas semanas, paseaba por estos jardines con cierto orgullo, derrochando ilusión por haber vuelto a trabajar de enfermera. Hoy solo miro el suelo.

Claire no intenta animarme. Creo que ha comprendido que hay heridas que dejan una cicatriz sin remedio. Se limita a caminar a mi lado, respetando mis tiempos.

Es la mejor amiga que podría tener. Además de la única.

—¿Estás bien? —pregunta.

Asiento, aunque las dos sabemos que es mentira.

No lo estoy, y probablemente tarde mucho en volver a estarlo.

He perdido demasiadas cosas por el camino. Algunas personas, como mi madre, ya no volverán jamás. Otras dejaron una estela de dolor allá por donde pasaron y me hicieron perder la alegría de vivir. Pero lo que más me duele haber perdido es la confianza en mí misma.

Es muy difícil lidiar con la idea de que tu percepción de la realidad está sesgada. Inevitablemente te preguntas si todo ha sido mentira. Si cada sonrisa de Trevor, cada caricia y cada palabra sucedieron realmente o solo estaban en mi cabeza.

No puedo engañar a nadie, he estado varias semanas ingresada a cargo de psiquiatría. Hay algo que no funciona bien en mi cabeza. Y aunque yo me sienta normal, no puedo negar que soy diferente y cuestionármelo todo.

Esa desconfianza en cada estímulo acabará conmigo si no logro controlarlo.

En cuanto cruzamos las puertas del hospital comprendo por qué Claire insistía tanto en que no nos detuviéramos.

Una nube de periodistas nos espera al otro lado de la acera. Micrófonos, cámaras, teléfonos móviles levantados por encima de las cabezas. Todos buscan la misma imagen. La mujer que perdió la cordura. El verdadero rostro de Linda Ross, la actriz desaparecida. La víctima. La loca.

Claire ha sido más lista que ellos. Ha hablado con un taxista unos minutos antes y el coche ya nos espera junto a la entrada con el motor encendido. Me aprieta el brazo y acelera el paso.

—No mires. Sigue caminando.

Obedezco.

Cuando vives una situación como la mía descubres lo frágiles que somos las personas cuya mente deja de funcionar como debería.

La mía estaba rota. Veía una realidad que no existía y estaba tan convencida de ella que incluso mi subconsciente terminó empujándome de nuevo hacia la boca del lobo.

Fui yo misma quien regresó al lugar donde más daño podían hacerme.

Y lo peor llegaría después.

Cuando tus propios actos son los que conducen a otras personas a alejarse de ti, a señalarte, a reírse de tus decisiones y de tu forma de ser.

No les culpo. Entiendo que nadie quiera tener cerca a una persona incapaz de distinguir con certeza qué es real y qué no.

Nadie quiere convivir con alguien que puede mirar una pared y preguntarse si realmente está ahí.

Que revive conversaciones que jamás existieron. Que duda de sus propios recuerdos.

Solo damos problemas. ¿Verdad?

Hay días en los que me despierto y sigo preguntándome si Claire existe de verdad o si mi cabeza la ha construido para protegerme. Si este hospital es real o imaginario. Si la calle que piso ahora mismo está delante de mí o aparecerá otra distinta cuando vuelva a cerrar los ojos.

Es agotador vivir desconfiando de todo.

Los periodistas comienzan a gritar mi nombre.

—¡Megan!

—¿Cómo te encuentras?

—¿Vas a volver a interpretar a Linda Ross?

—¿Por qué ocultaste tu verdadera identidad?

—¿Qué ocurrió realmente en aquella casa?

—¡Megan, una declaración!

Hago caso a Claire y no respondo. Mantengo la vista clavada en el suelo mientras avanzo aferrada a su brazo hasta que ella abre la puerta trasera del taxi.

Entramos.

El conductor arranca de inmediato y nos alejamos de allí.

Solo cuando pasan unos minutos me permito respirar con normalidad.

Miro a Claire.

—¿Adónde vamos?

Ella me dedica una sonrisa.

—A un sitio seguro.

No pregunto nada más. Simplemente asiento.

