Capítulo 16 — Irse sin desaparecer #2
—Creo que me habría subido igual. Pero quizá no habría pasado once años pensando que no me quisiste lo suficiente para venir.
Valeria cerró los ojos.
—Yo sí te quise lo suficiente.
—Lo sé ahora.
—Eso llega tarde.
—Sí.
Valeria abrió los ojos.
—Pero ha llegado.
Alba la miró.
—Sí.
Valeria extendió la mano sobre el banco.
Alba la tomó.
No había cámaras.
No había campo.
No había pancartas.
Solo una estación fea, un banco metálico y dos mujeres devolviéndole al pasado una escena que les habían robado.
—Me voy dos semanas —dijo Alba.
Valeria apretó su mano.
—Lo sé.
—No para alejarme.
—Lo sé.
—No para elegir Madrid contra ti.
—Estoy intentando saberlo.
—Vale.
Valeria miró el andén vacío.
—Yo estaré aquí.
Alba sintió un golpe de emoción.
—¿Sí?
—No quieta. No esperándote como una estatua trágica. Estaré aquí con niñas, denuncias, madres, un campo en peligro, mi hermano intentando ser útil, mi madre probablemente llorando en lugares incómodos y Lara escribiendo informes. Pero estaré aquí.
Alba sonrió con tristeza.
—Eso sí puedo imaginarlo.
Valeria la miró.
—Y tú estarás allí.
—Sí.
—No huyendo.
—No.
—Trabajando.
—Sí.
—Y volviendo.
Alba sostuvo su mirada.
—Y volviendo.
Valeria se inclinó y la besó.
No fue largo.
Pero sí claro.
En la estación donde no se habían despedido, Valeria besó a Alba sin esconderse de la mujer de la compra, del chico con auriculares ni del conductor que fumaba junto a la puerta del autobús.
Al separarse, Alba sintió que algo antiguo dejaba de apretar.
No desaparecía.
Pero aflojaba.
—Ahora sí —dijo Valeria.
Alba apoyó la frente en la suya.
—Ahora sí.
El viaje a Madrid empezó con una calma extraña.
Alba miró Santamar por la ventanilla hasta que el mar desapareció. Esta vez no sintió que el pueblo la expulsara. Sintió que algo quedaba allí, vivo, esperándola no como una deuda sino como una elección pendiente.
Valeria le escribió antes de que salieran a la autopista.
Lara exige parte médico diario y prueba fotográfica de que no lees comentarios.
Alba respondió:
Dile que acepto condiciones razonables pero no dictadura infantil.
Valeria:
Ha dicho que eso diría una culpable.
Alba sonrió.
Julián miró por el retrovisor.
—¿Valeria?
—Y Lara.
—La pequeña manda más que el alcalde.
—Con más legitimidad.
Bruno, desde el copiloto, abrió el portátil.
—Hablando del alcalde: Inés acaba de mandar novedades. El informe técnico independiente será pasado mañana. Si declara el campo inseguro, el ayuntamiento puede cerrar temporalmente el acceso.
Alba dejó de sonreír.
—¿Y si no lo declara inseguro?
—Ganamos margen. Exigimos plan de mejora sin expulsión. El proyecto queda más tocado.
—¿Y Esteban?
—Su abogado ha enviado un comunicado negándolo todo. Dice que hay una campaña de difamación, que los vídeos son malinterpretados y que la acusación de Valeria sobre aquella noche es una invención oportunista.
Alba sintió que el cuerpo entero se le encendía.
—Bruno.
—Lo sé.
—No puedes decirme eso en un coche donde no puedo bajarme a romper algo.
Julián apretó el volante.
—¿Ha dicho eso?
Bruno miró hacia atrás.
—Sí.
Julián no respondió.
Pero el silencio de su padre fue oscuro.
Alba cogió el móvil.
No escribió a Valeria.
No de inmediato.
Respiró.
Luego escribió:
Bruno me ha dicho lo de Esteban. Te creo. Antes, durante y después de cualquier comunicado suyo.
La respuesta tardó unos minutos.
