Capítulo 16 — Irse sin desaparecer
La decisión no dolió menos por ser correcta.
Eso fue lo primero que Alba aprendió.
Aceptar el plan híbrido parecía, sobre el papel, una victoria razonable: dos semanas en Madrid, revisión médica, recuperación controlada, posibilidad de volver a Santamar con seguimiento mixto y viajes programados. No era desaparecer tres meses. No era quedarse arriesgando la rodilla por orgullo. No era entregar su carrera ni abandonar el campo.
Era una solución adulta.
Y, como casi todas las soluciones adultas, tenía un sabor horrible.
—Dos semanas no son nada —dijo Bruno, sentado en la mesa del fondo con el portátil abierto.
Valeria, que revisaba unos papeles con Inés, levantó la mirada.
—Bruno.
—Rectifico. Dos semanas son emocionalmente devastadoras, pero logísticamente razonables.
—Mejor.
Alba estaba sentada con la pierna elevada, la foto de las gradas guardada en la cartera y una sensación absurda de estar otra vez preparando una huida. Había una maleta pequeña junto a la puerta del bar. Carmen la había llenado de comida “por si en Madrid no existía el sentido común”. Julián había revisado el coche dos veces. Valeria no había preguntado a qué hora salían porque ya lo sabía desde hacía horas.
El plan era sencillo.
Salir después de comer.
Llegar a Madrid al anochecer.
Primera sesión médica al día siguiente.
Dos semanas.
Volver.
Si todo iba bien.
Si el club cumplía.
Si la rodilla respondía.
Si Santamar no ardía antes.
Si el miedo no hacía de las suyas.
Demasiados “si” para una promesa que todavía estaba aprendiendo a caminar.
Valeria dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Tengo que ir al campo antes de que te vayas.
Alba la miró.
—¿Ahora?
—Sí. Hay entrenamiento reducido con las niñas. Quiero explicarles que durante unos días no podremos usar el campo si llega la inspección, pero que vamos a mover horarios y espacios.
—¿Quieres que vaya?
Valeria sostuvo su mirada.
Alba se corrigió antes de recibir respuesta.
—Pregunta mal. ¿Te sirve que vaya o prefieres que no?
Valeria la observó con una expresión extraña.
—Te estás volviendo peligrosa.
—¿Por madura?
—Por escuchar antes de lanzarte.
—Estoy tan incómoda como tú.
—Se nota.
Valeria miró la maleta junto a la puerta.
—Ven. Pero sentada. Y sin discursos.
—No tenía previsto un discurso.
Bruno carraspeó.
Alba lo señaló.
—Tú cállate.
—No he dicho nada.
—Has carraspeado con intención narrativa.
Valeria soltó una risa breve.
Pequeña.
Pero necesaria.
El campo viejo tenía esa tarde una luz demasiado bonita para estar amenazado.
Las niñas corrían en grupos, algunas con camisetas del Santamar, otras con equipaciones mezcladas, botas gastadas, calcetines de colores y el entusiasmo desordenado de quien todavía no entiende del todo que los adultos pueden quitarte un lugar aunque lo hayas llenado de vida.
Lara fue la primera en ver a Alba.
—¡Has vuelto a obedecer!
Alba, sentada en una silla plegable junto a la banda, levantó una mano.
—Estoy construyendo una nueva reputación.
—Mi abuela dice que la reputación tarda mucho en hacerse y muy poco en fastidiarse.
—Tu abuela debería venir a mis reuniones de patrocinio.
Valeria sopló el silbato.
—¡Lara, menos filosofía y más conducción de balón!
—¡La filosofía también entrena la mente!
—¡Y las vueltas entrenan las piernas!
Lara empezó a correr sin dejar de protestar.
Alba miró a Valeria.
—La quieres.
—No digas cosas obvias.
—Mucho.
—Alba.
—Vale.
Pero era verdad.
Valeria miraba a Lara como se miraba a una fuerza de la naturaleza que había que educar sin apagar. Lo hacía con todas. Corregía sin humillar, exigía sin aplastar, celebraba los avances pequeños como si fueran goles de final. Las niñas no tenían miedo de equivocarse delante de ella. Alba, que había vivido años en entornos donde cada error podía costar una convocatoria, entendió de golpe lo revolucionario que era eso.
Al terminar el entrenamiento, Valeria reunió al grupo en el centro del campo.
Alba se quedó en la banda.
No era su lugar.
No todavía.
—Escuchadme —dijo Valeria—. Puede que durante unos días no podamos entrenar aquí por la inspección del ayuntamiento.
Las niñas protestaron al instante.
—¡Pero es nuestro campo!
—¡No pueden!
—¡Mi madre dijo que íbamos ganando!
Lara levantó la mano.
—¿Podemos ocuparlo pacíficamente?
Valeria cerró los ojos.
—No.
—¿Y no pacíficamente?
—Lara.
—Solo exploro opciones democráticas.
—Explora el silencio.
Las niñas rieron.
Valeria esperó a que se calmaran.
—Lo importante es esto: que un lugar esté amenazado no significa que dejemos de existir. Si no podemos entrenar aquí, entrenaremos en la playa, en la pista del colegio, en el aparcamiento si hace falta, pero seguiremos juntas. Nadie os convierte en menos equipo quitándoos temporalmente un campo.
Una niña pequeña preguntó:
—¿Y si no vuelve a ser nuestro?
La pregunta dejó el aire quieto.
Valeria se agachó frente a ella.
—Entonces habremos aprendido a defenderlo. Y eso nadie nos lo quita.
Alba sintió que la frase le tocaba un lugar muy profundo.
Lara levantó la mano otra vez.
—¿Y Alba se va?
Todas miraron hacia la banda.