El taxi continúa avanzando por las calles de Manhattan a medida que el tráfico se lo permite. Unos veinte minutos después, sin que nadie pronuncie una sola palabra más, el coche se detiene frente a un edificio que reconozco al instante.

Se me acelera el pulso.

Miro la fachada y después la puerta lateral por la que tantas veces entré y salí intentando pasar desapercibida.

Es la puerta trasera del teatro Majestic.

Giro la cabeza hacia Claire.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunto.

Ella sonríe con calma.

—Confía en mí —contesta.

Paga al taxista y sale del vehículo. Yo la sigo sin entender nada. Al llegar a la puerta ya hay un hombre esperándonos. Nos dedica una leve reverencia y la abre apartándose a un lado. Claire le da las gracias con un gesto y ambas nos adentramos en el interior del teatro.

El pasillo de los vestidores aparece ante mí exactamente igual que lo recordaba.

Cada paso despierta una sensación distinta.

Aquella pared donde John Renz me felicitó la noche del estreno, el camerino donde repasaba el texto una y otra vez, las carreras de los técnicos cuando faltaban solo unos minutos para levantar el telón, las risas con el resto del elenco y su insistencia en que me quitara la máscara.

Creía haber odiado aquella vida. Durante mucho tiempo me convencí de que interpretar a Linda Ross era una condena, una identidad que me obligaba a actuar como mi personaje incluso cuando abandonaba el escenario.

Pero ahora entiendo que no era del todo cierto. Aunque ya no esté segura de poder discernir entre lo que existe y lo que solo está en mi imaginación, tengo claro que eso es lo que siento ahora mismo.

También fui feliz aquí.

Muchísimo.

No había nada comparable a escuchar cómo empezaba la música mientras las luces se apagaban y miles de personas contenían la respiración esperando que dieras el primer paso.

Echo de menos cantar. Echo de menos actuar.

Echo de menos emocionar a desconocidos sin necesidad de explicarles quién era yo realmente.

Nos detenemos justo detrás del gran telón de terciopelo. Claire se vuelve hacia mí.

—Quiero que cuentes hasta diez y salgas al escenario.

La miro desconcertada.

—¿Qué...?

Ella se acerca, me besa en la mejilla y sonríe.

—Hazme caso.

Antes de que pueda preguntarle nada más, desaparece por el pasillo. Respiro hondo y obedezco.

Uno.

Dos.

Tres...

Cuando llego al diez aparto lentamente la pesada cortina de tela y doy un paso al frente. El sonido de mis tacones retumba sobre el escenario. Levanto la vista.

Y el mundo entero se detiene.

El teatro está completamente lleno.

Durante un instante soy incapaz de respirar. En primera fila distingo a Claire. A su lado está John Renz con los ojos húmedos. También el resto de actores y actrices que compartieron conmigo el cartel de Némesis . Pero no son solo ellos. El resto de las butacas también están ocupadas.

Reconozco decenas de rostros.

Personas que acudían una y otra vez a ver la obra. Matrimonios que nunca faltaban los sábados. La chica pelirroja que siempre esperaba junto a la salida de artistas para hacerse una fotografía conmigo. Un anciano que asistía cada semana acompañado de su nieta.

No queda un solo asiento libre.

Y todos...

Absolutamente todos...

Se ponen en pie al verme.

El aplauso estalla con una fuerza que jamás había escuchado. Es una ovación interminable, la mayor de toda mi vida.

Las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas. Bajo la mirada.

En el centro del escenario hay una mesa. Y sobre ella, la máscara de Linda Ross.

Camino hacia ella casi sin sentir las piernas. La tomo entre mis manos con el cuidado con el que se recupera algo que creías perdido para siempre. Cierro los ojos un instante y después me la coloco.

Los aplausos siguen envolviéndome mientras una sonrisa, la primera completamente sincera en muchísimo tiempo, termina abriéndose paso entre las lágrimas.

Quizá nunca consiga comprender del todo mi pasado. Quizá siempre haya recuerdos que permanezcan rotos. Quizá mi realidad vuelva a tambalearse alguna vez.

Pero esta es la vida que me ha tocado vivir.

E intentaré disfrutarla, sea cual sea la máscara que decida ponerse mi realidad.

—FIN—