La cerrajera del vampiro (Unidos por Sangre)
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CAPÍTULO UNO
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C H L O E
—¿Claire? Claire, te toca la Sala de Latón en cinco minutos.
La voz rebotó por el pasillo de hormigón y se me agarrotaron las manos sobre la ganzúa.
De rodillas. Taquilla ciento catorce. El tensor en el bocallave, la ganzúa sobre el tercer perno, todo el cuerpo inclinado hacia la puerta.
Claire. Ah, sí. Esa era yo.
—¡Voy!
Me salió un instante demasiado tarde y un poco demasiado alto.
—Estoy arreglándome la media. Dame dos segundos, ¿vale?
—No tienes dos segundos, tienes cinco minutos, y está ahí arriba contando cabezas.
Las zapatillas chirriaron al acercarse sobre las baldosas y se detuvieron al otro lado de la puerta.
—¿Estás bien ahí dentro? Las primeras noches son brutales. En la mía me puse a llorar en la cámara frigorífica.
—Estoy genial. Estoy viviendo el sueño. Dile que ya subo.
—Díselo tú. Y arréglate el pelo, se te está soltando.
Las zapatillas se alejaron chirriando. Tras ella bajaron por la escalera las campanillas de las tragaperras, agudas y metálicas, y luego la puerta cortafuegos se cerró con un suspiro.
Solo quedábamos yo, la lejía y el desodorante barato, y un fluorescente estropeado que zumbaba como una mosca atrapada.
Tenía el pulso tan fuerte que lo notaba en los dientes.
Solté el aire por la nariz y el tarareo salió solo.
La canción de las mareas de papá. Marea alta, marea baja, gira la luna dos veces, llama al puerto y no preguntes el precio.
Siempre estaba ahí, en mi boca, cuando tenía una cerradura entre las manos.
Las taquillas del personal suelen ser una birria. Esta no. Alguien había instalado una cerradura de pernos de verdad, y el chaleco de poliéster me picaba todavía más en los hombros.
El tercer perno encajó con un clic diminuto que noté en las yemas de los dedos. El cuarto era de carrete. Empujaba en sentido contrario, intentando engañarme para que soltara. Aflojé un pelín la presión.
—Vamos, preciosa —susurré—. No eres lo peor que me he encontrado esta semana. Ni de lejos.
Lo peor había sido el inspector Ray Soto, recostado en su silla con una mancha de café en la corbata.
—Señorita Vance, tengo a una camarera de cócteles de veintitrés años, con el pelo teñido, que ha dejado de contestar al móvil —había dicho—. Las chicas así se largan con un novio. Ya la llamará cuando se le acabe el dinero.
—No tiene novio. Me tiene a mí. Tiene un trabajo que le gusta y un gato al que da de comer en la panadería. No se ha largado a ninguna parte.
—Entonces ya la llamará.
Había llegado a mirar el reloj.
—¿Hay algo más que pueda hacer por usted hoy?
—Sí. Podría hacer su trabajo.
No había llamado. Ni una vez en once días.
La última vez que llamó, no contesté.
El estómago me dio esa vuelta lenta y nauseabunda que me daba todas las noches. Estaba trabajando hasta tarde debajo del fregadero de una consulta de dentista y el móvil vibró en las baldosas, junto a mi rodilla. LILY. Lo miré de frente y pensé: «La llamo cuando termine».
Ahora me tumbaba en su cama todas las noches, porque su almohada todavía olía a vainilla e higo, y lo volvía a escuchar.
—Chlo, soy yo. No vengas al Ancla. Lo digo en serio. Estoy bien, estoy bien, solo que… no te fíes de…
Y luego el puerto detrás de ella: algún barco, mar adentro, soltando dos pitidos largos de sirena. Y luego, nada.
Así que, cómo no, fui al Ancla.
Primero probé por la puerta principal. La normal, esa en la que preguntas algo y alguien te contesta porque los dos sois personas.
Tres días antes, estaba tras el mostrador de mi propia tienda, con el número general del Ancla en el altavoz y una cerradura de embutir despiezada junto al codo. La grabación me informó de que mi llamada era importante. Después me habló del bufé de marisco.
El cliente que esperaba la cerradura miró el reloj.
—Ya lo sé —le dije—. Dos minutos.
—Eso ya lo ha dicho antes.
—Antes era más joven.
No sonrió. Normal. La puerta de su almacén no cerraba y no podía tener a alguien plantado delante toda la tarde porque mi vida se hubiera hecho pedazos.
Encajé el muelle en su alojamiento con la uña del pulgar. Por fin, el teléfono hizo clic.
—Personal.
Di mi nombre. El de Lily. Las fechas. Había aprendido a empezar por lo útil, antes de que quien contestara decidiera que estaba llorando y que, por tanto, era imposible que tuviera información.
—No le estoy pidiendo sus nóminas —dije—. Necesito saber con quién tengo que hablar para que conserven las grabaciones de seguridad. Solo eso, que las conserven. Para que no se graben encima.
—No puedo hablar de una empleada.
—¿Puede decirme a qué departamento debo dirigirme?
—¿Es una investigación policial?
—No. Le di su número al inspector. No sé si ha llamado.
—Entonces el inspector tiene que ponerse en contacto con nosotros.
El muelle se escapó. Lo atrapé contra el mostrador antes de que saliera disparado a la mugre barrida del suelo.
—Lo entiendo. Pero mientras espero a que lo haga, ¿podría alguien poner una nota en lo que sea que usen para guardar las grabaciones? Lily Vance. Esa tarde, o toda la noche, me da igual. No sé cuándo se marchó. Eso es lo que intento averiguar.