Alba sintió que el cuerpo se le tensaba.
Valeria se levantó despacio.
No respondió por ella.
La miró.
Alba entendió.
No un discurso.
Una verdad.
Se incorporó lo justo en la silla.
—Me voy dos semanas a Madrid para rehabilitar la rodilla. Pero vuelvo.
Lara frunció el ceño.
—¿Seguro?
La pregunta era pequeña y enorme.
Alba miró a Valeria.
Luego a las niñas.
—Sí.
Lara no parecía satisfecha.
—La gente adulta dice “vuelvo” muy fácilmente.
Valeria intentó intervenir.
Alba levantó una mano.
—Tienes razón.
La niña se quedó callada.
Alba continuó:
—Yo también lo he dicho mal antes. Esta vez no puedo prometer que nunca me iré. Tengo trabajo, médicos y una rodilla que se enfada si camino demasiado. Pero sí puedo prometer que no voy a desaparecer. Si estoy en Madrid, sabréis dónde estoy. Y si digo que vuelvo, haré todo lo posible por volver.
Lara la observó como una jueza de nueve años.
—Eso es más aceptable.
—Gracias.
—Pero escribiré seguimiento.
—Me parece justo.
Valeria miró al cielo como si pidiera paciencia.
Alba sonrió.
La despedida del campo no fue solemne.
Fue mucho peor.
Las niñas se acercaron una a una a preguntarle cosas absurdas. Si en Madrid los fisioterapeutas eran más serios. Si conocía a jugadoras famosas. Si el césped de los campos grandes olía distinto. Si iba a traer camisetas. Si podía mandar un vídeo diciendo que las sentadillas eran importantes porque Lara sostenía que eran castigo encubierto.
Alba respondió lo mejor que pudo.
Valeria recogía material en el almacén. No se acercó hasta que el campo quedó casi vacío.
Cuando volvió, llevaba una bolsa de balones en una mano y el silbato colgado al cuello.
—Has sobrevivido al interrogatorio infantil.
—Creo que Lara está creando un expediente sobre mí.
—Seguramente.
—Me preocupa que sea más completo que el de Bruno.
—Lara es más rigurosa.
Alba miró el campo.
—No quería irme desde aquí.
Valeria dejó la bolsa en el suelo.
—¿Desde dónde querías irte?
Alba pensó en la estación de autobuses de once años atrás.
En la mochila.
En el banco metálico.
En esperar a alguien que no llegó porque un hombre la había encerrado en otra noche.
—No desde una estación —dijo.
Valeria entendió.
Su rostro cambió.
—No.
—Pero quizá deberíamos pasar por allí.
Valeria se quedó inmóvil.
Alba no la presionó.
El campo quedó en silencio alrededor de ellas.
—¿Para qué? —preguntó Valeria.
—Para que esta vez no sea un sitio donde faltó alguien.
Valeria bajó la mirada.
Durante unos segundos, Alba pensó que diría que no.
Y habría estado bien.
Pero Valeria levantó la cabeza.
—Vale.
La estación de autobuses de Santamar era pequeña, fea y funcional, como si el pueblo hubiera gastado toda su belleza en el paseo marítimo y no le quedara nada para los lugares donde la gente se iba.
Dos andenes.
Una máquina de café que siempre parecía estar en huelga.
Un banco metálico.
Un cartel medio torcido.
A las cuatro y media de la tarde, solo había una mujer con una bolsa de la compra y un chico joven mirando el móvil con auriculares.
Alba bajó del coche con ayuda de Julián.
Valeria ya estaba allí. Había ido caminando desde el campo. Se quedó junto al banco, mirando el lugar con una expresión que Alba no supo leer.
Julián esperó junto al coche.
Bruno, por una vez, no hizo ningún comentario.
Alba se acercó despacio.
—Era ese banco —dijo.
Valeria lo miró.
—¿Estuviste ahí?
—Sí.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Mucho. Poco. Lo suficiente para odiarte un rato sin saber que estaba odiando una mentira.
Valeria cerró los ojos.
La frase dolió.
A las dos.
—Yo estaba en el baño del campo intentando quitarme sangre de las manos —dijo.
Alba sintió el impacto aunque ya conociera la historia.
—No de Esteban —aclaró Valeria—. Mía. Me mordí el labio. Creo que ni me di cuenta hasta que vi el lavabo.
Alba quiso tocarla.
No lo hizo.
—Ojalá hubiera sabido.
Valeria abrió los ojos.
—Yo también.
El autobús a Tarragona entró en la estación con un ruido torpe.
Durante un segundo, el pasado se superpuso al presente.
Alba se vio con diecisiete años, una mochila, una rabia enorme y una tristeza que no sabía nombrar. Vio a Valeria en otro lugar, sola, asustada, creyendo que llegar a despedirse podía destruir a quien amaba. Vio a todos los adultos que habían puesto miedo en medio y luego habían llamado destino a las consecuencias.
Valeria se sentó en el banco.
Alba se sentó a su lado con cuidado.
No hablaron hasta que el autobús volvió a salir.
Entonces Valeria dijo:
—He pensado muchas veces en cómo habría sido si hubiera venido.
Alba miró las líneas del suelo.
—Yo también.
—A veces me imaginaba que te pedía que te quedaras.
—Yo me imaginaba que me pedías que me fuera pero mirándome de otra manera.
Valeria soltó una risa triste.
—Qué optimista.
—Era joven. Tenía alguna capacidad de estupidez luminosa.
Valeria la miró.
—¿Te habrías quedado?
Alba no respondió rápido.
Había respuestas que una quería dar por amor y respuestas que debía dar por respeto.
—No lo sé.
Valeria asintió.
—Gracias.