Gracias por escribir eso antes de enfadarte en público.
Alba:
Estoy creciendo.
Valeria:
Lentamente.
Alba:
Pero con intención deportiva y emocional.
Valeria:
Lara te está contaminando.
Alba apoyó la cabeza contra el asiento.
El miedo seguía.
La rabia también.
Pero había una línea abierta.
Eso cambiaba todo.
Los primeros días en Madrid fueron una disciplina de hielo, dolor y paciencia.
Alba odiaba la paciencia.
La primera sesión de rehabilitación la dejó sudando y temblorosa, con una mezcla de frustración y vergüenza que no esperaba. Había pasado años ordenando al cuerpo que respondiera. Ahora el cuerpo le contestaba tarde, mal y con dolor. Levantar la pierna unos centímetros se sentía más humillante que fallar un penalti.
El fisioterapeuta, un hombre llamado David con voz tranquila y cero inclinación a dejarse impresionar, le dijo:
—No estás entrenando para demostrar quién eras. Estás entrenando para construir quién podrá volver.
Alba lo odió durante seis segundos.
Después anotó la frase mentalmente porque quizá era buena.
No se lo contó a Bruno.
A Valeria sí.
Ella respondió:
Me cae bien David.
Alba:
A mí no.
Valeria:
Por eso me cae bien.
Las llamadas nocturnas se convirtieron en un territorio extraño.
No eran largas siempre.
A veces Valeria estaba demasiado cansada. A veces Alba terminaba sesiones tarde. A veces solo se mandaban fotos: la rodilla con hielo, el campo vacío, una pizarra de ejercicios, Lara con una libreta titulada “Seguimiento Alba”, Carmen enseñando una tortilla enorme, Raúl arreglando una portería, Bruno dormido sobre unos documentos en Madrid.
Pero todas las noches había algo.
Una frase.
Una voz.
Un “hoy estoy mal”.
Un “hoy te echo de menos y me enfada”.
Un “hoy he tenido miedo”.
Eso era nuevo.
No la ausencia de miedo.
La costumbre de no dejarlo trabajar solo.
El cuarto día, el informe técnico declaró el campo “utilizable con restricciones”.
No era perfecto.
Pero era una bomba contra la suspensión total.
Había deficiencias: vestuarios, valla lateral, iluminación, una zona de gradas que debía cerrarse. Pero el terreno podía usarse bajo condiciones de seguridad y con mejoras urgentes. Inés lo llamó “un empate con ventaja”. Bruno lo convirtió en “el campo no se cierra, se repara”. Lara lo resumió en un audio gritando:
—¡No nos han echado!
Alba escuchó el audio tres veces.
Valeria la llamó esa noche desde el campo.
Se veía poco. Solo sombras, luces, el mar de fondo y su cara iluminada por la pantalla.
—Hoy he llorado delante de tres madres —dijo.
Alba sonrió con suavidad.
—¿Eso es grave?
—Muchísimo. Una me abrazó como si yo fuera una de sus hijas.
—¿Y?
—No estuvo mal.
Alba no dijo nada.
Valeria miró hacia un lado.
—Han venido antiguas jugadoras. Eva, Marta, dos más. Se han plantado junto a la valla cuando han dado el resultado del informe. No han hablado. Solo estaban allí.
—Eso también habla.
—Sí.
Silencio.
Alba quería tocar la pantalla como una idiota.
No lo hizo.
—Te echo de menos —dijo.
Valeria cerró los ojos un segundo.
—Yo también.
La frase llegó sin defensa.
Alba sintió que los kilómetros se volvían dolorosos.
—Vuelvo en diez días.
—Lo sé.
—¿Eso ayuda?
Valeria abrió los ojos.
—Sí. Y no.
—Vale.
—Pero más sí que no.
Alba sonrió.
—Me sirve.
El séptimo día llegó el golpe.
No vino del ayuntamiento.
Ni de Esteban.
Ni del club.
Vino de Daniel Sanchís.
Bruno entró en el apartamento de Alba sin llamar, lo cual no era nuevo. La novedad fue que no traía café.