—Lo siento. Tenemos un procedimiento.
—Yo también. Cuando alguien no puede entrar en su casa, no lo mando de vuelta con la persona que tiene sus llaves.
Silencio. Después, con mucho cuidado:
—Tendrá que hablar con la policía.
Le di las gracias antes de colgar. Esa fue la parte que me dio ganas de estampar el teléfono contra la ventana. Le había dado las gracias.
Frente a mí, el cliente cambió el peso de una pierna a la otra.
—¿Tu hermana? —preguntó.
—Sí.
—¿Todavía no ha aparecido?
—No.
Miró el pequeño montón de piezas de latón que había entre los dos.
—Puedo volver otro día.
Estuve a punto de dejar que lo hiciera. Entonces imaginé el mostrador del día siguiente, la cerradura todavía allí, la misma llamada que hacer, otra persona más que necesitaba algo que yo no había terminado.
—Deme los tornillos —dije—. Esos dos, los que tiene al lado de la mano.
Me los pasó. Encajé la carcasa, la apreté y accioné el mecanismo seis veces mientras él miraba. A la sexta, el pestillo entró en su sitio sin rozar.
—Ya está. Esta noche podrá cerrar.
Pagó. Guardé el dinero en el cajón y le llevé la cerradura hasta la puerta porque traía demasiadas cosas en las manos. Un problema corriente. De esos todavía sabía resolver alguno.
Arriba, la puerta del dormitorio de Lily seguía abierta al otro lado del rellano. Abajo, la campanilla de la tienda se quedó en silencio.
Tenía veintisiete años. Podía llevar el negocio, mantener nuestra casa y abrirle a un desconocido una puerta cerrada a las tres de la mañana.
Pero no era capaz de conseguir que alguien me confirmara que una grabación de mi hermana seguiría existiendo cuando a un hombre con placa le apeteciera pedirla.
Volver a llamar me devolvería al mismo escritorio y a la misma respuesta. Necesitaba acercarme lo suficiente para ver lo que la gente no decía por teléfono.
Frankie lo arregló en una sola tarde. Ayer me había sentado al otro lado de su escritorio, en Dell Marine Security, con la estufa eléctrica chasqueando, y él deslizó un carné de conducir sobre el vade como si fuera una ficha de póquer.
CLAIRE BISHOP. Mi cara. Una fecha de nacimiento que no era la mía.
—Frankie. ¿De dónde has sacado esto?
—Conozco a un tipo, chiquilla. No me preguntes qué tipo. —Tosió contra el puño, con esa carraspera húmeda que achacaba a la humedad—. Su departamento de personal contrata camareras esa misma semana si sonríes. ¿Sabes sonreír?
—Sé fingirlo.
—Enséñame.
Le dediqué mi mejor sonrisa de cara al cliente.
Frankie hizo una mueca.
—Parece que estás a punto de decirme cuánto cuestan las piezas.
—Es una sonrisa muy útil.
—No para servir cócteles.
Se quitó las gafas y las dejó sobre el vade. Yo no le había pedido que me convirtiera en Lily. Al principio ni siquiera le había dicho que quisiera el trabajo. Le había preguntado si la persona que conocía allí podía conseguirme cinco minutos en las zonas del personal.
Me había escuchado sin interrumpirme, lo cual debería haberme advertido de lo mal que sonaba todo. Normalmente interrumpía a todo el mundo, incluidas las previsiones del tiempo.
Ahora tenía delante otro nombre, y él me miraba a la cara como si aún pudiera decidir no dármelo.
—¿Qué? —pregunté.
—Cuando te enfadas, te inclinas hacia delante. Siempre.
—Me inclino hacia delante porque tu estufa solo calienta un palmo cuadrado.
—Ahí está. —Señaló mi boca—. Si alguien te da problemas ahí arriba, vas a decir exactamente lo que piensas.
—Puede que diga una versión más amable.
—Inténtalo.
Se echó hacia atrás y se convirtió en un hombre al que le habría cobrado de más.
—Oye. Bonita. Me has traído mal la copa.
—¿Seguro? Porque se parece bastante a lo que ha pedido.
—Chloe.
—Vale. Lo siento, señor. ¿Y qué debería ser?
—Mucho mejor.
—Me ha dado asco.
—Nadie ha dicho que tuviera que gustarte.
Alargó la mano hacia el vaso de papel que tenía junto a la estufa, descubrió que estaba vacío y volvió a dejarlo. Mantuvo un momento la mano cerrada en torno a él. Conocía esa pausa. La hacía cuando buscaba una palabra que no quería usar.
—Puedes tener razón y aun así perder aquello por lo que has venido —dijo.
Miré el carné en lugar de mirarlo a él.
Lo intentó otra vez. Otra queja. Un cargo inventado en una factura inventada. Esta vez dejé que terminara. Hice una pregunta. Aguanté hasta el final de la respuesta en lugar de saltar sobre lo que me molestaba.
Me costó más esfuerzo del que me gustaba admitir.
—Ahí está —dijo—. Existe.
—¿Quién?
—Claire.
Junté las manos en el regazo. La cicatriz del pulgar atrapó la luz. Nadie que mirara esas manos pensaría que me pasaba las noches llevando copitas de un lado a otro.
—¿Y si alguien me pregunta dónde trabajaba antes?
—No te montes una vida entera porque alguien te dé conversación. Deja que te hablen de ellos mismos. A la gente le encanta.
—Sobre todo a ti.
—Sobre todo a mí.