—Tenemos un problema.
Alba estaba en el sofá, con la pierna elevada y una banda elástica alrededor del muslo.
—Dime que no empieza con vídeo.
—Empieza con una filtración documental.
—Eso suena menos viral.
—No si lo redactan bien.
Le tendió el móvil.
Un medio digital había publicado una noticia:
La familia Ríos negoció durante meses la venta del Bar Ríos al proyecto Costa Dorada antes de liderar la oposición vecinal.
Debajo aparecía una copia parcial de un documento: propuesta de compra, cifras, planos, comunicaciones preliminares. El nombre de Julián Ríos figuraba en varias páginas. La noticia insinuaba hipocresía, cambio de postura por interés mediático y uso de la causa del campo para mejorar una compensación privada.
Alba sintió que el estómago se le cerraba.
—Mi padre no firmó.
—No. Pero negoció.
—Antes de saber lo que era.
—Eso no importa en un titular.
Alba se levantó demasiado rápido.
La rodilla protestó.
Bruno señaló.
—Si te lesionas por Daniel Sanchís, dimito.
—Llama a mi padre.
—Ya está hablando con Inés.
—¿Valeria lo ha visto?
Bruno no respondió.
Alba cogió el móvil.
Había un mensaje de Valeria.
¿Es verdad?
Solo eso.
No acusaba.
Pero dolía.
Alba llamó.
Valeria contestó al segundo tono.
—Dime que hay una parte que no sé.
—La hay.
—Bien.
—Mi padre recibió oferta. La estudió. No firmó. Cuando vio el render y entendió que el bar desaparecía, dijo que no vendía. Debería haberlo contado antes públicamente. Sí. Pero no estaba liderando nada para subir precio.
Valeria respiraba al otro lado.
—Mireia está diciendo a las familias que todo esto es una pelea de intereses privados.
—Claro.
—Y algunos negocios están dudando otra vez.
Alba cerró los ojos.
—Lo siento.
—No pidas perdón por lo que haya hecho tu padre.
—Pero…
—No.
La firmeza de Valeria la detuvo.
—Estoy cansada —dijo Valeria—. Necesito saber si hay más.
Alba sintió el filo de la pregunta.
No sobre documentos.
Sobre historia.
Sobre ocultaciones.
Sobre hombres que callaban tarde.
—No lo sé —dijo.
Valeria no respondió.
—Pero voy a averiguarlo ahora. Y si hay más, te lo digo.
—Vale.
Una pausa.
—Alba.
—Dime.
—No vuelvas.
La frase le cortó el aire.
—¿Qué?
—No vuelvas hoy. Sé que lo estás pensando. No vengas en coche, con la rodilla mal, por una filtración pensada para hacerte reaccionar.
Alba cerró los ojos.
La conocía demasiado.
—Necesito estar allí.
—No. Necesitas no dejar que Daniel decida dónde pones el cuerpo.
La frase la dejó quieta.
Exactamente donde debía.
—Habla con Julián. Habla con Inés. Habla conmigo. Pero no vengas hoy.
Alba tragó saliva.
—¿Estás enfadada conmigo?
Valeria tardó un segundo en responder.
—Estoy asustada de volver a encontrar secretos en las esquinas. No enfadada contigo. Todavía.
—Todavía.
—Es una palabra honesta.
—Duele.
—Lo sé.
Silencio.
Alba se sentó de nuevo.
—No voy a ir hoy.
Valeria soltó aire.
—Gracias.
—Pero no te voy a dejar sola con esto.
—No estoy sola.
Alba sonrió con tristeza.
—Ya.
—Pero te quiero en la línea.
Alba sintió el calor de esas palabras.
No era “aquí”.
Era “en la línea”.
A veces bastaba.
—Estoy.
Colgaron.
Y Alba hizo lo que no habría sabido hacer una semana antes: no corrió.
Llamó a su padre.
Julián contestó con voz rota.
—La cagué.
Alba cerró los ojos.
—Cuéntamelo todo.